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Índice

Publicación de la novela en revista: partes 1–3. Se conservan la numeración y los párrafos del original.

  1. Parte 1
  2. Parte 2
  3. Parte 3

1

La taiga oprimía la casa con sus heladas; solo quedaba el cuadrado de la compuerta de la estufa, que despedía un calor carmesí. La taiga rodaba con el rumor primaveral de los arroyos, con el alboroto de los pájaros. Salpicaba de flores rosadas de romero silvestre, irrumpía por las ventanas con el creciente bramido del viento, que mecía las copas desgreñadas de los pinos y amontonaba nubarrones de tormenta. Estos llenaban los sueños de los habitantes de la aldea de Namjái con el fragor de un aguacero nacido entre las cadenas montañosas y que alzaba innumerables arroyos en crines de espuma.

«Nuestra aldea de Namjái se asienta firme e inconmovible», pensaban sus habitantes. Y, en verdad, parecía que la aldea hubiera brotado por sí sola a orillas del impetuoso y caprichoso río Tashur: se alzaron las casas, se rodearon de corrales y huertos, sus raíces, profundamente hundidas, beben bajo tierra el agua de los manantiales. La aldeíta se arrimó a los flancos de coníferas de las lomas de la taiga, que, al alejarse, se hacían cada vez más altas, empapándose del azul de las cumbres rocosas de la cordillera. Los aldeanos se dormían al fragor de los aguaceros, a los gritos otoñales de las caravanas de aves que se encaminaban al sur, al furioso embate de los vientos y las ventiscas, con los que aullaban al unísono las manadas de lobos, barriendo con sus colas grises la nieve de las afueras, levantando los inquietos ladridos de los perros.

En tiempos remotos, el río Tashur —que, por supuesto, ni siquiera tenía nombre— se precipitaba desde los riscos, volteaba enormes piedras, tensando los abultados músculos de su corriente. El río aún no había abierto en el lecho de piedra su cauce actual. Y entonces llegaron a sus orillas gentes de la estepa. Iban de un lugar a otro en busca de nuevas tierras, se ocultaban de las calamidades, desgarrados por luchas intestinas.

Los riscos rocosos, la espesura impenetrable de la taiga eran extraños para quienes habían nacido en la libertad de la estepa. Las heladas son feroces, las tormentas y los vientos helados, repentinos, la pesadilla de los mosquitos vuelve loco a cualquiera, las lluvias, una vez empezadas, duran eternamente. A cambio, siempre se volvía de la caza con alguna presa, los peces saltaban en los rápidos, los dones del bosque solían ser generosos.

Pero los recién llegados de la estepa pronto comprendieron: allí no eran los dueños, ni mucho menos. Estaban de visita en casa de alguien, eso era. Encontraban senderos bien visibles, fosos trampa medio desmoronados, esqueletos de animales descuartizados. En los amplios claros, los pastos y los matorrales estaban aplastados por los renos domésticos que habían pacido allí. Ennegrecían los restos de las hogueras, quedaban impresos círculos pardos donde habían estado las viviendas, los muertos estaban sepultados en los árboles, sobre plataformas dispuestas en lo alto.

Aunque no se encontraban tantas huellas, muchas cosas habían quedado cubiertas por la maleza, muchas habían desaparecido por sí solas. Bueno, quizá hubiera habido alguna gente, pero se habrían marchado a otra parte. Los del clan no estaban para aquello. Apenas habían sobrevivido al invierno: allí todo era distinto, aquellos parajes eran poco adecuados para los caballos y el ganado. Los cazadores se internaban en los bosques salvajes, trepaban por los escarpados pasos de montaña. Sin embargo, no lograban entenderse, contarse unos a otros: ¿quién había estado en qué lugar, qué había allí? ¿En qué dirección, se tardaba mucho en llegar? Nada de cuanto los rodeaba tenía nombre.

Unos cuantos del clan emprendieron una larga travesía: había que buscar un lugar adecuado donde establecerse por mucho tiempo. Perdieron muchas fuerzas vagando por aquellos lugares apartados. Delante, relevándose unos a otros, los cazadores más resistentes se abrían paso a hachazos entre la densa espesura. De pronto oyeron un sonido seco, resonante… La espesura respondió con un eco lejano, que se apagaba en la distancia. Fue inesperado, ¡todos se alarmaron! Al poco salieron a un baldío sin árboles. El cazador que se había adelantado mucho a los demás sostenía un tambor. Era él quien lo había golpeado, hacía un momento. ¿Qué tambor era aquel, por qué lo había golpeado?

Un tambor con la piel de reno bien tensa, oscurecida, cubierta de dibujos. Por el reverso, si se aparta un borde, se ve que la piel era blanca al principio. En el centro hay trazado algo así como una flecha, aunque quizá sea un abeto con dos ramas. Arriba, un pájaro de alguna clase: parece el esqueleto de un pájaro con las alas torpemente abiertas. Más abajo, a ambos lados de la flecha-abeto, dos hombrecillos. Hechos de rayitas, con redondeles por cabezas. Dos grandes peces medio arqueados rodeaban el dibujo. Alrededor de los peces había signos incomprensibles, como si unos pajarillos diminutos hubieran pisoteado aquello, dejando huellas de tres dedos. Se distinguen figurillas que avanzan en fila por el borde. Un caballo, un ciervo, un jabalí, una serpiente, un ratón, un toro, un gallo, un perro…

—Seguí más adelante —dijo el cazador—, allí hay un pino que se divide en tres troncos. Arriba hay una plataforma de varas, es una sepultura. Sobre ella daban vueltas los milanos, desgarraban su presa. Un milano les quitó algo a los otros, lo agarró y echó a volar. Di un silbido fuerte, como cuando llamo a mi corcel en la estepa, y del susto soltó el tambor.

—Es una sepultura, y allí hay un tambor —dijo un viejo y sabio hombre de la estepa—. Un chamán, pues, enterrado con su tambor de chamán. Mala señal. El tambor de un chamán que se ha ido. No debiste recogerlo, y encima golpearlo… ¡Solo atraerás una desgracia!

—Esas leyes regían en la estepa —replicó el cazador—. Pero aquí todo es distinto. No sabemos qué hay alrededor, dónde estamos. ¿Qué gente desconocida estuvo aquí? Si arrastramos tras nosotros la estepa de antes, ¿cómo vamos a hacernos a este nuevo lugar?

Todos pensaron que el sabio anciano decía la verdad. Pero también el cazador tenía su razón. Había ido abriendo camino durante toda la travesía, cuánta carga había llevado. Todo él era músculos, su ojo certero, incansable en la caza. Él y su mujer dejarían descendencia, continuarían el linaje. ¿Debían escuchar al anciano, respetado, pero exhausto de tanto peregrinar?

Todos estaban cansados, soltaron los fardos, se dejaron caer sin fuerzas. Abajo murmuraba un arroyo. Habría que recoger agua y encender un fuego, hervir té, comer carne seca. Nadie podía moverse de donde estaba. Hasta los pensamientos estaban cansados, la zozobra ante el bosque desmesurado los desgarraba con sus garras.

El cazador sujetaba con fuerza el tambor, como si alguien quisiera quitárselo. Se preparó, tomó una gran bocanada de aire… ¡Y lo golpeó con la palma! Lo golpeó de una manera, y de otra. En el tambor parecieron cobrar vida las montañas que los rodeaban, que hacían rodar hacia ellos oleadas de lomas cubiertas de árboles derribados. La voz del tambor era amenazadora y retumbante, el eco respondió, se alejó rodando en exclamaciones. ¡A los del clan se les quitó un peso del corazón! Como si alguien los llamara, a ellos, desconcertados y asustados, a seguir sin temor, a trepar por los riscos, a ver desde lo alto las tierras desconocidas.

El cazador entró en el ritmo, marcaba el paso con los pies, se balanceaba como movido por un viento que solo él sentía. En los golpes retumbantes sobre la piel tensa se oían el silbido de las flechas, el galope de miles de jinetes sobre los ardientes tambores de las estepas, el rechinar de las espadas en las batallas y los gritos de los moribundos, el vuelo fulminante del águila real, el aullido de los lobos en el cosmos helado de las noches.

A las gentes de la estepa se les pasó el miedo a lo desconocido, se animaron, les nació la determinación. Y el fuego ardió, y bebieron té, y comieron lo que había. Empezaron a subir hacia las cumbres de la cordillera, donde los ancianos de cabeza blanca fuman eternamente sus pipas, envolviéndose en greñas de niebla.

En una hondonada espaciosa vieron algo parecido a unas alfombras de un azul oscuro: eran arándanos negros. Y llamaron a la hondonada la de los Arándanos Negros. En otro vallecito había muchos arándanos azules, todo brillaba con reflejos azulados. Sería el de los Arándanos Azules. La siguiente vaguada estaba cubierta de arándanos rojos: de un rojo vivo y maduros. La de los Arándanos Rojos, pues. Así lo recordaron todo.

Cuando cruzaban un río impetuoso por un vado, una serpiente se calentaba enroscada sobre una piedra. Otra señal, por lo visto. El río sigue corriendo, pero ya es el Río-Serpiente. Sobre un alto paso de montaña volaba en círculos un águila. Sobre el Paso del Águila, por tanto. Bajaron, y allí se extendía un lago, con un pinar en sus orillas. Unos ciervos alerta pacían en un claro. En el claro junto a lo que ya no era un simple lago, sino el Lago-Ciervo. Y de nuevo subieron, allí los esperaba el Paso-Jabalí: todo estaba pisoteado por huellas de jabalíes. Por la Garganta-Uapití, a través del Arroyo-Liebre y del Bosque Derribado-Lobo, llegaron al abundante Bosque-Oso.

A veces se sentían desasosegados en aquella soledad, bajo los riscos que se cernían pesadamente sobre ellos y les cerraban el paso como guardianes… O empezaban a discutir, a reñir entre sí: ¿debían seguir adelante, y cuál era la dirección correcta? ¿Quizá sería mejor detenerse, volver atrás?.. Entonces golpeaban el tambor, el ritmo sonaba a la par que el latido de sus corazones. Los miedos retrocedían, arrojados lejos. Los del clan formaban un círculo, se cogían de las manos, transmitiéndose fuerza y calor. Marcaban el paso y bailoteaban al compás, llenándose de la esperanza de que no podían retroceder de ningún modo.

Ahora sabían dónde recoger arándanos negros, en qué hondonada. Dónde estaban, ante la cadena montañosa que llamaron de las Nueces, las laderas con altos cedros cargados de piñas. Cómo llegar al Río-Serpiente, salir al Lago-Ciervo, pescar. Y el cazador podía contar: ¡he estado en tal sitio, allí hay buenos cazaderos!

Ya no daba tanto miedo marcharse por mucho tiempo, las espesuras de alrededor habían dejado de asustar, eran casi parientes, pues tenían nombres. Y los espíritus de la estepa libre fueron acostumbrándose poco a poco, arraigaron en el nuevo lugar. No, no se emparentaron, por supuesto, con los espíritus guardianes de aquella tierra de montañas y taiga… Pero empezaron a vivir como vecinos, ya que así estaban las cosas.

Al cabo de un tiempo, las gentes de la estepa se encontraron con los hombres del bosque, de rostros cobrizos. Parecían materializarse de la espesura de la taiga, del denso escozor de los mosquitos. Y podían transformarse en algún animal o en una criatura incomprensible, aterradora. Desaparecían con el mismo silencio. Los del clan quedaron atónitos, ¡qué decir! Pero cuando se acostumbraron un poco, lo aceptaron. Sí, habían aparecido de alguna parte… Pero ya antes habían vagado por allí, se encontraban sus huellas. Aunque había inquietud: ¿y si exigían que les devolvieran su tambor? ¡¿O atacaban, los echaban de sus tierras?!

A veces un cazador, cansado en la espesura, cuelga su zurrón de una rama, se sienta a descansar, estira las piernas doloridas. De pronto, tras un susurro creciente, ¡pasa rozando una flecha emplumada de punta de hueso! Con tanta destreza que corta justo la rama. ¡El zurrón le cae en plena cabeza! El trampero se levanta de un salto, lo baña un sudor de muerte. ¡Se acabó, muchacho, estás perdido! El arma preparada para defenderse, el cuchillo a mano, para empuñarlo mejor. No entregará su vida así como así, ¡se han equivocado de hombre! Pero el tiempo pasa… El alboroto de los pájaros juega por todas partes, ágiles manchas de sol corren por el follaje. Pero ¿qué es esto, alguien ha decidido divertirse un poco, demostrar su puntería? ¿Dónde? ¿Qué va a aparecer? ¿Quién anda al acecho? Y así es: un roce entre las ramas, se vislumbra una sombra gris. ¡Un lobo salió de detrás de un árbol! Todo él alerta, con el pelo de la cruz erizado. Y entre los dientes lleva aquella misma flecha emplumada. ¿La ha recogido para su amo? ¡J-jec! Y de dos saltos alcanzó la espesura y desapareció, ya no está. Pero pareció oírse… ¿se desgranó, se dejó sentir a lo lejos?, el tintineo de una risa sonora.

Más o menos esas cosas sucedían. Pero, en general, los habitantes del bosque no mostraban interés. Podía vérselos, y aun eso muy raramente, desde lejos, durante un instante. Como si sintieran el movimiento, abandonaban sus campamentos con mucha antelación. Incluso si alguien iba o solo pensaba ir hacia ellos.

Tenían los rostros rojizos, estrechados hacia abajo, como de zorro, y los ojos oblicuos. Eran los hijos del bosque. De paso tan ligero que ni una rama, ni una ramita crujía; hablaban la misma lengua que el pueblo de los animales, gorjeaban e imitaban a los pájaros con voces diversas. Con sus rebaños de renos recorrían un círculo eterno. Su rotación —la manera en que cambiaban los pastos y los lugares de caza, pasando a otros nuevos, en tal orden, cada tantos años— transcurría como si alguien les hubiera dado cuerda por dentro. En su incesante vagar, aquellos hombres del bosque parecían desgastarse de tanto andar, haciéndose cada vez más pequeños. La espiral de rutas circulares, cada vez más estrechas, se contraía hacia algún punto desconocido, allí en el centro mismo. Aquí y allá quedaron en los árboles las marcas de sus tajos. Y estaban hechas —si se observa que unas fueron talladas antes, otras después y unas terceras aún más tarde— cada vez más abajo respecto de la marca inicial. Como si un niño hubiera apoyado su palmita y dejado una huella al marcharse. ¿O acaso al regresar al vientre originario de la gran madre taiga? Pero seguir esos tajos, mejor no hacerlo. Quien los encuentre y vaya siguiendo su rastro se perderá, desaparecerá en las espesuras sin luz.

A los del clan les costaba sobrevivir. Cuando apretaban las heladas feroces, pasaban penurias si no tenían provisiones. Llegó a tanto que una vez, durante una hambruna atroz, arrancaron del tambor la piel de reno… La cocían, daban a los niños tiras para masticar, para que no acabaran muriéndose de hambre. Las figurillas de los animales, los grandes peces, la flecha y los hombrecillos, el pájaro sobre ellos… si les cortaron las tripas encogidas, también se grabaron en la memoria con el amargo aliento de la desgracia, aliento de reno y de taiga. Pero se grabaron tan solo en la de un chiquillo que sobrevivió.

Las gentes de la estepa quedaron muy dispersas y diezmadas. Años de epidemias, de malas cosechas. O incendios provocados por las tormentas… Entonces la caza desaparecía, huía del fuego todo lo lejos que podía. Muchos del clan se marcharon en busca de cualquier vida, con tal de tener qué comer. Y a quienes no les quedaba otra… Tuvieron que renacer como gentes de la taiga. Su sangre se volvió de arándanos rojos, azules y negros, corrió más deprisa, compitiendo con los riachuelos que bullían en las gargantas.

Pero recordaban su estepa. Como si la estepa, con sus hierbas aromáticas, la libertad de su cielo y el águila real que se desliza por él, se conservara en un cofrecillo de corteza de abedul. Y si se sacan las hierbecillas y se les prende fuego… Entonces se enroscarán cuentos y tradiciones, antiguas leyendas: deleite para los hijos y los nietos, sosiego para los ancianos. Y entonces las gentes de la taiga regresaban a su antigua patria ancestral de la estepa, como un águila real en vuelo, en sueños, como si estuvieran despiertos.

Llegaban otros tramperos, de otros linajes y tribus. Levantaban chozas cubiertas de corteza, construían almacenes elevados, montaban ahumaderos y secaderos, excavaban refugios en la tierra para los primeros tiempos y luego construían cabañas de troncos para invernar. Y entre ellos los había afortunados, y desdichados, y quienes habían pasado muchas penas. Por lo visto, rezaban al padrecito tocón y a la madrecita abedul. Aunque sobre aquel mismo tocón podían cortarle la cabeza a un compañero si algo había salido mal entre ellos. O preparar una soga en una rama del abedul, meterse en el lazo. Más valía apretarse uno mismo la garganta para no ahogarse en la angustia que lo invadía… ¡Y esta sería aún más desmesurada que toda aquella maldita taiga que los cercaba! Tales eran sus costumbres. A veces no recordaban ni su parentesco ni su propio nombre, no honraban al padre y a la madre, quebrantando el mandamiento de Dios.

Muchos eran fugitivos de los trabajos forzados. Estos se les habían metido hasta los huesos, enfriados por las inmensidades heladas. Pero, si para unos habían sido una maldición, a otros les habían hecho las veces de madre. Y a veces no había adónde ni con quién volver después de los largos años que habían tintineado con los grilletes de las ventiscas. Otros habían tenido que comprar su libertad con oro nativo, pardo y de aspecto insignificante. Había pasado de la bolsita, bien escondida en el pecho junto a la cruz que llevaban al cuello, desvaída pero sin haber perdido su poder, al cofrecillo secreto del jefe de policía de aquellas tierras remotas, apartadas del mundo de Dios.

Y a alguno la sangre le había ardido en las venas bajo la mirada hechicera de una hermosa mujer. ¿Era aquella una mirada de taiga, de lago o de estepa? Lo había absorbido la noche oscura de sus ojos… Y los destellos lejanos entre las nubes, que anuncian la tormenta, y un caballo castaño y otro alazán se tendían, uno junto al otro, sobre las hierbas. ¡El golpear de los cascos resuena en el corazón desbocado! El viento de ajenjo que vuela de frente, el amargo polen dorado posado en la piel, traído de las banderas quemadas por el sol, abandonadas por agosto en retirada…

Se fundieron las arterias de sangre que se extendían desde los ríos de las infinitas llanuras rusas con multitud de corrientes que se precipitaban sobre las piedras, bullían en los rápidos, se despeñaban desde los riscos en cascadas encanecidas por las salpicaduras. Así quedó el corazón prendado de aquel pequeño rincón, convertido en algo desmesurado que ni en el corazón entero cabría.

Las distintas gentes que habían llegado y se habían asentado allí habían conseguido su orito de distintas maneras, por distintos caminos se había acumulado aquella preciada arena, lavada entre sangre y sudor. Pero corrió el rumor de que en aquellos parajes las pepitas estaban tiradas por todas partes en ríos y arroyos. ¿Quién pudo haber soltado aquello por estupidez, o por la borrachera? ¿O habría difundido maliciosamente cuentos falsos para conducir a otros por una pista equivocada?.. Podía haber sido de una manera o de otra. Pero lo más acertado sería que habían metido mano en ello los negociantes que movían capitales. Sus capitales circulan a través de compañías, sociedades, valores. Sonsacan el dinero a los accionistas con la promesa de lo que dará beneficios en el futuro. Bueno, que los dé o no, es difícil predecirlo. El plan de aquellos negociantes era repartir ese dinero entre distintos negocios rentables que supuestamente habían empezado. Y llevarse ellos una buena tajada.

Bueno, de algún modo sucedió: cuadrillas de buscadores de oro que habían recorrido distintas regiones de la tierra siberiana llegaron allí, se adentraron en la taiga. Tenían organizada la prospección, seguían la veta aurífera mediante muestras. Y aparecieron otros, buscadores de oro de poca monta, unos por necesidad, otros por las circunstancias de la vida. Pero se juntaron en bandas, también se fueron a probar fortuna. Después empezaron a llegar algunos que habían abandonado su lugar sin más, que poco entendían de la extracción. Y a unos y a otros, a todos, los vigilaban quienes albergaban propósitos criminales en sus oscuros designios. Vosotros id lavando el orito. ¡Que cuando lo llevéis de vuelta ya estaremos nosotros esperándoos!

Así que a las orillas del Tashur llegaron tanto los laboriosos como los descarriados, gente, en suma. Llegaron a las orillas, y desde allí, donde había vados para cruzar el río, subían por los trillados senderos de caballerías, más allá de los pasos de montaña. Tras la cordillera se abrían las palmas de los valles, por las que serpenteaban las líneas de la vida de los ríos. Serpenteaban de manera imprevisible, pues quizá alguno encontró su botín en aquellas lejanas orillas, mientras que para otros se volvieron ya del todo lejanas, de ellas no había forma de regresar: allí se quedaron. Después encontraban sus refugios excavados… Una madriguera medio derrumbada en una ladera, maderos hundidos amontonados, la adelfilla lo había cubierto todo de flores rosadas, como si derramara lágrimas sobre la última morada de un vagabundo sin nombre. Y también los pozos de prospección, grandes hoyos hundidos, cubiertos de maleza. En el fondo, el pico herrumbroso de una piqueta, restos de una carretilla retorcida, a veces huesos humanos, roídos y dispersados por las fieras. En algunos sitios había cráneos tirados. Uno escondido en un bache, otro rodado bajo una raíz arrancada, otro asomándose por debajo de un helecho labrado. Algunos con un agujero de bala en medio de la frente, otros con la mitad arrancada por los perdigones: el disparo, por lo visto, había sido a quemarropa. O una hendidura en la coronilla, de un hacha, una piqueta o una pala. O el cráneo por separado, sobre un tocón, como dejado para escarmiento de alguien. Le habían cortado la cabeza, el esqueleto estaba esparcido por algún lugar cercano. A veces, una soga con un lazo en una rama, y el esqueleto debajo: se había desprendido. Quizá alguien se ahorcara él mismo, por una angustia desmesurada. Quizá lo ayudaran sus compinches, en algo los habría contrariado el desdichado.

