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Índice

En la revista, los fragmentos están separados por asteriscos y no llevan título. Los rótulos siguientes proceden de las primeras líneas del texto.

  1. El conocido cirujano cardíaco estadounidense, el doctor Mehmed Oz, abrió con su bisturí miles de preciosos…
  2. Cuando la última campana de la graduación resonó para mis compañeros de clase como una señal para asaltar las…
  3. Por encargo de una empresa donde trabajé una temporada para sacarme un dinero, me tocó «dibujar» el retrato del…
  4. Cuando el Señor pintó el Baikal (y Él es, sin duda, un Artista), empleó una técnica pictórica espesa, densa (la…
  5. En la época soviética, a los artistas del departamento de estética técnica de la fábrica «PolimerDetal», en las…
  6. A finales de los ochenta, en mi Ulán-Udé natal, en el sótano acondicionado de un edificio de viviendas, tenía… mi…
  7. Mis viajes al Baikal de ningún modo pueden llamarse «excursiones para mejorar la salud». Puede que otros regresen…
  8. En otros tiempos, la fábrica «PolimerDetal», en las afueras de Sotsgórod, en los alrededores de Moscú, era muy…
  9. «Eres un poco raro. No eres como los demás», me dijo la profesora de literatura en lo alto de una colina, en el…
  10. A mediados del verano Marina y yo viajamos por la inmensa llanura de inundación del Oká, observando los indicios…

* * *

El conocido cirujano cardíaco estadounidense, el doctor Mehmed Oz, abrió con su bisturí miles de preciosos cofrecillos: los corazones de sus pacientes. ¡Hay algo místico en lo que hace un cirujano cardíaco! Al mirar más allá de la envoltura corporal abierta de par en par, al Cosmos descubierto del corazón humano… ¿será posible entrever allí el Alma? ¿O a Dios? ¿Al Príncipe de las tinieblas? ¿Las tablas del pasado? ¿Los presagios del porvenir?

En fin, no sabemos qué abismos se le abrieron a ese Mehmed. Pero se convirtió en un ardiente predicador de la vida sana, conquistó a un público inmenso. Su palabra se venera como una revelación llegada de lo alto. ¿Qué predica a su rebaño de conversos?

«Caminen todo lo que puedan», exhorta el doctor.

¡Resulta extraño, cuando menos! El propio desarrollo de la civilización por la vía tecnocrática, el pensamiento avanzado de la ingeniería, que crea automóviles cada vez más cómodos cuya producción aumenta año tras año, afianzan en la conciencia de la mayoría una verdad inapelable: ¡hay que caminar lo menos posible! O no caminar en absoluto. ¿Acaso se le puede quitar su juguete favorito a un automovilista, aunque conduzca una chatarra oxidada? ¿Y cómo convencer a quien trabaja con el sudor de su frente, se priva de todo, se endeuda, pide préstamos para comprarse por fin su ansiada «golondrina», de que no malgaste el tiempo de su vida en semejantes tonterías?

Era san Sergio quien «tenía por costumbre desplazarse a pie». Hoy, hasta el padrecito entra por las puertas de la Lavra conduciendo con la mano izquierda un lujoso «Mercedes» y persignándose con la derecha.

¡Y qué cochecitos de niño hay ahora: auténticos vehículos lunares! Llevan en ellos al pequeñajo hasta un gran supermercado, y allí tienen un carrito especial. Meten al crío, echan allí mismo un montón de latas y paquetes. Después vuelven al aparcamiento y trasvasan el contenido a una lata con ruedas. Pasará el tiempo, crecerá el retoño, se pondrá al volante. Rodará por la vida como por unos grandes almacenes, eligiendo de los estantes un producto u otro. (No es difícil suponer adónde acabarán trasladándolo también a él desde la caja de hojalata… A una de madera. Le asignarán una plaza de aparcamiento indefinida.)

Quien ha llegado a algo en la vida tiene, por supuesto, un automóvil, y hasta más de uno. ¿Qué decir de quienes poseen ferrocarriles, yates y aviones? ¡¿Quién se va a poner de pronto, sin venir a cuento, a «caminar todo lo que pueda»?! (A menos que —¡toquemos madera, claro!— sea bajo escolta, durante los paseos por el patio de una cárcel.) Los allegados no comprenderán a semejante neófito voluntario de la vida a pie. Los amigos y conocidos le darán la espalda. La sociedad sencillamente lo rechazará, lo condenará al ostracismo.

¡Qué ocurrencias tan extrañas tiene ese doctor estadounidense! ¿Qué valen sus llamamientos, a quién se dirigen? Son como un castillo de arena a la orilla del mar. ¡Los vientos del tiempo, el oleaje de la realidad implacable no dejarán ni rastro de sus elucubraciones!

Yo, por ejemplo, voy andando al trabajo: desde mi apeadero de Starodáchnaya hasta Stroiperlit. Y también vuelvo andando. En total, unos diez kilómetros. Pero es que trabajo de artista decorador en el Palacio de Cultura «Impuls» (en las afueras de Sotsgórod, cerca de Moscú). Mi sueldo es miserable. Y si alguien me espera en el trabajo, esa es Olga Yúrievna Kulakova. Durante medio año monta guardia para recibir a los empleados a las 10 y apunta la hora de llegada en un registro. Durante el siguiente medio año, cada cual llega cuando le da la gana.

Cada seis meses tenemos un director nuevo. El Departamento de Cultura de Sotsgórod los cambia según este esquema: director malo, director bueno. Durante los períodos correspondientes se endurece el régimen y después llega la relajación absoluta.

La sala del Palacio está magníficamente equipada y tiene capacidad para 600 espectadores. ¡Un escenario con una maquinaria muy bien pensada y hasta una plataforma giratoria! Un potentísimo equipo de iluminación, un moderno sistema de sonido, aparatos de proyección cinematográfica. Pero nadie necesita nada de eso y todo permanece inútilmente parado.

Leí en alguna parte acerca de unos músicos extraordinarios de una pequeña ciudad alemana que fabrican sus instrumentos con hortalizas. Antes de cada concierto tallan en calabazas, melones, calabacines, pepinos… bueno, y alguna otra cosa… sus «instrumentos vegetales». Interpretan con ellos obras clásicas. Bach, Mozart, Beethoven. Han recorrido el mundo de gira, han ganado un montón de dinero, tienen el calendario de actuaciones completo para años. ¡Asombroso! Nuestros músicos del Palacio ni siquiera pueden tocar las domras, las balalaicas, los acordeones de siempre, una simple pandereta. Nadie los invita a ninguna parte, tienen un aspecto pobretón, el público no aplaude su arte.

Durante la pausa del almuerzo voy a la tienda, compro lechuga, col, pepinos; para comer, claro. (Porque el doctor estadounidense sitúa la alimentación sana en segundo lugar, después de caminar. ¡Literalmente nos conjura a zampar, como un conejo, nada más que hojas verdes!) En un expositor de la tienda se puede coger gratis un periodiquito, el «Boletín de Empleo». Contiene cientos de anuncios de puestos vacantes, con los sueldos tentadores que ofrecen los empresarios. Y entonces, puede decirse

Cesó el rumor. Salí a las tablas,

es decir, salí al proscenio de nuestro Palacio. Llevaba el periodiquito en las manos. Allá arriba, aferrado a la estructura del techo de la que cuelga una multitud de focos, alguien reptaba, despatarrado como una araña enorme. ¡Pero si es Oleg Kazanin, nuestro técnico de sonido! Estaba enroscando una bombilla en un foco. ¡Cómo había subido hasta allí, no había quien lo entendiera!

«Vaya —pensé—, enroscando una bombilla. Y, a juzgar por los anuncios, se puede ganar un buen dinero con un trabajito en el que ni te manchas de polvo».

—¡Eh, Oleg! —le grité—. ¿Eres tú?

—Pues sí… quién va a ser… —respondió el técnico de sonido.

—¿Enroscando una bombilla? —le pregunté.

—Sí… a ver quién es el guapo que la enrosca aquí… —soltó un estornudo ensordecedor a causa del polvo.

¡Vaya panorama! Y pensar que hasta hacía poco la plantilla del Palacio incluía especialistas encargados de la maquinaria escénica, de la iluminación, de los equipos de cine. Ahora a unos les habían suprimido el puesto, a otros los habían echado, otros se habían marchado por su cuenta. Oleg carga él solo con el muerto (y con los estornudos, en este caso). Menos mal que sabe inglés, lee de corrido las instrucciones de cualquier aparato, puede conectar y reparar lo que sea.

—Oye, tú te defiendes bien en inglés, ¿no? —proseguí mi interrogatorio.

—Bueno, en general… si hay que traducir algo… Pero hace mucho que no practico la conversación. Se me habrá olvidado un poco —respondió Oleg.

—¡Eso no es nada, enseguida refrescarás lo que sabes! Mira, en la hoja de empleo dicen que buscan guías intérpretes para la isla de Creta. Sueldo de dos mil dólares, manutención, alojamiento y vuelo gratis.

—¡No quiero ir a ninguna isla de Creta! ¿Qué se me ha perdido allí?

«¡No quiere ir a la isla de Creta! —me indigné para mis adentros—. Un mar azul celeste, un sol naranja, una playa dorada. Turistas de todo el mundo, todas esas mujeres».

Y le grité: —¡Más te valdría enroscarles la bombilla… a unas escandinavas y unas suecas!

* * *

Cuando la última campana de la graduación resonó para mis compañeros de clase como una señal para asaltar las cumbres universitarias, de pronto anuncié a mis padres que me iba a Kúibyshev, a casa de mi abuela, y que intentaría ingresar allí en la escuela de arte. En realidad, ¿qué Kúibyshev ni qué escuela de arte? Yo soñaba con llegar a Moscú, con abrirme paso hasta el Instituto de Literatura. Como para entonces había escrito «Canciones salvajes de mi pueblo», creía que las puertas de los penates literarios se abrirían de par en par ante mí y que, al entrar con esas «Canciones» bajo sus benditas bóvedas, me pondría a tañer la lira. Por lo visto, aquellos tañidos (en sueños) ahogaron las solícitas advertencias de mis allegados, así como de profesores y amigos: en un futuro inmediato me aguardaban las puertas verdes, con estrellas rojas, del Comisariado Militar de Distrito. ¡Y no conducían precisamente a los vergeles del PARAÍSO, sino todo lo contrario! No había cabra coja a lomos de la cual pudieras esquivar aquellas puertas. Ni con lira ni sin ella.

¿Y dónde estaban los dos años de experiencia laboral exigidos para ingresar? ¿Dónde las recomendaciones de una unión de creadores, las publicaciones en la prensa, las cartas de aliento de los camaradas escritores más veteranos y el salvoconducto para la vida del comité municipal del Komsomol? Todo aquello me parecía mezquino e insignificante.

Y ahí estamos mi amigo Oldrel (que se disponía a ir a Anapa, a visitar a sus parientes) y yo, sentados en un vagón vacío del tren «Ulán-Udé–Moscú». Nuestros antiguos compañeros de clase —habíamos estudiado juntos hasta octavo; después se habían ido a una escuela técnica ferroviaria, donde cada verano trabajaban de asistentes de vagón en una brigada estudiantil— acababan de regresar de la capital en ese mismo tren. Habían prometido llevarnos a Moscú por amistad (y así ahorraríamos el dinero que nuestros padres nos habían dado para los billetes). Habíamos hablado de aquello unas tres semanas antes y entonces, de palabra, ¡todo salía a pedir de boca! Pero desde entonces los chicos habían estado viajando sin relevos y soñaban con que esta vez les darían descanso. «¿Qué más os da? —decían—. Dentro de una semana salimos seguro, ¡os llevamos encantados!»

La noche estaba coloreada por los resplandores de los semáforos ferroviarios, los controladores hablaban desde el cielo, los operarios de mantenimiento picoteaban con sus piquitos de hierro en las lejanas ramas de la frondosa copa de los alrededores de la estación, adonde la locomotora de maniobras había arrastrado el convoy. En el vagón de mando, según decían, el jefe del tren recibía despachos urgentes de Moscú. ¡De aquello dependía mi destino! ¡¿Saldrían o no de viaje aquella noche nuestros amigos?! Yo confiaba en alguna fuerza exterior… ¡Que todo se resolviera por sí solo!

Entretanto, las inquietantes chispas del vagón de mando avivaban la llama de los rumores contradictorios. Los muchachos la apagaban con vodka de Moscú, también nos servían a nosotros, nos convidaban a embutido de Moscú y pan de Moscú.

Vagaba el eco del traqueteo de las ruedas, bajo el suelo seguían zumbando las cuerdas de los raíles, las cortinas temblaban con el viento inquieto de las líneas transiberianas, que traía cambios para mejor, según queríamos creer. Llegaba otro mensajero y anunciaba algo espantoso (y para mí esperanzador): «No queda nadie en la reserva. ¡Preparaos, hermanos, que nos toca salir sin relevo!». Cantábamos con Maryla Rodovich, tan popular entonces:

Sube a cualquier tren, sé como el viento

y no te preocupes por el billete,

aprieta una hojita verde en la mano,

el pasado ya no podrá alcanzarte.

¡Y ahí tienes tu hojita verde! ¡Hace rato que es de día y el traqueteo de las ruedas en nuestros sueños es real! Y los paisajes que pasan veloces tras la ventana… Todo había ocurrido de improviso. Antes del amanecer, el tren se había transformado, como por arte de magia, de rana provinciana en princesa moscovita. ¡La «mano de Moscú» había decidido literalmente mi destino!

Cuántas veces después, enredado en la madeja de problemas obsesivos e irresolubles, me convencí de que en algún lugar de las entrañas del Ministerio de Vías de Comunicación —y hoy también de los Ferrocarriles Rusos, su sucesor legal directo— hay… ¿quizá una vieja gitana de pañuelos abigarrados que baraja las cartas con sus dedos morenos cargados de gruesos anillos? ¿Un monje tibetano, entregado a la corriente, que pasa las páginas del «Libro de los Cambios»? ¿El loro amaestrado de algún artista de circo ambulante que saca de un sombrero, entre monedas gastadas de países desconocidos y pueblos desaparecidos, un billete enrollado? Porque alguien echaba la carta del camino que me esperaba —fuera afortunado o no—, y entretanto se obraba una renovación milagrosa con solo tender la mano en busca de salvación hacia la ventanilla de la taquilla.

No había tiempo para quedarse sentado: nos habían incorporado a la brigada como «hijos del regimiento». Nos asignaron raciones, nos dieron uniformes. Nos pavoneábamos con las chaquetas blancas distintivas del personal, repartíamos bandejas de té en vasos con portavasos. ¡Todo estaba colmado de una escala increíble, de cosmismo! El cambio de husos horarios, el desfile fugaz de rostros de pasajeros que se renovaban sin cesar, llegadas y salidas, estaciones espaciales y apeaderos de la gran Vía Láctea del Transiberiano. Hasta en los portavasos relucía en plata la silueta en relieve de un satélite que había sobrevolado la torre Spásskaya del Kremlin y ascendía hacia las estrellas. Las sonrosadas camareras del restaurante traían recipientes relucientes, apilados en auténticas «baterías solares»: con borsch ardiente, puré y filetes de carne picada de segundo. ¿Y la mostaza de Moscú en tubos, «como los de los cosmonautas», y el paquete de cigarrillos «Kosmos», de un misterioso azul oscuro? Y si conocíamos a unas chicas, podíamos pasar la noche entera escuchando grabaciones: el «Zodiac» lituano, el «Space» francés.

Del BAM venían pioneros del Komsomol. Aquello aportaba un espíritu de conquista de los grandes espacios, de unión con una fuerza poderosa a la que se sometían los ríos, las extensiones de la taiga y, ¡para qué quedarse cortos!, las lejanías cósmicas. Todos los del BAM llevaban conjuntos vaqueros idénticos, japoneses por alguna razón (¿se los habrían dado en el XVIII Congreso de la Unión de Juventudes Comunistas?). Atributos imprescindibles: una pistola de bengalas, un cuchillo de caza evenki al cinto, una frondosa cornamenta de reno. Todos aquellos muchachos bebían muchísimo. (Había alguna orden secreta de no imponer ninguna limitación a la juventud heroica, por eso les vendían el vodka por cajas y a precio de oro.)

Sentados en el compartimento de los asistentes de vagón, «tomábamos el té». Echábamos dos botellas de vodka y cuatro de «Fanta», que acababa de aparecer y estaba de moda, en una gran tetera esmaltada. Si alguien se asomaba, nada fuera de lo normal: los trabajadores de las arterias de acero descansaban. La tetera en la mesa, una bebida ambarina en los vasos, cucharillas, rodajas de limón.

Oldrel había oído hablar de mis «Canciones» hacía tiempo —¡los rumores vuelan!— y varias veces me había pedido leerlas. Le entregué el legendario manuscrito. Mi amigo se sumergió en la lectura. Y llegamos a Novosibirsk, donde paramos unos 30 minutos. En la vía de al lado, un tren en sentido contrario: «Moscú–Vladivostok». De pronto veo que Oldrel se comporta de un modo extraño… Pasó por mi lado completamente abstraído, con una sonrisita beatífica, «dirigiendo» absurdamente con las manos, como si tarareara para sus adentros una melodía que solo él oía. Aquello me puso en guardia. ¡Pero cuando entró tranquilamente, como si tal cosa, en el vagón de Vladivostok, ya no supe qué pensar! ¡¡Y nosotros ya salíamos!! ¡¿Quizá me había vuelto loco y era mi compañero quien actuaba con sensatez?! ¡Ni hablar! Me precipité hacia atrás, vi a «mis» pasajeros, a los que en aquel tiempo había llegado a considerar de la familia… ¡Terminaban de subir tranquilamente a nuestro vagón, al correcto!

¡El «Moscú–Vladivostok» se pone en marcha, está a punto de llevarse a Oldrel al fin del mundo!

Corrí, salté al vagón antípoda. ¿Y qué me encuentro? ¡Está sentado con los asistentes de vagón de allí como si nada! Las mismas chaquetas blancas, una gran tetera esmaltada en la mesa. Los hermanos ferroviarios ya le habían servido «té». El vaso en su portavasos, la cucharilla, la rodaja de limón… ¡Todo como en el nuestro! ¡¿Pero te has vuelto loco o qué?! Lo agarré del pescuezo, lo arrastré hacia la salida. Saltamos del tren en marcha, alcanzamos el nuestro —¡con destino a Moscú, gracias a Dios!— y apenas logramos subir al estribo del último vagón que se alejaba.

Después le pregunté a mi amigo: «¿Por qué, Oldrel, te has subido al tren equivocado, has decidido viajar en dirección contraria? ¿Qué pasado te alcanzaba, de qué querías huir?».

A lo que respondió sencillamente: «He estado leyendo toda clase de mierdas».

Pasó un cuarto de siglo. Por supuesto, pasé por la dura escuela del temple militar. Después, como en la canción de Vysotski sobre la «pura verdad» (cambiando un poco la letra): «… vagué mucho tiempo, enfermé, necesité dinero». Tras penosos intentos, ingresé en los Cursos Superiores de Literatura (del Instituto de Literatura Gorki) y los terminé. Escribí dos libros, publicados por la mayor editorial de la capital. Pero aún hoy, después de leerlos, muchos reniegan de mí de la misma manera, o salen huyendo, o cometen otros actos no siempre muy sensatos.

¡De pronto los vientos de mi tierra me trajeron una llamada de Ulán-Udé!

El Ministerio de Cultura de Buriatia dio señales de vida y me invitó a visitar el tradicional Salón del Libro. (Por cierto, el 15.º. Yo me enteraba por primera vez de su existencia. Y también de que, en los últimos 10 años, soy la única persona de Buriatia que ha publicado libros en Moscú.) ¡La propuesta del Ministerio de Cultura me llegó al corazón! Hasta entonces, el rostro de la madre Buriatia (me refiero a su rostro oficial, claro) no se había iluminado con una sonrisa tierna hacia mí, su hijo pródigo, y

cuando mi carro se precipitaba cuesta abajo,

¿estaba yo tranquilo?

(Recordé la canción de Dmitri Reviakin, líder del grupo «Kalinov Most».) Enseguida metí en la mochila 60 ejemplares de mis libros, comprados en una librería de internet. ¡Quiera Dios que encuentre 60 amables lectores en mi tierra «de taiga, lagos y estepas»!

Volaba desde Moscú sobre las extensiones nevadas de Siberia, veía en las profundidades arremolinadas un reguero dorado de luces… Cheliábinsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk. «¿Y los lectores de estas ciudades siberianas? —pensaba—. Al otro lado de los Urales no hay ni un solo libro mío. Ni en las librerías ni en las bibliotecas. Solo titilan en la noche los monitores de internet. ¿Acaso

arderemos en pantallas de hielo azul,

como cantaba proféticamente Bashlachov?

¿Y si se estudiara la posibilidad técnica de instalar en los aviones una escotilla para el «lanzamiento de libros»? ¿Para dejarles caer desde los aviones que pasan paquetes de libros a ellos, los lectores siberianos, sepultados por las nieves en espacios infinitos?

…Y solo el viento helado aullaba en respuesta, intentando derribarme con su zarpa férrea y ganchuda a primera hora de la mañana en el aeropuerto de Ulán-Udé. Pero me mantuve en pie, no salí volando, no desaparecí como un grano de arena en la corriente del ser, gracias a mis libros en la pesadísima mochila.

Me recibieron, me llevaron, me dieron calor. Todo transcurrió sin el acartonamiento oficial, «como en casa». ¡Gracias a mis amigos, sin los cuales aquella fiesta habría sido inconcebible!

Y de nuevo el viento helado, la madrugada, el avión a Moscú.

Repartí todos los libros, los regalé, los dediqué como recuerdo. Pero ¿se vació mi mochila? Camino, arrastro a la espalda, bajo las ráfagas heladas, un carcaj pesadísimo. Contiene 60 flechas. Sus puntas están revestidas de un acero de especial temple transbaikaliano; dentro, el calor que no se enfría de los corazones de mis paisanos… El rumor de la taiga, el canto de las hierbas esteparias, el severo silencio de las montañas, el fragor de las olas del Baikal. Me acomodo en el asiento, lanzo por la ventanilla una mirada de despedida a las lejanías azules que me llaman, no me dejan en paz, prometen nuevos viajes y descubrimientos. Porque cada verano regreso a mi tierra, a Buriatia, a Ulán-Udé; emprendo una caminata hacia donde, más allá del Bosque, se extiende el corazón gigantesco del Baikal. Sus conexiones nerviosas son rayos estelares que atraviesan sus profundidades desde hace millones de años; late con corrientes unas veces calientes, otras heladas; la vida y la muerte se equilibran en las extensiones de Siberia Oriental gracias a su ritmo universal. Sobre él nacen remolinos de aire que traen cambios de tiempo, de él irradian líneas de energía que crean un poderoso campo de atracción. La visión del mundo de quienes nacieron en sus orillas está formada por su influencia magnética. La conciencia de los habitantes del entorno del Baikal está encajada en la matrioshka del Bosque. La matrioshka del Bosque, en las extensiones de la estepa. La matrioshka de las extensiones de la estepa, en las lejanías montañosas. La matrioshka de las lejanías montañosas, en la esfera del Mar Sagrado. Y después, en la envoltura del cielo. En el Cosmos.

…Aún vive el recuerdo de los tiempos épicos en que las personas comprendían la lengua del Mar Sagrado. En el suave chapoteo de las olas distinguían la advertencia de una tormenta próxima. Conocían las arterias vivificantes de las profundidades, por donde fluye la sangre plateada de los bancos de peces. Sentían madurar en la taiga las bayas, los piñones y otras bendiciones. Y crecer a las crías de los animales hasta el momento en que, según la ley de la caza (comparable a la de Dios en aquellos tiempos épicos), podían cobrarse para el sustento. En negras barcas jaríuzovkas embreadas, la gente del lago remaba día y noche; los hombres de la taiga abrían huella con sus esquís durante toda la breve luz del día invernal, persiguiendo a las fieras entre las cumbres peladas y salvajes; los recolectores se deslomaban con sacos de piñones de muchos puds al regresar a las viviendas. Y daban gracias al Anciano por lo cobrado, susurrando palabras antiguas… Con el reflejo del fuego que los había salvado y calentado en la noche gélida, con la rigidez de la piel recién desollada que iba enfriándose, con el ámbar de las cuentas de huevas en el vientre abierto de un pez, con el olor agrio de las entrañas humeantes de una cabaña de invierno, arrimada en algún lugar al costado de una hondonada, hundida en la tierra, aplastada por las flores de epilobio sobre el tejado de tablillas hendidas.

¿Dónde están esas Palabras? La resina cierra los cortes de las marcas en la piel de los árboles, las hierbas curan las quemaduras negras de las hogueras, el vigoroso sotobosque oculta las cicatrices pardas de los senderos, como si nunca hubieran existido. El cuero crudo de los lazos se adelgaza hasta convertirse en telaraña, las redes se pudren, la herrumbre devora los cepos, los troncos caídos sepultan los hoyos trampa desmoronados. Envejece el pergamino, se deshace el rollo, se reduce a polvo el mapa con los signos de confesión de quienes sobrevivieron a un vuelo solitario por el cosmos del Bosque.

…Pero ahora estás solo. Crece el rumor del oleaje, el ojo amarillo de la luna te vigila sin parpadear, los guardianes montañosos permanecen inmóviles y mudos, se ha abierto el abismo de la taiga. El parloteo obsesivo del arroyo trenza el hilo de un relato funerario sobre los aplastados por los árboles secos del miedo al desplomarse, los arrastrados por aludes de incredulidad, los ahogados en los ríos helados de la falta de voluntad. Y ahora aquellos que se fueron merodean como eternos espíritus errantes. A veces hasta se sientan junto a tu fuego para calentarse. ¡Ay de ti entonces, solitario que pasas la noche en el bosque!

…Un ave nocturna desconocida bate inquieta las alas, revoloteando sin cesar sobre tu cabeza como un paño negro agitado, y sin embargo permanece invisible. Y sientes cómo crujen, cómo se entreabren The Doors, dejando entrar el horror de la noche inabarcable. Y llegan las Palabras. Un balbuceo medio inconexo, una especie de plegaria en la lengua de las bestias y las aves.

¿Acaso no son estas las «Canciones salvajes de mi pueblo»?

¡Pero rugieron las turbinas del avión!

Y «rugió» Reviakin en los auriculares de mi reproductor,

regreso ligero de equipaje con una reserva de flechas

de vuelta a los sótanos.

* * *

Por encargo de una empresa donde trabajé una temporada para sacarme un dinero, me tocó «dibujar» el retrato del ruso medio. La empresa investigaba el mercado ruso de electrodomésticos. Había que sistematizar una cantidad enorme de información: aburridísimos informes estadísticos y, además, artículos traducidos de páginas extranjeras.

Tras resumir la información y retocar algunas cosas, llegué a la conclusión de que el ruso medio, dados sus ingresos medios, compra una lavadora de precio medio por 10 mil rublos. (Todos los precios son hipotéticos, para redondear las cuentas.) Ahora su ropa de cama media y su ropa igualmente media están, por término medio, siempre limpias. El feliz propietario de la máquina de lavar dedica tal cantidad del tiempo liberado a tal actividad de ocio.

Pero al cabo de un tiempo advierte de pronto que ha empezado a engordar. Le preocupa la tensión, le falta el aire, le dan punzadas en el corazón, etcétera. ¿Qué ha ocurrido? El ruso acude a los médicos. Exploraciones, análisis, consultas. De una manera u otra, habrá que pagar 5 mil rublos, otros 5 mil en medicamentos: en total, 10 mil. Puede que su salud mejore, pero después… Alguien le dice (o él mismo cae en la cuenta) que todo se debe a una vida sedentaria, una alimentación inadecuada y la falta de ejercicio físico. ¡Estupendo! Nuestro ruso va y se apunta a un gimnasio. (Otros 10 mil que vuelan.) Se machaca en las máquinas de una sala que es una caja de plástico con aire acondicionado, atravesada por radiaciones electromagnéticas. En fin, hasta aquí todo va bien.

Seguí analizando las traducciones de textos extranjeros… ¡Salieron a la luz cosas asombrosas! Resultó que hay en el mundo una persona responsable de todos los inventos, novedades técnicas y de ingeniería en el campo de las lavadoras, así como de su producción y comercialización. Mediante instrumentos financieros, su influencia y su presencia indirecta en cualquier lavadora fabricada en el mundo son indudables. (Poco se sabe de este gurú del negocio de las lavadoras. Para evitar confusiones, llamémoslo señor Alfa.)

Pues bien, el señor Alfa, uno de los hombres más ricos del planeta, vive en un modesto chalé de montaña en algún cantón remoto de Suiza y no tiene lavadora. Por lo general, a finales de semana llega Marta desde el valle donde está el pueblo, le trae avena, verduras, pan. También le lava una muda de ropa, porque a la sonrosada muchacha alpina no le cuesta nada hacer alguna tarea doméstica. (Si los une alguna relación o no… Todo eso es pasto para las conjeturas periodísticas. En cualquier caso, en las fotos del periodista que visitó al señor Alfa —un japonés bajito, de rostro moreno y sonriente, de cuya edad cabe decir que tiene más de cuarenta, pero menos de ochenta—, este irradia seguridad masculina y satisfacción con la vida.)

Averiguar algo acerca de él es bastante difícil, y no porque todo esté cifrado. No tiene interés para los medios. No concede entrevistas, no se lo ve en corrillos políticos ni mundanos, no cultiva la amistad de los poderosos de este mundo. Aquí lo tenemos una mañana, después de una nevada, saliendo al patio con un mono de esquí y una pala para despejar el camino. Aquí hace gimnasia. Cocina avena. Está sentado a la mesa de su cuartito, por la ventana se ven las laderas nevadas, tiene delante un vulgar libro mayor de contabilidad y escribe algo. Sale a pasear por los caminos y senderos de montaña con bastones de esquí: la saludable modalidad de la llamada marcha nórdica (o escandinava). Regresa. Pela un par de patatas, una cebolla y una zanahoria para la sopa. Lee a los filósofos griegos antiguos a la luz de una lámpara.

Al seguir trabajando con los materiales encontré también información sobre un tal señor Beta. Resuelve todas las cuestiones del desarrollo de la medicina en el mundo. Sus inversiones crean líneas de fuerza que enlazan a un sesudo teórico de Silicon Valley con un voluntario del interior de África que vacuna a niños negros, y con un médico de cabecera agotado de un ambulatorio de distrito ruso. En todas partes se utilizan aparatos creados en fábricas y laboratorios de los que él es propietario en mayor o menor medida, o esos aparatos se fabrican con tecnologías, patentes y desarrollos que le pertenecen. En una isla desconocida del Pacífico, el señor pasea por la orilla, recoge con los aborígenes criaturas marinas aprovechables. ¿De dónde iba a salir una lavadora en su cabaña de palma? Él mismo nunca ha acudido a un médico. El aire puro, los frutos del mar, los baños y los largos paseos a pie le permiten conservar el vigor y una salud excelente.

Y el tercer personaje del que logré saber algo, = es el señor Gama. Sobre él recae la responsabilidad de la producción de todos los medicamentos del mundo. Resulta que pasa la mayor parte del tiempo en una aldea remota de Laponia. Los cazadores locales a veces se lo llevan con ellos… Aunque no sirve para acercarse sigilosamente a las presas: su aspecto afroamericano destaca demasiado sobre el fondo blanco de la nieve. La cara puede embadurnarse con algo blanco, pero ¿cómo camuflar una figura de dos metros? (Los cazadores comentan con desaprobación: «¡Uuuh, menudo larguirucho desgarbado! ¡Tendría que jugar al baloncesto en la selección nacional!») Sin embargo, se maneja bastante bien con los esquís, recorre decenas de kilómetros para revisar cepos y trampas, abre huella en la nieve virgen desde las primeras penumbras hasta la oscuridad. ¡Y qué bien sienta después entrar en calor en la sauna! Él tampoco tiene lavadora, ningún médico ha atentado contra su cuerpo fuerte y musculoso, en toda su vida no ha tomado una sola pastilla.

¿Y cómo le va al señor Delta? Sus capitales están invertidos en la industria mundial del fitness. Con ellos influye en todo lo relacionado con la publicidad de ese sector, la fabricación de máquinas, ropa y calzado, alimentos, el desarrollo de métodos, la apertura de nuevos gimnasios. Su persona y sus actividades permanecen ocultas a las miradas ajenas en un viejo rancho perdido en las praderas infinitas de Wyoming. Tiene varias vacas, prepara él mismo queso casero y está muy orgulloso de ello. Cuidar de las vaquitas, acarrear agua, partir leña, segar la hierba: ese es el mejor entrenamiento, en su opinión. Por las mañanas hace unos ejercicios suaves, salta varias veces la cerca, hace dominadas en el travesaño del portón, se echa por encima un par de cubos de agua helada del pozo.

…Si el señor Alfa es plenamente feliz con su Marta (cosa que solo podemos suponer, claro), el señor Beta tiene amistad con una isleña risueña. Limpia la cabaña, cocina el pescado capturado, lava la ropa en el arroyo —la golpea con una pala de madera sobre las piedras— y canta canciones de su pueblo. Cuando su señor blanco se marcha a alguna parte y después regresa, le regala cuentas de vidrio o una horquilla para el pelo, o un montón de faldas de colores. Todas las mujeres de la aldea envidian a esa muchacha.

Y Gama tampoco toma baños de vapor solo. Sale de la sauna en compañía de una espléndida lapona (por cierto, con una bolsa de ropa limpia que la norteña ha lavado entre una cosa y otra). Ambos llevan parkas de piel, la escarcha centelleante ha ribeteado el borde de pelo de las capuchas y realza hermosamente la negrura del rostro masculino y el rubor del femenino. Les espera una velada maravillosa junto a la chimenea encendida, vino caliente especiado, grabaciones de óperas clásicas.

A esa misma hora, el señor de Wyoming está tumbado en el henil, sobre un montón de hierbas fragantes, y contempla por las rendijas del tejado las estrellas cercanas. Con la cabeza apoyada en su hombro y la seda negra de su pelo esparcida, una libre hija de las praderas tiene sueños felices. Y a ellos también les va todo bien, toda la ropa está lavada, no tienen que ir a los médicos, tomar pastillas ni hacer ese estúpido fitness.

Marina y yo llevamos muchos años viviendo en una Casa de Creación cerca de Moscú; no tenemos lavadora, sencillamente no hay dónde ponerla. Nuestra actividad también es poco conocida por el gran público, y por eso tenemos a nuestro alcance las alegrías sencillas. Pan, vino, caza de setas, paseos a pie y con esquís, baños de vapor. El océano Pacífico de nuestro amor nos llevará de pronto del verdor tropical de las islas a las cumbres alpinas relucientes, o bien las extensiones nevadas nos soplarán su silencio helado, o las praderas floridas nos envolverán con su aroma…

Se ofenda o no con nosotros el señor del negocio de las lavadoras, no podemos darle ni siquiera 10 mil de nuestros rublejos ganados con esfuerzo. Y como lavar a mano supone un ejercicio físico comparable a un par de horas en bicicleta o una hora de natación, el de la medicina y el de los medicamentos se quedan sin 5 mil cada uno, y el organizador del fitness, sin 10 mil. Con el dinero ahorrado nos vamos al mar Negro (a la zona de Sochi), pasamos en un albergue turístico que agoniza desde los tiempos soviéticos media luna de miel: 15 días de vacaciones maravillosas.

…Dicen que en Rusia los caminos son malos. ¡Y menos mal que lo son! En ello está la salvación de los rincones intactos de la naturaleza rusa, en general, y de los parajes protegidos de los alrededores de Moscú, en particular. Porque hasta allí no pueden llegar los «amantes» motorizados de la naturaleza. Todavía hay, gracias a Dios, baches y socavones, tierras bajas pantanosas, árboles derribados por el viento, espesuras impenetrables… ¡El caminante de los alrededores de Moscú tiene por dónde explayarse!

Antes de salir hacia algún lugar, estudiamos mapas, buscamos testimonios de otros caminantes afines, por si alguien ha visitado aquellas lejanías maravillosas y ha dejado en internet una descripción del itinerario.

Hace poco descubrimos un lago precioso. Para llegar hasta él fuimos en tren de cercanías, en autobús de línea, a pie. Los accesos al lago son pantanosos; nos topábamos con montículos cubiertos de musgo, baldíos de ciénagas movedizas. Anduvimos perdidos varias horas y al fin salimos a una espesura de coníferas oscuras que bordeaba las orillas. Era un día caluroso, la superficie plateada del lago estaba inmóvil y a la vez parecía respirar, emanando columnas oscilantes de luz. Varios pescadores permanecían inmóviles en barcas negras de goma, dibujados en el paisaje. Por todas partes, cerca del agua, juncos y hierbas altas. En la espesura los mosquitos estuvieron a punto de devorarnos, pero delante apareció un cabo que se adentraba mucho en las aguas, y en él una luminosa isleta de abedules.

Nos abrimos paso hacia allí entre hierbas de la altura de una persona, en medio de un estrépito inconcebible, ¡para quedarse sordo! Pajarillos desconocidos lo atravesaban todo con sus trinos, las ranas salían disparadas de debajo de nuestros pies croando, las lagartijas que huían susurraban entre la vegetación, una nutria se zambullía desde un tronco, sonaba el graznido de una pata que llamaba a su prole… Algún monstruo lacustre con su cola —¿o quizá fueran burbujas que subían del fondo?—, pero algo azotó varias veces el agua con sonoros golpes. Las hierbas vibraban como todo un bosque de antenas plateadas, una bola zumbante de mosquitos rodaba tras nosotros, el viento empujaba ondas por el lago. Las garzas grises batían las alas en las columnas luminosas, elevando la pesadez terrestre de los sonidos hacia el espacio abierto.

Simplemente nos desplomamos entre los claros abedules, nos quedamos tumbados mirando los troncos que ascendían, la tracería de las ramas oscilantes, el follaje agitado de las copas que giraban en una ronda infinita, probándose gorros de nubes…

¡Pero hasta hablar de esto resulta ridículo!