¿Adónde los conducía aquel camino, les estaba predestinado aquel destino, y cumplían una voluntad otorgada por la gracia de Dios? Pero ¿acaso lo habían dejado todo solo para vivir con holgura?.. A alguno lo había llamado a aquella peligrosa peregrinación también aquel sentimiento semejante al vuelo, a liberarse del litigio terrenal. Cuando uno descubre despierto lo que parecía saber ya: visto en sueños, escrito en la sangre, en el ritmo del corazón. Que tras los picos azules hay de nuevo picos azules, y el horizonte se ha alejado más. Y el océano de la taiga respira debajo de ti, se alza en oleadas. Derrubios pedregosos pardos, oscuras matas de pinos rastreros. Los negros meandros de las quebradas con que está bordado el dosel del manto de la taiga. ¡Toda esa fuerza, toda aquella inmensidad! Los últimos rayos del sol poniente prenderán de púrpura y oro los troncos color miel de los pinos, trepando como ardillas rojizas de luz hacia las copas desgreñadas que zumban bajo el viento. Te invadirá una tristeza punzante, una congoja inextinguible… Porque todo aquello es un breve instante que será devorado por la oscuridad omnívora de la noche que se acerca. Y quizá no logres sobrevivirla, salir a flote.

¿Quién vio precisamente esa imagen en su último instante? ¿Y no el siniestro reflejo amarillento en la mirada entornada de un presidiario descomunal, que lo había acechado con un hacha y había salido de pronto de detrás de un tronco, ni las chispas endemoniadas encendidas en los ojos de un compañero que de repente le apuntaba a quemarropa con el negro abismo del cañón de una escopeta?

Pero, fuera como fuese, desde la orilla del Tashur se iban desarraigando los terrenos incultos seculares cada vez más adentro de la taiga. Bajo las hachas y las sierras caían los altos pinos de troncos cobrizos, aptos para mástiles. Hilada tras hilada se colocaron aquellos «mástiles» en las bases de sólidas cabañas. Y así las casas empezaron a flotar entre las nieblas, en la canosa bruma de la helada. El humo se rizó en las chimeneas, las ventanas se encendieron tenuemente, chilló el patín de un trineo, crujió el eje de una carreta.

Al principio, al primero que, cansado de la vida errante, decidió levantar una casa en firme, debió de pasársele por la cabeza: «Ahí está la taiga por toos laos. Si pasa algo, me doy a la fuga. Me escondo por las quebradas y las vaguadas. Escopeta hay, munición tengo. Trenzaremos redes, pondremos trampas. Ná, no nos vamos a perder».

A los cazadores y tramperos les resultaba más cómodo subir más allá de los pasos, ir todavía más lejos en pos de las fieras. Los buscadores de oro peinaron de arriba abajo ríos y riachuelos. Sin embargo, la veta de oro de la fortuna, como el pececillo anhelado que concede deseos, apenas brilló con reflejos mágicos. Se ocultó de los hombres como si nunca hubiera existido.

Pero, aun así… A veces, cuando el otoño se acerca a hurtadillas, las hojas de los frambuesos enrojecen y de los sauces caen girando las hojas estrechas, cuando los blancos abedules, al dormirse, empiezan a dejar caer sobre la tierra las monedas amarillas de cinco kopeks de su follaje… Entonces, por la mañana, con inquietos gritos de despedida, las caravanas de gansos volarán hacia el sur. Y en algún lugar lejano, sobre la cadena montañosa, se remontarán, perdiendo por un tiempo su formación en cuña. Pero continuarán el vuelo en un semicírculo oscilante, convirtiéndose poco a poco en una telaraña espectral, apenas perceptible para el ojo. Y un habitante de Namjái mirará al cielo y, sin saber por qué, se le encogerá el corazón. Lo tentará… ¿a darse a la fuga, acaso? ¡Ahí está la taiga, detrás del huerto! Una llamada eterna hacia no se sabe dónde, ¿para qué? Aquello ni nombre tiene. Solo aquella telaraña canosa se posará en el pelo, en alguno aún imperceptible, y otro se sumará a la multitud de los que ya son así.

2

Desde que Tsokto tenía memoria, todo a su alrededor era taiga. La taiga del espeso pelaje de una perra grande, contra cuyo cálido costado se ha apretado y empuja con todas sus fuerzas, a cuatro patas, para moverla. Pero se queda dormido… Y del mismo modo se despierta junto al costado de la montaña negra y peluda, de Chara adormilada. Y ahora, cubierta de escarcha, con carámbanos pegados, baila delante de él. Se lanza con todas las patas, lo derriba, no sabe cómo expresar su alegría. Tsoktoshka, arrebujado y torpe, ha salido rodando al patio. La niebla rosa de una madrugada de helada. Arrastra para su favorita un cubito de caldo caliente. O la montaña negra de un caballo que suspira como si ahora mismo fuera a absorber todo el aire. La montaña se inclina hacia su palma, en la que hay un mendrugo de pan de centeno.

La taiga de la ropa congelada, tiesa como hojalata, traída por su madre del frío, amontonada junto a la estufa para que se descongele. La taiga de los cañones fríos, cubiertos de escarcha, de una escopeta que se templa en el zaguán, exhalando un olor agrio a pólvora. La taiga de los hoyuelos hundidos en la nieve, los lazos de huellas de criaturas desconocidas que han venido durante la noche. En ellos hay algún mensaje, sin leer, desconocido, pero… Hay en él una alegría escondida: de un momento a otro conocerás lo que ha sido traído con signos instantáneos y amplios al blanco, resplandeciente deslumbramiento del sueño.

Sus dos hermanas, como la taiga. Sus chillidos sonoros y las salpicaduras, suspendidas un instante en un brillo que cae. Tsokto les ha echado por encima un cazo de agua helada junto al pozo. Corren tras él, se le echan encima para azotarlo con varas. Pero él sabe, por alguna razón, que nunca lo alcanzarán, que todo aquello durará y durará… Todo un largo verano caluroso. Los tallos le azotan las piernas, la arena pincha, el viento caliente le abrasa el cuerpo.

Gente-taiga ruidosa, cálida, toda de tantos colores. Eran gentes-fiesta. Sobre el mantel de nieve se doran ruedas de empanada, carne cocida aromática, láminas de pescado crudo congelado, montañas de arándanos rojos. La gente suelta hondos gritos al bailar desenfrenadamente, las mujeres chillan. Una canción suya golpea con sonoridad las esquinas, rebota en el brillo de la vajilla, en los costados relucientes del samovar resoplante.

O su hermano mayor Bulat, también enorme. Se abren paso juntos entre los sauces, en el bosque ondulante de los juncos, las piernas se hunden hasta las rodillas en la masa tibia del limo viscoso, las cañas de pescar que han cortado se enganchan en las ramas que cruzan el brillo del río, tan cerca ya, se oye el chapoteo de sus aguas, el zumbido uniforme de la corriente.

Ahora camina con su hermano por el sendero, que se desliza, serpentea entre las hierbas. Baja por la quebrada y, donde remonta la ladera, rodea los peñascos junto al arroyo, que han rodado hasta allí y obstruido el cauce. El abuelo Zhambal los lleva a la boca de la garganta, al olor embriagador y áspero de una infusión de hierbas y hojas. La ladera opuesta es cada vez más escarpada, se viene más cerca, se estrecha el claro del cielo, se juntan las copas de los pinos. En aquella garganta hay una cascada, y debajo, manantiales calientes. Los arbustos tenaces cubren el sendero, lo aplastan bajo su peso, lo enredan en la maleza. Abajo, el arroyo salta con brío, salpica las piedras, tintinea con voces diversas; el fragor de la corriente aumenta, reflejado por el eco.

Cuanto más abajo, más cuesta respirar, el sudor los cubre de pies a cabeza. Saltaban de piedra en piedra, trepaban por encima de los troncos caídos. Muchos estaban partidos, otros cortados de cuajo, carbonizados por un rayo. Las tormentas que habían pasado habían amontonado árboles derribados. Colmillos de roca con vetas rosas y violetas. Sobre las frentes escarpadas de las piedras que cortan el paso se pega una espesa capa de musgo. Zumbido de insectos, susurros y suspiros, temblor de las hojas por una brisa que pasó y se quedó quieta. La charla incesante e hipnótica del arroyo, el rizo plateado de los rápidos, ventanas de agua: hondonadas, cuencos encerrados entre costillas de granito. Han recogido en sus reflejos el mundo entero de la garganta…

El fragor cada vez mayor anunciaba que la cascada estaba cerca. Los arroyuelos de reflejos lustrosos se desenrollaban como cintas negras y plateadas, acelerando su carrera. Llegaron al estrechamiento: la corriente se precipitaba desde una cornisa, se estrellaba contra los salientes de roca. Abajo hervía bajo los chorros la marmita excavada por el agua, formando un pequeño lago. El pequeño lago puede imaginarse como el ojo de un dragón que ha enroscado sus anillos de canchales y afloramientos rocosos. El dragón custodia las profundidades de la garganta y devora la memoria de quien se asome a su ojo, sobre el que se refracta una cortina de salpicaduras de todos los colores del arcoíris.

Bajaban por una espesura intransitable, agarrándose a las raíces salientes, a los finos troncos de abedules y álamos temblones. Abajo, rodeados de maleza, había varios cuencos de piedra; alrededor se apretaban los peñascos, cubiertos por abajo de una costra grisácea. El agua de un cuenco estaba tibia, la de otro algo más caliente, la del siguiente tan caliente que apenas se podía soportar. En un pequeño claro se veía que alguien había acampado allí alguna vez, se distingue. La hierba parece aplastada en algunos sitios, hay arbolillos cortados y ramas cortadas de los árboles grandes, en medio aún se ve el círculo negruzco de una hoguera. Donde aflora el agua hay unos palos cortos colocados, musgosos, casi cubiertos por el limo tibio. Encendieron en una escudilla el preparado del abuelo contra los mosquitos: ya estaban allí mismo y habían empezado a dar guerra. El abuelo eligió un sitio cómodo donde sentarse a gusto. Se daba un baño caliente en los pies, soltando apenas algún que otro gruñido.

—¿Y cómo llegaste la primera vez al manantial? ¿Sabías que estaba aquí? O venía otra gente… Te lo dijeron ellos, ¿sí? —preguntó Bulat.

—Bueno, cómo llegué… —el abuelo tarda en contestar. Hay que esperar a que apriete el tabaco en la pipa y, todavía sin encenderla, empiece a chuparla, saboreando algo suyo—. Pues así, poquito a poco llegamos con el abuelo Yumzhán por aquel entonces, me acuerdo. Yo era como vosotros. Bueno, algo mayor, puede. También cazábamos aquí, por estos lugares. Entonces venían muchos. El abuelo Dushéi, el abuelo Ludup también. A uno le dolían las piernas, otro se había enfriado la zona lumbar, todos con la misma desgracia. Hace mucho de eso, entonces veníamos a menudo. Te sentabas en el agua caliente y se te pasaba.

—¿Y el primero que estuvo aquí, qué…? ¿Se topó con estos manantiales? ¿Luego se lo contó a los demás?

—Puede que sí… Quién fue el primero, quién no fue el primero, ¿cómo decirlo? Aquí hubo gente al principio. Gente del bosque. De esos que pasan inadvertidos.

«Bueno —se imagina Tsokto—, serán aquellos que pisaban sin peso, aparecían y desaparecían sin ruido en la espesura. Y hablaban en la lengua de las fieras. Tenían caras como de zorro. Cuando salían a cazar, también un milano alzaba el vuelo sobre ellos: él lo veía todo. Dónde había salido un uapití a la ladera, dónde una manada de lobos había rodeado a los corzos que andaban pastando. Cómo cruzar los pasos, abrir una senda, subir hasta los renos, pues la gente del bosque trashumaba con ellos en un círculo eterno. Dentro del círculo grande entraban círculos cada vez menores. Y, al principio inabarcables incluso para la mirada del milano, se estrechaban en sendas circulares, convergían en un solo punto. Al pueblo del bosque con sus renos acabó por tragárselo un embudo, una madriguera en la tierra, bajo las raíces de un cedro centenario. Su padre, el Zar del Bosque, los esperaba allí».

—¡Pero ellos tienen a sus muertos colgados de los árboles! —hace su observación Tsokto—. ¡Enterraban a los muertos en los árboles!

—¡Ay, muchacho, qué desgracia!.. ¡Cuándo fue aquello, ya nadie se acuerda! Sí, los enterraban. Pero en sitios así, funestos, en fin… Son malos lugares, muy malos. Más vale ni acercarse. El caballo se asusta allí, no avanza, se planta así, tira de la rienda. Los perros hasta se agachan, aúllan, se aprietan unos contra otros. Malos lugares. Así que, de esos moradores del bosque, donde tienen su plataforma, es una señal, eso es. Que está prohibido ir por allí, que puede pasar algo malo. Y esos moradores del bosque no se presentaban directamente ante la gente. No les hace falta. Pero han dejado muchas pistas de todas clases.

Bulat, en cambio, quiere darle otro giro a la pregunta:

—¡Pues sus muertos se bajan de ahí arriba! De donde están colgados, del pino. Y venga a perseguir a la gente. Por eso son malos esos sitios.

—Eeeh, bueno, eso… No, así no, no —al abuelo Zhambal también le interesa ese giro, hay materia para darle vueltas—. Ellos lo hacían todo según sus ritos. Y por qué son malos los sitios… Pues malos. De por sí.

—Pero, de todas formas —insiste Bulat—, andarán por ahí otros muertos, entonces. Los que no están enterrados. Que se perdieron en la taiga, o los abandonaron, o cualquier otra cosa.

—¿Pero cómo que andan por ahí? —se asombra el abuelo.

—Se les pegan a los vivos y les hacen toda clase de trastadas, les hacen daño. Los chinos, dicen, aquellos a los que mataron y luego quemaron, salen de noche a la hoguera… ¡No los distingues de los vivos!

—¡Menudas cosas te inventas, ni montado en una yegua coja se podría dar un rodeo para esquivarlas!.. ¿De qué chinos hablas? ¿De los que transportaban alcohol de contrabando?

—Sí, se tragaban el oro, y luego los mataban y los quemaban hasta dejarlos en cenizas para sacar el polvo de oro.

—Bueno, chinos… Anduvo mucha gente haciendo de las suyas, a saber de qué raza y linaje serían. Aquí, sin embargo… A otros también los alcanzó la muerte, quedaron abandonados. Se mataban a tiros, unas veces los blancos, otras los rojos, otras los presidiarios, no se sabe de qué pelaje. Hay sitios donde da miedo meterse. Puede que alguno ande vagando sin descanso…

—Y lo de que aquí hay un manantial, ¿también fueron ellos… bueno, los moradores del bosque quienes lo indicaron? —a Tsokto le sigue interesando más saber algo de la antigua gente del bosque.

—Mmm… —el abuelo Zhambal no se apresura a responder, hay que pensarlo bien, recordar algo suyo, del pasado. Se envuelve las piernas para quedarse sentado, para que el calor «le amase los huesos». Pero ya va siendo hora de recoger leña, hacer una hoguera, hervir té. Luego preparar algo de comer, ocuparse de pasar la noche, que pronto va a oscurecer. Da instrucciones a los muchachos, ¡vamos, moveos un poco más deprisa! Pero no se olvida de la pregunta, la ha dejado para después:

—Ajá —justo le ha llegado la respuesta—, aquí en alguna parte el abuelo Yumzhán tenía… Sí, era suyo aquello, seguramente… Ahora ya no me acuerdo, ¿cómo era de verdad? Tiene un morador del bosque escondido en algún sitio, vive aquí, por así decirlo. Bueno, eso de vivir. Lo guarda todo, eso es. Un jondrogor de esos, así lo llaman.

—¿Aquí hay un morador del bosque?.. ¿Hasta está como vivo, sí? ¿Se lo puede ver? —tanto Tsokto como Bulat sienten que un verdadero misterio está muy cerca, escondido en algún lugar detrás de los árboles.

—No, bueno… ¿cómo que vivo? No se puede decir eso, parece. Es de un trozo de madera, tallado, con unos palitos puestos, como un hombrecillo, se parece. Yumzhán lo dejaba allí, en algún hueco de un árbol, puede. No sé, ahora no lo encontraría, desde luego. Y de dónde salió, pues… Parece que siempre estuvo aquí, puede que lo dejara la gente de antes. El abuelo le recitaba palabras, al jondrogor, si le dolía algo se lo contaba todo, hay un conjuro del bosque para eso. Luego todo se le pasa al jondrogor. Y le llevaba ofrendas: le daba tabaco, arroz o cualquier cosa. Así eran como amigos.

Pues sí, claro… ¡Claro que eran amigos! Y Zhambal en realidad también es amigo suyo, sabe muy bien dónde vive el jondrogor, porque él mismo viene de allí, de la espesa maraña de ramas, de la oscuridad del anochecer, en cuanto se espese, saldrá a su encuentro.

Cuando Tsokto iba con el abuelo, ya fuera solo o con su hermano, siempre ocurría lo mismo: apenas aguantabas como podías hasta el crepúsculo, el cansancio se te echaba encima, te tumbaba de sueño mientras andabas. No había resistencia que valiera, te arrastraba en el acto. Pero, entre sueños, si entreabrías un ojo, podías ver que el abuelo Zhambal no estaba solo junto al fuego, había alguien a su lado… Enorme, todo él de volutas de humo, de chispas y reflejos de fuego, de sombras que danzan en corro, bailan desenfrenadas: unas veces se apartan corriendo, otras se apiñan. Es aquel del bosque. Es él quien ha salido, se ha sentado junto al fuego para calentarse también, charlar de algo con el abuelo, echar unas bocanadas de su pipa. Es muy grande ese ser que se arremolina: entretejido de troncos gruesos y oscuros, unido por las venas de ríos y arroyos, se le abultan los músculos como escarpaduras de montaña. Se oye su conversación: crepitan las brasas, el humo sisea al enroscarse en las ramas, y las copas de los grandes árboles susurran, siguiendo la charla, y por algún lugar un río cercano murmura, juega en los rápidos.

Así esa fuerza, la fuerza del enorme ser del bosque, impregna al abuelo, él la lleva consigo, o… Puede incluso que ese jondrogor de aquí tenga un hermano menor. Algún pariente, en fin. Porque una vez Zhambal se lo llevó consigo —se lo aconsejó un viejecito al que había salvado—, y el jondrogor menor lo ayudó cuando se le echaron encima tres… o no, ¡dicen que hasta cinco feroces perros loberos! El abuelo les rompió el cuello uno tras otro, así mismo, con las manos desnudas. Les desgarró las venas que producen sangre en el cuello, les bebió la sangre. Y él se volvía cada vez más y más feroz. El abuelo Zhambal lo contaba como si no lo hubiera hecho él mismo, sino como si alguien hubiera salido de detrás de su espalda y hubiera despedazado a aquellos perros. Solo que fue tal la furia que no recuerda cómo ocurrió todo, como si se hubiera quedado ciego.

Eso pasó hace mucho, claro, por entonces era un mozo arrojado. ¡Y raptó… es decir, robó a su Tuyana de las mismas narices del rico Gombo! Ya estaban con la boda, con aquel rico con quien casaban a Tuyana contra su voluntad. Habían llegado los parientes, el patio estaba lleno, todo lo que hay antes de una boda. Entonces Zhambal saltó la empalizada sobre un corcel castaño, irrumpió, recogió a la muchacha… ¡y salieron disparados a la estepa más rápidos que el viento! Galoparon hasta la subida a la montaña, había que escapar cuesta arriba por el arroyo, por las piedras. En un lugar lejano, convenido de antemano, un amigo de Zhambal ya los esperaba. Alejaron al castaño y se pusieron a subir a pie.

Los matones al servicio del rico salieron tras ellos. ¡La persecución estaba a punto de alcanzarlos! Pero por allí no se podía avanzar gran cosa, ni pasar al galope. Soltaron tras su rastro unos perros enormes. Zhambal se detuvo solo… ¡Y le rompió el cuello al perro lobero mongol que los había alcanzado! Uno así, del tamaño de un ternero, feroz. Luego a otro y a otro más. Y así, a todos.

¡Aquellos matones que los perseguían se murieron de miedo! ¡Creyeron que el mismísimo diablo de la noche, Jaré, se había metido en el mozo! Nooo, muchacho. Se rascaron el coco y pensaron: ¡Jaré, desde luego! Hay que salir pitando para casa. Aterrados, saltaron sobre los caballos, chillaron, gritaron, se arremolinaron como una ventisca negra a ras de suelo, galoparon a toda velocidad lejos del lugar maldito.