Una vez cayó en mis manos un librito titulado «Soy cineasta aficionado», publicado en 1969. Decía que, antes de trabajar en una película, todo cineasta aficionado debía prestar juramento. Primero, no filmar nunca, bajo ninguna circunstancia, los troncos de los árboles desde abajo, convergiendo en perspectiva, ni el sol que se filtra entre ellos, ni cómo todo aquello parece «dar vueltas ante los ojos» de un protagonista de ánimo romántico. Segundo, no filmar cómo la protagonista corre feliz entre los abedules (u otras plantaciones perennes), mientras el protagonista la persigue, etcétera. ¡Ya entonces, en el lejano 69, aquello se consideraba un ejemplo de tópico vulgar!

Yo no soy ningún cineasta aficionado. Y por eso estaba tumbado en la hierba, con las manos detrás de la cabeza. Pero tuve la extraña sensación de que alguien dentro de mí… (¿quizá algún «cronista»? por lo visto, se apresura a grabar para siempre en la memoria los momentos más hermosos, más penetrantes del verano)… de pronto agarró una «cámara» —mental, por supuesto— ¡y venga a filmar esos abedules desde abajo! ¿Y el juramento, eso de que es una vulgaridad, y todo lo demás?

¡Y otra vez, otra vez esa ronda de troncos blanquísimos que giran! Y una garza real levanta el vuelo, arrastra tras de sí unos flecos de agua que se desprenden de sus alas. Y nosotros, felices, corremos entre los abedules con semejante banalidad. Nos perseguimos, caemos entre las hierbas.

* * *

Cuando el Señor pintó el Baikal (y Él es, sin duda, un Artista), empleó una técnica pictórica espesa, densa (la llamada técnica del empaste).

Lo asombroso es que Vladímir Nikoláievich pinta sus cuadros precisamente en ese estilo. Lleva casi cuarenta años trabajando como artista decorador en el Palacio de Cultura de la fábrica «PolimerDetal» (el actual «Impuls»), en las afueras de Sotsgórod, cerca de Moscú, y dedica su tiempo libre a la creación. Vladímir Nikoláievich no escatima pintura. Exprime casi un tubo entero y ¡zas, zas!, con la espátula… ¡Así y asá! Otro tubo y otro más. Amarillo de estroncio, cadmio, cobalto, ultramar, azul, marte. Cada pincelada es tan generosa (como el alma de Vladímir Nikoláievich) que los cuadros parecen peludos; la textura de los lienzos es como un «pelaje» erizado, los flancos ásperos de unos unicornios fantásticos que galopan sin fin… galopan, al parecer, en los sueños de Vladímir Nikoláievich. Amarillos de estroncio, rojos de cadmio, violetas de cobalto.

Hace poco pintó un cuadro en el que aparezco en el Baikal: estoy en cuclillas junto a la orilla, limpiando pescado. El propio Vladímir Nikoláievich nunca ha estado en el Baikal, lo pintó a partir de mis relatos, y también examinando las diez mil fotografías que hice al salir cada verano de expedición por el Baikal. La verdad, difícilmente adivinará nadie que el retratado soy yo… En fin, un tipo desgreñado sentado en la orilla, sonriendo mientras destripa un monstruo marino. (Con el tamaño del pez, Vladímir Nikoláievich se pasó claramente.)

Si yo he tomado diez mil fotografías, Vladímir Nikoláievich habrá pintado, seguramente, varios cientos de miles de cuadros. Tiene diplomas y certificados de participación en exposiciones, sus obras figuran en catálogos, publican artículos sobre él en los periódicos. Lleva los lienzos recién pintados a la galería local, a la sección de la Unión de Artistas, los pone a la venta en un salón… Y se sienta en nuestro taller (yo también trabajo en el Palacio, la plantilla contempla dos decoradores), dormita, parece dormir. Pero la mayor parte de sus obras se guarda en los «depósitos» (en realidad, en el refugio antiaéreo que hay debajo del Palacio). Por eso resulta imposible entrar en el refugio (no digamos ya salvarse allí, si ocurriera algo, Dios no lo quiera).

Pinta sobre todo la naturaleza de los alrededores de Moscú… Las impetuosas crecidas, la diversidad de hierbas del verano, el carmesí de las avenidas otoñales, los bosquecillos y sotos nevados. (En sus cuadros no hay ningún «unicornio», por supuesto. Es algo latente, una especie de trasfondo de su creación. Solo cabe percibirlo —y hablar de ello— mediante un examen muy atento y parcial tanto de las obras del artista, naturalmente, como, en su conjunto, de todas las circunstancias de su destino, de ese Cosmos que formó su personalidad creadora.) Cuando termina otro cuadro, se sienta delante y se duerme apaciblemente. Luego se despierta de pronto, lo mira con agudeza por un solo ojo… agarra la espátula… Retoca algo, quita lo que sobra. O cubre de pintura algún punto —¡zas, zas!—, cambia algo, renueva el cuadro del mundo.

¡Zas, zas! ¡¡Así y asá!!, creo que exclamaba el Señor al extender por todo el lienzo celeste sobre el Baikal un ocaso de cadmio, acentuando el contraste con amarillo de estroncio, saturando la superficie del agua de azul de Prusia, los bosques de verde esmeralda, y los precipicios y roquedales de pardo de Marte. Visto por primera vez, el cuadro del Baikal impresiona… ¿por su desaliño? ¿por lo desgreñado? Como si acabaran de pintarlo todo ante tus ojos. Y el movimiento, la carrera de unos seres desconocidos se ha detenido; se han quedado inmóviles, contienen la respiración, pero enseguida se lanzarán, echarán a correr —cambiarán el cuadro del mundo— en cuanto te distraigas.

En todas mis vacaciones voy a las orillas del Baikal, emprendo otra expedición. Y advierto… (no se pueden cerrar los ojos ante eso) cómo los hombrecillos, montados en potentes todoterrenos, en lanchas ultrarrápidas, armados con armas de repetición, redes de malla fina y cañas electrónicas, se adentran cada vez más en lugares antes inaccesibles y, por ello, todavía vírgenes. Digo «hombrecillos»: al fin y al cabo, ¿qué son capaces de crear?

Tierra muerta, envenenada, abrasada a su paso. Montañas de basura, fuel derramado de los bidones, neumáticos negros, requemados y fundidos. Un vertedero.

A veces se me aparece esta escena: tras abrirse paso con sus potentes motores hasta una espesura intacta, un grupo se desparrama fuera del todoterreno, sale arrastrándose de la lancha a la orilla. ¡Las almas de esas personas se llenan de entusiasmo ante la belleza desplegada! Resulta difícil imaginar todos los matices revelados en las tablas del Cielo, del Mar, de los Bosques. Sin embargo, los hombrecillos… «Bueno, venga, ¡sácalo! Vamos a empezar, digo yo»…, ordena el cabecilla, que no pierde nada de vista. Y sacan los sacos. El vidrio de las botellas de vodka, el plástico de los grandes envases de cerveza, la hojalata de las latas vacías, los jirones de papel, el moho repugnante de la vajilla desechable…

Lo esparcen a su alrededor. Queman lo vivo con el napalm de las hogueras. Talan árboles.

¡Y les cuesta, les cuesta hacerlo, como a cualquier alma humana, cometer tales inmundicias! Pero siguen con sus últimas fuerzas, aturdiéndose con vodka para no recordar nada de lo perpetrado. Bueno, ¿ya está, ya lo hemos llenado de mierda? Lo hemos llenado. Uuuf… Cansados, vacíos, se meten en su medio técnico de transporte. Y ya se han largado, se han evaporado, se han disuelto en el humo azulado de la gasolina.

Sé que algún día el Artista, frunciendo el ceño al advertir algo que no encaja en el cuadro, sonreirá entre barbas y —como hace Vladímir Nikoláievich— borrará de un manotazo la manchita naranja de mi tienda, en algún lugar de la orilla, al pie de una montaña, eliminará la chispita de la hoguera que hay al lado… Tocará apenas ese punto con estroncio puro, renovando la franja de arena junto al oleaje. Y yo desapareceré.

O quizá, después de echar una mirada penetrante… ¡zas, zas!, cubra de pintura a toda la humanidad, extendida como un moho gris e inmundo bajo las maravillosas puestas de sol, junto a las aguas transparentes, entre los bosques rumorosos.

Hum, Vladímir Nikoláievich… Guardará el cuadro en el sótano del Palacio. Y volverá a dormitar, resoplando apaciblemente.

A veces lo miro y susurro apresuradamente… «¡Señor, Señor! Sálvanos, Vladímir Nikoláievich…».

* * *

En la época soviética, a los artistas del departamento de estética técnica de la fábrica «PolimerDetal», en las afueras de Sotsgórod, cerca de Moscú, les gustaba pastar en los generosos campos del Palacio de Cultura de la fábrica. (Y en aquel departamento se habían apiñado unos treinta artistas. Cuanto más monumental fuera la propaganda visual que creaban para las fiestas nacionales, más cobraban, aparte del sueldo base, por órdenes de trabajo liquidadas por separado.) Con el comienzo de la perestroika, no solo los artistas: la mitad de los obreros ya no tenía nada que hacer en aquella industria que se había ido a pique. Y no había con qué mantener el Palacio. Lo transfirieron a Sotsgórod, le cambiaron el nombre por el de «Impuls».

Cuando entré a trabajar allí como artista decorador, me encomendaron diseñar, con programas gráficos, las maquetas de aquellas modernas lonas publicitarias. A la directora se le metió en la cabeza encargar la impresión de esas lonas —enormes paños de vinilo— a una agencia de publicidad. Y adornar con ellas la fachada del Palacio. (Y todo lo que los artistas de «PolimerDetal» habían creado a lo largo de tantos años era «chatarra, su sitio está en el basurero». Esa era la línea general.) Pero los antiguos paneles eran auténticas obras de arte decorativo. ¿Y qué «ideología caduca» había en ellos? El Año Nuevo de toda la vida, el 8 de marzo, el Día de la Victoria, el Día de la Infancia. Sólidos, significativos, con volumen: ocupaban el almacén de grandes decorados.

¿Y la maqueta de una lona?

A ese fantasma meramente virtual se lo puede «encargar, por así decirlo» diez veces a los publicistas con distintos nombres, y ellos «lo imprimirán, por así decirlo». Luego «lo montarán, por así decirlo», tras lo cual se da de baja —de una manera muy real, hay que decirlo—. Y el dinero destinado a esa ocurrencia se convierte hábilmente en materiales de construcción. La directora, según decían, estaba terminando una casa en una prestigiosa urbanización de las afueras de Moscú. Al cabo de un tiempo le dieron un aviso «desde arriba»; fueron cerrando discretamente el proyecto del «abismo de vinilo». Con las pocas lonas que sí llegaron a fabricar cubren el escenario. En primavera, cuando se derriten las nieves, y en verano, cuando llueve. ¡Porque el tejado gotea como un colador!

yo pasé a maquetar carteles y octavillas sobre las fiestas y conciertos del Palacio. Empapelan toda la zona con vistosos dazibaos, los tiran por los portales, atiborran los buzones. Eso crea la ilusión de que aquí todo bulle de efervescencia cultural de masas. En realidad, los actos se cuentan con los dedos de una mano.

Y mi sueldo es igual de escaso, como lágrimas de gato. Tengo que ir corriendo de cliente en cliente, aceptar cualquier trabajo. Y por las tardes y los fines de semana me siento en el taller ante el ordenador y proceso fotografías… miles de fotografías… Las que traigo cada verano de mis expediciones a las orillas del Baikal, a las zonas inhóspitas y de difícil acceso de la región del Baikal. En las laderas de la cordillera de Jamar-Dabán, en las estribaciones de los Sayanes Orientales, al pie de la cordillera de Barguzín, en la península de Sviatói Nos, busco «jeroglíficos de piedra». Supe de ellos en mi primera expedición en solitario a Sviatói Nos. Sería más acertado llamar a aquella «expedición» —sin plan ni preparación alguna— una huida de los problemas de la vida que por entonces me habían acorralado. Mi itinerario se iba formando a partir de historias de pescadores sobre una pesca fantástica que esperaba en algún lugar… Uno me llevaba en camión, otro me acercaba en lancha. Llegaron los días lluviosos, ¡más valía olvidarse por completo de la pesca! Me encontré en los laberintos de piedra de la parte baja de la cordillera de Sviatói Nos, que desciende hacia el extremo sur de la península. Y de pronto, en circunstancias muy extrañas, capté una señal de socorro: ocurrió que me comuniqué por radio con un piloto chino de ala delta que había sufrido un accidente y estaba herido de muerte. Le costaba encontrar las frases en ruso, su voz se perdía en un mar de interferencias. La zona a la que había ido a parar el desdichado piloto —una ráfaga repentina de viento había arrojado su ala delta contra las rocas y la había destrozado— era una región salvaje de alta montaña, en algún lugar de la parte central de la cordillera. Se había desatado el mal tiempo; yo no tenía provisiones, ni equipo, ni experiencia de excursionista. Hablar de que, en aquellas circunstancias, me lanzara a no se sabe dónde a rescatar a no se sabe quién carece sencillamente de sentido.

¿Quién era aquel chino, qué hacía allí, cómo había llegado? ¿A quién podría haber acudido?… ¿Al Servicio de Rescate? ¿A la milicia? (Y hay que decir que estábamos a mediados de los 90. Entonces hasta los nuestros desaparecían a plena luz del día en medio de la ciudad.) Se lo conté todo a un compañero mío que servía en el Ministerio del Interior. Mi amigo me aconsejó que me lo quitara de la cabeza, que lo olvidara cuanto antes. El gran destacamento de la República Popular China, al parecer, «no había notado la pérdida» de uno de sus «combatientes». Las autoridades no habían recibido ninguna denuncia de desaparición en aquella zona (menos aún de un ciudadano extranjero).

Durante el año siguiente, una inquietud no me soltaba el alma, agitaba mi imaginación de investigador. Me empujaba a actuar, a buscar. Estudié la bibliografía sobre el Baikal, sobre la península —todo lo que pude encontrar—, así como mapas y relatos de excursionistas. En las vacaciones de verano fui a las costas de Sviatói Nos, subí a la cordillera, atravesé aquel desierto país montañoso. ¿Era lo que logré descubrir el lugar del accidente? Encontré algo parecido a una «caja negra»… En una bolsa de plástico negro había una decena de esquemas fotográficos con la disposición de los «jeroglíficos» de piedra. Al sobrevolar las «páginas» de piedra —la meseta de la cordillera de Sviatói Nos—, el chino tomaba fotografías a vista de pájaro, con la esperanza de captar antiguos mensajes. ¿De quién, con qué propósito, dirigidos a quién?

Y ahora, al explorar los lugares señalados en los esquemas, fotografío los enigmáticos «signos» desde las elevaciones de los alrededores, o trepando a árboles altos, o construyendo con pértigas un «trípode» gigantesco, o utilizando un globo de helio y una cámara automática.

Al procesar las fotografías del Baikal, las convierto en gráficos vectoriales. Sale algo parecido a un «dibujo de contornos». Es una «vista desde arriba» del terreno donde se encuentran mis piedras: en lenguaje científico, «estructuras rituales o de navegación de tipo paisajístico». Tras el procesamiento de la primera etapa, el material está preparado para entregarlo a un instituto dedicado a la investigación espacial (en Koroliov, cerca de Moscú). El alquiler de una potente máquina de cálculo es un servicio comercial (cuesta un dinero increíble). Sin embargo, no hay otro modo de calcular e identificar lo que no responde al juego fortuito de las fuerzas naturales. Sino aquello en lo que se reconoce la actividad creadora de quienes dejaron los anales de una civilización desaparecida, o algún sistema de navegación creado para aquellos (o por aquellos) que visitaron / visitarán la Tierra. Los datos recibidos del instituto todavía no lo son todo; son, por así decirlo, una guía para la acción. También hay que describir correctamente el hallazgo y, en relación con ciertos «indicadores» ocultos en la disposición de las piedras, trazar una dirección, estudiar de antemano una nueva zona donde resulte más probable proseguir la búsqueda la temporada siguiente.

Y además el trabajo principal en el Palacio. Y además los clientes de fuera, la maquetación de sus mamotretos financieros, de sus aburridísimos catálogos.

El ordenador del trabajo en el Palacio está ocupado de la mañana a la noche. Y un día no aguantó más, se averió. El monitor negro, la unidad del sistema muerta, sin señales de vida. Se lo comuniqué a Krásnova, la encargada de mantenimiento. Me advirtió diez veces que no tocara nada, que no intentara romper los precintos, porque estaba en garantía, vendrían los especialistas y lo arreglarían. ¡Pues muy bien! Siguiendo sus instrucciones, trasladé el equipo al aula de conferencias. Traje mi portátil, cargué la información guardada y seguí trabajando.

El ordenador, por supuesto, no tenía ninguna garantía. Lo que sí tenía la encargada de mantenimiento era interés en transferir dinero para reparar no se sabe qué mediante unos tejemanejes ingeniosos. Al final, aquí todo, desde sustituir la fontanería hasta impermeabilizar el tejado, lo hacían unas «¡menudas brigadas!» de dudosa procedencia, convocadas desde las vastas extensiones del Gran Bulbostán. Y cuanto más barato cobraban por su trabajo, cabe suponer, más caras eran, evidentemente, las joyas de oro y los abrigos de piel que Izolda Krásnova cambiaba a cada momento. Pero lo que ella hiciera me daba igual. ¡Entretanto, nadie se apresuraba a reparar y devolverme mi equipo!

Pasaron varias semanas. Un día llegué al trabajo y el vigilante me dijo que «han llegado los combatientes del frente invisible; a lo mejor te arreglan el ordenador». Había una amarga ironía en sus palabras.

Me ocupaba de mis asuntos, pero recordaba el comentario del vigilante, algo me había llamado la atención. Cuando quedé libre, decidí ver qué ocurría allí. Subí al aula de conferencias y eché un vistazo.

¡Lo que vi me produjo un auténtico choque culturológico! Sobre unas mesas juntas descansaba una especie de «hiperboloide del mariscal Kim Chir Yn»… (Recordé una foto de las noticias en la que el líder norcoreano inspeccionaba cierto «emisor secreto de rayos X».) Es decir, un cilindro de cartón —de unos dos metros de largo y un metro de diámetro, aproximadamente— envuelto en cinta adhesiva plateada. Allí mismo, dos flamantes «especialistas» con monos reglamentarios azules y parches reflectantes desenrollaban cables, tendían gruesos «tubos» de plástico corrugado (de medio metro de diámetro). (Si intentara describir lo que hacían, en sentido técnico sería como que «conectaban» los cables y los «tubos» corrugados al «hiperboloide»… Dentro de este, cabe suponer, había ciertos «dispositivos».) Todo alrededor estaba atestado de aparatos que recordaban a las mesas de mezclas de los técnicos de sonido; en un rincón se amontonaban rollos de cuerda, largas pértigas con puntas de hierro, cajas de herramientas, escaleras extensibles…

¿Quizá se estaba preparando aquí algo interesante? ¿La actuación de un espectáculo de compleja tecnología, de un teatro de ilusionismo, la carrera de un motorista dentro de una enorme esfera transparente?

Por supuesto, eso no tenía nada que ver conmigo. Me encogí de hombros, ya me daba la vuelta.

Pero ¿para qué habían sacado de las cajas mi unidad del sistema y mi monitor?

Entretanto, uno de los operarios había quitado el panel trasero de la unidad y, acercándose un cable gruesísimo, lo atornillaba dentro de la carcasa. ¡Manejaba el destornillador con un estrépito tremendo! Allí mismo, al lado, había una «manguera» corrugada, preparada, al parecer, para conectarla también. ¿Dónde, cómo? ¡¿Al disco duro, o qué?! La tranquilidad y seguridad, la auténtica profesionalidad de aquel maestro del destornillador no dejaban lugar a dudas: para él era lo más normal del mundo; nada especial, así debía ser.

¡Están destrozando mi ordenador ante mis ojos! ¡¡Será lo que sea, pero yo trabajaba con él, mis archivos están guardados dentro!! ¡¿Eh, hermanos electrónicos, qué está pasando?!

En fin, resultó que aquellos «maestros» eran «informáticos trepadores de árboles». Gleb era el mayor, rondaba los cincuenta, aunque Ales también debía de haber pasado de los treinta. Eran de Bielorrusia, trabajaban en una empresa de Moscú, tenían permiso de trabajo y registro de residencia, todo conforme a la ley.

¡¿Pero qué «trepadores de árboles» ni qué nada?! ¡Nunca había oído hablar de semejantes «informáticos»!

Gleb y Ales —a los miembros del conjunto «Pesniary», célebre en la URSS (y todavía hoy recordado), solo los evocaban, si acaso, por sus bigotes bastante pintorescos, pero es precisamente así, «pesniary», como llaman a los que vienen de Bielorrusia a ganarse la vida—, pues bien, aquellos «pesniary» me tomaron por otra persona… Seguramente pensaron que yo representaba a los organismos de inspección (y castigo). No respondían directamente, se ponían nerviosos, me remitían a su empresa, que llamara allí si tenía preguntas. A cada momento aludían a las órdenes de trabajo, a las licencias. «Pero si tenemos una orden de trabajo —repetían una y otra vez—. Y la autorización, y las especificaciones técnicas. Ustedes lo han pagado todo por transferencia. ¿Qué pasa aquí?».

¡Pero no hablo de eso, hermanos eslavos! ¿A qué «árboles» pensáis «trepar»? ¿Dentro del ordenador, o qué? (Existe, por supuesto, el concepto de «árbol informático». Pero se refiere al registro de las carpetas del sistema. ¿Cómo se puede «trepar» a esos «árboles»? Ya estén en el disco duro, en el registro o en vaya uno a saber dónde.) ¿Y cómo vais a entrar? ¿Os colaréis por el puerto USB? ¿Con vuestras cuerdas, pértigas y escaleras? Con el pulverizador de jardín… («De gasolina, de tipo mochila», como empezó a explicarme Ales con todo detalle, no sé para qué.)

¡Esta vez hasta la propia Izolda Krásnova se había pasado! ¡¿Dónde habría encontrado a aquellos últimos (o quizá no) «partisanos bielorrusos»?!

Gleb insistía obstinadamente en que «…limpiaremos ahí dentro, eliminaremos lo que sobre. Si hay algún virus, tenemos pesticidas… pero cómo vais a entrar DENTRO del ordenador… entraremos sin problema. Como siempre. Aquí está el adaptador».

—¡¿Ese tubo de cartón?!

—¿Qué tubo ni qué nada? —terció en la discusión Ales, más avanzado técnicamente—. El campo magnético del adaptador y la frecuencia del campo acelerador son constantes en el tiempo, pero la condición de resonancia durante la aceleración se mantiene gracias a la variación de la multiplicidad de aceleración g.

¡¿Qué es esto?! ¿Los científicos bielorrusos han descubierto algo que ha puesto patas arriba la concepción científica del mundo? Sin embargo, la comunidad de internet no está al corriente. El Comité Nobel permanece en una plácida ignorancia. Silicon Valley dormita tranquilamente. ¿Y por qué seguimos andando por la tierra sin estar cabeza abajo?

—Pero esto parece un GCH, ¿no? (Me refería al Gran Colisionador de Hadrones, por supuesto. Me daban unas ganas tremendas de soltar la pulla y llamarlo Colisionador de Hadrones Bielorruso.)

Ales se recogió, se puso en tensión, se le blanquearon los nudillos de los puños apretados.

—¿Tú lo que quieres es buscarnos las cosquillas?

¡¿Y por qué iba a buscaros las cosquillas, muchachos?!

…Yo solo me había imaginado cómo entraban en el ordenador. ¿Qué iban a hacer dentro? ¿Pisotear mis archivos con sus botas bastas, hurgar en las fotografías, abrir los correos electrónicos? ¿Cómo debía (y debía siquiera hacerlo?)… oponerme a aquello? ¿Convencerlos de que eso traspasaba los límites de lo razonable? ¿Lanzarme a puñetazos contra ellos? ¿Eso significaría reconocer lo que estaba ocurriendo? ¡¿Tomar parte en aquel acto demencial que no se sabe quién había inventado ni para qué?!

Y si recordaba el comentario del vigilante (acertado en este contexto)… ¿A quién llaman «combatientes del frente invisible»? A los espías, a los saboteadores; a todos los que sonsacan información secreta. ¿Y si alguien necesitaba someterme a una vigilancia total? ¿Volver del revés mi alma, mis archivos, mis fotografías, mi correo? ¡No, mira que ocurrírseme algo así! ¡¡Un completo disparate!! En cualquier momento, cuando yo no estuviera en el taller, bastaba con que alguien entrara y encendiera el ordenador: adelante, mira y rebusca lo que quieras.

Y revisar el correo… Eso lo hace cualquier hacker. (¡Y no hace falta ser «trepador de árboles»!) Pero ¿qué hay en él, aparte de lo más corriente y cotidiano? Sí, me escribía con los chicos del club «Geopoisk» de Novosibirsk. Me enviaban métodos para estudiar mis «jeroglíficos». En la correspondencia tuve que contarles lo de la «bolsa negra» con los esquemas fotográficos, hallada en el lugar donde supuestamente se había estrellado el piloto. Su voz lejana, que consiguió abrirse paso entre los chasquidos y las descargas de las interferencias, fue el punto de partida de mis viajes. Han pasado ya más de diez años.

Me preparo para partir, hago la mochila… Qué puede emocionar más que el presentimiento del camino —de aventuras peligrosas, de encuentros inesperados—, evocado por el olor a hoguera de las cosas impregnadas de humo. La mañana temprana, enormes peñascos, la inmensidad del Baikal, el flotador sobre una ola que apenas suspira. Me llamó la voz de trompeta del Baikal, el rayo que juega en el cristal verdoso de las profundidades, los tubos de órgano en el poderoso aliento de los vientos, el aroma de las hondonadas de la taiga caldeadas por el sol, el brillo de las cumbres que se alzan. Este es el itinerario de mi vida, y hay ciertos signos que intento descifrar para no perder la dirección marcada. Giros, ascensos penosos, descensos abruptos en esta senda… Una conjunción de circunstancias me llevó a «Impuls». Proceso miles de fotografías, encargo que tracen los «dibujos de contornos», y pego y extiendo sobre el escenario los enormes «campos» de mis piedras. A veces, como si «flotara» sobre ellos, siento una conexión misteriosa… ¿Con cierta «proyección» de las nubes? ¿Con el cielo sobre el Baikal?

La voz de Gleb me devolvió de mis involuntarias reflexiones a la realidad.

—Oye, ¿tú vives en Moscú? —preguntó con una «dulzura» deliberada.

—En los alrededores de Moscú —precisé.

—¡Eso! Pues si vivieras en Bielorrusia, el Bátka te daría tal aceleración con su bota de hierro en el culo que, sin aceleradores cíclicos ni nada,

no solo entrarías en el ordenador por un tubo de cartón,

sino que te meterías donde hiciera falta, como una mosca, ¿entiendes?

¡Nosotros, por ejemplo, podemos hacer lo que quieras! ¡Tenemos unos inventos! Si nos dicen que reventemos el sistema de alcantarillado de la Casa Blanca y nos conectemos a él, ¡lo reventamos! ¡Y nos meteremos en el váter del presidente, entraremos con linternas en el culo de Barack Obama! Si no fuera por vuestro pajeo mental de Montreal, nos uniríamos en el puño de hierro de la Unión. ¡Con cualquier OTAN u OMC basta con escupir y restregar!

¡Bueno, está bien, amigos míos! ¡Dejémonos de palabrería geopolítica! Os han mandado a arreglar el ordenador —y, encima, nosotros lo tenemos todo «pagado por transferencia»—, pues arregladlo. Y me fui a mis asuntos, pensando con tristeza que no había nada de gracioso ni de extraño en aquellos bielorrusos con su tubo de cartón. Y nosotros, ¿en qué estamos mejor…? ¿Cómo ingeniárselas, de dónde sacar el dinero para las expediciones, para las investigaciones? Cada verano, al comenzar las vacaciones, los oligarcas parásitos —sus tentáculos tienen enredadas tanto las arterias de acero como las alas de nuestra Patria— suben los precios del tren y del avión. ¡Como Viy sus párpados de hierro! Es un escarnio especial en Rusia, donde las extensiones son inmensas e inabarcables, donde el ruso —siempre en busca de respuestas a las preguntas eternas— abre las grandes novelas. «Guerra y paz», «Los hermanos Karamázov», «El ladrón» de Leónov. Y para eso fueron creadas, para leerlas sin prisas, durante cuatro días, con té y el traqueteo de las ruedas de un vagón de literas sin compartimentos, de Moscú al Baikal; para comentar con los vecinos de viaje las páginas, determinados capítulos; también los de la vida, el destino, el Ser. ¿De verdad los rusos —descendientes de grandes descubridores, continuadores de la obra de quienes exploraron Siberia y abrieron el camino al Cosmos— tienen que quedarse en casa, sin viajar? (¿Acaso puede considerarse conquista de los espacios lo que ofrecen las agencias de viajes: descansar en reservas turísticas, visitar «lugares de interés» cubiertos de moscas?) ¡¿Adónde puede ir un ruso?! En el instituto de investigación espacial, en la empresa informática donde instalan programas nuevos, entre los proveedores de equipos para fotografía aérea, apenas has salido hacia allí, ni siquiera has llegado todavía, ¡y ya han cambiado los precios! Todo se ha encarecido tres veces. ¡Con tal de lucrarse a tu costa, ahora, en este mismo instante!

Trabajo como un burro de la mañana a la noche. Marina da clases en tres sitios, vuelve al atardecer. Pero ¿qué podemos permitirnos? Hundimos el dinero que ganamos en una especie de abismo.

¿Y cómo pasamos juntos las vacaciones? Antes de que yo me interne en las espesuras del Baikal, vamos a la costa del mar Negro, a un albergue turístico, cerca de Sochi. En el albergue no ha cambiado nada desde antes de la perestroika, el tiempo está casi inmóvil, pasamos las vacaciones en la viscosidad de miel de los días, unas vacaciones que duran el doble. En las estribaciones tormentosas sobre las que flotan las almas de los montañeses desaparecidos, soñamos con encontrar la morada de la Sagrada Bytja. A ese objeto sagrado —un águila de piedra con ojos de piedras preciosas, con el pico de oro, con las alas y las garras recubiertas de plata— lo veneraban los ubijos que vivían en estos lugares. A juzgar por las pocas leyendas que han llegado hasta nuestros días, antiguamente la Sagrada Bytja «se elevaba» a principios del verano y «volaba» a los pastos de alta montaña. Y en otoño regresaba a su lugar en el bosque sagrado. ¡Pero eso es una especie de «objeto volador»! ¿De dónde salió, quién lo «programó» y para qué? Exploramos las gargantas de los ríos Osokái, Jodjibse, Beranda, Detliazhka, Buu. A veces encontramos las cicatrices cerradas de las vías pecuarias por las que subían los rebaños a los pastos de montaña. A veces se ven muescas en los poderosos troncos de los árboles…. Algo parecido a marcas, a «balizas» que, de una a otra, señalan «direcciones», pero que no llevan a ninguna parte y pronto desaparecen. Se tiene a veces la extraña sensación de que los puntos y rayas de ese criptograma acabarán revelando un mensaje, conduciéndonos al interior del bosque, hacia algún centro desde el cual fue transmitido.

Pero el corazón de la Ubíjia Montañosa está cerrado para nosotros y guarda silencio.

* * *

A finales de los ochenta, en mi Ulán-Udé natal, en el sótano acondicionado de un edificio de viviendas, tenía… mi taller. De verdad estaba en la calle Lenin —y yo, prácticamente, vivía allí sin salir—, y por eso, igual que al protagonista lírico de la conocida canción de Fiódor Chistiakov (grupo «Nol»), a mí también me dejaba colgado de vez en cuando. Pero eso es solo un inciso.

La auténtica autenticidad de un taller viene determinada por tres aspectos (expresada en el principio Analogia Trinitatis), del mismo modo que la tónica, la tercera y la quinta constituyen el «núcleo» de todas las estructuras tonales. Pero en este caso son

los clientes,

los amigos

y las chicas.

El artista decorador establece un equilibrio espiritual con el cliente. Del Eterno Cielo Azul en el alma del artista depende el bienestar del cliente. Y viceversa. Los antiguos chinos decían que una obra de arte perduraría por los siglos si quedaba inacabada. Por eso, al realizar un encargo —al fabricar cualquier anuncio exterior—, en la etapa final dejaba un detalle como magistralmente sin terminar. No todos, por supuesto, eran capaces de ver en ello un vector dirigido al futuro. Algunos se negaban en redondo a aceptar mi concepto y no pagaban nada por el trabajo realizado. Otros… bueno, quizá daban la mitad de lo acordado.

¡No pasa nada! Porque para apoyar al artista vienen los amigos. Siempre traen algo que calienta la sangre y alegra el alma. «Haces bien, hermano —dicen—. Todo es pasajero en este mundo. Solo el arte es eterno. Vamos a beber».

Y las chicas vienen simplemente porque después del invierno siempre llega la primavera, y después de la época de exuberante floración, el luminoso verano.

Una chica me preguntó: «¿Cuántas islas hay en este lugar, donde los innumerables brazos del río Udá, que se ramifican entre los depósitos de limo, confluyen en el poderoso tronco del Selengá?». ¡No sabía si reír o llorar! Aquella pregunta —entre islas grandes, pequeñas y diminutas, como esparcidas desde lo alto, desde los cielos buriatos, por una mano generosa— me recordó una cita de «Palisandria», de Sasha Sokolov: «No olvidemos tampoco el país del nirvana triunfante. Allí la gota de lluvia, al alcanzar la superficie de un charco, pronuncia claramente, en vez de “ploc”, “zen”. Allí están todos los fines y principios. Allí está la gracia. Solo que, al intentar participar de ella, no le preguntéis a un transeúnte:

qué hora o qué siglo es,

si ha visto cómo fluye el río

o el cuadrado de Malévich?».

—Las islas las creó un arquitecto paisajista —dije—. Fue él quien envió la draga al delta del Udá, trazándole un Camino que crea un modelo a gran escala del esoterismo budista zen, que niega de por sí la existencia de camino alguno, prescribiendo seguir de manera inconsciente y espontánea los designios kármicos.

Le conté cómo, desde unas alturas ajenas a todo lo mundano, donde el papel de dibujo intacto resplandece con una blancura absoluta, donde las minas de los lápices son tan negras que solo pueden compararse con la negrura de la sombra que proyectan las rocas milenarias bajo el brillo del azul glacial, desde aquellas alturas, pues, el arquitecto paisajista contemplaba el «Plano de Ulán-Udé». Y ejecutó el dibujo, encerrando el perfil de la ciudad, mediante líneas de acentuación, en las proporciones armónicas de un heptágono; tras determinar el punto de contemplación, experimentó una consonancia fascinante, inaccesible a los simples mortales, ante aquel sistema coordinado de perspectivas geométricas que se extendían más allá de los confines del espacio limitado.

—¿Recuerdas cómo era antes nuestra playa urbana? —pregunté—. El semicírculo del dique en el cauce del Udá formaba algo parecido a un «estrecho», en cuya orilla derecha había un embarcadero de lanchas y barcas a motor que resoplaban deliciosamente entre humos azules. Y más allá, la playa de nuestra infancia se abigarraba con las sombrillas de las heladeras, resonaba con voces infantiles, palpitaba con los golpes enérgicos al balón de voleibol, repiqueteaba con las fichas de dominó de los jubilados, bramaba con voz grave por los megáfonos de hojalata de los socorristas, que llamaban a los amantes del ocio acuático activo a no nadar más allá de las boyas.

—No, yo ya no llegué a conocer eso —respondió la chica con tristeza.

—Sí, ahora es un descampado lleno de basura, el «estrecho» se ha convertido en una ciénaga. No sé qué pasó… ¿La corriente rápida arrastró masas de arena, cambiaron los cauces de los ríos? Después crearon las islas. Hay 35 en total. ¿Sabes por qué? Los números 3 y 5 son fundamentales en la numerología china, que Japón tomó prestada junto con el budismo.

—¿Qué tienen que ver aquí la numerología china, Japón y el budismo? —se sorprendió ella.

—Pues que… En una palabra, desde cualquier punto que contemples las islas, siempre son 34. Una isla permanece invisible, oculta tras las demás. ¡Nosotros estamos precisamente en ella y por eso los de alrededor no nos ven!

Me miró asombrada.

—¿Pero tú no leíste de pequeña «La decimoquinta piedra de Ryoanji», de nuestro periodista de asuntos internacionales Tsvetkov?

—No.

¡Vaya chicas las de ahora! ¡No leen libros interesantes, no recuerdan lo maravillosa que era de verdad la playa urbana!

Tuve que hacer una excursión didáctica al jardín de piedras del templo de Ryoanji, principal atracción de la ciudad japonesa de Kioto. Allí, sobre un terreno cubierto de arena blanca, hay 15 fragmentos de roca negros, sin labrar, dispuestos de tal modo que quienes los contemplan solo pueden ver 14 a la vez, sea cual sea el ángulo desde el que miren. Los budistas zen consideraban aquella armonía misteriosa como la naturaleza insondable del ser, y a quien alcanzaba la iluminación mediante largas meditaciones y la disposición adecuada de la conciencia se le revelaba la regularidad cronológica del tiempo.

—La draga vagó durante varios años, como una bala con el centro de gravedad desplazado, por las arterias azules del Udá —proseguí mi relato—. Sacó del fondo megatoneladas de piedras y arena, amontonó colinas arenosas. Unas planas, otras en forma de conos volcánicos, se elevan sobre los meandros del río, rodeadas unas veces por las profundidades y otras por los bajíos del Universo, y parecen «flotar», semejantes a nubes, en un movimiento tranquilo y lento, sumiendo la conciencia de los habitantes de la ciudad en un estado de serena paz… Y en absoluto en reflexiones mundanas sobre cómo la formación de aquellas «islas» mediante relleno permitió a alguien sacar una buena cantidad de dinero del presupuesto municipal, dragarlo y lavarlo, mandarlo a las lejanías azules de las que no se vuelve.