Zhambal y la abuela Tuyana escaparon entonces. Con Tuyana, una joven belleza en aquellos tiempos, claro. Desde entonces viven felices y por muchos años.

Cuántas laderas escarpadas, cuántos bosques quemados llenos de árboles derribados, cuántas planicies pedregosas recorrió con el abuelo Zhambal… ¡A ver quién rastrea ese hongo! El choidop, un hongo de los árboles, crece en los abedules. Como el chaga, pero se distingue por las protuberancias de arriba, y tiene el sombrero más claro, como de color arena. En la taiga el abedul se encuentra sobre todo en los parajes, a lo largo de los ríos, cerca de los pantanos y por las crestas de las sierras, en las laderas abiertas y soleadas.

Siempre iban con alguno de los hermanos, con los sobrinos, todos en pandilla. Recogían ajo de oso, helechos, luego maduraban las bayas, se llenaban las piñas. Iban a cazar con el abuelo Stepán, el abuelo Makar, el tío Dorzhó, que tenían olfato y experiencia para la caza, con ellos no te pasaría nada. Y el abuelo Timoféyev, el tío Galsán, el tío Dashinima, aquellos eran pescadores empedernidos, solo estimaban la pesca.

Al atardecer dejan el campamento bien dispuesto, todo preparado para la noche. O se apiñan en una cabaña de invierno, hay sitio para todos. Tsokto y su hermano, o alguno de los muchachos, acaban tan rendidos, ¡a ver si llegan al camastro! A los hombres déjalos sentarse junto al fuego, junto a la estufita que zumba. Se ponen a charlar tomando té: apenas les da tiempo a preparar un caldero tras otro. Las voces ruedan, como la charla incesante del río de la taiga que a menudo tienen por vecino, que bulle cerca en los rápidos. Un lance de caza que le ocurrió a alguien tira enseguida de otro. Y luego las historias de pescadores se ensartan en el sedal del relato pausado. Y parece que tornasolan, juegan al sol, desprenden un olor a río, a agua profunda y a limo, como peces recién pescados.

Muchas cosas les habían pasado cazando y pescando. La taiga a veces es misericordiosa, y otras peor que una madrastra mala. A uno le echa encima un oso pardo furioso que no se ha echado a hibernar, a otro lo hiela, a otro lo arrastra bajo el hielo, a otro lo extravía, lo zarandea durante semanas, no lo suelta de sus brazos tenaces.

Por eso Tsokto tampoco conoció mucho a su padre, Sayán. A él y a un compañero les cayó una avalancha encima en las montañas. «Los aplastó la nieve», como decían.

Sayán se deslomaba con pesados sacos de varios puds sobre la espalda, tanto en la pesca por los lagos como en la recogida de bayas y piñas. Cazaba cebellinas y ardillas, y también salía con sus compañeros a por el gigante pardo. Pero luego todo cambió, y las reglas fueron muy distintas. Empezaron a imponerles un plan a los cazadores: que entregaras tanto de tal cosa para tal fecha. Lo imponía la Oficina de Acopio y Caza. Los cazadores echaron a andar atados de pies y manos por el plan. La vida de la taiga es una sucesión de franjas: en unas nada, en otras mucho. Es difícil preverla, meterla en algún plan. Pero más valía no contradecir a aquellos forasteros que se habían puesto a dar órdenes, con botas de cuero curtido al cromo y pantalones de montar, con un revólver Nagán al cinto. En un instante acabarías donde ni siquiera aquel Makar suyo llevaba a pastar los terneros.

Cuando el padre volvía de la taiga, siempre traía regalos para Bulatka y para Tsoktoshka. A cada uno una cosa: un regalo «de la liebre», otro «del zorro», otro «de la ardilla». La liebre, por ejemplo, siempre les regalaba una loncha de tocino toda llena de migas de pan, con una rebanada de pan aplastada e incrustada encima. El zorro simplemente les mandaba algún mendrugo medio desmigajado. De la ardilla les tocaba a veces una piña resinosa, otras un par de terrones de azúcar.

A sus compañeros de la taiga les gustaba salir con él a procurarse sustento. Siempre volverían con algo: ¡Sayán atraía la suerte, decían! Tenía ese don: desenredaba cualquier rastro de animal, entre muchas quebradas iguales elegía aquella donde no perderían el camino. Encontraba por intuición los pasos de los ríos, allí seguro que podrían vadearlos. Y dónde acechar al animal, preparar un puesto de espera para acertar sin falta. A muchos les curaba las dolencias, como si las sacara con las manos: bastaba con pasar las palmas sobre el lugar enfermo. Conocía las hierbas medicinales y los remedios, qué servía para cada cosa.

Una vez salieron varios cazadores a faenar en unos parajes lejanos, al otro lado de la sierra. Se quedaron de caza hasta la primavera. Luego el padre y un amigo fueron deprisa a inspeccionar los cotos apartados. En las montañas, en algún descenso con esquís, cortaron una capa de nieve ya tan poco firme como lo es en primavera. Retumbó la avalancha al desprenderse. Los cubrió al instante, de ella no había salvación. Abajo, al pie de aquella montaña funesta, había un lago helado. Sus cuerpos, arrastrados bajo el peso de muchos puds de nieve —se había venido abajo media montaña—, fueron a parar al hielo. Los hombres se alarmaron al ver que faltaban un día, dos. ¿Dónde se habían metido? Salieron corriendo a buscarlos. El rastro de los esquís se interrumpe. Vieron aquella lengua mortecina que asomaba sobre el lago. Se distinguía un esquí despedido o un saco, empezaron a desenterrar. Al padre, decían, le había faltado así, una sazhen, lo que abarcan los brazos abiertos de un hombre adulto, para que el arrastre lo llevara hasta el hielo limpio. Aún había reptado, al parecer, había intentado salvarse, y así quedó congelado, con el brazo estirado hacia delante y la mano cerrada en un puño. Y en el puño, cuando lo abrieron, una piña resinosa. Como un último saludo de la ardilla.

No hacía tanto de aquello, de cuando las bandas de bandidos merodeaban por los valles más remotos de la taiga. Unas veces una centuria salvaje, otras un destacamento negro. Partisanos de pelaje blanco, de pelaje rojo y de no se sabía qué, imposible distinguirlos. Todos saqueaban por igual. Y cuando unos tropezaban con otros, o los rastreaban a propósito, los acechaban emboscados, se mataban entre ellos. Arrasaban las cabañas de invierno, quemaban los campamentos y las fincas apartadas. Llegaban a los escondrijos y se llevaban las provisiones de los cazadores.

Habían pasado toda clase de cosas en el Valle de Boldyn, en el Arroyo de Makar, en el Lago de Sultim. Y algo había sucedido en la Piedra-Gunzún, en la Finca de Stepánchik, en la Cabaña de Invierno de Garmáyev. Y también el Paso de Shogdó, y los Manantiales de Chultim. En otros tiempos aquellos hombres, Boldyn, Makar, Sultim, Gunzún, habían levantado cabañas de invierno, instalado chozas, construido cobertizos, dispuesto saladeros, escondido puestos de acecho para los animales. De ellos quedaron las manchas negras de las hogueras, ahora casi cubiertas de vegetación, quedaron las marcas que habían hecho en los troncos, que te guían, que no dejan que se pierda la senda. Ellos cortaron los arbolillos allí donde está tendido el paso sobre el arroyo, serraron los leños y limpiaron el manantial que borbotea en un cuenco de piedra, lo cercaron de apoyos. ¿Acaso los ecos de sus disparos y el repiqueteo sonoro de sus hachas aún resuenan en un eco lejano, extraviado?

Los nombres que arraigaron a partir de los suyos solo los conocen quienes se ganan el sustento en esos lugares. ¿Cómo no enumerarlos, no renovarlos en la memoria? Si no, se borrarán del todo, se perderán, los cubrirá la maleza, desaparecerán. Y las demás personas… ¿Cómo sabrán adónde ir, dónde están esos valles, arroyos, parajes, lagos?

A veces no se entiende de quién se está hablando. Porque Garmá, Boldyn, Sodnom, Shogdó, Sultim, Sunda, Gunzún tienen hermanos y sobrinos. Tías, tíos. Y tienen hijos. Y los hijos, ya del todo adultos, tienen sus propios hijos. Tsokto, por ejemplo, conocía bien a los Garmáyev, los Boldynov, los Sodnomov, los Sultimov de verdad, no a unos que vivieron hacía cien años. ¿Cuántos de sus amigos muchachos no había entre ellos?

Y además las cosas se intercambian en un movimiento circular. A uno le han crecido los chicos, la ropa y el calzado se les han quedado pequeños. ¡Toma, Tsoktoja, unos buenos pantalones! O bien: ¡aquí tienes un chaleco de piel! ¡Y qué caliente! El chaleco es del mismísimo Sunda. No del que murió hace mucho, sino de su hijo, claro. O de su hermano-sobrino, o de algún otro. Las botas de fieltro son de Shogdó. Del bisnieto de aquel Shogdó, el que es un paso de montaña.

De los buscadores de oro quedaron muchas cosas buenas y resistentes, con ellos se hacían trueques. Monos de trabajo, chaquetas acolchadas, chaquetones, pantalones y chaquetas de «piel del diablo» están guardados en los arcones de muchos aldeanos. Luego empezaron a aparecer uniformes militares. Los cambiaban y los traían. Incluso completamente nuevos, como sacados a escondidas de los almacenes. ¿De qué ejércitos, a quién habían pertenecido? Nadie lo sabe, todo se había mezclado.

Así Tsokto fue reuniendo poco a poco sus enseres de la taiga. Para tenerlo todo suyo cuando saliera a faenar. Una manta caliente de pelo de camello, un trozo de lona contra la lluvia, un saco resistente con tirantes cómodos. También se hizo con un hacha pequeña. Y los viejos hombres del bosque le regalaron cuchillos. Los cuchillos habían envejecido con sus dueños, estaban todos gastados de tanto afilarlos. Pero eran fiables, ágiles, se agarraban bien. Tú también cuídalos, Tsoktoshka. En la taiga puede pasar cualquier cosa, y ellos están ahí mismo, siempre a mano. En cualquier trabajo responderán, te prestarán ayuda.

…Tsokto se esconderá bajo la cubierta de piel de oso. Debajo está seguro, no hay miedo, nadie lo alcanzará. Hay además una manta de reno, una piel de lobo, una capa de liebre. Bajo cada una los sueños son especiales, hasta las conversaciones se oyen de otra manera.

O puede parecer que se durmió en un campamento, junto a una hoguera nocturna o en tal cabañita de invierno, y al despertar hay un campamento del todo distinto, otra cabaña, otros cazadores o pescadores conversando. El mismo vapor sobre los jarros de té, y el humillo de las pipas que se riza. Había empezado una historia… Se quedó atada por un hilo a aquel lugar de antes. Y ahora ha sido atraída hasta aquí…

—Pues una vez, muchacho, subíamos nosotros por el Ulzyja…

—¿Por el río, quieres decir? ¿Dónde está eso, el paraje de Ulzyja?

—Pues sí, así es.

El paraje de Ulzyja se llama así porque allí, en el curso alto del Ulzyja —el río también se llama Ulzyja—, el abuelo Ulzy tenía una cabañita de invierno. El abuelo pasaba largas temporadas en ella. La cabañita quizá haya desaparecido… O alguien habrá levantado otra cabaña suya en aquellos lugares, pero el nombre del abuelo todavía se recuerda por ese paraje. El abuelo Ulzy es el padre de Sayán, de modo que es abuelo de Tsokto y Bulat. Y Zhambal es su abuelo por parte de su madre, Ayún.

De Ulzy contaban que conjuraba distintas enfermedades de la gente. Y que hasta había hechizado a un lobo para que lo salvara. El lobo sacó a Ulzy de la taiga cuando se rompió una pierna y no podía andar. Pero serán invenciones, seguramente.

Si a alguien lo atormentaba un dolor de muelas, o un niño pequeño se deshacía en gritos, o lo que les pasa a las mujeres después del parto, unas veces fiebre, otras hidropesía, acudían a él. Empezaba a murmurar como si hablara con alguien invisible. ¡De pronto gritaba, soltaba maldiciones, agitaba los brazos! Daba pisotones cuando la dolencia se había instalado y no se dejaba expulsar.

Una vez Ulzy curó a un rico empresario del oro. Le hizo alguna predicción… o quizá libró de una desgracia a su hija, que había venido a visitarlo. En agradecimiento, el empresario le regaló una escopeta, belga. Nunca se había visto una así por aquellos lugares, la llamaban «olenberi».

También hubo un caso, decían los viejos, que había ocurrido hacía muchísimo tiempo, claro… Ulzy iba por la orilla, un río allí, un canchal pedregoso, el invierno a las puertas, todo barrido de escarcha. Se le escurrió el pie entre las piedras, empezó a caer desde lo alto y se le torció la pierna, a punto de quebrarse. No había manera de girarla, de sacarla. Una pedrusca se la había aprisionado, y en cuanto tiraba, el hueso se le atravesaba. La escopeta y el saco habían salido despedidos lejos. La ropa estaba mojada y se helaba enseguida al viento. No había nada que hacer. Se dispuso a morir. Pero entonces se le acercó arrastrándose un lobo. Muy viejo ya, no podía seguir a los suyos, se había quedado atrás. Se tumbó al lado, lo mira, qué espanto. Pero cuando se acerca la muerte, hasta con una pedrusca te pondrías a hablar. Ulzy le pidió al lobo que trajera una rama. Una rama gruesa, partida. Había que hacer palanca bajo la piedra, apartarla de algún modo. El lobo se quedó pensando… y qué hacer, como diciendo. De todas formas hay que morir. Trajo la rama, la arrastró con las fauces. Ulzy liberó la pierna. Luego fueron reptando los dos, él y aquel lobo. Se apretaban el uno contra el otro, se daban calor.

Aquello no le había sucedido al abuelo porque sí. La chamana negra lo había embrujado, había elegido el momento. Aunque Ulzy sabía todo aquello y estaba atento: recitaba conjuros del bosque, de aves, de fieras y de hojas, iba y venía trazando rodeos para dejar un rastro falso, se sahumaba para defenderse del mal que lo acechaba. Pero no se puede estar atento a todo, y perdió su visión. Como si alguien lo hubiera empujado sobre las pedruscas, y así cayó.

…La vieja Radzhán, la chamana, está de pie en un extremo de la aldea, escruta las estepas lejanas. «Un río —piensa la chamana. Ve un lejano río rojo—. El río es principio y fin, fondo y altura. Y los pájaros gorjean en las espesuras, y la lluvia cae del cielo, y brilla el sol. Y huele a humedad y a frescor. En la orilla hay piedras afiladas y troncos retorcidos, en el agua se reflejan los peñascos pardos. En el fondo del río hay guerreros chingizitas, guardianes del Imperio desaparecido. Del río rojo salió a la orilla un recién nacido rojo».

Radzhán se pondrá a aporrear el tambor, lleva tensada una piel de macho cabrío negro. Se transformará en otoño, se encenderá con hojas de frambueso, dejará caer las monedas amarillas de cinco kopeks del follaje, llamará con el grito inquieto de las caravanas de gansos que parten hacia el sur. Despacio se pierden las aves, se convierten en una telaraña transparente. Y esa telaraña, una sobre otra, desde hace ya cien años seguramente, va posándose sobre la cabeza de la vieja.

Y a Tsokto —una vez ocurrió—, cuando subieron con el abuelo a un paso, desde el collado les tocaba seguir subiendo por la cresta. Las piedras desnudas sobresalían como colmillos, barridas de nieve. El viento soplaba a ráfagas, abajo había frentes de roca de las que descendían lenguas de hielo. Entonces Tsokto se tambaleó de pronto… como si lo hubiera empujado el viento. Resbaló en una pedrusca, el saco pesado dio un bandazo. Salió volando, no recuerda cómo. Un golpe en la cabeza: como si se hubiera metido dentro de un tambor de chamán. Alguien lo golpeó con todas sus fuerzas con la maza, así le retumbó en los oídos. En algún sitio chocó contra las piedras, en otro rebotó, y empezó a deslizarse por el hielo. Alcanzó a agarrarse, sacó el cuchillo. La hoja se encajó en una grieta, logró sujetarse. A duras penas lo sacó el abuelo. Al principio no podía andar, estaba todo magullado.

Le daba vueltas la cabeza, y una luz blanca, cegadora. ¡Un golpe! Todo giró ante sus ojos. Un chasquido blando en la nariz: humedad de sangre bajo la nariz. Luego, de pronto, bruscamente, como enorme, ajena, que no fuera suya: la mano con el cuchillo. Se ve tan nítida la mano, el mango del cuchillo. ¡Son de un tamaño increíble! Cada esquirla de hielo, las salpicaduras de sangre, la gravilla. Golpea, golpea con el cuchillo. Da en algodón. Algodón blanco. Todo va despacio. El sueño dura. Un surco de la hoja. Las chispas de hielo lo cegaron. Le acribillaron la cara.

Luego él y el abuelo tardaron mucho en reponerse. Tsokto tenía náuseas, le daba vueltas la cabeza. Pero si uno «hace un poquito de chamán», si logra ver alguna cosa… Hay algo más detrás de esto, no ocurrió todo porque sí.

Tsokto se quedó entonces sin fuerzas, las dolencias se le pegaron. Hubo que llamar a la vieja Dagba para acabar con aquel mal. Dagba dijo que trajeran un pez recién pescado. Le frotó todo el cuerpo con el pez. Tiraron el pez al río, y entonces mejoró.

Dagba está de pie, con el rostro vuelto hacia la cordillera. Contempla las cumbres desnudas y nevadas que reflejan el azul, los oscuros abismos de las quebradas, el verde vivo en las laderas de las estribaciones. Su rostro es de corteza de pino, con destellos de cobre. Dará un golpe al tambor, tensado con piel de ciervo blanco. Y rodará con rumor de arroyo, resonará con algarabía de pájaros, salpicará con el rosa del romero silvestre, se cernirá como un nubarrón de tormenta, rugirá con los retumbos del aguacero.

Pero no… Todavía no es todo, sin embargo. En algún lugar del centro de Namjái, por la mañana saldrá de su cabaña centenaria, hecha con troncos de alerce centenario, el viejo Yudin, también centenario él. Guarda a buen recaudo un icono maravilloso, cuya imagen apenas se trasluce. El viejo alzará el icono, trazará la cruz sobre todo lo manifiesto y lo oculto hacia los cuatro puntos cardinales. Recitará una oración y dirá: «¡Gloria a Dios! ¡Gloria a Dios por todo!». San Nicolás del Oso, pintado en el icono en tiempos remotos, mirará desde arriba, por lo visto, las casitas extendidas junto al río impetuoso. Bueno, está bien, Dios es misericordioso. Que la vida siga ardiendo quedamente en paz.

—…pero ¿qué escopeta, qué «olenberi»? ¿Quién se lo ha inventado? —dijo el viejo Yudin una vez que se puso a hablar—. ¿No vendrá de Wallenberg? A aquel empresario lo llamaban Wallenberg. ¿Será por él que llaman así a la escopeta? La escopeta sí que viene de él.

…Ese Wallenberg anduvo por aquí. En cuanto empezó la búsqueda de oro, acudieron un montón de negociantes de esos. Siempre con sus «compañías», sus «sociadades». Echaban cuentas: ¿abrir una mina o limitarse a equipar cuadrillas de buscadores? Ese Berg, el que era Wallenberg, hacía sus enjuagues. A unos de una cuadrilla les daba una cantidad, y a otros, por lo mismo, muchísimo más. Para que se cogieran rabia, para que estuvieran a matar entre ellos. Luego todos aquellos trabajadores acababan endeudados. Enredados, llenos de deudas, ¿adónde iban a ir? Otra vez a contratarse para buscar oro.

A verlo a él, a ese Berg, vino su hija. ¿A qué vino? Era una de esas… 2* Bueno, como se dice, que no son de este mundo. Tenía que conocer cosas. Llevar la «antorcha del saber», vamos. ¡Voy a escribir la historia!, decía. Luego habrá un libro, en las capitales. Todos lo leerán. ¿Pero qué historia? En fin. El administrador de Wallenberg era Timoféyev, Timoja, vamos. Convencía a algún viejo o a quien fuera. ¡Te daré vino! Cuéntale lo que sepas de las costumbres del bosque, decía. ¿Por vino?.. Cualquiera se pondrá a soltar lo primero que le venga, tú no dejes de servir.

…Y el viejo Ulzy, sí, se sabía de él. Una especie de curandero. Era cojo, estaba lisiado. Conjuraba enfermedades, hacía predicciones. Las desgracias, las dolencias de la gente, tampoco puedes cargarte demasiadas, eso también tiene su peligro. Desaparecía mucho tiempo por la taiga, por algún lugar de las cabeceras, en un paraje. Pero aquella vez estaba allí. Puede que Timoféyev se hubiera hecho amigo suyo. Anda, cuéntale la historia a la hija de Wallenberg, le dijo. Ulzy le contó algo.

Pero después Ulzy le dice a Timoja: de noche vendrán unos malhechores a vuestra casa, van a quemarla. Los ha sobornado fulano, un bandido que anda por aquí. No es que al viejo le diera lástima aquel mercader… ¿Pero la hija? Tan extraordinaria, como una velita blanca, casi transparente de parte a parte. Un alma inocente. ¿Por qué tenía que morir?