Estábamos tumbados, la chica y yo, en una de aquellas islas. En algún lugar, más allá de nuestro sistema solar, un magnetófono lejano devanaba salpicaduras monótonas. La corriente del río y el viento nos traían ecos plateados… «¡a!-¡a!-¡a!»…. ¡Era como si estuviéramos dentro de una radio gigantesca! El brillo de las aguas de puñal que se deslizaban por las vainas labradas de las orillas, de sauce, plateadas y nieladas, el sol cegador, que había alcanzado el cenit y se había quedado allí, clavado con los clavos de sus rayos, creaban un juego de reflejos. Las islas resonaban, amplificaban las interferencias de radio que el viento empujaba sobre los brazos del río. Y el interminable «¡a!-¡a!-¡a!» del magnetófono pasó flotando como una pelota infantil de goma pintada de sandía… Pero si era Tania Bulánova preguntándole a algún «atamán»… Algo así como: «¡dime la verdad! ¡¿para qué quieres mi amor?!». De pronto se hacía el silencio, duraba un instante. Y desde no se sabe qué alturas, por el cuello de la envoltura transparente que nos encerraba, desde la esfera superior de un invisible reloj de arena suspendido sobre nosotros, se precipitaban en avalancha los trazos de las gaviotas, el chapoteo de los chorros, el chisporroteo de los guijarros, el ladrido de los perros que saltaba elásticamente, los gritos de los niños…

«Si somos “invisibles” en nuestra isla —observó mi compañera—, ¿por qué no deja de mirarnos fijamente aquel hombre, nuestro vecino isleño? ¡Además, me parece que está tomando el sol sin calzoncillos!»

Pero esto ya era demasiado… ¡Estas chicas siempre se fijan precisamente en lo que no deben! Me incorporé y localicé cerca una piedra de buen peso para tirársela al huerto de aquel aficionado a los baños de aire y de sol a naturel, si resultaba serlo.

El brazo de agua entre nuestra isla y la vecina tendría unos cinco metros de ancho. Pero si también yo había reparado en un individuo extraño que aparecía y desaparecía por allí. Unas veces asomaba por encima del cono de arena, otras por un lado. Tostado hasta ponerse negro, como un tizón. Qué hacía allí aquel Robinson (solo, sin Viernes), no se sabía. Al poco lo vi. Alguna especie de taparrabos sí llevaba. Se puso en cuclillas en su orilla y nos gritó si teníamos algo para fumar, chicos. Teníamos; le dije que vadeara hasta nosotros, no íbamos a echar buen tabaco, literalmente, al viento.

El sol había requemado al hombre, los vientos y las aguas le habían curtido el pellejo; parecía un zapato basto y encogido. Tendría unos treinta años; la manzana asada de su calva estaba cubierta por un pañuelito ridículo con nudos en las esquinas. Bajo el brazo apretaba algo parecido a un «retículo» de lona, dentro del cual tintineaba algo de hierro. Pensando que era un pescador local curtido (parecía lo más natural), le pregunté por la pesca… Pero salió del paso con generalidades, no sabía nada interesante. Luego nos pusimos a conversar y resultó que allí, en su isla, había una «colonia nudista». Unas diez o quince personas, hombres y mujeres, tomaban el sol desnudos, predicando la fusión completa con la naturaleza y el rechazo de las convenciones de la civilización.

Precisamente por entonces, en los ochenta, nos invadieron toda clase de doctrinas, sectas, predicadores. Unos recitaban mantras, otros andaban descalzos por la nieve, otros practicaban el crudivorismo, otros se anudaban en posturas de yoga, otros cultivaban kombucha y solo bebían kombucha, y veían en ello una panacea, una salvación (¿o un olvido?) en unos tiempos que habían cambiado de manera extraña y repentina. Pero ¿nudistas? Bajo los cielos buriatos, entre las corrientes de los ríos de la estepa, bajo el viento amargo que traía de las llanuras mongolas el olor de las hierbas quemadas… Bueno, aquello era un tanto absurdo. ¡¿Qué teníamos allí, la Riviera francesa o qué?! Sin embargo, lo poco que contó aquel adepto de cierto «nuevo» (y muy dudoso) Edén terrenal sonó duro y amargo.

Sí, al principio los aficionados a tomar el sol y bañarse al natural estaban de maravilla en la isla apartada y no molestaban a nadie. El número de sus partidarios crecía. ¡Entretanto, la chusma local se erigió en ferviente defensora de la moral pública! Sus jaurías rondaban por allí, soltando risotadas guturales y enseñando los dientes con sorna obscena. Pero aquello aún podía soportarse. Luego empezaron a provocarlos abiertamente, o a acechar a los que regresaban por el paseo de la ribera al anochecer. Claro, pocos seguían siendo aficionados a un descanso tan extremo después de semejante «reeducación» (si, gracias a Dios, no acababan en el hospital).

—Se nos metieron en la isla —contaba el nuevo conocido—. Nos defendíamos con lo que teníamos a mano. Usamos barras de ferralla, palos, botellas rotas. En fin, peleamos y peleamos… ¿Qué sol ni qué baños, ni qué jugar al voleibol?

—¿Y la milicia no os protegía en absoluto? —preguntó la chica.

—¡Qué va a protegernos la milicia! —El nudista hizo un gesto resignado con la mano—. Bueno, vienen, miran. Al que está tirado sin poder con su alma lo cargan en el furgón y al calabozo todos juntos. Luego dicen que los ciudadanos sin calzoncillos no son asunto suyo, que ellos mismos alteran el orden público.

El calor iba cediendo poco a poco, del agua llegaba frescor, el sol se inclinaba lentamente hacia el ocaso. Yo pensaba que, cuando los reflejos escarlata doraran en su despedida las cúpulas de las treinta y cuatro islas, una, invisible, quedaría en la sombra: oculta, sin manifestarse en la realidad. A su cima subiría un héroe de verdad y, con un movimiento de la barra de ferralla en su brazo musculoso, trazaría los límites del mundo helénico. Los engendros de las tinieblas se le echarían encima por todas partes, entrando en el círculo de luz.

—Tenían que haber venido dos amigos míos… —El isleño miraba alrededor con inquietud—. Pero no aparecen. A lo mejor los ha machacado la chusma por el camino.

—Entonces estás solo…. ¿y vas a tomar el sol? —pregunté con un desconcierto perfectamente comprensible.

—Sí. Qué le vamos a hacer.

—O sea… ¿se va a quedar así, con su… aspecto nudista? —se interesó la chica. ¡Y dale con el aspecto «nudista»!

—¡Jum! ¡¡Pues sí!! —confirmó resueltamente, dando a entender que la pregunta sobraba—. Si los macarras no me liquidan hoy mismo. Han prometido darme el finiquito. Pero les tengo preparada una cosita… Que se atrevan a venir. —Señaló el extraño «retículo» que llevaba—. Me han hecho una pistola.

—¡¿Una pistola?!

—Sí, una de fogueo transformada para disparar munición real. Se la encargué a un manitas de la fábrica.

—¿Vas a defenderte a tiros?

—No quedará otra.

Le tendí el medio paquete de cigarrillos que me quedaba. «Toma, tu “munición”. Que aquí se le ponen a uno los nervios de punta». Vadeó de vuelta a su isla. ¿Qué certeza de tener razón albergaba aquel hombre? Me dieron ganas de gritarle: «Oye, ¿y si te pones unos calzoncillos? ¡¿Tanto te cuesta tomar el sol en calzoncillos?!». Pero guardé silencio. Sería como detener a Giordano Bruno cuando sube a la hoguera.

* * *

* * *

* * *

Mis viajes al Baikal de ningún modo pueden llamarse «excursiones para mejorar la salud». Puede que otros regresen de sus andanzas rejuvenecidos, bronceados, algo más delgados. Yo, en cambio, Dios quiera que llegue a casa: tengo la cara roja, hinchada, cubierta de una barba salvaje; estoy acribillado de picaduras de mosquito; y la mirada, como muchos observan, tiene algo de medio enloquecido. Suerte si no tengo heridas visibles, abiertas, supurantes. En fin, lo único que apetece después de semejante «descanso» es dormir, dormir, dormir.

Al verano siguiente vuelvo a trazar una ruta hacia las orillas del Baikal. Te pasas el año esperando, preparándote, soñando con ello. Y por fin llegan los preparativos. De pronto resulta que vas ensartando en un hilo, a modo de cuentas, lo ya conocido, lo que ya te ha sucedido. Indicios, señales, acontecimientos. No se entiende cómo ocurre, ¿voluntaria o involuntariamente? Bueno, te das tu palabra, por ejemplo: se acabó, me compraré una mochila moderna, anatómica, hermética, de ahorro energético, y además una marmita y un carrete para la caña de spinning. ¡Pero sigue sin haber nada nuevo! Miras: la misma mochila, la misma marmita, el mismo carrete. Y otra vez exactamente tantas latas de carne estofada, tantas cebollas, un trozo de tocino de tal peso. Todo ello son hitos reconocibles, aquellas muescas en los árboles —señales indicadoras de la taiga— que sigues, de una a otra, para después regresar exactamente del mismo modo. Para no extraviarte, no desaparecer en los espacios infinitos que te rodean de bosques, estribaciones montañosas, profundos valles fluviales.

Lo escribió con mucha precisión Stanisław Lem en «La patrulla», de «Relatos del piloto Pirx»: «Cuando a tu alrededor hay un billón y medio de kilómetros cúbicos de vacío, en el que no encontrarás ni una pizca de ceniza de cigarrillo, el deseo de que ocurra algo, aunque sea una catástrofe espantosa, se convierte en una auténtica manía. En sus ciento setenta y dos vuelos de patrulla, el piloto Pirx pasó por diversas etapas: se adormilaba, se volvía sombrío, se sentía viejo, incurría en extravagancias, estuvo cerca de pensar en alguna forma de locura, nada pacífica por cierto, y finalmente empezó, casi como en sus años de cadete, a inventar toda clase de historias, a menudo tan enrevesadas que ni un vuelo entero bastaba para darles fin».

Como es sabido, el piloto Pirx, mientras patrulla una región del Cosmos donde antes han desaparecido sin dejar rastro varios astronautas, advierte de pronto un misterioso «objeto» y comienza a perseguirlo. La carrera enloquecida lleva a Pirx a perder el control y, al borde de una locura ya no inventada, sino muy real, casi a desaparecer en los abismos cósmicos. En realidad, aquel «objeto» resulta ser un reflejo luminoso que, debido a ciertas peculiaridades técnicas, juega en la pantalla de observación.

En algunas regiones salvajes de la región del Baikal, que conservan su estado primigenio por ser inaccesibles, investigo los llamados «círculos de piedra». No cabe hablar, claro, de «billones de kilómetros cúbicos de vacío», porque el mundo de la taiga, de las montañas y los ríos —de cuanto rodea aquel mar inmenso, llamado Sagrado con razón— es tan espeso… como puede serlo la sopa de pescado que llegas a preparar: en ella las colas de los ómules o los tímalos sobresalen verticalmente de la marmita con su aromático brebaje. Pero, aun así, ¡¿quién diablos sabe cómo ocurre?! Porque, si sacudes todas las bellezas, si desgarras las muchas capas que rodean la esencia misma, quedará… ¿Qué quedará? Ese mismo rayito, reflejo, espejito de sol o «el deseo de que ocurra algo, aunque sea una catástrofe espantosa», como dice el magnífico escritor de ciencia ficción.

Y esa luciérnaga, aparecida de quién sabe dónde, puede atraerte, llamarte a seguirla, arrastrarte a una espesura tal que… Cuando el bosque te suelte de sus garras, Dios lo quiera —aunque sea con la cara roja y salvaje, la barba revuelta, acribillado de mosquitos, con una mirada inhumana—, en el corazón quedarán huellas, cicatrices. Y en sueños, o incluso en la vigilia, se te aparecerá aquello misterioso e inexplicable que rozaste, que alcanzaste a ver u oír furtivamente allí, en las profundidades del bosque de las que esta vez saliste vivo.

Todavía no consigo explicarme una excursión… o, más exactamente, unos días de aquella excursión por la península de Sviatói Nos, cuando vagaba por el valle muy pantanoso del río Ongokonka, intentando abrirme paso hasta la cordillera de Sviatói Nos. ¿Qué me indujo entonces a error? Quizá, después de leer «¡Hola, Baikal!», el libro del magnífico estudioso del Baikal y divulgador de rutas turísticas V. P. Brianski, sencillamente me convencí de que allí había por todas partes senderos transitados por los que marchaban animosos grupos de turistas curiosos. Sin embargo, no tuve en cuenta que todo aquello —es decir, los «cientos de jóvenes con mochilas», y cómo «franquean la orilla de la bahía de Barguzín por la duna»— sucedía más de un cuarto de siglo atrás, cuando se escribió el libro. Desde entonces, el bosque había devorado cualquier rastro, y no solo de turistas…

En el extremo norte de la bahía de Ongokon, durante los años anteriores a la revolución —y durante el establecimiento del poder soviético—, había una aldeíta que vivía de la pesca y la caza. La acción de «Podlemorie», la novela trilogía del magnífico escritor buriato Mijaíl Zhigzhítov, transcurre en parte en ella. En el mapa topográfico de 1943 figura como «construcciones destruidas». Pero yo no encontré ni siquiera el solar de aquella aldea. El bosque había curado aquella herida de su cuerpo con árboles dispersos, la había tejido con ramas, enmarañado con hierbas.

Mis anotaciones en el diario sobre aquella excursión bien podrían haberse interrumpido con la frase: «¡Adiós, Baikal! Y, en general, mundo de Dios».

No había nada allí… De vez en cuando, en los enormes troncos de pinos y cedros, aparecían cicatrices cerradas de muescas, de una a otra de las cuales el sendero —quizá en tiempos legendarios— conducía a la cordillera, al paso. Pero, si se alcanzaban a distinguir aquellas marcas conmemorativas, estaban a una altura inhumana, a más de dos metros. ¿Acaso los intrépidos pioneros que abrieron el camino habían sido verdaderos gigantes? No… Desde que se hicieron las muescas, los árboles habían crecido, se habían estirado hacia arriba. ¡Ojalá hubiera quedado siquiera algún vestigio de la aldeíta! ¡Y el sendero hacia la cabecera del río era una necesidad vital para mí! Al no encontrar ni una cosa ni otra, sufrí una auténtica conmoción geográfica. Encontrándome en un punto geográfico concreto, sentí horror de haber llegado siquiera allí. Pero adónde retroceder… El crepúsculo se espesaba, las ráfagas de viento estaban cargadas de humedad, presagio de mal tiempo. Seres desconocidos de suaves patas de lluvia llenaron todo alrededor de susurros y movimiento, como si corrieran de un sitio a otro… (¿Escondiéndose de mí? ¿Intentando implicarme en algún juego incomprensible?) Era como si se hubiera encendido, se hubiera puesto en marcha, una enorme emisora de radio del Bosque. Me encontré en medio de un ruido insólito que escuchaba con tensión, intentando identificar aquello desconocido que, según me parecía, me amenazaba.

…A la mañana siguiente desperté por la lluvia que tamborileaba insistentemente sobre el techo de la tienda. Nada bueno tenía andar todo el día entre la maleza bajo una ducha helada. Pero ni al anochecer se despejó la cerrazón, la lluvia se instaló para toda la noche. Yacía en medio del bosque lluvioso bajo goteros plateados que me infundían un veneno acre, que paralizaba el cuerpo, que intoxicaba el cerebro con la angustia de la infinitud del bosque. La clave de esa angustia —el repiqueteo de las gotas que tamborilean— está grabada en algún lugar de la memoria más, más remota. Hacia esas lejanías zarpa una pequeña balsa salvavidas: una esterilla de espuma, un saco de dormir. Y desciendes en el batiscafo de la tienda hasta aquellas profundidades donde la conciencia del bosque y la tuya son una e inseparable. Como fue en el principio… El radiotelegrafista enloquecido de la lluvia tamborilea sobre la tela de la tienda el mismo y obsesivo morse. La temperatura baja, las gotas de condensación engordan por la cara interior justo delante de tu nariz, porque el «techo» de una tienda de tipo «madriguera» queda bajo. Observas el nacimiento de esos grandes antiminutos, cada uno de los cuales (de ello no hay ninguna duda allí, en las profundidades del bosque lluvioso) devorará, se tragará un minuto verdadero, vivo, completo. ¡Un estado peligroso! La presión de las profundidades puede aplastar tu batiscafo sin dificultad… Y te disolverás en el bosque, tú mismo te convertirás en bosque.

Los troncos caídos que atravesaban y obstruían el riachuelo estaban podridos, cubiertos de liquen de los renos, arándanos rojos, romero silvestre. Los árboles derribados por el viento cerraban el paso; buscando un rodeo me alejaba del río, daba con sendas de animales que alentaban por un momento la esperanza, pero enseguida desaparecían entre la espesa vegetación de un sotobosque impenetrable. ¿De verdad no alcanzaría los canchales, el pie de la cordillera? La cresta rocosa unas veces parecía estar muy cerca y otras, por alguna extraordinaria ley de la perspectiva, se alejaba; ni soñar con llegar hasta ella. Hordas de mosquitos particularmente encarnizados no daban respiro. Luego fui a dar a un pantano, a un tembladeral de montículos; el cauce del río se perdió en aquellos páramos que rezumaban un sudor helado. En una especie de hechizo espectral, el disco verde con la grabación del bosque giraba monótonamente… Me había enganchado en algún surco de aquel disco, en un vacío de tiempo de un cuarto de siglo.

Pero ¿y si se examina de verdad?

Al fin y al cabo, las «construcciones destruidas» de la aldea habían quedado bajo el agua por la puesta en marcha de la central hidroeléctrica de Irkutsk en 1958, cuando el nivel del Baikal se elevó artificialmente más de un metro. Las sendas de caza quedaron abandonadas después de la creación del Parque Nacional (1986) y de la prohibición de cazar en su territorio. El tiempo en el Baikal es de por sí difícil de prever, y en la península, el frente cálido procedente de la bahía de Chivyrkúi, menos profunda y, por tanto, bien caldeada, los vientos helados de la cordillera de Barguzín, el poderoso aliento del Baikal septentrional y las masas de aire de las extensiones marinas del lado de Irkutsk: ¡todo choca sobre la cordillera de Sviatói Nos en auténticos «misterios atmosféricos»! ¿Por qué no se me ocurrieron aquellas explicaciones sencillas? ¡¿A qué venía urdir horrores místicos?! «El bosque ha devorado las huellas del hombre», unos «seres desconocidos de suaves patas de lluvia»…. Pero, comoquiera que fuese, todos los planes se iban al diablo, tocaba regresar. Y enseguida, por la mañana temprano, nada más despertarme: una enorme bóveda resplandeciente, los palacios de cristal del Baikal.

Por delante quedaban varios días espléndidos, lugares maravillosos donde ya había probado la buena pesca.

En el sendero que parte de la bahía Zmeyévaya, ya pasada la de Krestóvskaya, vi a unos turistas que caminaban abajo, por la orilla, mientras yo estaba en lo alto de un barranco, en el sendero que trepa por las laderas, se interna en el bosque, se aleja de la costa atajando los cabos salientes. Un hombre y una mujer de edad avanzada me parecieron extranjeros… Bueno, se veía que no eran de los nuestros. (También pensé que eran los primeros «terrícolas» que encontraba después de mi vuelo a los abismos del bosque lluvioso.)

Unas dos horas después, yo también bajé por aquel sendero hasta la orilla y salí a una acogedora calita donde hice un alto. Preparé gachas de alforfón, les añadí carne estofada de lata, comí y me puse a tomar té. Justo entonces pasó aquella señora extranjera de edad avanzada; llevaba una cámara muy cara con un potente objetivo. La invité a tomar té, pero dijo que necesitaba «mucho mucho foto». Intercambiamos unas cuantas frases, las habituales, ruso-inglesas. Le aconsejé que subiera enseguida por el sendero, que la subida era corta y las mejores fotos saldrían desde allí arriba. Me dio las gracias y se fue.

Al cabo de un rato llegó a paso pesado su compañero. También lo saludé, le propuse descansar, y aquí tiene té, sírvase… Resultaron ser un matrimonio sueco. El hombre aparentaba más de sesenta, seguramente; bajo, todo él de constitución recia. La cara algo morena, la cabeza plateada por un corte a cepillo; llevaba un pañuelo palestino a cuadros ceñido al cuello. Iba magníficamente equipado: mochila, cortavientos, botas, cuchillo enfundado al cinturón, prismáticos, un reloj de lo más sofisticado; todo de marcas conocidas que fabrican material para excursionistas, pero sin ostentación, no recién salido de la tienda, sino ya bien probado, impregnado del espíritu de los viajes. Entablamos conversación; entendía y hablaba ruso lo bastante para que pudiéramos comunicarnos. Le pregunté dónde había tenido ocasión de aprender el idioma; respondió que tenía que ver con el servicio. (No quedaba del todo claro: ¿quizá el servicio de inteligencia? Pero no venía al caso precisarlo.)

Como yo suponía, habían visitado las fuentes termales de la bahía Zmeyévaya (la atracción más popular de la zona) en la lancha de la agencia que les había organizado el viaje. Después los habían llevado y desembarcado en la bahía de Krestóvskaya, desde donde iban a pie. Intercambiamos impresiones, hablamos del tiempo, de la pesca, de los baños en las fuentes termales. El sueco sacó un mapa, un atlas turístico corriente de la reserva, y me pidió que le explicara si podían subir a la cima Vidóvaya: habían oído que desde allí se abría un panorama sobrecogedor… ¡Oh, tenían que ir a Vidóvaya, sin falta! Empecé a describir tanto las bellezas como las dificultades que los esperaban, cómo llegar y cuánto tiempo les llevaría. El sueco hacía preguntas sensatas y sabía interpretar el mapa.

Ya se disponía a marcharse, se echó la mochila a los hombros. Gracias y todo eso. Sin venir a cuento, de pronto le pregunté: —Y tú, a todo esto, ¿has servido en el ejército?

No entiendo por qué se me ocurrió lo del ejército.

Se quedó pensativo, no esperaba la pregunta, buscaba las palabras: —Oh, sí. He servido. Por supuesto.

Entonces me desboqué, como suele decirse. —Pero ¿qué ejército tienes tú? ¡¿El sueco o qué?!

—Sí, el sueco. Las Fuerzas Armadas. Försvarsmakten.

¡Ya sé yo que las Fuerzas Armadas! Por alguna razón aquello me enfureció.

—¡Ja, menudo ejército! ¡Te lo recorres entero en coche en un día, ese ejército tuyo! El nuestro sí que es un ejército… ¡ojo! —Abrí mucho los brazos para convencerlo de que nuestro ejército no tenía ni comparación con el suyo, que al suyo bastaba escupirle encima y restregarlo—. ¡Nosotros nos pasamos una semana entera dale que te pego en tren hasta llegar al último confín! O diez horas en avión de punta a punta, ¿eh? ¡¿Qué te parece?! ¡¡Si a mí me firmó la orden de licenciamiento el mismísimo mariscal Grechko!!

¡Se me escapó contra mi voluntad, un simple lapsus! Tal vez porque me había atiborrado de alforfón… ¿Las gachas de alforfón con carne estofada, comidas en una marmita militar, me habían traído asociaciones con todo lo castrense? ¿O Andréi Antónovich Grechko, ministro de Defensa de la URSS de 1967 a 1976, se me había quedado firmemente grabado desde la primera infancia, desde los tiempos de los partes radiofónicos de TASS sobre el enfrentamiento entre el bloque agresivo de la OTAN y los países miembros de la Organización del Tratado de Varsovia? Naturalmente, durante mis años de servicio las órdenes las daba Dmitri Fiódorovich Ustínov. Entre ellas, la de desmovilización de los soldados de reemplazo en 1982, que me afectaba personalmente. Gracias por ello, eterna sea su memoria.

—Ah, Grechko, en rysk kosmonaut! —exclamó mi interlocutor, y sus ojos se volvieron cálidos.

¡También conocía a nuestros cosmonautas! Tuve que explicarle:

—No, el cosmonauta Gueorgui Grechko no… El ministro de Defensa. Pero da igual. ¡Tú no te imaginas lo que es servir en nuestro ejército! —Volví a arremeter contra el sueco. Su rostro expresaba un desconcierto evidente. Pero aquello no hizo más que azuzarme—. Cuando yo me tragaba la mili nos mandaron a Kazajistán a la batalla por la cosecha… A ayudar en la recogida de cereales, así se llamaba. Nuestra unidad tenía efectivos reducidos; en caso de necesidad se completaba con hombres de la reserva. Reservistas, o sea. «Partisanos», ¿entiendes?

—Ah, ryska partisaner!

—Sí, «partisanos» es una manera de hablar… Folclore. ¿Y sabes cómo es el cielo en Kazajistán? Un cielo inabarcable, alto, enorme, de una anchura infinita. ¡Y qué extensiones! No en vano está en Kazajistán nuestro cosmódromo, Baikonur, el primer puerto espacial del Universo. Allí, en medio de las estepas, aterrizó la cápsula de descenso de la cosmonauta Savítskaya, y nuestro pelotón fue el primero en llegar, en un camión. Y en eso se acercan los helicópteros… ¡Por los altavoces chillan que no se acerque nadie! Pero qué va… Hicimos jirones el paracaídas para llevarnos recuerdos del licenciamiento, y a alguno hasta le tocaron sus zapatillas. En aquella cápsula —toda carbonizada, abrasada por los torrentes de fuego al entrar en la atmósfera—, cada uno garabateó con un clavo o con lo que pudo su nombre, de dónde era y «DMB, año tal». Y por la noche, en el programa «Tiempo», lo enseñaron todo de otra manera. Los helicópteros giran tan bonitos, los técnicos y los médicos se acercan corriendo suavemente a la esfera con sus maletines. Savítskaya sale de allí tan animosa, con una chaqueta azul de chándal (como la de la selección de la URSS), igual que el zar Gvidón de su tonel. Y va directa al presidente de la comisión estatal. Y él avanza con tanta importancia por la alfombra roja. ¡Si lo habían rodado todo de antemano en un plató de «Mosfilm», estaba clarísimo!

Del torrente verbal que le había echado encima, el sueco retuvo los principales «marcadores culturales», como suele decirse: Kazajistán — Baikonur — Savítskaya — «Mosfilm».

Dijo que había visto Kazajistán, que era un país enorme. Que Baikonur era un gran avance humanitario y técnico en la historia de la humanidad. Que Svetlana Savítskaya era la primera mujer rusa y hermosa que había salido al espacio abierto. Que «Mosfilm» era «Iván el Terrible» de Eisenstein y «Cuando pasan las cigüeñas» de Kolotózov.

¡Vaya enciclopedista me había tocado! ¿O se habría hartado de ver documentales de la BBC?

—Pero dónde has visto tú Kazajistán… ¡¿Por la televisión o qué?! ¡Tenías que haber caído allí tú mismo en los ochenta! No había carreteras, solo direcciones. Como si un ángel bombardero enloquecido hubiera pasado volando por encima… Por todas partes ennegrecían los esqueletos de vehículos volcados, destrozados, quemados. En la bruma alcohólica, los «capitanes de los expresos del grano» se dormían al volante, daban tumbos hasta la cuneta, embestían a los que venían de frente y a los que se cruzaban. Quizá los guardianes invisibles apostados en las raíces de la hierba —las sombras perturbadas de los nómadas— los confundían en el crepúsculo previo a la noche. Las colinas y lomas circundantes emergían como los lomos de peces antiguos de entre largas y sinuosas franjas de niebla. ¡Parecía que de un momento a otro iban a saltar sobre la cresta quebrada jinetes salvajes en caballos furiosos! Las cisternas de los camiones se encendían por las flechas relámpago disparadas, se abrían en rosas negras de pétalos horriblemente dentados de metal retorcido.

Los lugareños pescaban a los partisanos con un cebo especial. Un cubo vacío dejado junto a una casa de la aldea. El camión entraba en el patio (y aquello era una auténtica hacienda de un bai, nada parecido a lo habitual en Rusia), y descargaban el grano en un hoyo preparado de antemano. Para alimentar al ganado y las aves, para hacer aguardiente casero. Con «divisa líquida», el cubo lleno, pagaban al conductor. Algunos, por lo visto, también apalabraban la porquería narcótica de aquellas tierras.

¡Y a veces dos camiones cisterna de gasolina se perseguían por la estepa! Como si alguien los hiciera rodar como bolas por una mesa de billar interminable… Y de pronto se lanzaban a chocar, de frente, a embestirse. De los corredores incinerados solo quedaban las piezas de acero de las hombreras y las herraduras caseras de las botas.

Yo servía en la plana del oficial de guardia de operaciones, y teníamos que acudir a cada accidente. Llegábamos en un «gazik» de servicio, polvoriento y recalentado. ¡Nos perdíamos y nos metíamos en unos parajes de la estepa tan remotos que no se veía la luz del día! La oleada de fuego del epicentro de la explosión había quemado círculos concéntricos que convergían como hacia el centro de una diana, hacia los esqueletos retorcidos de dos brontosaurios cisterna enlazados en un abrazo incinerador. Nos encasquetábamos los hocicos de las máscaras antigás, nos enfundábamos las aparatosas armaduras de protección química, avanzábamos por aquel suave mar de ceniza donde no se oían los pasos. En el lugar mismo donde la sustancia de plasma había absorbido las almas, como en el centro de la diana perforado por una agrupación de impactos, se abría el vacío. Ni siquiera una brisa ligera llegaba hasta allí, con las alas resecas y chamuscadas. Recogíamos en una caja de zinc lo que quedaba. Siempre, por alguna razón, eran las piezas de las hombreras y las herraduras.

—Para, para, para. —El sueco me miró con atención y frialdad. Como si me hubiera «radiografiado» con un aparato de rayos X integrado en su caja craneana (eso me pareció)—. ¡Espera! —me interrumpió…

sé lo que te pasó…

La estepa se alzaba entonces en una suave pendiente de lente convexa, y parecía que alguien yacía debajo y veía desde abajo las suelas de vuestros cubrebotas, que olvidabais quitaros. Bajabais a hondonadas brumosas, llenas de crepúsculo de tinta. A vuestro encuentro alzaban el vuelo patos sobresaltados, sacudiéndose de las alas hilos plateados. Dos lagunitas brillaban como las manchas blanquecinas y lunares de los ojos de un ciego. Os arrojabais al cristal inmóvil, girabais con los trajes de goma pegados a la piel, los brazos abiertos en cruz. Y hasta la caja de zinc flotaba al lado. Los remates de los respiradores, las trompas corrugadas de las mangueras apuntaban hacia las lamparillas de las estrellas que habían descendido muy bajas. Por las órbitas redondas de las máscaras antigás cruzaba la estrellita diminuta de una estación espacial. Y el cosmonauta que estaba en ella, mediante una trompetilla acústica especial, una invención ultrasecreta de los especialistas militares, registraba el suave chapoteo de los lagos terrestres, un extraño tintineo de objetos metálicos… Eran las cajas de zinc que tintineaban, flotando al lado, con un puñado de cenizas de los conductores partisanos quemados, con las piezas de acero de las hombreras y las herraduras de las botas.

—Sí… —casi susurré—. ¿Cómo lo sabes? —Se me cortó la respiración, apenas podía hablar.

—Bueno… Es que te vi.

—¿Tú? ¡¿Me viste?! ¡¡Pero qué estás diciendo, que Dios me perdone!!

En fin, dijo que él había sido aquel cosmonauta que sobrevolaba en una estación espacial las extensiones infinitas de Kazajistán. Observaba con un dispositivo especial todo lo que ocurría en nuestro territorio. Pero ¿qué «estaciones espaciales» había en Suecia? Yo estaba fuera de mí de indignación. Dijo que era un proyecto ultrasecreto, que en Suecia existían aparatos voladores de reconocimiento desde hacía muchísimo tiempo. Y que a mí, como simple ciudadano, nadie tenía obligación de informarme de todas las novedades en materia de armamento. Y además, dijo aquel sueco, había sido amigo de nuestro poeta Tolia Poperechni; en su día habían bebido juntos no poco «Absolut» sueco. Y fue entonces cuando le sugirió la idea (es decir, se la sugirió aquel sueco) de que «los cosmonautas sueñan con algo muy entrañable, verdaderamente terrestre». Y Poperechni lo plasmó estupendamente en la canción «Y no soñamos con el estruendo del cosmódromo, ni con esta azulada inmensidad helada…». La interpretaba el grupo «Zemliane». ¡Un auténtico éxito de todos los tiempos y todos los pueblos!

…¡Al diablo con aquel sueco! Cogió la mochila y se fue pisando fuerte con sus botas de montaña dentadas sendero arriba. ¡Buen viaje y hasta nunca! Por alguna razón me quedé muy disgustado, me reconcomía, tenía una sensación opresiva, como si algo ajeno, venido de fuera, hubiera irrumpido, se hubiera adherido a mi vida y encima examinara lo más íntimo, quizá por algún tubo telescópico. Todo se me caía de las manos, ni pesca ni nada, y el descanso se había torcido. Al anochecer crucé la montaña hasta el poblado pesquero vecino, Katún. Allí le compré una botella de vodka a uno de los lugareños, también de una manera muy partisana, bajo cuerda. Volví a mi vivac y me bebí aquella botella; para acompañarla preparé una brocheta «Pionera»: rodajitas del embutido seco que quedaba, aros de cebolla, lonchas de tocino y trocitos de pan, ensartados en un palito desbastado y asados. A la mañana siguiente bebí cinco tazas de té preparado con agua hervida del Baikal. Empezaba una tempestad, aunque lucía el sol; el viento fuerte me barrió de la cabeza toda clase de tonterías.

* * *

* * *

* * *

En otros tiempos, la fábrica «PolimerDetal», en las afueras de Sotsgórod, en los alrededores de Moscú, era muy rica. En sus entrañas hervían lagos de polímeros, de ellos salían ríos de linóleo y baldosas de PVC que abastecían las obras de la economía nacional. La fábrica construyó un barrio de viviendas, una guardería, una escuela, una policlínica, unos grandes almacenes, un estadio, una piscina, el Palacio de Cultura «PolimerDetal». Pusieron linóleo por todas partes, lo cubrieron todo de baldosas de PVC con elementos de los ornamentos nacionales de las repúblicas hermanas. Pero las tempestades de la perestroika recién iniciada zarandearon el buque insignia de la industria química y de la construcción, lo arrojaron sobre los colmillos rocosos de la costa del mercado libre (de toda ley). Hoy termina de pudrirse su esqueleto oxidado, las enormes naves se han convertido en depósitos de mercancía china de consumo masivo, pequeñas empresas arrendatarias roen lo último que queda del gigante.

El barrio de viviendas, con toda su infraestructura, pasaba de unas manos a otras como en unos combates prolongados. A veces, de un plumazo, los niños que jugaban en el arenero, los escolares que escribían un dictado, los pacientes que se medían la tensión, los compradores que hacían cola, los futbolistas que corrían, los nadadores que retozaban como delfines pasaban de una propiedad a otra. Un atleta podía salir a correr 500 metros por la pista de un estadio perteneciente a un clan y llegar a la meta dentro de los dominios de la banda rival.

El Palacio de Cultura «PolimerDetal» fue cedido a Sotsgórod y rebautizado «Impuls». El hogar de la cultura apenas daba calor, pero conservó su lucecita en la noche de los noventa… ¡Quién no intentó echarle mano! Los mayoristas y comerciantes chinos soñaban con montar un mercado, los empresarios exigían un centro de oficinas, los estafadores se colaban con planes de un casino, y hasta una secta satánica pretendía anidar allí… Todos se rompieron los dientes contra su parte invisible, subterránea. Porque se trata de una «instalación de doble uso». En sus cimientos hay un refugio antiaéreo que despliega las volutas de sus laberintos como una rosa de hormigón. El Ministerio de Situaciones de Emergencia, responsable de él, destina fondos a su instalación, y la administración de Sotsgórod tiene que mantenerlo (el refugio está previsto para la cúpula dirigente; si ocurre algo, se salvarán allí y organizarán un Centro de Mando).

Conozco este sistema secreto de raíces por Vladímir Nikoláievich. Trabajaba como artista decorador en el Palacio desde el día de su inauguración. Cuando entré de segundo artista en «Impuls», trabajábamos juntos. Hay que decir que Vladímir Nikoláievich tiene ese mismo «doble uso».

…En otro tiempo, en la fábrica «PolimerDetal», en el departamento de estética técnica, había unos 30 artistas. Se arrebataban el trabajo de las manos unos a otros, sobre todo porque, cuando hacían la decoración del Palacio, cobraban mediante órdenes de trabajo aparte. A Vladímir Nikoláievich le quedaba pintar carteles para los actos del momento y trazar con letras bonitas felicitaciones para los trabajadores de la cultura por fiestas y aniversarios. Así que dedicó 40 años de su jornada laboral, salvo contadas excepciones, a crear sus propios cuadros. ¡Cada día pintaba al menos un estudio! Su obra en conjunto es ambigua… Podía convertir un mediodía de los alrededores de Moscú, resplandeciente de blancura nevada, en una maravillosa noche ucraniana. Utilizaba una técnica espesa, densa, la llamada de empaste, y nunca escatimaba pintura. Sus cuadros recuerdan unas veces la superficie marciana, otras las olas de océanos extraterrestres violetas. ¡Y otras se abate una cósmica exuberancia de lilas sobre el espectador que se ha acercado demasiado al cuadro!

La infancia de Vladímir Nikoláievich transcurrió en un poblado minero de la región del Donbás. ¿Qué sueños lo llevaban a viajes fantásticos, qué ecos de paisajes extraños resonaron en los rincones secretos del alma, respondieron con una canción de amplio vuelo? Si pintaba unos 300 cuadros al año, y cada uno medía, por término medio, un metro cuadrado, ¡en 40 años eso da 12 mil metros cuadrados de pintura! Todo aquello, y además los marcos, los lienzos, las reservas de pintura, había que guardarlo en alguna parte. Y Vladímir Nikoláievich ocupó todo el refugio antiaéreo. Es prácticamente imposible entrar en él. ¡Y mucho menos que nadie pueda salvarse allí!

El entusiasta pintor llegaba al trabajo antes que nadie; a la hora de comer se iba por los alrededores durante unas cuatro horas, con una mochila muy baqueteada y el caballete. Sus pinceles, sus pinturas, son aparejos, cebo. Cuando miras, trae un cuadrado fresco de bosque, de aire, de azul, de nieves. O un prado florido, unas ondulaciones de agua. Y aquel día ha sido atrapado por él, fijado. En el taller coloca otro estudio, el del día anterior, o el cuadro en el que está trabajando, y se duerme apaciblemente sentado en una silla. Grande, corpulento. De pronto se despierta, mira con agudeza… ¡Agarra la espátula, el pincel! Retoca algo, añade, modifica el cuadro del mundo. Y vuelve a sumergirse en sueños multicolores.