Timoja no sabía si creerlo o no. Bueno. Para aquella noche puso a sus trabajadores con escopetas, los escondió de guardia. Y entonces, en lo más negro de la oscuridad, aquellos malhechores vienen de puntillas. Ya lo habían rociado todo de queroseno. Los trabajadores reaccionaron entonces, ¡y soltaron una descarga! Los otros se pusieron a responder. Se armó un tiroteo. Hirieron y apresaron a aquellos malhechores.

A Wallen-ese-berg lo dominó la rabia. Salió de un salto, arrancó de la pared la escopeta belga. ¿Quién ha decidido quemarme?, gritaba. Timoja le explica las circunstancias. El mercader llamó al viejo. Y este le predijo algo más. Después de aquello, Berg se puso en movimiento, cargaron los trastos que tenían. Enseguida se marchó con su hija, y nunca más se supo.

Pero antes le regaló la belga al viejo. ¡Y esta escopeta, le dijo, nadie podrá siquiera quitártela! Solo se regala de todo corazón. Porque los maestros belgas de la ciudad de Lieja le pusieron ese secreto. Si alguien se la lleva contra tu voluntad, la escopeta matará después por sí sola al ofensor. Y se recargará sola. Y matará a tiros a todos los allegados de aquel ladrón. ¡Toma, guárdala!

Una escopeta así costaba una fortuna. Luego acabó en manos del abuelo Zhambal.

…Los partisanos rojos acosaban sin tregua a la banda de Krashénnikov. Habían liquidado el núcleo principal de guardias blancos, solo quedaba gentuza de bandidos. Tenían intención de abrirse paso hasta las estepas de Mongolia. Pero les habían cortado todos los caminos hacia allí. Los que quedaban se fueron al otro lado del Río Rojo. Querían esconderse entre las cordilleras. Subían por el Tashur. El camino era malo, pero no conocían aquellos lugares, iban a ciegas. Salieron justo a los prados inundables de la vega. Allí, en los henales —eso quedaba lejos de la aldea—, había campesinos rusos, hombres y mujeres. Estaban acampados, recogiendo el heno con los rastrillos. Los bandidos necesitaban caballos para huir. Empezaron a dar vueltas alrededor: como si les hubieran echado un lazo al cuello y lo fueran apretando. Los perros se soltaron, se lanzaron contra ellos: los mataron allí mismo. Los malhechores se pusieron a llevarse los caballos, a agarrar a las mujeres, eran unos salvajes. Los hombres, uno cogió una horca, otro un hacha, otro sacó una escopeta. Los bandidos se pusieron a disparar, y a algunos los mataron a sablazos.

El abuelo Zhambal y también el abuelo Makar, el abuelo Stepán, estaban allí por casualidad. Volvían de los manantiales. Por el camino viene corriendo una mujer, toda desgreñada y con la ropa abierta, como si se hubiera vuelto loca… ¡Allí están matando gente!, decía. Stepán salió al galope hacia la aldea, a buscar ayuda. Zhambal y Makar decidieron que los bandidos tendrían que cruzar el río de todas formas. Y que pasarían por tal sitio: allí se distinguía el vado y en la otra orilla había un sendero muy pisado que subía. Atajaron en línea recta y prepararon una emboscada.

¡Exacto!.. Aquellos malhechores, eran siete, se metieron todos en el río, llevaban los caballos, arrastraban los trastos. Apareció su cabecilla, caracoleando. Zhambal le apuntó, lo tuvo en el punto de mira de la escopeta belga. Pero ¿cómo iba a matar por primera vez a un hombre? Sin embargo, aquel no tenía rostro, era todo negro. Le flotaban unas greñas de humo. Pero no era solo eso… Allí donde estaba la cabeza, de pronto pareció dibujarse una rayita clara, incluso dorada: ella atrajo la bala. El diablo cayó, solo se vieron un instante las botas bajo el agua cuando la corriente se lo llevó. Entonces Makar también ayudó desde su lado. Los diablos empezaron a agitarse, a disparar con los fusiles a derecha e izquierda. Los caballos tiran de las riendas, resbalan sobre los pedruscos, los remolinos los hacen girar. A algunos de los bandidos los arrastró hacia lo hondo, se ahogaron. A todos los muertos, a unos los arrojó contra las piedras, a otros los dejó enganchados en los montones de troncos atascados.

Después, ¿qué iban a hacer? Los rusos recogieron a los suyos y los enterraron en secreto. Pero con aquellos… No, dijeron, ellos no podían tocar de ninguna manera a aquella prole del anticristo. Haced vosotros lo que queráis.

Aquí no se podía hacer nada sin la chamana, la vieja Dagba. Ella hizo allí sus trajines a su manera. Y dice: sacadlos a todos del agua, a los muertos. Es pecado dejarlos así. Encontraron los cadáveres, cada uno donde había quedado tirado. Los arrastraron a todos hasta un barranco perdido. Lo echaron todo allí. ¡No se puede coger nada suyo, ni un solo cartucho siquiera! Y allí había armas en cajas rotas. Y cartuchos, y pertrechos. También había cajas militares, sólidas, pero ni las abrieron. ¡Vuestras escopetas, dice Dagba, con las que los matasteis, echadlas allí también! Zhambal no quería separarse de su «olenberi» por nada del mundo. ¡Hasta se le saltaban las lágrimas! Pero ¿qué podías decirle a Dagba en contra?.. Con que te echara una mirada, ya te atragantabas.

Y la echó allí, y Makar también echó la suya. Lo cubrieron de cosas, de tierra, lo sepultaron en aquel lugar perdido. La vieja lo llenó todo de humo alrededor con la hierba del olvido. Se puso a pisotear, a bailar, a golpear el tambor con la maza. ¡Hasta se levantó un torbellino! Sopló, escupió. Todos olvidaron aquel lugar maldito. Como si se lo hubieran arrancado de la memoria, nadie lo recuerda. ¿Dónde era, qué?.. Los de la fe antigua, por medio del viejo Yudin, discretamente, a solas, les dieron dinero a los cazadores. Para escopetas, para todo. Pero les mandaron que ni una palabra. Y ya está. Nunca más se volvió a hablar de aquello en ninguna parte.

…Si Tsokto salía de casa corriendo por la mañana temprano, podía correr sin parar hasta la noche. Había que pasar por casa de todos, visitar a todos. Adelantándolo, la fiel Chara volaba con ladridos sonoros. Los perros de los vecinos se alborotaban enseguida, salían tras ellos. ¡Tocaría apretar con todas sus fuerzas! Pero todo acabaría bien. Corría de acá para allá. Echando carreras con el viento. Corría a la izquierda, a ver a los hermanos; a la derecha, a las hermanas traviesas. Y en línea recta, sin desviarse, a ver a los abuelos y abuelas, a las tías y los tíos.

En la aldea, unas casas se habían arrimado más unas a otras, y otras estaban más lejos, desperdigadas por las lomas: allí se habían instalado después. Tsokto corría, corría, y hasta podía llegar a casa del viejo Yudin. Su cabaña era sombría, hecha con troncos de alerce centenario ensamblados a ras en las esquinas. Y él mismo tenía cien años, no menos. Algo apartadas había otras cabañas iguales: sólidas, rodeadas de dependencias. Como los hombres que se habían establecido allí por su cuenta: con grandes familias, con amplios corrales. Hombres cubiertos de barba hasta los ojos. Guardan la fe. Una fe oscura, encerrada en troncos y cubierta de musgo, empapada de agua de manantial. Or-to-do-xa an-ti-gua. El viejo Yudin guarda el Santo icono. Allí San Nicolás, pintado en tiempos remotos, emerge de la oscuridad de los siglos.

Pero cómo decirlo… No es que aquel viejo le interesara tanto a Tsokto. Lo que había que hacer sin falta era visitar al gato, que quizá también fuera algún pariente lejano de aquel Yudin. ¡Un gatazo enorme! Tenía pelo de oso y una colaza como el brazo de un hombre fornido. Los bigotes le sobresalían, uno podía atravesarse la palma con ellos. Cuando Tsoktoshka era más pequeño, se ponía en cuclillas delante de él y quedaban a la misma altura. El gato empezaba a retumbar con una voz de las entrañas, como si preguntara: «¡A ver, dame pescado! ¿Qué has traído, yugo infiel?».

El viejo Yudin, y todos aquellos rusos de la ortodoxia antigua, no eran de juntarse con nadie ni de acoger a nadie. Pero con el abuelo Zhambal el viejo se mostraba más blando. A veces se sentaban en el banco de tierra junto a la casa y hablaban de sus asuntos. Comentaban tal o cual nombre: algún arroyo, por ejemplo, o un paso. ¿Por qué llamaban Valle de Boldyn a aquella hondonada? El viejo Yudin sabía que era la de Bajo la Piedra, así la llamaban entre ellos. ¿O estaban hablando de lugares distintos? Luego, al parecer, acababan entendiéndose. También hablaban de los manantiales: cuál curaba la espalda, cuál las rodillas, y cómo llegar a este o al otro. Yudin parecía agradecerle al abuelo que hubiera acabado con los bandidos. Sin embargo, no lo decía directamente, y también ocultaba su pena…

«¡Pues ha madurado la cosecha!.. Y el Segador ya ha alzado su hoz del mediodía…»

Cómo retumba el viejo con aquella voz de las entrañas.

Hasta se para el corazón.

«¡Ha llegado la hora de inclinar la cabeza ante el Segador! ¡Pues tú eres espiga en los pastos de Dios!»

Allí, en los henales, estaba su nieta, una muchacha de dieciocho años. Los malhechores se la llevaron al bosque, y lo que le hicieron, algo espantoso. Hasta le dieron después tal tajo en la cruz que se le hundió profundamente en el pecho. Quedó doblada hacia dentro, pero no se partió.

Tsoktoshka, con sus intereses de muchacho, prefería de todas formas «conversar» con el gato. Venía corriendo a verlo. No con las manos vacías, claro. Unas veces traía perquitas envueltas en una hoja de bardana, otras, lenoks, otras, algún otro pescadito. ¡Su Chara nunca llegaba hasta la cancela, enseguida le surgían asuntos perrunos urgentes! Porque el gatazo aparecía al instante de la nada, se ponía a frotarse contra las piernas de su amo.

Tsokto trataba al gato con veneración. Porque seguramente él era el Zar del Bosque, pensaba. El abuelo Zhambal contaba una antigua leyenda sobre el pueblo de los ciervos. Y sobre el Zar del Bosque, que los había atraído hasta él.

Pero la vieja Radzhán no había olvidado nada, a ella no se le podía ocultar. Desenterró el cráneo del cabecilla de la guardia blanca. Lavó los huesecillos para sus hechicerías secretas. Y en el cráneo, justo en medio de la frente, un agujero de bala de lado a lado.

Los tiempos empezaron a cambiar, no deprisa, claro, pero de alguna manera… Y todo para peor. Merodeaban bandas, unas veces unas, otras veces otras. La requisa de víveres cayó de la nada. Empezaron a organizar un koljós. Luego una explotación de caza. Apuntaron a todos, qué tenía cada cual. Unión-desunión. Y entonces… Hasta la gente de la aldea se desunió, se perdió el vínculo entre ellos. Antes ocurría que de un extremo al otro de la aldea se ponía a rodar una borrachera desatada. A unos les había pasado una desgracia y habían bebido, a otros les había ocurrido algo alegre y también habían empinado el codo. Pero daba igual, el remolino del alcohol los arrastraba a todos. Salían unos y otros por la aldea. Y ya se habían topado frente a frente, saltaba una chispa, venga a medirse los puños unos con otros. A ver quién tenía los puños o la cabeza más duros, o alguna otra herramienta más grande. Pero ahora hasta la borrachera había desaparecido. Aleja a los aldeanos, y sus corrales, y sus casas, cada vez más unos de otros. A veces es como sentir desde lejos… todavía ni siquiera humo… Pero llega un olor inquietante. Ya ha empezado, está en algún sitio. El incendio ha crepitado, se ha esparcido en chispas por la leña caída. ¡La peor desgracia de la taiga!

Oficina-de-acopio-y-caza. Plan de capturas. Venga a desposeer a alguno por kulak. Aparece gente venida de fuera, extraños. Todo tienen que organizarlo a su manera. Despachos diversos, disposiciones, listas salen rumbo al jefe principal de esta región. Pero llegan justo al río que separa las estribaciones de las llanuras que empiezan. Y allí, ¿se puede cruzar, no se puede cruzar? El hielo aún no ha cuajado, o está a punto de romperse. Ha subido el agua por la crecida primaveral o por las lluvias pasadas. Ha bajado el agua. Mientras tanto, los papeles enviados se han agriado en la orilla, de tanto esperar. Ya ha cambiado todo. El jefe los recibe, los lee. ¿Pero cuándo fue aquello, en qué época? ¿Sobre qué va a dictar una resolución?

Llega un jefe nuevo, con sus secuaces, pero todos parecen algo lelos. ¿Acaso los buscaban así a propósito para desterrarlos más lejos? Se ponen, como acostumbran todos ellos, a inventariar algo. A contar, a meter en listas. Y por alguna razón se presentan en casa de la vieja Radzhán. Aunque ya de por sí cuesta encontrarla cuando ella no quiere.

—¡Hemos venido a inventariártelo todo!

—¿Qué es eso? ¿Qué demonios?

—¡Inventariaremos tus bienes!

—¿Qué bienes ni qué nada? Mira cuántos hombres hay, id a inventariarles a ellos.

—Eh… ¿Te pones de bromas, vieja?

—¿Qué bromas? Ahí hay un gallo cojo y una gata sin rabo. ¿Qué vais a inventariar?

—¡Cuidadito! ¿Y esto que tienes aquí?

—Esto es mi cajita para las hierbas.

—Quééé… ¡Pero si es un cráneo! ¿Por qué está aquí?

—A ver, voy a mirar por aquí, por el agujerito, pues…

El cráneo tiene un agujero de bala en medio de la frente, y el hueso occipital de atrás está arrancado por la salida de la bala.

Ella lo mira. Y resulta que el jefe recién llegado no tarda en estirar la pata, se le pega una flaqueza pálida. Se acabó, lo mandan a algún sitio. No encuentran a nadie más para aquel puesto. O incluso se olvidan de dónde está aquel rincón, que ni se sabe si figura o no en el mapa del distrito. ¿O allí hay piel de ciervo, una mancha blanca? ¿O una negra, de piel de cabra?

El sueño caerá sobre Tsokto, lo envolverá con el abrigo peludo de los parajes musgosos, lo aplastará con la pesada pata de las estribaciones llenas de baches que han recorrido durante todo el largo día. Y se le aparecerá aquella enorme palma de piedra y taiga: ¡ni siquiera tiene bordes! Por ella se extienden todas aquellas hondonadas, corren arroyos, se abultan los pasos. Fruncen el ceño las piedras severas, y aquí y allá se arriman las cabañas de invierno, borbotean los manantiales. Los bosquecillos de abedules están llenos de verdor y luz, unos lejos, otros cerca unos de otros. Él y el abuelo Zhambal van de un bosquecillo al siguiente.

A veces pasan dos años antes de volver al mismo lugar. En ese tiempo el hongo choidop ya ha crecido, se ha pegado a los troncos y se puede recoger. Su antiguo campamento, el que hicieron dos años atrás: la huella de la hoguera, el chamizo, el propio Tsoktoshka lo cubrió con ramas de conífera. Solo que todo se ha llenado de maleza. Y otra vez… Han resonado y se han ido dos inviernos, dos veranos. Laderas escarpadas, bosques quemados llenos de árboles derribados, planicies pedregosas. Han llegado al mismo sitio. El claro cerca del arroyo, los restos de la hoguera, el chamizo. Cuánta caza en todo ese tiempo, cuánto han cobrado. Y la «TOZ», bien ajustada para el tiro, también parece haber crecido pegada a Tsokto, adherida con su cañón pavonado, con su grasa de armas y su olor a pólvora.

Y su hermano Bulat decía que aquellos lugares donde se podía recoger el hongo formaban una especie de franja ancha tendida de oeste a este. Por allí había volado un dragón, esparciendo sus chispas de fuego. De aquellas chispas brota el hongo choidop.

¿Qué dragón ni qué nada? ¿No lo habría soñado?

¡No! Ya el abuelo Chultum lo contaba. Y Chultum se lo había oído al abuelo Garmá. Y al abuelo Garmá se lo había contado un viejo lama. Había venido del Tíbet. El dragón voló hasta allí y allí se estrelló. Todo ardía por su culpa. Incluso durante muchos años estuvo ardiendo. El humo subía hasta el cielo. Después solo quedaron montañas de roca.

El hongo choidop se pega a la altura de una persona, o algo más arriba. A veces parece la cara de un viejo. Un viejecito así… Una carita vieja, toda arrugada, estrujada. Si miras por la rotura, dentro tiene vetas rojo oscuro o rosadas.

Cuando han recogido los hongos, hay que repasarlos, separarlos. Extenderlos para que se oreen, para que les dé la brisa. Pero qué brisa, a ver cómo la pillas. El sol unas veces abrasa demasiado, otras se esconde, otras se echan a correr las nubes. ¡Entonces al hongo le puede doler la cabeza!

—¿Tú qué te crees, Tsoktoshka? —el abuelo hasta empieza a regañarlo—. Si te extendieran a ti a pleno sol, ¿no se te pondría la cabeza ardiendo? ¡Pues eso! Se te nubla todo ante los ojos, te quedas como escaldado. ¿Y el hongo qué? ¿Te crees que no tiene cabeza?

Bueno, cabeza tiene, claro, sí. Y también sabe esconderse y ocultarse muy bien.

Y además está el Hongo-Rey. Él es el que manda sobre todos los demás hongos, están a sus órdenes.

Se ponen a caer las lluvias, no hay forma de proteger nada de la llovizna. Lo metían todo tal como estaba, había que sacarlo de allí cuanto antes. Empezaría a estropearse, a enmohecerse, ya podías tirarlo. Con los sacos hasta los topes se dejaban los huesos en las marchas, aquello los doblaba en tres.

…Cuando volaba el dragón, de él fueron saltando los hombres ciervo. Entonces todavía no eran hombres ciervo, claro. Eran simplemente personas de una barca de hierro voladora.

—¡Pero tú, Bulat, te intoxicaste con el humo de la estufa mientras dormías! ¿Cómo va a existir algo así? Personas de una barca de hierro… ¡Vaya cosas te inventas!

—¡Tú sí que dormías como un tronco! El abuelo Olzó contaba que cayeron aquí, en plena taiga. Y empezaron a helarse, era invierno. Pero tenían un chisme de esos. Se llama imán. ¿Has visto el del abuelo Makar? Tiene uno, con él magnetiza los cañones. Y el tío Galsán también tiene uno en el taller de motores y tractores. Si echas limaduras de hierro en un papel y luego pasas el imán por debajo. Todas las limaduras se juntan hacia el imán, y lo siguen, adonde lo lleves. Y los ciervos también acudieron de todas partes hacia aquellas personas. Se tumbaron a su alrededor y las calentaron con su calor. Las personas se abrazaron a los ciervos, y ellos se convirtieron en sus mejores amigos. ¿Has entendido cómo fue?

Bueno. Así debió de ser.

…¡Venga, tú serás un perro lobero!

Bulat se ha vuelto loco, desde luego. ¡Otra vez con sus juegos!

—¡Lánzate contra mí!.. ¡Te haré una llave y te retorceré el cuello! ¡Como el abuelo Zhambal les retorció el cuello a cinco perros loberos cuando lo perseguían!

—¡Que Grom se lance contra ti como un perro lobero! ¡A ver si puedes retorcérselo a él!

—¿Qué, te has rajado?

—¿Quién, yo me he rajado?..

Tsokto se lanza contra su hermano en un ataque frontal.

…Bulat lo ha hecho rodar tanto que lo ha convertido en un muñeco de nieve. Solo Grom está encantado, corre alrededor, levanta remolinos de nieve. ¡Pero él sí que te derriba de una sola embestida! Con él más vale no meterse. Y con Tsoktoshka… Haz lo que quieras.

Pero entonces mamá Ayún, claro, se acerca y lo abraza. «¡Bueno, Tsoktosha, no te apures!». Él se queda sentado un rato y acaba dejándose caer en su regazo, se acurruca. Y Bulatka también remolonea un poco por ahí y se acerca. «¿Por qué le haces daño a tu hermano pequeño, Bulat? ¡Eso no se hace!». Bulat también se deja caer, se acurruca junto a ellos. Ha venido la abuela Tuyana, ha frito tortas. «¡Venid todos a tomar té!». La abuela también los abraza a todos. Como ciervas, dan calor con su calor a los pequeños seres humanos Tsoktoshka y Bulatka, caídos de una estrella lejana, helada y sin vida, y los protegen de todo.

…Tsokto recordaba cómo se iban con el tío Galsán muy lejos, a la estepa. Él tenía un taller de motores y tractores, y el célebre tractor «Héroe Rojo», cuyo traqueteo se oía por todo el aimak. En el tractor llegaban también a los lagos, bajaban a las hondonadas crepusculares, a su encuentro alzaban el vuelo las garzas sobresaltadas, sacudiéndose de las alas un fleco plateado de gotas. El lago relucía como cobre rojizo, como una moneda antiquísima, deslustrada y muy grande. Tsokto yacía sobre el agua, con los brazos abiertos. En el cielo previo al ocaso se extendían mechones blanquecinos, y alguna que otra águila marina planeaba con las alas desplegadas. Un milano trazaba un semicírculo lento. ¿Es posible oír el roce de las alas en el cielo, el roce de las grandes aves al deslizarse por las corrientes de aire?

Era como si Tsokto leyera las páginas pardas de las lomas de la estepa… ¿Cómo podía leer? Igual que el viejo lama leía las oraciones, meciéndose un poco, como bajo el viento. Entraban en un pequeño dugán, todo atravesado de flechas de sol. Crujían las bisagras de la puerta ladeada, temblaban las campanillas, con un sonido tan fino y lastimero, como si temieran que de un momento a otro se les rompiera el corazón. Se agitaba el bosque de sol, cambiando de posición las hojas transparentes hechas de motas de polvo suspendidas en el aire. En aquellas hojas se rizaba el humo, que subía de una copita de cobre con incienso encendido, se vertía como leche en el té, ascendía hacia los rollos amarillentos con los rostros de unas deidades que parecían flotar allá en lo alto.

Tsokto escuchaba a la serpiente del silencio, que reptaba en círculo, como si estrangulara con sus apretados anillos. De su piel parda y gris emanaba calor. Y un tenue tintineo de cristal. Como si aquel movimiento refractara el brillo de las cuentas de vidrio que adornaban la piel de la serpiente con un dibujo caprichoso. Se entretejían el chirrido de los cantores invisibles al pie de las hierbas, los saltos estridentes de los saltamontes, el zumbido grave de los escarabajos, los trazos temblorosos de las libélulas. Si arrancas hierbas, las estrujas entre las palmas, aspiras aquel olor amargo que despierta recuerdos, ¿no está el propio corazón de la estepa en ese polvo de hierba y tierra mezclado con ceniza? Porque así olían las manos de su madre. ¡Y la abuela, toda la enorme abuela, olía como la estepa! De sus dos hermanas llegaba aquel aliento de ajenjo. De su hermano Bulat… sí, algo tan entrañable que dolía. Hasta oprimir el corazón.

También se adentraban más en la taiga: había una cabaña de invierno, y otra más, donde podían vivir largas temporadas. Allí acudían el abuelo Stepán, el abuelo Makar, los hermanos Jandárov y el tío Dorzhó. Así que en las cabañitas de invierno estaban entre los suyos. Todos eran ya viejos, no tenían salud suficiente para llevar las presas a la oficina. Pero colocaban lazos, ponían trampas, preparaban cepos de caída, armaban cepos de hierro. Tsokto, junto a ellos, aprendía a tener juicio, afinaba el ojo y la mano. También se destrozaba los pies, claro. Con los esquís, arriba y abajo por las lomas, se agotaba hasta perder el sentido. Apenas empezaba el día de invierno, ya rodaba hacia el ocaso, detrás de las colinas. Lo que les daba tiempo a recorrer con luz, y después de vuelta, deprisa al calor. Cuando había alguien en la casa, la estufa rugía, el té hervía, el agua y la leña estaban a mano, la comida preparada; qué seguro era todo entonces.

¿Tsokto duerme o no duerme?.. Oye cómo se va estirando el hilo intrincado del relato, retorcido en tres hebras.

—¿Y a los hombres ciervo los habéis visto en el bosque, os habéis topado con ellos?

—No, nosotros no los hemos visto. Son así, muchacho: aunque estén sentados junto al fuego, calentándose, luego, ¡zas!, ya no están. Se han ido deprisa. Son como invisibles.

—Pero qué os importan los hombres. Sus mozas, dicen… ¡Esas sí que juegan y retozan a veces! Bajo las cascadas, en los remansos donde se bañan. Tan dulces y menuditas, morenas, como bañadas en oro. En cuanto un cazador las ve, se acabó. ¡Está perdido!

—Anda ya. No son más que cuentos. ¿Quién las ha visto de verdad? Y para perderse en la taiga no hace falta mucho seso. Tiró por donde no debía, se extravió. Y allí se heló, o se murió de hambre.

—No. A veces te atraen. Sí. El que ha probado a una moza de esas y se ha divertido con ella, se olvida de todo. Allí se queda.

—¿Qué, pierde la memoria del todo?

—Sí. Tienen unas raíces, ellas saben cuáles. Hacen un preparado con ellas y te drogan dándotelo a beber. ¡Entonces el cazador empieza a ver quién sabe qué! En cuanto lo pruebas, toda clase de visiones.

—¡Bueno, visiones! Ahí tienes a las viejas que saben, recogen matamoscas. Anda, tómate una cucharada de la infusión… ¡Luego no te encontrarás ni a ti mismo!

—Pero ha pasado. Lo cuentan. Lo enredan tanto a un hombre con sus juegos que ya no se libra del hechizo. Y está perdido. Una desgracia así, muchacho.

…Y también la abuela Tuyana le encargaba a menudo a Tsokto, cuando se preparaban para salir, que vigilara al «viejo alce». Que lo hiciera avergonzarse, que no lo dejara vaciar la petaca de golpe y tan deprisa. «¡Que no vuelva a arrastrarlo, que no lo atraiga a su casa la Fiebre!»

Bueno, eso… La Fiebre es una cosa… Eso es completamente distinto.

«Una vez desapareció, anduvo vagando quién sabe por dónde en la taiga. Debía de andar divirtiéndose con ella… ¡Con la Fiebre!». Una vez Tsokto lo había oído a escondidas, cuando la abuela Tuyana se quejaba indignada a la abuela Radna. Y también otros detalles. ¡Por lo visto, aquella «Fiebre» podía volverle la cabeza a cualquiera!

Pasó el verano, y el otoño resuena. Los vientos húmedos y fríos abrasaron de amarillo los alerces, prendieron en los serbales chispas purpúreas. Ya las heladas apretaban de noche, comprimían las paredes de troncos hasta hacerlas crujir. Aullaron las ventiscas lobunas, las nieves cercaron todo, lo sepultaron. En las noches claras las estrellas tiemblan, vacilantes, como esferas velludas y radiantes, iluminan espectralmente la espesura: aquí azulada, allá con el abismo violeta de sus honduras, envuelta en los cúmulos de nieve de las ramas y las zarpas de las coníferas. Hasta el aire es espeso, la luz diluye a duras penas las tinieblas. Aquí ni siquiera adviertes cómo el amanecer grisáceo y desvaído se convierte en un ocaso de llamaradas rosadas sobre los mantos de nieve, con el azul profundo de las sombras alargadas.

Tal vez sean los cazadores, que se han reunido y conversan… ¿O será el río que hierve en los rápidos, el viento que susurra, los altísimos pinos que menean sus cabezas desgreñadas?

Pero, si lo piensas, no es más que un pequeño círculo de fuego, y qué bien cuando lo protegen las paredes de troncos de una cabaña. La taiga puede aplastar la cabaña sin más, pisar el fuego, llevarse la manta de un soplido, apagar las brasas a pisotones. Las de cualquier vida, sea de quien sea. Ahí está todo lo que les ha ocurrido a los hombres de la taiga. Unos apenas lograron sobrevivir, otros no. ¿Qué le cuesta, entonces?

Tal vez delante solo asomen los parientes-árboles que Tsokto conoce. También conoce a los parientes de esos parientes. A sus hermanos y hermanas, a sus sobrinos. Y otros parientes se han ocultado más allá, apenas se distinguen en la espesura de la taiga. Y casi no se ve a quienes vivieron hace muchísimo tiempo. ¿Quizá su abuelo Ulzy aparezca un instante entre los troncos? Aunque, si el abuelo Zhambal conoce a su bisabuelo, ese bisabuelo suyo debe de quedar por detrás de Ulzy.

Más allá, en lo profundo, pasarán a escondidas los hombres del bosque, sin aplastar una hierba, sin hacer crujir una ramita seca, sin quebrar una rama. Pero no se sabe, ¿existen? Bueno, que existan.

Detrás de los hombres del bosque, los espectros. Pasarán flotando, tejidos con hebras de niebla de los pantanos, con las sombras cambiantes del atardecer.

¿Y muy lejos, aún más adentro? Allí, en la negrura, borbotea un manantial que mana. De él sale la negrura. El manantial está unido bajo tierra, a través de las profundidades, con el cielo. La bóveda celeste impregna la taiga, por cauces invisibles, de un silencio espeso e impenetrable, hechizante.

Y no hay nada, ningún símbolo, nada que esté delimitado, que tenga algún marco y al mismo tiempo contenga la inmensidad de lo que sucede. De aquello que no es casual, que está unido por hilos invisibles a la bóveda celeste, al girar de la taiga. En la negrura misma del origen, de donde se llena la taiga de horror y desmesura, a veces se juntan varios puntos y brillan en la oscuridad. ¿Hay algún orden en ellos, pueden explicar algo? Son los lobos, que en las noches sin luna acuden allí para beber negrura hasta saciarse. Se sientan en su sitio, barren alrededor con las colas y miran. Sus ojos son amarillos. Se juntan en la negrura en señales hechizantes.

A veces, cuando se internaban con el abuelo en la taiga y tomaban el sendero, no había manera de caminar deprisa. Había que acostumbrarse, ir tomando el paso. Los morrales estaban mal acomodados, aquí algo traqueteaba, allá algo golpeaba la espalda. Y la ropa no era la adecuada. Y no había suerte, vete a saber.

Claro que también se llevaban a Grom. Enseguida salía disparado por las laderas y los árboles derribados, adonde lo arrastraban su entusiasmo y su olfato para los animales. Resonaba un ladrido por ahí, cada vez más lejos, hasta desaparecer del todo. Pero acababa saliendo a trompicones de la espesura, con la lengua de lado y los costados agitándose de tanto jadear. «Aquí siguen haciendo esfuerzos… —decía con su mirada perruna—. Yo ya me he recorrido todos los alrededores, he acorralado a una ardilla en un pino y la he hecho tambalearse, he dispersado a todas las ardillas listadas, he seguido el rastro de una liebre, pero no sé, no hay suerte».

Se internaban con un caballo, se lo prestaba un vecino, así podían llevar más provisiones. El caballo Pakel, que en otro tiempo había ostentado el orgulloso nombre de Fakel, había sido simplificado y degradado al incomprensible Pakel, aunque incansable en sus andanzas. Si el abuelo se detenía, todos esperaban: Pakel descansaba, Grom se dejaba caer de costado y Tsokto recuperaba el aliento, pues cargaba con un bastidor de transporte o un saco, además de la escopeta y la munición.

El abuelo siempre caminaba alerta, aunque el sendero era conocido, recorrido muchas veces. Una bifurcación en el camino, una piedra llamativa, un árbol apartado de los demás, un paso de piedras sobre un arroyo. Había que esperar… Se sentaba un momento, golpeaba con el eslabón, la yesca de musgo extendía un hilillo de humo y encendía su pipa. Escuchaba qué augurios predecía cada cual y para qué. Había que dejarles a aquellos adivinos invisibles un puñadito de arroz blanco, un terrón de azúcar, una pizca de tabaco. Tras ellos se tendía una hebra de señales reconocibles que los ataba al mundo de los vivos que quedaba atrás. Delante, la infinitud aterradora. Los habitantes del bosque miraban desde allí: estaban alerta, los veían y avisaban a todos sus parientes y conocidos para que no se acercaran.

El abuelo se disponía a freír unas tortas. Amasaba y separaba un poco de masa, la mezclaba solo con sal. Después hacía redondeles con aquella masa salada, modelaba unas manitas, unas piernecitas y una cabeza. Eran como hombrecillos, jaidaps. ¡Una, dos!, y con un palito les pinchaba agujeros. Puntos en varias hileras o en círculo. Los jaidaps se calentaban junto al fuego y se endurecían. Si el abuelo a veces no podía dormir, si le retorcían las rodillas y le dolían los riñones, hablaba con ellos. Canturreaba algo largo, sostenido, como si torciera un hilo, lo sacara de algún lugar del pasado. A Tsokto se le espantaba el sueño y entreabría un ojo. El abuelo estaba sentado, balanceándose, como si algo lo meciera.

Los jaidaps se ponían en camino con ellos. Los dejaban en ciertos lugares especiales. Cuidaban sus espaldas. Desaparecían, no quedaba nada de ellos. Se los llevaban los pájaros y los animales del bosque, se disolvían con la lluvia, con la humedad, bajo el sol.

Aunque… ¿Y si alguien los iba siguiendo? Un jaidap, ¡ñam!, y se lo zampaba. Uno, luego el siguiente.

Una vez fueron muy lejos, se abrieron paso río arriba, por una garganta. Allí ya había otro río, el Uakitka, su curso más alto. Acamparon para pasar la noche. Por la mañana caminaron por el cauce, encajonado entre peñascos, y de las hondonadas descendía un espeso sotobosque. ¡Y de pronto apareció justo delante de ellos, como brotado de la tierra! Un honguito entre el musgo. Un chino. Bo Jan. Siguiendo la sendita se llegaba a su claro, donde se había hecho una vivienda excavada en tierra.

Por alguna razón, Tsokto no se sorprendió. Era como si tuviera que estar allí, aquel era precisamente su sitio. Muy viejo, enjuto, como una raíz pulida, parduzco, asomaba por debajo del sombrero. Parecía haberlos estado esperando. Así que debía de tener unos ojos y unos oídos especiales. Una perrita les salió rodando entre los pies, como un gorro peludo. Al poco llegó volando un cuervo. Se posó, erizó las plumas, lanzó una mirada, muy descontento. Él era el dueño de aquello: con ese aire empezó a pasearse.

Boján tenía preparado el té, enseguida se sentaron y bebieron hasta saciarse. Los viejos echaron humo con sus pipas. El humillo se enroscó, se entrelazó, y así empezaron a entenderse. Al abuelo le brillaron los ojos, se le alzaron las cejas, le cruzó una sonrisa, como círculos que se expanden sobre el agua. El chino hizo lo mismo: con las manos, la sonrisa, los ojos y las cejas representó su respuesta. Añadió además: ¡tir-dir! El abuelo sonrió y se encogió de hombros. Tetsk-tetsk, dijo. Un lenguaje de pájaros que solo ellos entendían.

Le habían traído al chino sal, harina, cartuchos, té y tabaco. Tsokto también había cargado lo suyo, estaba rendido. A cambio, Boján les entregó algo parecido a unos terrones parduzcos. Los entregó con cuidado, venían envueltos en una estera. El abuelo los tomó con el mismo cuidado y los guardó en el saco.

El chino se puso se puso a freír tortas. Y Tsokto vio cómo en varias de ellas, una, dos, pinchaba con un palito agujeritos, puntos, unos en fila y otros separados. Al cabo de un rato las llevó a un lado y las dejó sobre una piedra. Les dijo algo, recitó algo sobre ellas.

Después de aquello volvieron a visitar a Boján, todo seguía igual. La primavera empezaba a verdear, o el verano lo había envuelto todo en su aliento ardiente, o el viento otoñal arrancaba las hojas amarillentas. Tal vez Tsokto le preguntara al abuelo de la misma manera: ¿tsik-tsik-tsik? Con los ojos, la sonrisa, las manos. Y el abuelo contestara: tir-dir, tir-dir. En la lengua de los montes y la taiga, de los ríos y los lagos. Tsokto lo comprendió todo. El chino recogía resina de montaña, por eso hacían aquellos trueques. Zhambal llevaba la resina a casa, la recogía la abuela Tuyana. Y se la daba al viejo Jandar. A través de Jandar acabaría llegando a la chamana Dagba.

Qué bien que aquel viejecito estuviera allí, entre las piedras, en la cabecera del río. Estaba muy lejos. Más allá del abuelo Ulzy, más allá del bisabuelo de Zhambal. Los hombres del bosque ya se habrían acabado. Los espectros habrían pasado flotando. Y él estaba al final de todo. ¿O al principio?.. Según cómo se mirase. Estaba bien dispuesto aquel viejecito. Su vida era armoniosa, en concordancia con la naturaleza. Trepaba a lo alto de los peñascos y arrancaba resina de montaña de las grietas de las rocas, de los salientes de los precipicios. ¿O quizá se la traía su cuervo amaestrado?

¿Y por qué no lavar arena aurífera en los arroyos de los alrededores? Si aparecía jade precioso, tampoco estaba mal. Tal vez los chinos… ¿Pero qué chinos?.. ¿Aquellos porteadores de alcohol quemados hacía tanto tiempo, cuyas cenizas habían sido tamizadas y dispersadas? Bueno, daba igual. El viento giraría, levantaría un remolino de polvo de los muertos, y enseguida se tejería con la ceniza un espectro gris. Listo para servir. Conocía todas las sendas, se pondría en marcha, invisible, entre remolinos, y en un instante llevaría un paquetito al Celeste Imperio. Con arena de oro o con pepitas, con jade.

Más allá de Boján, entre las piedras donde nace el Uakitka y aún más arriba, estaba el manantial de la negrura. Murmuraba, se derramaba y alimentaba toda la taiga. En el vientre del viejo ardían unos puntos amarillos, brillaban en la oscuridad. ¿Y si se perdía, si desaparecía del todo? El río rumoroso, la espesura infranqueable, el pedregal de arriba, las lejanas cumbres peladas y dentadas lo cubrirían. Lo barrerían con la lengua. Se lo tragarían. Solo quedarían los puntos amarillos, los ojos de lobo. A un lado estaría sentada la perrita peluda, el cuervo se acurrucaría de mal humor.

Durante un tiempo indeciblemente largo volaron por el vacío cósmico aquellos que, en el último instante antes de la colisión, habían saltado de la barca de hierro en llamas. Fueron a caer en medio de la taiga. A punto estuvieron de morir congelados, pero atrajeron como un imán a los ciervos, que acudieron de todas partes. Los recién llegados los abrazaron y rompieron a llorar. Tanto tiempo sin verse, y al fin se habían encontrado.

Tsokto corría por el sendero, y era como si estuviera en el centro del giro. A su alrededor pasaban fugaces los pinos de cuerpos cobrizos, las manchas de sol se deslizaban por el sotobosque. El follaje centelleaba, cambiaba en reflejos verde oscuro y de claridad luminosa. El viento había dispersado por unas partes del cielo largas plumas sueltas de nubes, y por otras las había amontonado, formando almohadas de plumas.

El sendero, pensaba Tsokto, había nacido sendero desde el principio. Había crecido poco a poco, se había tendido sobre ríos y arroyos, por laderas, a través de gargantas. Había subido a puertos escarpados, había trepado a cordilleras lejanas. Había tenido hijos: pequeñas sendas se habían ramificado de la madre-senda. Habían corrido por sus propias lomas y laderas y allí habían echado raíces. Aquel sendero, y ahora sus hijos y nietos, lo habían criado, lo habían abierto con sus pasos muchos hombres de la taiga que habían vivido antes. ¿Cuántos habían pasado por él a lo largo de tanto tiempo? Hasta había envejecido el sendero. Lo cruzaban gruesas raíces, como venas afloradas, y estaba tan pisoteado y desportillado que dejaba ver la pedriza.

Antes había estado lloviendo, así que se habían quedado demasiado tiempo en el campamento con el abuelo. Sobre ellos pendía una cerrazón gris, la lluvia parecía amainar, pero enseguida volvía a arreciar con todas sus fuerzas. Ya estaba harto de todo, y además escaseaban las provisiones. Tsokto salió corriendo hacia la aldea, había que despejarse. ¡Ojalá llegara pronto a casa!

Por la mañana se habían juntado las nubes, pero habían perdido fuerza, el viento había podido con ellas y las había dispersado. Todo se volvió más alegre. Tenía casi un día entero de camino, se había levantado temprano y al atardecer llegaría corriendo a la aldea. El sendero subía y bajaba por las estribaciones, que pronto se suavizarían y se prolongarían en lomas bajas.

En la hondonada chapoteaba sonoramente un río: debía de ser el Bolonevka. Y desde arriba descendía la lengua gris y musgosa de un pedregal, la corriente salía de debajo de las piedras. Allí, más arriba, el arroyo Reshitijinski se precipitaba en cascada y estaban los manantiales a los que habían ido con el abuelo. Pero había sido hacía mucho.

Enseñado por la vida en la taiga y por el abuelo, Tsokto caminaba alerta, procurando fijarse en todo. Sin embargo, no había nada especial, ni ramas recién rotas ni huellas visibles. Tal vez alguien predijera algún augurio… Pero ¿se oía o no en las voces de los habitantes del bosque? El follaje temblaba, las copas de los pinos susurraban. Los pajarillos alzaban sus trinos a un lado y a otro. Como si el viento fuera a arrancarlos, a llevárselos y a dejarlos enganchados en alguna rama. El hilo guía del sendero corría delante de él, lo llamaba a volver pronto a casa.

Abajo un arroyo resonaba entre las piedras, se abría paso entre la maleza. No tenía nombre, nadie lo había llamado de ninguna manera. Se cruzaba por las piedras: en unas bastaba con dar una zancada, en otras había que saltar. Cuando bajó y se acercó al arroyo… Vaya, había crecido mucho después de las lluvias, estaba turbulento, muchas piedras habían desaparecido y la orilla estaba inundada. Largos tallos descendían y se mecían en la corriente, las ramas que colgaban bajas rozaban los chorros. Con el saco a la espalda no iba a poder dar muchos saltos.

Antes del vado había un claro pequeño y los restos de una hoguera: vieja, casi cubierta de hierba. Recogió una rama recta, fuerte, quemada por un extremo. Podía servirle de bastón, para apoyarse y sostenerse sobre las piedras. Para acomodar a la mano el extremo quemado, sacó el hachita y dio varios golpecitos, desbastándolo. Debió de dar en algún carboncillo o en una esquirla de piedra… ¡Algo saltó y le dio en el ojo!