Se iba de vacaciones unos dos meses. Viajaba con su mujer por el Anillo de Oro, por los ríos de Rusia en barcos turísticos. Y durante los últimos años iban al mar Negro, a un albergue turístico de la zona de Loo (cerca de Sochi). Y también de aquello tiene un «Diario de la naturaleza», pictórico, día tras día.

Cuando entré por primera vez en el taller, me iluminó la luz, me aplastó la oscuridad… ¡Como si hubiera caído al fondo de una barrancada salvaje de la taiga! Se alzaban salientes rocosos de cuadros y bocetos, se amontonaban las cosas y los objetos más inverosímiles. Por todas partes hojas lustrosas de plantas, como formando una «copa de bosque»; todo envuelto en ramas flexibles, alrededor hojas de intrincados dibujos, brazadas de flores secas, composiciones de raíces caprichosas; solo se puede avanzar por senderitos en aquella espesura.

El enfrentamiento con el ministerio de emergencias, que intentaba expulsarlo del refugio antiaéreo mediante amenazadoras órdenes, se prolongaba sin fin. Pero Vladímir Nikoláievich se lo tomaba todo con calma. Y tampoco era un fanático solitario y obstinado… Participaba en la vida de los artistas locales, lo invitaban a menudo a exposiciones, formaba parte de jurados de concursos, de comités que concedían premios a los talentos de los alrededores de Moscú. De vez en cuando se vendían cuadros suyos. Con el dinero recaudado compraba pinturas. Embalaba unos lienzos y los arrastraba al refugio antiaéreo, sacaba otros a la superficie, se los llevaba a alguna parte, volvía a traerlos. El constante cambio de paisajes en el taller —unas veces azotados por los fríos invernales, otras entregados a una floración exuberante, otras impregnados de marchitez otoñal— hablaba del ciclo de los cuadros en la naturaleza, generador de vida.

A veces Marina venía a verme al Palacio, al taller. Comentábamos los cuadros de mi colega, sobre todo los del «período del mar Negro». Nos parecía que había demasiado de todo. Un redondel amarillo y aceitoso flotaba en un mar de color remolacha, las montañas tupidas de verdor estaban cortadas en lonchas, los afloramientos rocosos con vetas rosadas parecían tocino.

Cuando salió el tema de las vacaciones de verano, nos entraron, con toda naturalidad, ganas de encontrarnos precisamente allí… En aquellas orillas, bajo aquel sol, entre aquel verdor. Se lo pregunté a Vladímir Nikoláievich y él sonrió a sus recuerdos: «En el albergue turístico de la zona de Loo estaréis como en el regazo de Cristo. Os daré el teléfono de la persona con la que debéis hablar».

Saltándonos de manera fantástica el ajetreo de los preparativos, las estaciones, los trenes, fue como si nos hubiéramos zambullido en sus cuadros. Todo nos resultaba familiar, todo reconocible. Nos encontramos en lo profundo de gargantas donde flotaba un olor especiado y excitante a nacimiento y muerte. El aire, espeso de vapores, todo saturado de ecos de persecuciones, estertores, gemidos furiosos, tormentos amorosos, luchas por la vida de criaturas desconocidas. Las corrientes de la tierra circulaban por las raíces, a veces al descubierto, semejantes a enormes patas con las que los árboles gigantes pisaban una gruesa alfombra de hojas caídas, hierbas densas y enmarañadas, matorrales espinosos.

Buscábamos una cascada en las gargantas que conducían a las cabeceras de los ríos Detliazhka, Beranda y Buu. Pero en aquel triángulo desaparecen todos los recuerdos… Ninguno de los habitantes de Vérjniaya Detliazhka, Vérjniaya Beranda y Vérjni Buu a los que asediábamos con preguntas había visto la cascada con sus propios ojos.

«Pues sí, mi hermano fue cuando todavía era un chiquillo, creo», nos decían.

O: «¡Oh, mi abuelo hablaba de ella, qué preciosidad!».

O bien: «No, por ahí no podréis pasar, está todo cubierto de maleza».

Una vez nos encontramos con un abuelo y su nieta, que recogían moras. El lacónico jefe indio señaló cuesta arriba. Pero ¿por dónde íbamos a ir, si aquello era una espesura impenetrable? Sin embargo, sí que apareció una trocha invadida por la maleza. Subimos a la cresta, avanzamos por ella rodeando una hondonada entre las montañas y bajamos por la ladera… Nos sumergíamos cada vez más en el corazón de unos tiempos desconocidos. La tierra firme se encabritaba, se inclinaban los troncos, las lenguas lustrosas de los helechos fluían como lava aún caliente. La ladera opuesta se nos echaba encima, la abertura de cielo se estrechaba, las copas se cerraban. Y una especie de vértigo, como si nos estuvieran succionando hacia la boca de una «picadora de tiempo». Crujían los tendones de los segundos, crepitaban los revestimientos quitinosos de los minutos, se trituraba el caparazón de los días, rezumaban el jugo de un año todavía no acontecido. Como si algo separado de lo que ocurría «alrededor» y «arriba» —y al mismo tiempo atraído magnéticamente, multiplicado por la variedad de colores y sonidos— nutriera, colmara de acontecimientos el cuerpo de la serpiente que reptaba ladera abajo, arrastrándonos en su movimiento. Costaba respirar aquel aire inmóvil, aquel abismo de tiempos densamente comprimido; un sudor pegajoso nos cubría el cuerpo. Saltábamos de piedra en piedra, trepábamos por encima de los troncos caídos o pasábamos por debajo. Muchos estaban partidos, o incluso tajados en astilla, carbonizados por un rayo. Las tormentas que habían pasado acumularon barreras de madera. Colmillos rocosos con vetas rosas y violetas, en las frentes empinadas de las piedras que cerraban el paso se adhería un espeso musgo en manchas unas veces de verde oscurísimo, otras rojizas, otras turquesas. La superficie marciana de los peñascos parecía negra, porosa, semejante al asfalto, pero, al pisarla, cedía con suave elasticidad y rezumaba humedad. Zumbidos de insectos, roces y suspiros, el temblor del follaje tras el paso de una brisa que enseguida se había quedado inmóvil… Ondulaciones plateadas en los rápidos, «ventanas» de agua —hondonadas, cuencos encerrados entre «costillas» de granito— habían recogido en sus reflejos el mundo de la garganta. (En el manual geológico se dice que los depósitos de flysch terrígeno —son espesos estratos de areniscas y argilitas que constituyen la mayoría de las rocas de estos lugares— se formaron en el período paleógeno, que terminó hace 30 millones de años. Si «serrásemos» mentalmente la garganta, ¿sería posible ver sus anillos de crecimiento… 30 millones de anillos anuales?)

¡Y de pronto nos encontramos justo encima de la cascada!

Los arroyuelos, de reflejos lustrosos, como cintas de película cinematográfica negra y plateada que hubiera registrado la antigua historia de aquellos lugares, se desenrollaban y aceleraban su carrera. El torrente se precipitaba desde la cornisa, se estrellaba contra los salientes rocosos, caía en cascadas. Abajo, bajo los chorros, hervía una marmita de erosión que formaba un pequeño lago. Si recordamos los «mitos» de los pueblos de Vérjniaya Detliazhka, Vérjniaya Beranda y Vérjni Buu, podemos imaginar aquel laguito como el ojo de un dragón que hubiera enroscado los anillos de los canchales y los afloramientos rocosos. Vigila las profundidades de la garganta, devora la memoria de quien se asome a su ojo, sobre el que se refracta una cortina irisada de salpicaduras. Hipnotizaban el canto de múltiples voces de las aguas, el choque de las frentes de piedra con el que los peñascos —¿desde hace ya 30 millones de años, quizá?— discuten entre sí cuál se formó geológicamente antes.

Sí, nuestro hallazgo estaba lejos, claro está, de las cascadas más grandiosas que yo había admirado, por ejemplo, en las páginas de «National Geographic». (Recuerdo el trabajo de un fotógrafo: bajo los auspicios de la revista, una expedición fue a una isla de Nueva Zelanda, a un volcán extinguido perdido en la selva; desde una meseta se precipita una cascada en su cráter. Desde un helicóptero suspendido en el aire bajaron al fotógrafo con un cable al abismo, y él se balanceaba casi bajo los torrentes que se despeñaban. ¡Pero qué fotografías tan impresionantes!)

¡En cambio, esta era nuestra cascada! Nos apartamos del borde y nos entregamos a danzas salvajes. ¡Nos desbordaba la alegría del descubrimiento! Nos salpicábamos, nos lanzábamos a los cuencos de piedra, nos sumergíamos hasta la cabeza. Declarábamos nuestro amor a las rocas, los valles, los puertos de montaña, los ríos impetuosos y las marmitas de erosión. Gritábamos a todo el bosque, jurábamos que nunca olvidaríamos la sagrada misión de los fieles servidores del culto a Apolo. ¡La novedad de los lugares, la alegría de los éxitos! ¡¡El inagotable afán de penetrar en la lejanía, de atraer a la órbita del mundo helénico costas remotas con poblaciones desconocidas!!

Marina se enfrascó en sus «Observaciones poéticas», describiendo los rostros temibles y hermosos de la naturaleza que habíamos visto. Con la cámara en la funda sujeta al cinturón, regresé a la cornisa. Desde arriba se abría una vista de la profunda hondonada… Se mecían las copas de álamos, olmos, robles; a los pies de los patriarcas del bosque rompía el oleaje del sotobosque, se oscurecían los rodales de boj. Quizá todo aquel abismo de tiempos (bueno, no 30 millones de años, sino solo 2-3 millones, contando desde el comienzo del período actual, el cuaternario)… había sido arrojado allí… ¿Entregado en custodia?

A la izquierda y hacia arriba ascendía una ladera empinada y pedregosa que terminaba en una frente rocosa. Encima de ella agitaba sus copas un olmo bifurcado en forma de lira, que me llamó la atención. Desde abajo no se veía cómo se agarraban las raíces. Parecía que el tronco, curvado en forma de «S», se hubiera elevado sin apoyo, por sí solo. Desde la horquilla se alzaban dos «brazos», moteados como si llevaran camuflaje. Sí, un árbol orgulloso. Desdeñando la existencia «botánica» entre la multitud de sus semejantes, se había abierto paso hacia el espacio libre. A merced de todos los vientos, de los aguaceros que se desplomaban y de los rayos. ¡Pero por eso mismo destacaba! Decidí que podría trepar a la frente rocosa, dar un salto y colocarme en la horquilla. Desde allí haría un reportaje fotográfico único… ¡Qué iba a ser a mi lado aquel célebre fotógrafo de «National Geographic»! (En el fondo, sus laureles no me dejaban en paz.)

Sin embargo, no conseguí subir por la ladera hasta lo alto de la frente rocosa. Las zarzas y los látigos espinosos de la vid silvestre se habían entrelazado en una pared infranqueable y elástica: ¡me repelía! Desde la parte central de la frente, avanzando por los salientes, logré situarme frente al árbol, pero por debajo de la horquilla. Apoyé un pie en el tronco, intentando zarandearlo para comprobar su firmeza. Bastante sólido. Di una gran zancada al arco ascendente del tronco… Y allí estaba, en las alturas. El árbol vibró, incluso se hundió un poco. De las raíces se desprendieron terrones, de arriba cayeron escamillas, giraron hojitas. Estaba empapado en sudor, el corazón me latía deprisa. Y el miedo me daba náuseas. Pegarme una hostia desde allí… sería, quizá, de órdago… Pero no debía pensar en eso.

¡Se estaban perdiendo unas fotos magníficas! Tenía que subir a la horquilla, justo encima de mí. Desde allí la vista era mejor y podría apoyarme en los troncos; de lo contrario, ¿cómo iba a fotografiar?

Con los brazos en alto, tanteaba buscando algo a lo que agarrarme allí, en la horquilla. Los troncos eran anchos, imposibles de abarcar. Encontraba algunas raicillas podridas, el musgo se arrancaba bajo la mano, los tallos de hierba no eran de fiar. Apoyé el pie derecho, con el canto de la zapatilla, en un saliente de la corteza. Impulsé bruscamente el cuerpo hacia arriba, abrí los codos, me encaramé de barriga. Conseguí enderezarme como pude. De la frente rocosa —del continente, de Tierra Firme— me separaba un metro y medio de vacío. Cómo salvarlo cuando tocara volver… ¿Saltar a aquel pedrusco inclinado? Bueno, si había subido hasta allí, de algún modo regresaría.

Sin hacer movimientos innecesarios, saqué la cámara de la funda y la preparé. Repasaba mentalmente unas composiciones magníficas. ¡Ahora haría una así, y otra así, y de esta otra manera!

¡¿Pero qué era aquello?! Vi ante mí, en la piel gris del tronco, algo que me dejó atónito.

Eran unas palabras inolvidables.

Estaban grabadas en la corteza muy honda y nítidamente, por una mano que no había temblado. Ni el tiempo ni la fuerza cicatrizante habían podido borrarlas, absorberlas en la carne de la madera, volverlas pálidas, insignificantes. Para quien las había trazado, aquello no era una decisión de un momento. Se había empleado un buril de buen acero de herramientas, correctamente afilado. Se percibía un estilo profesional en la composición tipográfica, en el trazado de las letras.

Danila, te quiero. Katia.

Eso fue lo que leí a una altura vertiginosa, sobre un tronco tembloroso que iba arrancándose despacio de su patria de piedra, deslizándose poco a poco hacia el abismo.

Vaya, vaya… ¿Hasta qué extremo habrían empujado a Katia? Había que tener, además de una naturaleza romántica, capacidad para orientarse sobre el terreno, al menos una preparación mínima de escalada, la precisión de un especialista de cine al ejecutar acrobacias, las destrezas de un acróbata aéreo de circo. Preparar de antemano la herramienta, pensar la composición tipográfica.

Pero ¿quién iba a verla allí, aquella inscripción? ¡¿A quién iba dirigida?!

¿Y si aquellas palabras hubieran sido las últimas, antes de…? Miré abajo con aprensión. ¿Me estaría mareando? Se percibía cierto movimiento. La serpiente de la garganta enseñaba sus colmillos cubiertos de musgo, enroscaba anillos abigarrados de matices verdes, abarcaba el espacio, lo apretaba con su cola de derrubios, árboles derribados y montones de piedras. Cubría su ojo-laguito con un halo irisado, o cegaba con el fulgor de las aguas cuando los remolinos se llevaban las salpicaduras.

Pero ¿qué me importaban a mí Katia y Danila? Al fin y al cabo, era un asunto personal suyo.

Que siguieran sus caminos y sus sendas. Ojalá sus destinos estuvieran unidos y les quedaran muchos años por vivir juntos.

Me quedaban unos instantes para atrapar en el encuadre la antigua garganta, los tornasoles de las aguas y los tiempos arremolinados. ¿No son este amontonamiento de bloques grises de dominó, tirados de cualquier modo por unos gigantes después de acabar la partida, estos brazos-ramas verdes, los cuerpos flexibles de las plantas, los troncos con el código cifrado de la vida terrestre… y las rocas, y los valles, y los puertos de montaña, y los ríos impetuosos… los que desde mi nacimiento se proyectan, se dirigen hacia mí, como una multitud de espejismos flotantes de templos montañosos y castillos de bosque? ¿Por qué amo los senderos que se adentran en una inmóvil composición de ajedrez hecha de figuras caprichosas, dispuestas sobre casillas verde oscuro, de ocre dorado, de blanco nieve de las estaciones del año, por qué mi corazón está a punto de salírseme del pecho, de volar sobre todas las cordilleras cuando, tras alcanzar una cima con las últimas fuerzas, recuerdo la terrible grandeza de las olas inmovilizadas que antaño se levantaban en mis sueños?! ¿Qué extraño entrelazamiento de caminos y senderos recorridos me llevó al Palacio «Impuls»? Conocí a Vladímir Nikoláievich, el mundo de su alma, donde

tanto las extensiones de los alrededores de Moscú, resplandecientes de nieve,

como la maravillosa noche ucraniana,

como los paisajes marcianos,

como las olas de océanos extraterrestres,

como el cósmico desenfreno de las lilas

vertió en sus lienzos con tanta generosidad, sin escatimar colores.

¿Y en qué turbulentos cruces de la vida nos encontramos Marina y yo? Pero no, no podíamos no encontrarnos… Años antes de nuestro encuentro, a los varios miles de kilómetros que nos separaban, sucedió que mi primer libro se imprimió en una imprenta de la ciudad natal de Marina, Dzerzhinsk (en la región de Nizhni Nóvgorod). Marina trabajaba en la biblioteca, pasaba corriendo muchas veces al día junto al estante donde, entre las novedades, estaba también mi opus… Con un título, cabe señalar, absurdo y pretencioso. «Hay que ser un completo idiota y un gilipollas para ponerle semejante título a un libro», pensaba mi futura elegida. Y, por supuesto, no lo leía, ni siquiera lo había cogido nunca.

Ahora está sentada junto a los torrentes que corren, escribe versos. Y no ve nada a su alrededor… Mientras tanto, aquí están las voces de la garganta, el estruendo de las aguas que caen, el choque de las frentes de piedra. Por mucho que grite, no me oirá, no puedo consultarle nada. (Ni pedirle ayuda, si pasa algo.)

¿Cómo redactar un «memorando de respuesta», dar nuestra respuesta a Katia y Danila?

¿Qué grabar para que perdure… bueno, tampoco para los siglos? Vale, pongamos que durante años. (Otra vez la pretenciosidad, no hay forma de librarme de ella.) Tengo una excelente navaja de expedición con un juego de herramientas. Debo transmitir algo sencillo, comprensible para la posteridad.

Marina, te quiero.

¡Pero es que tampoco puedo vivir sin el Baikal! Sí, si menciono que amo el mayor lago de agua dulce del planeta, tendrá fundamento, será algo serio, mediTADO.

Pero ¿por qué amo el Baikal? ¡Si, en realidad, es él quien me ama a mí! ¿Para qué su belleza, las olas que centellean con secretos presagios, cuando los crepúsculos arden como una Revelación derramada en púrpura sangrante desde las Esferas superiores? ¡Soy yo quien debe verlo! Y sentir mi insignificancia, y quedarme pasmado ante la generosidad esparcida por una Mano misericordiosa, y ponerme a la altura de las olas que se amontonan, de las cordilleras gigantes, de los ocasos que ocupan medio cielo. Llevo esos dones y, en la medida de lo posible, intento transmitirlos al futuro.

¡Pero cuánta grandilocuencia, cuánta pomposidad!

Y yo colgado de un árbol que en cualquier momento puede venirse abajo. ¡Así que la navaja! Desplegué la hoja, marqué la inscripción, calculé la altura de las letras… La punta se ha clavado en la corteza.

¡Una fuerza elástica me lanzó la mano hacia atrás!

Desde arriba cayeron restos de madera, giró cierto polvo. Llegó un olor de campos al mediodía, el del aceite de linaza para pintar, el intenso aroma a pino de la trementina, el aroma de ciprés del barniz. El precario equilibrio de cuanto me rodeaba se estremeció de pronto… ¡Había sido un carraspeo!