¡Una punzada aguda, como si se le hubiera clavado una garra! Se revolvió, empezó a desgarrarle por debajo del párpado. ¡Tsokto hasta dio un respingo!.. Agitó las manos y enseguida se restregó el ojo con los dedos: ¡había que sacar aquella porquería! Tenía la mano sucia, de hollín y tizne. Fue todavía peor, se le llenaron los ojos de lágrimas, no veía nada, no podía sacar la mota, se había clavado. Y por mucho que parpadeara… Una manchita negra y abrasadora le tapaba la luz del mundo.

Se metió enseguida en el agua, resbalando sobre las piedras. Recogió un puñado en la corriente rápida, pero se le mezcló con arena. Dio otro paso, se agachó, se echó salpicaduras heladas y punzantes. Pero no podía quedarse en el agua, retrocedió y se agarró a una rama para levantarse. Las raíces del pino, lavadas por el agua, habían quedado al descubierto. En algún punto dio un paso atrás, resbaló, se golpeó contra algo y se desplomó allí mismo. El dolor osciló, rodó hacia la nuca. Giraron las manchas, los destellos del follaje, los reflejos… Durante un rato todo desapareció.

Pero pareció volver en sí. Dolor a la derecha, en el ojo. Algo seguía allí clavado, irritándolo. Parpadeó hasta despejar el ojo izquierdo, por las lágrimas todo estaba borroso, entre nieblas. Al mismo tiempo sintió… ¿Algún movimiento? Un aliento cálido. Un olor. Y como un tintineo… El chirriar de cantores invisibles junto a las raíces de las hierbas, los saltos estridentes de los saltamontes, el zumbido grave de los escarabajos, los trazos temblorosos de las libélulas. El olor algo amargo del viento y del ajenjo, como al arrancar hierbas y estrujarlas entre las palmas. Así huele el pelo de las muchachas de la estepa. Las manchas se dispersaron, se fundieron. Pero si era una figura, alguien se había agachado delante de él.

El cabello oscuro se abría en mechones. ¡Una muchacha! Y enseguida quedó como prendido… Aunque solo fuera con la mirada de un ojo, pero… ¡Por poco se quedaba ciego también de ese! La hendidura morena y lustrosa entre los pechos, que se adivinaban bajo una capa de piel. ¡Y uno de los pechos, curioso, estaba a punto de escaparse, de asomar! Las rodillas muy cerca, separadas, destellos de sol sobre las redondeces de color bronce moreno. La muchacha se acercó, se inclinó hacia él… No, aquello era un sueño. Un sueño, claro, pensó Tsokto. Bueno, que no se acabara. Sus labios, con aquella leve sonrisa. ¡Estaba sonriendo!

Le tomó el rostro entre sus cálidas palmas de bosque, lo atrajo hacia ella, ¡y apenas se vio un destello de su lengüecita! Lo lamió, atrajo la mota con la punta de la lengua como un imán y se la sacó del ojo. Enseguida lo vio todo… El rumor del bosque volvió al instante, lo envolvió. Un torrente de manchas de sol. Pero ¿dónde estaba ella, aquella muchacha? Una risa sonora se extendió y, al alejarse, jugaba con moneditas de plata entre el follaje tembloroso. Estaba sentado, apoyado en un tronco. Y solo tenía sobre el pecho una ramita de serbal de cinco dedos que ella le había arrojado. Unas pocas bayas de un rojo vivo. El recuerdo de algo fugaz, de algo que no había llegado a cumplirse y que aquellas bayas habían recogido en su interior. El cielo con sus nubes viajeras, los reflejos deslizándose sobre los pinos de cuerpos cobrizos, las manchas de sol sobre el follaje, el chapoteo de las corrientes del río. Todo parecía guardar un secreto. Algo oculto, no dicho.

3

Tsokto recordaba el olor de la gasolina y del aceite de máquina caliente. El tractor rugiente en el que iba con el tío Galsán. El trabajo del tío consistía en girar con seguridad, en el sentido de las agujas del reloj y al contrario, una gran esfera negra. El volante era la rueda del tiempo que gobernaba las ruedas del tractor. El tiempo giraba de un modo y de otro, a derecha e izquierda, entre aquellas palmas poderosas, aceitosas, con puntos de quemaduras y motitas de hollín. Y una ruedecita del tiempo la llevaba en la muñeca, sujeta con una correa, y allí siempre corría una aguja, corría en círculo como hechizada.

Traqueteaba la caja del remolque, el «Héroe Rojo» se envolvía en gases de escape. Para ayudarlo, el tío echaba humo con su papirosa, el humillo azulado se iba hacia atrás. La máquina embestía de frente las ramas colgantes, se zambullía en los hoyos del camino lavado por el agua. De las ramas caían hojas, un repiqueteo de gruesas gotas de rocío, que saltaban sonoramente y se dispersaban en bolitas brillantes… Aquellas bolitas eran los rodamientos que tenía Galsán, tesoros escondidos en cajas de hierro en su taller. ¡El tío podía hacer allí cualquier cosa, hasta una navaja! Y cualquier señuelo metálico, y toda clase de aparejos de pesca. Pero eso, si le ayudabas en invierno a quitar la nieve y en verano a segar la maleza exuberante del patio de su taller.

El «Héroe Rojo» arrastraba troncos, almiares de heno y barriles de combustible. Echando bocanadas de humo por el tubo, enlazaba entre sí los lejanos campamentos de pastores, las explotaciones forestales en lo profundo de la taiga, los prados de siega de las vegas de los ríos. Iban a la cabecera del aimak, recogían la carga necesaria. Y la gente les pedía que llevaran esto, que trajeran aquello, lo que cada cual necesitaba.

Una vez fueron a algún sitio lejano. El tractor ronroneaba satisfecho, devorando el camino, tragándoselo a kilómetros enteros. Las rodadas eran unas veces bien visibles y otras desaparecían, ocultas bajo las hierbas crecidas. La estepa interminable mostraba primero un costado y luego el otro, pues el tío giraba el volante… El horizonte lejano ni pensaba en acercarse. Tsokto se dormía y despertaba, y seguía balanceándose igual en el asiento. El tractor retumbaba, el tío Galsán permanecía inmóvil, solo humeaba la papirosa entre sus labios firmemente apretados.

Se les echaban encima cada vez más densas, rodeándolos, las crines marchitas y quemadas, pardas y rojizas de las panojas espinosas, en las que se habían enredado las bolas secas de los cardos corredores. Una larga lengua de polvo parduzco se tendía detrás de ellos, o se levantaba en una nube que los alcanzaba y los cubría con hebras grises y movedizas, tejiendo todo a su alrededor. Sobre el tractor, encima del asiento del tractorista, una vela de lona temblaba sobre cuatro tubos de hierro, pero no los protegía en absoluto del sol, del polvo amargo.

El tío también era un héroe, claro. Pero cuando era adolescente y trabajaba en la tala ayudando a su padre y a sus hermanos, un árbol al caer le había aplastado una pierna, se la había destrozado. A duras penas habían logrado salvarle la pierna, y desde entonces caminaba bamboleándose, cojeaba. Y también era un héroe «rojo» a veces. Se le ponía roja la cara y la nariz, purpúrea y surcada de venillas. Porque, como decía la abuela Radna, «la botellita no lo deja en paz». Si había que creer a la abuela, la botellita podía ponerle a Galsán una hábil zancadilla y hacerlo caer al suelo, empujarlo con todas sus fuerzas a alguna cuneta, plantarle un moratón enorme debajo del ojo. Sí, las botellitas aparecían cuando se pasaban a menudo por su taller los operarios de maquinaria, los chóferes y, en fin, todos los que tenían alguna máquina en casa. Tanto los vehículos como los mecanismos se averiaban, había que ayudar a repararlos. Era el mejor tractorista del aimak. El mejor y el único, porque el «Héroe Rojo» también era el único en todas las lomas de la estepa, las tierras de siega y las zonas de explotación forestal.

Para no rendirse al sopor, Galsán entonaba a veces una canción larga y sostenida, procurando imponerse al traqueteo del motor. Cada vez inventaba y metía otras palabras, según el tiempo o su humor. La canción se extendía sobre las vastedades de la estepa… «¡Como terneros alegres retozábamos en el prado primaveral! ¡Tú eres mi corza temblorosa, y yo tu corzo de astas fuertes! ¡Tú eres mi hembra de uapití en el abedular otoñal, y yo tu uapití a los rayos del sol poniente! ¡Yo soy tu fuerte semental, tú eres mi joven yegua!..». Hasta las curiosas marmotas tarbaganas asomaban a veces de sus madrigueras y se quedaban inmóviles, con las patitas juntas como en oración, absortas en la escucha.

¡El tío también dejaba conducir a Tsokto a veces! Giraba el volante y la estepa iniciaba en círculo un interminable yójor… ¡Empezaba a darle vueltas la cabeza! Al sentir la debilidad de aquellas manos inexpertas, el tractor enseguida daba un hábil respingo, resoplaba descontento y se desviaba por su cuenta a un lado, buscando zanjas profundas. Hasta el camino, antes tan liso, de pronto se encabritaba o se cortaba en un abismo. «¡Eh, no, muchacho, no hagas el tonto!». El tío enseguida recuperaba el volante y domaba al caballo de hierro. Y al instante el camino volvía a tenderse como un mantel bajo las ruedas. ¡Desde luego no se olvidan aquel miedo y aquel júbilo, y tampoco hay con qué compararlos!

El «Héroe» se recalentaba de vez en cuando, hervía, el aceite requemado escocía en los ojos. El tío se metía en aquellas entrañas borboteantes, hacía sus conjuros con llaves y tacos. Para dar un respiro al motor caprichoso, se refugiaban a la sombra, bebían té y dormitaban.

En algunos lugares la estepa se elevaba como si suspirase, su pecho inmenso aspiraba el cielo que tenía encima, y luego se prolongaba una espiración lenta y sostenida. Aquellas subidas y bajadas eran casi imperceptibles, solo el tractor empezaba a retumbar con voz más grave, acelerando los latidos del motor.

—Nos hemos metido por donde no era —incorporándose un poco, Galsán oteaba las lejanías con la mano sobre los ojos—, por aquí parece más corto, se puede atajar… Tiene que haber un camino viejo.

—¿Qué… vamos mal? ¿Adónde vamos? —No era que Tsokto se hubiera asustado, pero, si se habían perdido, se quedarían allí, en medio de la estepa.

—No, no pasa nada. Ahí está el cauce viejo, seco. El camino lo cruza en algún sitio. Pero allí, más adelante. No habremos llegado todavía.

Estuvieron mucho rato dando tumbos por el cauce pedregoso, rodeando troncos blanqueados que había arrastrado el agua, patinando en los bancos de arena. Treparon por una ladera que se desmoronaba y volvieron a internarse en la estepa. Y de pronto, a lo lejos, sobre una suave ola de la estepa, una raya gris, una señal, una piedra que sobresalía de forma extraña. Parecía una muñeca de piedra inclinada hacia un lado, o un bebé grande al que hubieran envuelto en una manta gris, toda llena de muescas, y hubieran puesto de pie, sin que se supiera para qué, en un lugar desierto. Cuando se acercaron, resultó ser algo así como un ídolo de piedra. Vigilaba la estepa, estaba allí solo, completamente solo en toda la tierra.

Con una brusquedad poco habitual, como si hubieran tropezado con una barrera invisible, el tío apagó la máquina. El «Héroe» hasta gruñó descontento. Bajó, estiró la pierna de la que cojeaba y acarició el flanco caliente de su caballo de hierro. Se quedó largo rato mirando alrededor. Sacó por costumbre el paquete de papirosas y lo golpeó con una de ellas. Pero enseguida se contuvo y guardó el paquete.

—Mira, ya ves qué cosas —el tío parecía desconcertado o contrariado por algo—. Y yo que pensaba que era como un cuento. Bueno, cosas que dice la gente, por darle a la lengua. Lo de esta piedra.

—¿Y qué dice la gente…? ¿Por qué hablan de esta piedra? —Tsokto también empezó a sentirse inquieto en aquel rincón apartado y remoto de la estepa. En el lugar de las cuencas de los ojos de la estatua había unas hendiduras bien visibles, como si las hubieran hundido unas palmitas infantiles. Pero, al mirar mejor, todo estaba desportillado por impactos, todo salpicado de agujeros, unos agrupados y otros dispersos. Y desconchones, surcos de arañazos profundos. Muchos estaban desgastados, erosionados por la intemperie. Parecía que todos los demonios de la noche lo hubieran arañado con sus garras.

—Pues en realidad… como que no debería estar aquí. Porque entonces resulta que el viejo Datsán también está en algún sitio cerca. Pero dicen que esta piedra se les aparece en lugares distintos. Ella sola, bueno… Pasa de un sitio a otro. Como si se desplazara.

¿Se desplazaba? ¿Y dónde estaban las huellas, algún surco de arrastre o qué? Estaba claro que la piedra se había hundido bien en la tierra, toda rodeada por abajo de espinas de cardos corredores, tallos y panojas.

—No sé, pocos la encuentran… Se topan con ella en la estepa. Dicen que es el viejo lama Janda, que se convirtió en piedra. Esa es la historia —el tío calló, mordisqueando un tallito seco.

También el tractor había callado, había dejado de resoplar. Sin él, enseguida se hicieron más pequeños, se convirtieron en briznas bajo el cielo blanquecino, como en el centro de una esfera de reloj, y alrededor se abombaba, entre una calina temblorosa e inestable, el cristal de reloj ardiente de la llanura. Un pigargo planeaba en el cenit como una crucecita, aparecían otro y un tercero, pero volvía a quedarse solo, quizá se relevaran así, vigilando lo que ocurría. El silencio los envolvió como un fieltro espeso. Aunque aquel fieltro, como una manta espinosa, estaba relleno de susurros, chasquidos, del zumbido insistente de saltamontes que saltaban, libélulas que levantaban el vuelo, escarabajos de grave zumbido. Además, unos tábanos enormes intentaban caerles encima con todo su ímpetu, apuntando al cuello o al brazo, clavarles sus aguijones chupasangre, apenas daban abasto a espantarlos. No parecía correr ni una brisa, pero de pronto surgían y se deslizaban culebrillas de viento, haciendo girar remolinos de polvo.

—Pero entonces por qué, tío… Resulta que… —Tsokto estaba impaciente por preguntar.

—Bueno, Tsoktoshka. Vamos a callar un rato —lo interrumpió Galsán—, luego te cuento. Dejaremos algo aquí. Y nos iremos poco a poco.

Se palpó los bolsillos, sacó unas cerillas de la caja, dos papirosas, una monedita olvidada. ¡Y Tsokto ni siquiera tenía bolsillos en los pantalones! Pero tenía un remiendo, eso sí. También servía de bolsillo. Allí, en el remiendo, escondía unas relucientes bolas de rodamiento. Un tesoro del tío Galsán. Las bolitas brillantes rodaron por la hierba. En ellas se reflejó la piedra gris y silenciosa, que parecía mirar con sus cuencas ciegas. Y daba la impresión de que de ella partían hilos invisibles hacia uno o dos, hacia tres pigargos. Las aves se reflejaron, respetando la sucesión de sus apariciones y su disolución, su desaparición en el cielo. Alguien dirigía también allí a los saltamontes, a los escarabajos de zumbido grave, a las culebrillas de polvo que surgían y se esfumaban.

Pero ahí estaba también el cuervo. Llegó volando, se sacudió a aletazos. Seguro que ahora birla las cerillas, rasca una contra el costado áspero de la piedra y se enciende una Belomor. 3* Se paseará cavilando, dando caladas. Si viven trescientos años, tendrán cosas que recordar. Mira cómo los observa de reojo con su ojo negro, reluciente como un botón. ¿O ya le habrá echado el ojo a sus bolitas? Adiós a las bolas de rodamiento, no volverá a verlas.

Por fin el tractor revivió, se puso a traquetear contento. Y de nuevo se perdieron en la estepa. Por alguna ladera asomaba a veces un esqueleto blanqueado, o el cráneo de una gacela persa. Los lobos hacían de las suyas allí en las heladas noches de invierno, aquellos eran sus cotos de caza. Antes recorrían la estepa las bandas de guardias blancos. Derrotadas por las unidades del Ejército Rojo por toda Siberia, huían hacia Mongolia. Luego las dispersaron de allí. Pero quizá, en alguna hondonada remota, oculto entre maleza y ajenjo amargo, se estuviera oxidando una ametralladora «Maxim» retorcida. Los vientos la habían cubierto de arena, las ardillas terrestres habían excavado galerías y madrigueras, se escondían bajo el escudo, en los agujeros de bala, de los milanos y pigargos que planeaban por el cielo buscando presas con su mirada aguda. También se podía encontrar un fusil y un auténtico sable de caballería. Aunque Tsokto nunca había encontrado nada. Salvo una o dos docenas de casquillos, parduscos, dispersos entre la hierba. ¿Quizá alguien se había defendido a tiros con desesperación? Cuánta gente había dejado la cabeza en aquellas laderas y lomas, de los nuestros y de los enemigos. Si no les habían dado la debida sepultura, se habían convertido en fantasmas y vagaban de noche.

Sin saber de dónde, como caídos directamente del cielo, aparecían a veces montones de piedras, o estaban apiladas unas sobre otras. Pero era la erosión la que las había deshecho, las había separado en capas. Siempre se posaba un cuervo en alguna piedra o sobre una pila de ellas. Negro, con destellos de canas. ¿Quizá fuera el mismo que los seguía, volando de un sitio a otro? ¿O eran distintos, y cada uno transmitía noticias de ellos, avisaba al vecino: por ahí van fulano y mengano en un cacharro que resopla y traquetea?

El cuervo, pensaba Tsokto, lo veía todo desde arriba, se fijaba en todo. Incluso sabía dónde estaba, además de la «Maxim» oxidada, algún escondrijo secreto. Allí habría fusiles nuevos y cartuchos escondidos en papel aceitado, dentro de largas cajas verdes. Hasta su tío tenía cajas de esas en el taller. Eran militares, claro, pero… No, de los guardias blancos no. Guardaban en ellas toda clase de recambios útiles. Y los guardias blancos también habían escondido las riquezas saqueadas, no iban a cargarlas a cuestas cuando cada vez quedaban menos.

El cuervo lo había visto y seguramente sabía dónde estaba aquel lugar… Lo llamaban Prado Agudo. Allí los soldados rojos tendían emboscadas y acorralaban a los bandidos blancos a manadas. Todos iban a dar contra el «fuego fulminante a corta distancia», decían. ¡Los segaban a todos con las ametralladoras!

—Tío, oye, tío —Tsokto quería saber—, ¿tú sabes dónde está ese… Prado Agudo?

—Hum, dónde está… —el tractor resoplaba acompasadamente, soltando humo azulado, y el tío, pensativo, soltaba también bocanadas de su papirosa—. Queda lejos, la verdad. Por allí, más o menos, en línea recta, más cerca de las montañas. Allí está Golianovka. Hay un río, el Golianka. Pues todavía más allá. Es un paraje, Prado Agudo. ¿Y a ti qué te va en él?

El horizonte lejano se había quedado inmóvil, quieto, parecía temblar en la calina. Hasta el segundero del reloj de su tío se había parado, ya no corría a ninguna parte. Se había recalentado, se había dormido.

—Es que allí había un destacamento… Un destacamento del Ejército Rojo. Luchaban contra los bandidos. ¡Y vaya si los segaron allí a todos!

—Sí. Mataron a muchos. Los de allí dan un rodeo de más de diez kilómetros para evitar ese sitio. Tienen miedo.

El calor los oprimía como una losa ardiente, a veces se alzaban de pronto mechones de remolinos de arena, haciendo girar en un embudo bolas de plantas rodadoras, cardos secos y hierbas arrancadas y resecas. O entraban en cubos transparentes de olor a ajenjo, que permanecía denso, inmóvil, justo en aquel sitio. Más allá desaparecía aquel concentrado de ajenjo, se dispersaba. Y en otro lugar aparecía de nuevo aquella tapa de cristal bajo la que se había espesado el sopor.

—Hay fantasmas allí, ¿verdad? ¿Viven fantasmas?

—No, qué fantasmas. Es un mal sitio. No es bueno andar por allí. ¿Y quién te lo ha dicho?

—Pues Bulatka, quizá. Y a él, los chicos mayores. Lo dice mucha gente.

—Existió, sí, aquel destacamento. Despiadados. Una chusma, vamos. Los mandaba una mujer, una soldada roja… o cómo se dice… una comisaria. No era rusa, ni buriata, a saber qué era. ¡Quizá ni siquiera fuera una mujer, sino un demonio con pantalones de cuero! Chaquetón negro de cuero, botas, correajes, un máuser al costado.

—Ah, ya sé. Es la Comisaria Negra, ¿verdad? —Tsokto no veía la hora de meter baza—. Lo contaba el abuelo. Saquearon el viejo Datsán, ¿verdad? Y luego lo quemaron.

—Primero cerraron el Datsán. Todos los soldados rojos, todos los jinetes de verdad desaparecieron del destacamento, a saber adónde. Solo quedaron bandidos armando tropelías. Les llegó una orden: a censar todas las haciendas, a contar las cabezas de ganado de cada cual. Parecía una cosa buena, que el poder soviético ayudaría y todo eso. ¡Pero qué va! Se lo quitaban a todos sin distinción, a ricos y pobres. Hacían que la gente se muriera de hambre. Al que no estaba de acuerdo, dos horas para recoger sus cosas y al carro. Echó a rodar la gente, como las plantas rodadoras, a saber adónde.

—Pero luego ella, la Comisaria Negra, se volvió loca —metió Tsokto su comentario.

—Anda, deja de decir tonterías. Se comportaba como una loca, eso sí. Lo tenía todo permitido, se emborrachaba de su propio poder. Luego les llegó otro papel con un «sello revolucionario». Cerrar todos los monasterios y datsanes, y desterrar o encarcelar a los lamas. Se plantaron en el viejo Datsán, donde oficiaba el viejo lama Janda. Todos conocían al viejo Janda, todos acudían a él, sabía poner de acuerdo a cualquiera. Intentaron echarle mano, pero las gentes de la estepa que estaban allí salieron a defenderlo. Aquellos diablos se revolvieron como si los frieran. ¡Ellos eran una decena, y había mucha gente! Pero no podían retroceder, al final apresaron a Janda. Lo envolvieron en un saco, lo echaron sobre la grupa de un caballo negro. Arrancaron como un torbellino y se fueron al galope.

—¡Anda! ¿Y qué pasó después, tío?

—Iban a toda carrera… Y allí el viento, todo envuelto en arena. No se veía nada. Luego miraron: Janda ya no estaba. En algún sitio se había caído el saco con él dentro. Volvieron, a buscarlo. Ven un saco, pero de pie, como clavado en el suelo. No era un saco, sino una piedra. ¡El lama Janda se había convertido en piedra! Se asustaron tanto que se pusieron a dispararle. Esa piedra de allí, ¿la viste? La dejaron acribillada, son las marcas de las balas.

—¡Vaya! Entonces hemos venido justo…

—Bueno, no sé, Tsoktoshka. Eso cuenta la gente. Y luego pasó esto… Al oír los disparos apareció la banda de un atamán, un tal Rátnikov. ¿Qué pasa, qué tiroteo es este? ¡Pero si es esa comisaria y sus secuaces! ¡Pam, pam! Empezaron a tumbarlos desde lejos. En la banda solo había cinco hombres, los últimos que quedaban. Ahora empezará la batalla, pensaban. Pero qué va, a los otros se les habían acabado los cartuchos. Los habían gastado todos en Janda de piedra. Echaron a huir, pero los fueron abatiendo.

—Y a la Comisaria Negra, entonces…

—A esa comisaria… La ataron con un lazo a un caballote salvaje mongol, ¡y le dieron un silbido y un latigazo con la fusta! El animal salió como loco hacia la estepa. Tanto la zarandeó contra el suelo que se le desgastó el tronco hasta las piernas. Después solo encontraron las piernas, atadas al lazo. Eso cuenta la gente en la estepa.

En tiempos remotos, la senda apenas había sido hollada por las bestias de sentidos alerta y, tras recorrerla el primer cazador intrépido, las siguientes generaciones de cazadores la habían ensanchado y apisonado. Parecía enlazar los troncos reconocibles de los pinos, cuyas muescas, casi cicatrizadas, profundamente incrustadas en la carne resinosa, semejaban huellas de palmas humanas que señalaban la dirección correcta. Algunos árboles secos, cansados de resistir a los vientos malignos, se habían desplomado, cruzándose sobre el renglón trillado que cosía las lejanías de bosques y montañas.

El rumor primaveral de la taiga tenía cada día más voces. Amainaban los vientos húmedos y helados, llegaba el vuelco hacia el aliento cálido de las laderas calentadas por el sol, hacia el aroma resinoso de los troncos y las zarpas de agujas. Los arroyuelos cobraban fuerza, socavaban sin tregua la coraza de hielo de los ríos. Los pájaros carpinteros anunciaban con su repiqueteo a los habitantes de la taiga que era hora de despertar, y los arrendajos vocingleros pasaban lista por las mañanas: ¿estaban todos en su sitio, habían sobrevivido todos al gélido invierno? Los gorros de nieve se hundían, acribillados por los rayos, se empapaban de humedad, se parecían a rebanadas porosas y grises de pan mojado. Las sombras se perfilaban con mayor nitidez, dibujando las lomas con franjas alternas de azul pálido.

La senda trepaba infatigable, asaltando la pendiente con las lenguas de piedra extendidas de los canchales. Había quedado atrás el sotobosque de álamos temblones y abedules que crecía en las zonas incendiadas. El paso encorvaba su joroba, se alzaba amenazador delante de ellos bajo nubes abultadas. Unas veces parecía muy cerca; otras, por alguna ley extraordinaria de la perspectiva que cambia las distancias en las montañas, se alejaba tanto que parecía imposible alcanzarlo. La collada del paso estaba alisada, cubierta de superficies pedregosas y calvas. El viento arreció, abultaba y empujaba nubes inquietantes.

Tsokto cargaba con el saco de viaje, la escopeta, y llevaba el hacha preparada. A cada momento había que retroceder para rodear una maraña infranqueable de árboles arrancados, cortar con golpes sonoros las ramas torcidas y despatarradas. La senda había envejecido sin servir a la gente… Pocos pasaban por allí. Eran tierras recias, con crestas dentadas que encerraban extensas superficies llanas en sus abrazos de piedra. Antaño los cazadores seguían aquella senda al otro lado de la cordillera y aún más lejos, hacia parajes y espesuras donde se ocultaban los cauces de los ríos. Multitud de corrientes sin nombre bajaban por las vaguadas, grandes y pequeñas, hirviendo en los rápidos, precipitándose en cascadas desde los riscos.

También hombres de mala entraña, fugados del presidio, habían transitado por aquella senda. El abuelo Zhambal contaba la historia de un presidiario fugitivo que vagaba por las estribaciones y gargantas salvajes. Aquel había dado con la Veta de Oro. Estaba escondida detrás de la pared descendente de una cascada. La pared de roca estaba salpicada de pepitas del tamaño de un huevo de gallina. Recogió cuanto oro pudo y salió a buscar a la gente. Compró el perdón de las autoridades, empezó a vivir con riqueza. Después volvió unas cuantas veces a su cascada secreta y recogió más pepitas. Cuando se marchaba al otro mundo, les contó a sus dos hijos dónde estaba la Veta. Los hijos fueron, encontraron la Veta y recogieron oro. Partieron una segunda vez, pero en algún sitio, al cruzar un río por un hielo poco firme, se hundieron los dos con sus caballos, la corriente los arrastró y no pudieron salir. Así se perdió aquel lugar, ya nadie sabe dónde está.

Sí, una vez Tsokto se había hecho con una batea de buscador de oro, toda oxidada y abollada, la encontró a orillas de un arroyo. Le pidió al abuelo que le enseñara cómo se lavaba la arena. Había que recogerla, mover la batea en círculos, ir expulsando toda la turbiedad poco a poco. Se quedó de pie en la corriente helada… Aguantó muy poco. Le dolían las piernas, le dolía la cintura. Por arriba lo abrasaba el sol, por abajo lo azotaba un frío que cortaba la respiración. Lo cubrieron enormes tábanos, mosquitazos. Solo encontró unas cosas brillantes en el fondo de la batea. Pero eran lascas de cuarzo, escamillas de mica. ¡No, al diablo con el oro! El abuelo se limitó a reír, dando caladas a su pipa. ¿Y tú qué querías, Tsoktoshka? ¡Que las pepitas se te vinieran encima ahora mismito, claro!

Y cuánto le costaba al abuelo Zhambal, que caminaba detrás. En las vaguadas oscuras la senda estaba cubierta de una costra dura; en otros sitios, sobre las lomas, chapoteaba la papilla de nieve. ¡Imposible mantener a salvo los ichiguis!

Y Grom… El fiel Grom no estaba con ellos. Volvían sin él.

Lo había destrozado un oso errante que no se había encamado a tiempo. Y al abuelo Zhargal lo había sacudido con su fuerza bruta de tal manera que… Si Tsokto hubiese tardado un minuto más en llegar, lo habría matado.

Los jirones de la chaqueta acolchada, empapados al instante de sangre del antebrazo desgarrado, volaron hechos trizas. Grom se prendió de los muslos del oso, de los «pantalones», como dicen los cazadores. Un rugido furioso, el brillo de los colmillos, mechones de pelo. ¡Empezó a girar el carrusel de la muerte!

«¿Pa qué tenía que meterse aquí el oso?», ahora el abuelo Zhambal tenía en qué pensar. Desde distintos ángulos, como si con su pipa y su tabaco ahumara aquel percance con el oso errante que por poco los destrozó hasta matarlos.

«¡Pa qué tenía que meterse aquí!»

La muerte peluda se había acercado al abuelo Zhambal hasta rozarlo. Quizá el viejo había perdido su habitual cautela y vigilancia al abrir la primera huella en la nieve de aquella espesura de árboles caídos… Había dejado pasar el momento de descolgar la escopeta de dos cañones. O tal vez Grom había dejado acercarse demasiado a la fiera, algo lo había distraído. ¿Una ardilla veloz a la que perseguía, quizá? Y hasta Tsokto se había quedado atrás en aquel momento, caminaba más despacio, tirando de un trineo de arrastre con unas correas. Se entretuvo en una ladera, resbaló sobre una capa de hojas coriáceas de bergenia.

La mole parda descargó un zarpazo, enganchó al abuelo con sus enormes garras. De la chaqueta acolchada saltaron jirones, el cazador cayó de espaldas contra el suelo. Y Grom furioso, prendido de los pantalones del oso, y el carrusel de la muerte. Tsokto lo soltó todo, se lanzó, llegó a tiempo. Aspiró aquella gelatina pálida de aire espeso, requemada por el hielo, con la sustancia de la agonía dispersa en ella. Cuántas veces había imaginado lo hábilmente que, si alguna vez ocurría semejante desgracia, montaría los martillos de su «TOZ» modelo sesenta y seis, metería cartuchos del doce en los cañones. Pero tenía las manos como entumecidas. Los dedos se habían quedado rígidos, abiertos y torcidos. Como si no fueran sus dedos, sino los de otro.

Ofuscación, estupor, y todo desapareció igual de súbitamente, se aclaró ante sus ojos. Levantó el cañón: parecía que un resplandor de fuego se extendía muy, muy despacio desde la boca. Hacia la zona negra, hacia la cabeza, entre los ojos que relumbraban de rabia. Pero el osazo alcanzó a soltar un zarpazo mientras seguía retorciéndose en las convulsiones de la muerte. Grom no pudo esquivarlo, solo soltó un gañido y salió despedido con el vientre abierto.

Al abuelo «se le habían machacado mucho las entrañas» cuando cayó patas arriba contra las raíces y los pedruscos de la ladera. Aún no había tanta nieve, no había cuajado una buena capa. Menos mal que se había puesto un chaleco kurmushka bajo la chaqueta acolchada, no lo había desgarrado hasta el hueso, solo le había rebanado la piel. Por alguna razón el abuelo no terminaba de reponerse. Aunque «hacía un poco el chamán»: mezcló en una escudilla resina negra con hiel de fiera, desmenuzó corteza de sauce rallada, añadió una infusión de llantén en alcohol. También tenía toda una reserva de raíces y hierbas vivificantes, recogidas, secadas, metidas en saquitos bajo la viga o colgadas de ella. Le limpiaron el hombro desgarrado, cerraron la herida, lo embadurnaron con aquel ungüento negro y lo vendaron. Parecía ir bien. La herida se enrojeció, pero luego se alisó, se volvió rosada.

Tsokto pensó enseguida, inquieto, que tenían que salir de allí, hacía falta un médico, llegar al puesto del practicante. ¡Pero a ver quién se lo decía al abuelo! No iba ni a escucharlo. Por otro lado, no tendrían fuerzas para salir ahora, con las grandes nevadas ya caídas. Además, desde aquel golpe en las «entrañas», parecía haberse ensombrecido por entero. Hasta se había vuelto hosco, poco hablador. Solo bebía té negro, taza tras taza, con infusiones de sus hierbas y raíces. Se envolvía en el humo de la pipa. Dormía arrebujado en la pelliza corta, sobre un lecho aromático de hierbas secas del verano, calentándose los huesos viejos junto al fuego. Los pasos sobre hielo, las noches al raso, tanto en las peores heladas como bajo la lluvia, le habían desgastado las articulaciones, retorcido de sequedad el cuerpo fibroso.

—¿Qué pasa, Tsoktoshka, que ese osazo venía a buscarme a mí, eh? ¿Sería mi muerte, o qué?

El abuelo no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido, de «romperse la sesera» de un modo y de otro.

—¿Para qué te comes el coco, abuelo? Un oso errante es un oso errante. Pasaba hambre o había enfermado de algo. Quizá cayeron rayos y hubo incendios donde vivía. Mala cosecha. Ni piñas ni bayas. Muchas cosas me contaba el tío Gatap, que vive de la caza. Y el tío Misha también salió mucho antes, cazaba en las oseras. A veces un patas gordas se pelea con otro, menudas guerras tienen por los parajes donde se alimentan. ¡Pelean a muerte! Y el más corpulento le dio una paliza a este, lo echó de la osera. Y el otro se puso a vagar, furioso y trastornado.

Aunque… ¿estaba trastornado? A juzgar por las huellas que Tsokto leyó después, recorriendo las laderas de aquel gran libro cubierto de signos, era una bestia muy sigilosa, que se escondía, decidida a matar al cazador. Se podía adivinar que el oso se quedaba inmóvil mucho rato en un sitio, olfateaba, ¿como si percibiera alguna onda o señal que venía de ellos? La línea discontinua de sus huellas había impreso la inquietud de sus vagabundeos, caóticos al principio. Trazaba círculos, estrechaba lazos que se cerraban inexorablemente alrededor de la vida humana. Era un ser al que había pasado toda la Fuerza bestial y cruel, oculta hasta entonces. No se esconde, ¿para qué iba a ocultarse? Está allí, palpita y madura. En las simas profundas, en los árboles derribados, en las zarpas retorcidas de los troncos arrancados, bajo los colmillos de roca que penden sobre el vacío.

…Se la puede sentir cuando crece el murmullo del arroyuelo que se debate entre las piedras, el ojo amarillo de la luna vigila sin parpadear, los guardianes de las montañas permanecen inmóviles y mudos. Cuando se abre el abismo de la taiga. Oirás cómo se retuerce el hilo del relato funerario sobre los aplastados por los árboles secos del miedo al desplomarse, sobre los arrastrados por aludes de incredulidad, sobre los ahogados en los ríos helados de la falta de voluntad. Y ahora aquellos que se fueron acechan como eternos espíritus errantes. A veces hasta se sientan junto a tu hoguerita nocturna para calentarse… ¡Entonces, ay de ti, solitario que pasas la noche en el bosque!

Esta Fuerza irrumpe en un momento, convierte al ser pardo en una despiadada máquina de matar. Lo impulsa a rastrear, alcanzar y devorar lo que se mueve desprendiendo calor. Suprime todos los olores inquietantes que antes despertaban la sensación de peligro: el de las armas, el humo, el perro.

Pensaban salir de Kuliomnaya a finales de diciembre, pero los habían acorralado las circunstancias, ¿adónde iban a ir? Todo recayó en Tsokto: la leña y el agua de la cabañita de invierno, algo de comer. Y atender al abuelo, y recorrer las trampas, y las ardillas, cuando abatía dos o tres, tampoco podía dejarlas sin más. El día invernal es corto, apenas se asomaba el sol de la mañana, no daba tiempo a alegrarse y ya había rodado al otro lado de la cresta. La oscuridad rezumaba por detrás de las lomas, desde el fondo de las vaguadas.

Menos mal que habían pasado por la cabaña de invierno ya en verano, habían preparado las provisiones con tiempo. Estarían preocupados por ellos, ¿adónde habían ido a parar? Y al cabo de una semana, quizá, llegaron corriendo, gracias a Dios, los dos hermanos Jaidápov. Con los esquís habían llegado deprisa, en dos jornadas.

—Pensábamos que estabais allí, en Podkamenka. Lo rastreamos todo, y no estabais. Luego tiramos hacia la Lábanka Derecha. Y tampoco había nadie, os habíais ido hacía tiempo, las huellas ya estaban cubiertas.

—Pues ya ves, muchacho, cómo me ha dejado de roto —suspiró el abuelo Zhambal—. Un oso errante se nos echó encima como un loco. Y a Gromka lo destrozó, ¡qué lástima de perro! No sobrevivió, cuánta sangre perdió. ¡Menos mal que Tsoktoshka anduvo listo, tumbó al osazo a quemarropa!

—¡Eres un hombre de verdad! —los hermanos le daban a Tsokto empujones de aprobación en el hombro con todas sus fuerzas… ¿aguantaría en pie?—. Y allí la abuela Tuyana y la tía Damba estaban alborotadas, ¿dónde están los cazadores? Tus hermanas, Tsokto, se pusieron como locas. Vinieron corriendo a buscarnos. Nosotros, muchacho, nos preparamos a toda prisa. ¡Bañados en sudor, salimos a toda marcha hacia Podkamenka!

Los hermanos examinaron la herida, cómo había cicatrizado. Pero qué iban a decir, ¿acaso eran curanderos o médicos? En realidad, lo suyo era sacar de allí al abuelo, aunque fuera en el trineo de arrastre y con esquís. Pero bregar con semejante nieve, a saber si sería mejor o peor. Y como apretara además la helada, que ya por las noches helaba con ganas.

—¡Si Tsoktoshka tarda un poquito más, me mata el osazo! —el abuelo no hacía más que gruñir y gemir—. No sé, eso dicen… Quien cace cuarenta osos, ya está, que lo deje ahí. Porque el siguiente, el cuarenta y uno, es su perdición, vamos. De todos modos pasará algo y se acabó el cazador. El osazo vendrá a buscarlo, eso es. ¡No hay manera de salvarse!

—Anda ya, abuelo —los hermanos apenas lograron encajarse junto a la mesa, en la cabañita no había sitio para moverse, todos sorbían té—. Tú no has cazado cuarenta… ¿De dónde vas a sacar cuarenta? Eso era antes, en los tiempos antiguos.

—Eso es verdad, muchacho —convino el abuelo—. ¡Pero unos veinte sí que habré matado a tiros en mi vida! Aunque así, uno contra uno, nunca fui, eso es cierto. Siempre con compañeros, con cazadores expertos. Y a Grom se lo llevó de todos modos… ¿Quizá sea un aviso para mí? Como diciendo: tú vendrás detrás, viejo demonio.

—¡Dios te ampare, no seas agorero, Zhambal! Pasan cosas de todo tipo, y en cuanto al tiempo que le toca a cada cual… ¡No va a decidirlo ese, ese hocico peludo!

Bueno, así lo resolvieron, después de pensarlo. Para qué iban a inquietar ahora al abuelo. Que se repusiera, que descansara. Aguantarían hasta la primavera. Había harina, cartuchos, té, tabaco. Y si pasaba algo, vendrían corriendo o mandarían a alguien.

Tsokto desolló al osazo, raspó la piel y la dejó helarse. El abuelo se envolvía en ella y dormía. Extrajeron la hiel del oso, derritieron parte de la grasa. Tsokto le untaba la espalda al abuelo y se la amasaba, lo pisoteaba con los talones desnudos. Las heladas nocturnas apretaban cada vez más, comprimían las paredes de troncos hasta hacerlas crujir, caían nevadas, los cercaban estrechamente, los sepultaban, se abatían sobre ellos en ventiscas. En las noches claras las estrellas temblaban inseguras como esferas peludas y radiantes, iluminando de forma fantasmal la espesura negra, con abismos de oquedades azules aquí, violetas allá, envuelta en ventisqueros que se prendían de las ramas y las zarpas de agujas. Era como si el aire se espesara, y como si también se espesara, se hiciera lenta la luz del día, cambiando el amanecer grisáceo y desvaído por una puesta de sol que parecía llegar al instante, con fulgores rosados sobre las capas de nieve, con el azul profundo de las sombras alargadas.

—Te voy a contar, Tsoktoshka, cómo rapté a mi Tuyana —dijo una tarde el abuelo, después de hartarse de té y encender su pipa—. Y cómo destrocé a tres perros loberos. O cuántos serían, según cuenta la gente… ¿Cinco, quizá? Pues ya ves, se me ha quebrantado la salud. Uno la palma y luego inventan cualquier cosa. Mejor que lo sepas tú. Pues eso. Que los maté, de eso no me acuerdo. ¿Cómo ocurrió? Cargué con ese pecado…

Y Tsokto se acomodó, se dispuso a escuchar. Aunque aquello ya resultaba incomprensible, si el abuelo empezaba así el relato… ¿Cómo que no se acordaba de nada, acaso podía pasar eso?

—…Y como si no hubiera sido yo. Un viejecito me mandó un gaján para ayudarme. Tengo que hablarte primero de ese viejecito.

Primero, sí. Aquellos bandidos, aquellos presidiarios que servían a Gombo, salieron tras nosotros. Teníamos que subir arroyo arriba hasta la finca, allí nos esperaba un compañero. Tenía provisiones, de todo. Desde allí habríamos escapado a las montañas, y había un sitio donde esconderse. Pero durante la persecución se metieron en un mal terreno. Arbustos, pedruscos, los caballos lo tenían difícil. Soltaron a los perros para que nos cazaran. Menos mal que no los soltaron todos a la vez. Y entonces salió aquel gaján. Lo solté delante de mí. ¿De dónde había salido? Pues eso. Un viejecito me dio la idea. Me dijo: que el gaján vaya contigo. Cuando haga falta, lo sueltas. No tengas miedo de nada.

Aquel viejecito apareció como caído del cielo. Ni yo mismo sé explicarlo bien. Pero vayamos por orden. Entonces no sabía cómo salir de aquella desgracia. Tuyana y yo nos habíamos enamorado. Y a ella, ya ves, se la llevaban para casarla. ¿Quién iba a preguntarle entonces qué quería, si quería casarse o no? Y yo ya lo había dejado todo, había bajado los brazos. Con un látigo no se quiebra el lomo de un hacha. ¿Qué podía hacer yo? Un jornalero, un muerto de hambre, sin un céntimo. Y por entonces andaba de un lado a otro, trabajando de jornalero por las lomas de la estepa, de punta a punta, pastoreaba ovejas. Día y noche, no te acuerdas de nada. Tenía un caballote, pero lo cuidaba, así que iba a pie. Y un perro, Borogoshka. Y una chocita, unos palos envueltos en fieltro, allí vivía. Trabajaba para el tío Tsybyk. Tu abuela siempre lo recuerda con alguna mala palabra. Pero ¿qué tío mío iba a ser Tsybyk? Ni siquiera era un pariente lejano, a saber qué era. No quería saber nada de nosotros, le dábamos asco. Pero ¿para qué removerlo? Todo aquello lo ha cubierto la hierba del olvido.

Así que un día voy corriendo y, encima de una loma, veo como un montículo. Había caído una nevadita que lo espolvoreaba todo. De aquel bulto, por debajo de la nieve, asomaban unos mechones, o qué sé yo, que se agitaban. ¿Qué será? Me acerqué corriendo y había allí un viejecito. Así, en el suelo pelado. Se estaría muriendo. Lo zarandeé, parecía vivo. Me miraba con los ojos turbios. ¿Quién sería aquel peregrino de Dios, de dónde habría salido? Un abrigo de piel raído, un trapo en la cabeza y en los pies también unas pieles. Por allí no hay caminos ni nada, no pasa nadie. Lo levanté, le di unas buenas sacudidas. Pareció despejarse. A mí, susurra, un julgur, o algo así… Un julgur de esos, decía, lo había atrapado entre sus garras. Se lo llevaba en las garras, vamos. Pero aún no me habrá llegado la hora, dice el viejecito. Por eso me dejó caer. Algo así mascullaba. ¡Bueno, ya basta, hombre! ¡Quién te llevaría ni qué julgur ni qué gaitas! No iba a dejar allí al vejete que se muriera. Me lo eché a cuestas, salí corriendo con él, a ver si llegábamos a la chocita. Lo arrastré hasta allí, yo estaba bañado en sudor. Tenía sopa, bien grasienta. Allí mismo tenía el hogar. Avivé el fuego, calenté la sopa. Remojé unos mendruguitos. Toma, le digo, come. Dicen que a quien ha pasado hambre no hay que atiborrarlo de golpe. Preparé té. También se bebió una taza. Tenía unas pieles de oveja, lo tapé bien para que estuviera calentito. Comí y bebí yo también, y nos dormimos.

Y por la mañana otra vez… ¡El ventarrón me había desperdigado las ovejitas por toda la estepa! Venga a correr, a arrear a aquellas cabronas lanudas. ¡Acabé reventado! Volví al anochecer, el viejecito estaba sentado, más espabilado. Andaba haciendo algo con unos palitos. Toma, dice, Zhambalka. ¿Qué es eso? Un gaján, dice, para ti. ¿Yo le había dicho mi nombre o no? ¿A qué venía lo de Zhambalka, de dónde lo sabía? Me da una especie de muñequita. Un palo corriente y moliente, lo había encontrado allí, entre la leña menuda. Abajo llevaba otros dos palitos atados con hilo basto, eran las piernas. Y donde los hombritos, dos bracitos. La cabecita, más gruesa, envuelta en hilo. Como un hombrecito, negrito, que daba algo de miedo. No, le digo, viejecito, ¿para qué me enredas la cabeza? Si quieres, come, bebe té, acuéstate. Y si no, vete por donde has venido. No, dice, el gaján todavía no está listo, ¡hay que leerle encima un pedacito del libro! Tú, sigue diciendo, no abandones lo que habéis pensado hacer Tuyana y tú. ¿¡Nosotros… Pensado!? Lo miré con los ojos como platos. Solo que no tienes caballo. Ve a pedirle al tío Tsybyk el corcel negro. Te lo dará.

¿Tú qué crees, Tsoktoshka? ¿Que me puse a asombrarme o qué? No. Por alguna razón me sentí… Bueno, así, sin más. Todo estaba claro. Y de verdad, pensé de pronto, por qué no pedirle al tío Tsybyk el corcel negro. ¿Y sabes qué corcel era? ¡El primero de toda la estepa! Mi vejete sacó del pecho una estera doblada varias veces. Y dentro había como un trocito de papel. Pero se veía que lo tenía en mucha estima. Y empezó a recitar algo leyendo aquel papelito. Oraciones, seguramente. Cánticos. Así, vuelta a lo mismo. Bu-bu-bu y bu-bu-bu, venga a leer. Y se balanceaba, y se puso como… Como la niebla. Parecía que se podía ver a través de él. Desprendía un olor agradable, como a incienso. En el Datsán humean esas cosas en un cuenquito. Me sentí bien, tranquilo. Me entró sueño. Y por la mañana el viejecito ya no estaba. Un rastro de pisadas se alejaba por la nieve. Bueno, pensé. E hice lo que me había aconsejado. Ya sabes lo que pasó después. ¡Anda! ¿Pero estás dormido, Tsoktoshka? Vaya, te has cansado, muchacho. Duerme, está bien.

—¿Te acuerdas de cuando me viste? —Sesegma reía, estaban tendidos en lo alto de una colina. Parecía que de un momento a otro perderían el equilibrio, caerían al cielo… Las nubes les ofrecerían sus lomos lanudos. El hálito de la tierra caliente, el antiguo canto de garganta del viento. Con los brazos abiertos, volarían sobre las crines de estipa que subían corriendo desde el valle, tendido en la reverberación del calor, en una bruma de polvo parduzco.

«Bueno, ¿y qué…? ¡Te vi!» Tsokto pensaba cómo decirlo.

«Bueno, pues te vi, tampoco es para tanto. Nada del otro mundo».

O: «¡Ja! Pues te vi. ¡Menuda cosa!»

La ráfaga de viento amainaba, pero seguían la agitación, el susurro de las hierbas y el chirriar de los saltamontes. O tal vez aquel roce y aquel brillo los producía el giro implacable de una serpiente transparente que se deslizaba sin fin alrededor de ellos, irradiando calor de sus escamas de cristal.

En fin, había sido por casualidad… Cuando vio a Sesegma.

—¡Como un mochuelo! —se desternillaba de risa. Las manchas encendidas de sus pómulos, las chispas traviesas que brillaban bajo las pestañas. La lentitud de sus movimientos, que parecían prolongar la respiración de la estepa —el viento que se abate y el silencio que sobreviene de pronto—, se aparta los mechones de pelo sueltos.

—¡Sentado en la rama como un mochuelo, y de pronto, al agua!

Sí, una vez… Pero ¿para qué recordar aquel incidente? La espesura junto al río, él se abría paso con una caña de pescar. La densa niebla de primera hora de la mañana. Llegó a su sitio, donde una rama gruesa de un olmo frondoso se alargaba sobre el remanso. Se acomodó como siempre, lanzó el sedal. Y de pronto, un poco más allá, detrás de los sauces… Dos figuras extrañas. Envueltas en algo que no se distinguía, parecían haberse condensado de la niebla. Una, por lo visto… Pero si era una abuela viejísima. ¿No sería aquella vieja, la chamana Dagba? Sopló, escupió, anduvo trajinando, y una hoguerita empezó a humear. Se puso a verter algo de una taza sobre el fuego, a echar manojos de hierbas. Pero ¿quién estaba a su lado? Flexible, bien formada, esbelta… ¡Sesegma! La nieta del viejo Sultim.

¿Qué se traerían entre manos? La vieja tenía una especie de mazo y algo que tintineaba, golpeaba a compás aquella… ¿fuente? ¿O era un pandero? Exclamaba, gritaba, ora con un graznido seco, ora con un largo aullido. Bueno, la vieja estaría haciendo sus cosas de chamana… ¿Pero qué hacía Sesegma con ella? La vieja Dagba le recitaba algo, movía insistentemente la cabeza, como picoteando, semejante a un ave de rapiña. La muchacha se quitó su vestidura oscura, la vieja recogió agua y se la echó de pies a cabeza. Desnuda, deslumbrante. Se puso a mascullar, a gorgotear.

El humo pareció espesarse por sí solo, blancas volutas se extendían sobre el agua. Hasta Tsokto llegó aquel amargor que a veces se levanta sobre las hierbas del pantano. La desnudez de la muchacha, realzada por la cascada de cabellos negros, con reflejos de ala de cuervo, era insoportable para el muchacho… ¡Le dio vueltas la cabeza! Perdió el equilibrio, se cayó de la rama al remanso. ¡Claro que la abuela, medio cegata, lo tomó por el «espíritu maligno»! Aquel al que estaba «expulsando». Y ya lo había «expulsado»: ¡hala, ahí lo tenéis, mirad! Se puso a gritarle con rabia, a agitar los brazos. Sesegma desapareció como llevada por el viento, se echó encima su ropa oscura. Pero, una vez cubierta, comprendió quién era aquel muchacho que chapoteaba… ¡Y encima se había enganchado él mismo en su propio anzuelo, se había enredado en el sedal! Tapándose la cara con una mano, casi se doblaba de risa. Solo que tenía que ocultárselo a la vieja Dagba.

—¿Así que era la vieja Dagba? ¿Qué te estaba haciendo, qué hacíais allí, cosas de chamanes?

—Pues sí —sonrió Sesegma…

Y en sus ojos había como un remanso profundo, donde él seguía chapoteando desde entonces.

—…la vieja Dagba, claro. Pero al mismo tiempo no era ella. Estaba haciendo un rito. Le quitaba la fuerza a la muchacha. Cómo decirlo… No ella misma, sino el pájaro que viene volando y se convierte en Dagba. Necesita fuerza, ese pájaro. La fuerza de las muchachas jóvenes de la aldea de Namjái.

Tsokto quería meter alguna ocurrencia graciosa. ¡Vaya pájaro, sí señor! Si es que volaba, lo haría a duras penas. ¡Aquella abuela Dagba tenía sus buenos cien años! No, ¿cómo iba a tener solo cien? Si la recordaba de cuando él era un crío, y ya entonces era antiquísima. Tenía la cara como una tabla oscurecida, con vetas de madera, arrugas y grietas. Las manos parecían ramas.

—Pues ese pájaro tuyo… Bueno, la abuela Dagba, vale. Cuando echa a volar a ver a su amiga, a la tía Radzhana… Ya se va poniendo el sol y ella sigue renqueando. Arrastrando los pies por la calle.

—Por la aldea puede que arrastre los pies. Pero en cuanto sale de ella, se le pierde el rastro. Con todas las hierbas medicinales que tiene en su casucha, ¿de dónde salen? Las recoge ella misma. Con la tía Radzhana se pasan el día en los prados, en el bosque. Hasta traen el hongo choidop, lo tienen. ¡Y mira que es difícil encontrarlo!

Sí, el hongo choidop. Se puede conseguir en los parajes más accidentados y musgosos, y en las escarpaduras de roca.

—Esa fuerza —Seseg se puso seria— es la capacidad de volar. Es como si estuviera vertida en el fondo mismo del corazón de una muchacha. Y se disuelve en su sangre, corre por sus venas, la llama hacia lo desconocido. Pero una muchacha corriente no la necesita en una vida corriente.

¿Se podría tocar aquella fuerza?, pensaba Tsokto. ¿Sentirla? Aquel resplandor de miel que envolvía la curva de sauce de su cuello. El templo moreno de los hombros y la hondonada lustrosa entre dos colinas de suave hechizo, las sinuosas ondulaciones de los brazos. La penumbra abismal de los ojos, la carrera de la negra caballería de las cejas, las aletas de la nariz que temblaban como las plumas de una flecha disparada. Y los labios curvados como un arco de nómada, y la crin de cabellos de brea que se alzaba…

—El pájaro se lleva esa fuerza y a cambio da una belleza deslumbrante a las muchachas jóvenes de la aldea de Namjái. No hay otra igual en toda la estepa. Viene volando de donde está el viejo lama Janda, que se convirtió en una piedra gris en un lugar que nadie conoce. Necesita la fuerza para guardar los conocimientos escritos en el pedacito que queda del Libro.

Llegaron al río, desmontaron, los caballos se acercaron al agua. Los carrizos y las hierbas altas ondulaban suavemente al viento. Un verdor oscuro a lo lejos, y justo delante de ellos, junto a la orilla, la transparencia del cristal, que refractaba el reflejo de las arenas del fondo, rojizas en unos lugares y grises en otros, semejantes a ceniza. La bruma se trenzaba, se entretejía con la sombra profunda de los matorrales de cerezos de racimos y sauces, que se habían acercado, absortos en su reflejo. Olor a hierbas saladas, a pelo y a sudor. Los peces salpicaban suave y soñolientamente. «Vamos, no tengas miedo», dijo Tsokto, y ella tiró con decisión de la larga rienda del alazán de patas blancas, quedándose un instante sin aliento por el golpe del agua fría. Pronto nadaban agarrados a las crines de los caballos, como dos peces grandes y bien avenidos bajo los rayos del sol de la mañana.

—¿Y tú crees que existe esa parte… o cómo se dice? ¿Un fragmento, quizá, del Libro? —preguntó Tsokto—. ¿Que hay que guardar?

—Sí, lo he leído. Pero no son letras, exactamente. Son signos. Puntos, muchos puntos. Y rayitas, y círculos, y triángulos. Se podría decir que huellas de pájaros. A veces los pájaros lo llenan todo de trazos finísimos sobre la nieve o la arena. ¿Lo has visto? Pero entiendes enseguida de qué trata.

Vadearon otros dos brazos del río, se adentraron a caballo en un verdor espeso, atravesado por las alegres llamadas de los pájaros. Se abrían paso entre hierbas altas como una persona, reinaba un alboroto inimaginable. Avecillas desconocidas lo llenaban todo de trinos, las ranas salían disparadas de debajo de sus pies entre croares. Susurraban las lagartijas al escabullirse, una nutria se tiraba al agua desde un tronco, se oía el graznido de una pata que llamaba a su nidada. Algún monstruo acuático azotó varias veces el agua con la cola, con golpes retumbantes. Las hierbas vibraban como un bosque entero de antenas plateadas, una bola zumbante de mosquitos rodaba tras ellos, el viento empujaba un temblor de plata por el río que los rodeaba por todas partes, que relucía entre la espesura. Las garzas reales agitaban las alas en columnas de luz, elevando el peso terrenal de los sonidos hacia el espacio abierto.

Se dejaron caer entre las hierbas, permanecieron tendidos mirando los troncos que ascendían, la tracería de las ramas oscilantes, el follaje agitado, las copas que giraban en una ronda infinita, probándose sombreros de nubes.

—Ah, pues sí. Algo de eso… —Tsokto se quedó pensativo, haciendo memoria—. Mi abuelo Zhambal contaba que había visto a ese lama. Se le apareció. Aunque no… Parece que el abuelo salvó a un viejecito. Seguramente era precisamente el lama Janda. Porque resultó que también llevaba escondido un pedacito de papel, muy importante para él. Leía oraciones en él.

La lengua de arena se prolongaba en punta río arriba, contra la corriente. Entraban en el agua, se lanzaban a ella, rompiendo destellos de sol, platillos de colores danzantes de reflejos. Nadaban sobre el temblor de las hierbas subacuáticas, sobre las crestas de arena. La lengua de arena estaba toda dibujada, escrita con los tréboles de las huellas de las garzas reales que habían andado y cazado allí. Las propias garzas, disgustadas por su intrusión, se habían alejado, apiñándose en un islote que sobresalía del agua. El rumor del río ahogaba sus graznidos inquietos. Sesegma andaba por la arena levantando mucho las rodillas, imitando a las aves zancudas. Se arqueaba, echaba hacia atrás los brazos-alas. ¡De un momento a otro echaría a volar!

Tsokto leía unos signos extraños en la arena. Triángulos, puntos, rayitas, líneas curvas y rectas. Impresiones doradas, reflejos purpúreos, el rizado plateado de la rápida corriente. Cada huella que la muchacha dejaba en la arena era una letra. Las cadenas de huellas formaban palabras, estas se juntaban en una línea entera. Una, otra, una tercera. Sesegma corría por la lengua de arena, imprimiendo escritura. El sistema circulatorio de Tsokto se entrelazó con las venas azules de todos los ríos, su fuerza suprema unió los carrizos y las hierbas, la bruma, los matorrales de cerezos de racimos y sauces, los pájaros, las ranas que salían disparadas, el temblor de las alas de las garzas.

—Sí, lo he leído —dijo Selmeg—, el fragmento de ese Libro. Allí hay refugios secretos donde mueren fantasmas lanudos, donde nacen dioses luminosos y resuena un coro solemne. Las alas rozan el agua, los peces chapotean, las bestias salen a lamer la luna en el abrevadero. Todo eso son acordes, consonancias, la piel enfriada de los muslos de las bañistas de antes del alba, el ceñudo rizado de hojalata antes de la lluvia, el reflejo marciano del ocaso. El reflejo de las estrellas, de las caravanas de aves migratorias, de antiguos y poderosos seres desaparecidos, una hoguera de señales en la otra orilla. El viento, el magnetismo de la tierra natal, la vibración, el temblor que sacude de pies a cabeza. El rumor grave de las corrientes subacuáticas, el movimiento de antiguos peces misteriosos en lo hondo. El sol abrasa, las alas relampaguean, las bestias lamen la luna. Y los bajíos, los remansos, las lagunas secretas de fondo limoso… En ellas, las columnas de luz oscilante crecen como troncos solares: te perderás entre ellos al zambullirte, al deslizarte desde la rama gruesa de un árbol sobre el remanso, como desde el anzuelo del verano que se va. Abrazarás de una vez las curvas caldeadas, los meandros, el misterioso delta del río, los saucedales donde los pies descalzos dejaron huellas en el bajío arenoso. Se estremecerá la tabla del trampolín, el sedal de pesca, lanzado al cielo, sacará una estrella de pez plateado y reluciente. Los prados cubiertos de rocío acogerán las rondas, la hoguera y los cantos de los aldeanos que, apagándose, se propagan en círculos por la hierba alta. Y reinará el silencio, y una libélula se posará en la estrellita de hojalata que corona la torcida pirámide de tablas sobre el montículo donde está enterrado el explorador.

La lengua de arena terminaba, se hundía en el agua. En su extremo mismo paseaba un cuervo por la arena. Negro, con destellos de canas. Y en vez de ojos tenía… ¡Pero si eran rodamientos de bolas relucientes! En ellos se refleja una piedra gris y silenciosa, con las cuencas ciegas, desportilladas por los impactos de bala. También se reflejaron las águilas marinas —una, dos, tres— que giran, guardando el ritmo de la rotación eterna, fijada desde el principio de los tiempos. El cuervo agitó un ala… Lo llama, hay que seguirlo.

Tsokto cruzó el brazo del río a nado en unos tramos y vadeándolo en otros. Una senda resbaladiza que serpenteaba entre las hierbas. Y otra vez, mirara adonde mirara, la estepa llana, con crines pardas y rojizas de hierba espinosa, marchitas y quemadas. Entraba en cubos transparentes de olor a ajenjo, denso e inmóvil. Seguía andando y la infusión de ajenjo desaparecía, se disipaba. El calor aplastaba como una losa ardiente, el horizonte lejano no daba la menor señal de acercarse. Tsokto se convirtió en una brizna bajo el cielo blanquecino. Las águilas marinas planeaban como crucecitas en el cenit. El silencio lo envolvió con su fieltro espeso. El susurro, el crujido, el tintineo insistente de los saltamontes, de las libélulas que levantaban el vuelo, de los escarabajos que zumbaban con voz de bajo. El camino unas veces se veía bien y otras desaparecía, ocultándose bajo las hierbas crecidas.

Llegó a un pequeño Dugán, todo atravesado por flechas de sol, por las culebrillas de brisa que se deslizaban rápidas. El viejo lama Janda leía oraciones, balanceándose ligeramente, como al viento. Chirriaban los goznes de la puerta ladeada, batían las alas los murciélagos bajo el techo, temblaban las campanillas, tan finas y lastimeras, como si temieran que de un momento a otro se les rompiera el corazón. Arañitas curiosas descendían por cabos de luz, la hierba brotaba del suelo, el bosque solar se agitaba, cambiando la posición de las láminas transparentes suspendidas en el aire. Entre las miríadas de motas de polvo que danzaban en los planos de luz se vertía, como leche, el humo rizado que ascendía de una tacita de cobre hacia los rostros de madera de los dioses, cuyo dorado se descascarillaba, que miraban serenamente desde los rincones tejidos de telarañas.

—Estamos en el año mil novecientos cuarenta y uno —dijo el lama—. E irás a la guerra, Tsokto. Allí verás a una mujer. Negra y crucificada. Bájala de la cruz y entiérrala. Y de la cruz toma un travesaño y quémalo. Para que se haga carbón.

—Está bien —Tsokto inclinó la cabeza, juntó las palmas ante el pecho—. Haré lo que usted ha dicho.

Fuente: Baikal, 2026, n.º 4, pp. 3–48. Novela, partes 1–3 publicadas en la revista. El autor facilitó el PDF del número completo.