El gigante que despertaba probaba su voz. ¡Oh, pero si era Vladímir Nikoláievich en nuestro taller!

—Eeeh… ¿quién anda ahí enredando? ¡¿Por qué me estropeas los cuadros?!

—¡Aaaah! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Vladímir Nikoláievich! Soy yo, su pintor. ¡Tengo grandes problemas, ayúdeme!

—No quiero oír hablar de problemas de ninguna clase —gruñeron malhumorados desde arriba—. ¡Cuántas veces te lo habré enseñado! ¿No puedes decir, a ver… esto y lo otro, que se te ha presentado una oportunidad de demostrar tus mejores cualidades?

¡Encima tenía que hacer reverencias! Pero habría que complacer al maestro: —Vladímir Nikoláievich, a USTED Y A MÍ se nos ha presentado una magnífica oportunidad de demostrar NUESTRAS mejores cualidades. Me he quedado colgado en uno de sus cuadros del «período del mar Negro». ¡Aquí hay un árbol, se está deslizando, de un momento a otro caerá en la cascada!

—¿Y para qué te has subido ahí? ¡¿Quién te lo ha pedido?! Y encima anda pinchando con una navajita.

Hablábamos como dentro de una especie de «tubo». (También se llama «tubo» al teléfono móvil, pero eso no tenía relación con nuestra comunicación. Como trasfondo cultural de aquello podría citarse el llamado «comiunikeishen tiub», una imagen que utilizó Soloviov en «Assa».)

—Pero usted mismo nos mandó al albergue turístico. ¡Dijo que aquí estaríamos como en el regazo de Cristo!

—Hum, bueno… ¿Y qué cuadro es?

—Pues una garganta, piedras, un laguito abajo. No, todo es muy bonito, claro. La composición está bien ajustada y el tratamiento cromático es intenso. Hay atmósfera, se transmite el estado de ánimo del pintor. Y, por cierto, aquí hay una altura considerable. ¡No voy a aguantar mucho!

—Pero tengo que encontrarlo, elegir las pinturas. Tú quédate ahí quieto, no te agites. ¡Y ni se te ocurra andar hurgando con la navajita, que cortarás el lienzo!

Me quedara o no me quedara, ¡aquellas vistas magníficas se estaban perdiendo! Ajusté con cuidado la cámara, activé el modo automático, disparé en ráfagas. Atrapaba los instantes que se escapaban, estaba en la cumbre… o, mejor dicho, ¿en el árbol de la felicidad? Temblaba de terror. Me apresuraba a absorber hasta la última gota de aquella sensación del instante, de aquel sentimiento inestable de belleza.

Pero entonces llegó la finalidad, la fuerza de la unión que enlazaba los fragmentos que se dispersaban. Adquirieron sentido, disposición interior, convicción. El pintor cogió el pincel, la paleta, la espátula. El mundo dejó de deslizarse hacia el abismo, hacia la locura. ¿De verdad daría un paso sobre las pictóricas vetas del aceite de linaza, sobre el olor a pino de la trementina, el aroma del barniz de ciprés? ¿Alcanzaría Tierra Firme, el continente? Así fue. Gracias a Vladímir Nikoláievich: había cumplido la misión del artista. Y de nuevo, como hacía siempre, se entregó a sus sueños multicolores y se quedó dormitando apaciblemente.

Marina, sentada en un tronco caído —igual que Arséniev, el explorador del territorio de Primorie—, estaba inclinada sobre su «Diario poético». ¿Por dónde andaría su Dersú Uzalá, qué le habría pasado? (Aquella escena: cómo escribía ella, olvidada de sí misma —y Arséniev no interrumpía su diario en ninguna circunstancia—, me recordó la epopeya cinematográfica de Okino Kurosawa «Dersú Uzalá», de 1985.)

—¿Dónde estabas? —volvía de su «lejanía poética»—. Ya estaba pensando en ir a buscarte.

Qué agradable. Y yo que había estado hablando con las Voces que nos enlazan en el Universo.

—He estado fotografiándolo todo por ahí. ¡Menudas fotos he sacado!

—Estaba preocupada. Habías desaparecido.

—Pues sí, se me ha ocurrido un título estupendo para mi nueva novela.

—¡Oh, claro! Ya se te ocurrió una vez… el título de tu primer libro…

¿Y qué? Fue precisamente él, el título, el que nos atrajo, nos enlazó en el Universo.

—Bueno, se me ha ocurrido… «La ropa interior de los héroes». ¿Qué te parece?

—¡Impresionante! ¡Todo el público lector se lanzará a comprar tu obra!

—¿Y tú qué te crees? ¡¿Acaso sabes qué hacen los cosmonautas —que, en el fondo, son héroes— con su ropa interior sucia?! ¿La lavan allí, en la ingravidez, o qué? ¡¿En la estación espacial, cuando vuelan durante medio año, o incluso un año?! ¡No! La arrojan sobre las extensiones del océano Atlántico.

—Nunca me lo había planteado.

—¡Eso! Y, por ejemplo, unos jóvenes corazones románticos… pongamos que Katia y Danila, navegan en un transatlántico…

—¿Quiénes son Katia y Danila?

—No importa, no los conoces. Navegan y ven una estrella que cruza el cielo. Piden un deseo. Creen que en la vida se cumplirán sus sueños más inverosímiles. Y aquello, la estrella que ha brillado, es en realidad un contenedor de ropa interior sucia. Arde en las capas densas de la atmósfera, dejando una estela de centelleo fantástico que se apaga. ¿Ahora lo entiendes?

—¿…?

—Bien. Entonces tengo otro título.

—¡¿_?!

—«Los botines de Banderas». Bueno, ¿servirá?

* * *

«Eres un poco raro. No eres como los demás», me dijo la profesora de literatura en lo alto de una colina, en el paraje de Mogoita. Bajo la inmensa y temblorosa cúpula de los cielos de Buriatia, caldeados por el sol, que dejaba traslucir el turquesa, me daba vueltas la cabeza. El viento arremetía a ráfagas, alborotaba las crines de las estip as que subían corriendo desde el valle —se extendía entre reverberaciones de calor, entre una bruma de polvo parduzco—, y cuando la ráfaga se calmaba, continuaba la agitación —el susurro de las hierbas y el chirrido de los saltamontes—, como si se precipitara una ola que retrocedía. O parecía que aquel roce y aquel brillo procedían del incesante girar de una serpiente transparente que irradiaba el calor de sus escamas de vidrio, que enroscaba anillos parduzcos de cinta magnética por la que se deslizaban reflejos, unas veces de las rodillas de la profesora, misteriosamente juntas bajo un libro cerrado —como las de la joven Varley en «Viy», cuando Jomá ve por primera vez a la señorita caída entre las hierbas en lugar de la horrible bruja—, otras de las manchas encendidas en sus pómulos, otras de las chispas maliciosas que brillaban bajo sus pestañas. Con una lentitud de movimientos que repetían la respiración de la estepa —el viento que arremetía y el silencio que fluía—, se abrochaba un botón de la camisa de cuadros sobre el pecho, se arreglaba la falda, apartaba los mechones de pelo deshecho.

…Aquel día de junio estábamos tumbados en la colina. Nosotros, es decir, nuestro pequeño destacamento, una selección de los distintos grupos de noveno curso. Desde allí, desde aquella cima dominante, nos resultaba cómodo seguir la gran batalla que se desplegaba en el valle. Allí se celebraba la carrera de relevos militar y deportiva «Aguilucho». Competían los equipos de los colegios de nuestro Ulán-Udé —y el equipo de nuestro colegio, por supuesto—. Lo dirigían todo militares de verdad, de las unidades que apadrinaban los colegios. Los chicos montaban y desmontaban el fusil automático Kaláshnikov, disparaban con una carabina de pequeño calibre, lanzaban granadas, superaban una pista de obstáculos, corrían campo a través con unas increíbles batas acolchadas de algodón (como los basmachíes de «El sol blanco del desierto»), huyendo de la persecución de perros pastores fronterizos muy bien adiestrados.

En las alturas giraba con su traqueteo un biplano del aeroclub, colocando los trazos inclinados de los paracaidistas en los cuadernos de caligrafía del cielo. Ellos abrían enseguida sobre sí unas semiesferas de diente de león y se los llevaba el aire tras la lejana cadena de colinas, donde uno imaginaba un paraíso para paracaidistas, donde los campos blandos eran como plumón que amortiguaba el aterrizaje de los intrépidos aeronautas. Desde lejos llegaban los trinos de alguna canción —la transmitían desde un furgón militar—, el chasquido de las «pipas» de los fusiles, y el retumbante «¡hurraaa!» cuando los equipos se enfrentaban en bloque, cuerpo a cuerpo, y los ladridos de los perros enloquecidos. Manteníamos el oído alerta, temíamos perdernos el canto de la corneta de señales. Un corneta apostado expresamente en el meollo de los acontecimientos nos transmitía mensajes cifrados interpretando los primeros compases de conocidas melodías de los Beatles. Y nuestro destacamento iba menguando…

De vez en cuando alguno de los chicos o de las chicas se levantaba de golpe y corría cuesta abajo a todo correr para relevar a quien hubiera quedado reventado y exhausto en las etapas. La figurilla del corredor se zambullía entre las hierbas hasta desaparecer, como absorbida por un embudo plateado, succionada por la garganta de la corneta que llamaba. (Hay que decir que aquella era la «estratagema militar» ideada por nuestro instructor militar. A los participantes que habían agotado sus fuerzas en la lucha los sustituían corredores y lanzadores frescos de nuestro destacamento, que permanecía oculto, en la reserva, hasta que llegara el momento.)

Hasta que nos quedamos solos la profesora y yo…

Me quedó la sensación de aquellas colinas calentadas por el sol… y de su cuerpo caliente, turbador bajo la ropa ligera; del olor de su piel, algo amargo por los vientos de la estepa. Porque la había tumbado debajo de mí —resistiéndose y cediendo sin querer, apretada contra mí— para salvarla del peligro que se aproximaba (más exactamente, que venía volando). ¡Directamente sobre nosotros, bajo el girar de una cúpula-rueda de gajos turquesas, con un silbido espantoso y soltando palabrotas, caía un paracaidista como un ángel arrojado de los cielos! En las suelas estriadas de sus botas brillaban los tridentes de las herraduras, llevaba correas cruzadas, un casco negro abultado y unas gafas de «lata» encasquetadas que le ocultaban media cara y despedían reflejos purpúreos. El aeronauta se sacudía como una marioneta en sus cordajes, intentaba ajustar algo… ¡¿Y yo?! En aquel instante me lancé sobre ella, la cubrí con mi cuerpo. (Era insoportable la creciente avalancha de sus bramidos, de las terribles blasfemias que vomitaba desde las entrañas; y, a mi juicio, no se podía permitir que aquello llegara al delicado oído de la profesora de literatura.)

Sin embargo, el desventurado paracaidista fue arrastrado a un lado, hacia la ladera, donde se posó con un golpe blando y rodó dando tumbos, llevado por la enorme y arrugada flor de seda del paracaídas, que no se resignaba.

—…Eres un poco raro —dijo la profesora—. ¡Basta con recordar tu redacción! ¿Qué, te has olvidado?

No, claro que no me había olvidado. Se trataba de la redacción «final», que llevaba la importante etiqueta de «ministerial» (supuestamente, una comisión «del ministerio» corregía los opus de los alumnos). Pero ¿a qué venía recordar el vuelo de mi imaginación creadora?

—Tuve que reescribirla por ti. —Suspiró hondo—. Se os había propuesto un tema libre. Por ejemplo, ¿qué cualidades podemos tomar hoy de los héroes del Komsomol, basándonos en las obras literarias?

«¡Menudo tema libre! Si no había otro», pensé para mis adentros.

—Y tú analizas la canción

«Aguilucho, aguilucho, elévate por encima del sol»

desde el punto de vista de los ecos de acontecimientos bíblicos cifrados en ella. Tomas como base una frase realmente enigmática de la letra: «Los aguiluchos del Komsomol acuden en mi ayuda, y la vida volverá a mí».

Sí, ¿quién podía saber que la vida volvería a Él después de la muerte, prever Su Resurrección?

Y la colina de la que «una granada estruendosa barrió a los soldados», según tú,

es el Gólgota,

y «para siempre callaron los alegres muchachos» -

son los Apóstoles que renegaron,

y «vuela a la stanitsa, a mi madre contarás» -

eso significa dile a la Madre de Dios que me crucificarán,

y «al hijo lo llevaban a fusilar» -

es al Hijo del Hombre a quien llevan al Gólgota.

—Claro que sí —intervine—. Y en las palabras «El poder del águila tiene millones de aguiluchos y el país está orgulloso de ellos» se esconde la idea de que

la Iglesia tiene un número inmenso de seguidores

y de héroes ascetas, gracias a los cuales crece,

pero ¿dónde está mi Águila que se eleva hacia el sol, si eso es el signo de la Ascensión?

«El águila —escribía yo con aire de novelista— es el símbolo del alma que busca a Dios. Esta interpretación se basa en la antigua creencia de que, al parecer, el águila, a diferencia de otras aves, al volar cerca del sol y sumergirse en el agua, renueva periódicamente su plumaje y recupera su juventud».

—Recuerda también aquel pasaje —sonrió la profesora— donde pones de ejemplo la granada mencionada en el texto, el proyectil explosivo, naturalmente. Pero, en sentido figurado, reflexionas sobre el fruto del granado como «símbolo tradicional de la Resurrección, que señala a Cristo como Salvador del mundo. La granada se considera un símbolo de la vida. Según la leyenda, el arca de Noé se iluminaba con una granada. La granada procede de Asia, es una de las primeras frutas que consumió el ser humano. Existe la opinión de que el rabito de la parte superior de la granada fue el prototipo de la corona real.

—Sí, pero… —me sorprendí.

—¿Y tú qué te creías? —se me adelantó la profesora—. Tuve que reescribir y sustituir tu «redacción» por un modelo de lo más corriente, de los que entran en el programa. ¡Es que no te imaginas lo que podría haber pasado! —Sus ojos, con el reflejo azulado de las inflorescencias de aya-ganga, se abrieron mucho—. ¡Te habrían echado del Komsomol a escobazos! Vaya «escritor» nos ha salido —añadió con sorna—. No olvides que estamos en

mil novecientos setenta y nueve,

¡el Komsomol está en la plenitud de sus poderosas fuerzas! Y aún no ha llegado la hora de una generación tan «extraña» e «indigerible» como la vuestra, alumnos de noveno. Estáis en el umbral de los descubrimientos que os aguardan —concluyó mi mentora con cierta dosis de grandilocuencia.

—¡¿Pero qué sabe usted de mi generación?! —exclamé acaloradamente—. ¿Cómo puede juzgarla? ¡Cuando el sonido de hierro de un arañazo en el fondo de una caldera nuclear a punto de hervir desgarró el silencio del mundo el 30 de octubre de 1962, a las 3 de la madrugada, hora de Washington! Ocurrió a unos 12 metros de profundidad en el mar Caribe, a 300 millas al nordeste del estrecho de Caicos. La antena de cuadro que sobresalía de la torreta del submarino soviético «B***» arañó el vientre de un destructor estadounidense mientras el submarino se sumergía. El estadounidense pasó sobre él batiendo sus hélices, literalmente a unos pocos metros.

…Me refería a los acontecimientos que, podría decirse, marcaron el punto culminante de la crisis del Caribe. El «B***» y otros tres submarinos soviéticos, enviados como destacamento de vanguardia hacia las costas de Cuba, quedaron dentro de la zona de 500 millas del bloqueo naval estadounidense, declarado por el presidente Kennedy para «detener el proceso de emplazamiento de misiles balísticos en Cuba», como anunció en su discurso a la nación del 22 de octubre. En respuesta, Jrushchov comunicó que, si los estadounidenses detenían y registraban un solo buque soviético, aquello se consideraría una violación de los acuerdos internacionales y un acto de agresión. En tal caso, amenazó el dirigente soviético, daría a sus submarinistas la orden de hundir los barcos estadounidenses.

En aquella zona se había concentrado casi toda la agrupación atlántica de búsqueda y ataque de la Armada de Estados Unidos. En particular, sobre el «B***» daban vueltas tres destructores, cubiertos por un portaaviones, del que despegaba un avión que cada 15 minutos pasaba a baja altura sobre el submarino; además, surcaban el espacio helicópteros equipados con un sonar que se sumergía en el mar y era remolcado.

La brigada de cuatro submarinos soviéticos actuaba de forma dispersa, sin comunicación entre ellos. Debido al extremo secreto de la operación, prácticamente no se mantenían comunicaciones por radio con el Estado Mayor de la Armada. La última vez, el 24 de octubre, el Estado Mayor había transmitido una advertencia difundida por los estadounidenses (e interceptada por nuestra inteligencia), en la que se decía que los buques de la barrera antisubmarina de la Armada de Estados Unidos lanzarían cargas de profundidad de señalización para obligar a los submarinos soviéticos a emerger e identificarse, y que debían salir a la superficie con rumbo este para confirmar así que habían entendido la señal.

A bordo del «B***» se había instalado como armamento un torpedo con una cabeza nuclear de 15 kilotones de potencia táctica. Más que suficiente para destruir toda forma de vida en un radio de 10 millas con una explosión submarina o en superficie. Sobre el comandante recaía toda la responsabilidad del empleo de aquel «elemento de combate especial».

La responsabilidad de iniciar una guerra mundial.

—yo nací en marzo de 1963 —concluí mi digresión histórica—. Y, por tanto, cuando se alcanzó el punto culminante de la crisis del Caribe, en octubre de 1962, era un feto de cinco meses, me agitaba en las aguas amnióticas de mi madre, que, en esencia, son una misma cosa con el Océano Mundial. El siniestro arañazo de la antena contra el fondo del destructor podría haber sido el último eco en la esfera planetaria de mi existencia de cinco meses. Y, en sentido metafísico, aquel arañazo surcó una marca imborrable en el destino de mi generación, que percibe de forma especialmente trágica la responsabilidad por los destinos del mundo, como algo personal que ha entrado en su carne y en su sangre.

—¡Oh! Tus labios tienen forma de «arco de Cupido»… —dijo con una turbación callada, respirando hondo—. ¡Cuántas tías suspirarán por ellos!

—«¡La boda gitana se las arreglará sin mazapanes!» —grité ya a la carrera, como si hubiera recogido aquella frase —en sentido figurado— de los espacios hacia los que me empujaba el viento por la espalda y, literalmente, del libro del magnífico escritor bielorruso Vladímir Korotkévich «La caza salvaje del rey Staj» (se hizo una película espléndida basada en él, que sacudió mi imaginación). A lo lejos cantaba la corneta… ¡Por poco se me pasa la señal para entrar en la órbita de «Aguilucho», me había puesto meloso con unos sentimientos inoportunos!

Y la «caza salvaje» de los vientos, el canto inquietante de las estip as, el polvo que se arremolinaba sobre ellas, todo aquello me alcanzó, me atravesó como una flecha de nómada disparada desde una lejanía desconocida, me llenó el pecho y el corazón latía al ritmo de la persecución. Bajé volando de la colina, rodé por una loma y luego por otra, atravesé la espesura de los carrizos, después me abrí paso entre los arbustos, por el sotobosque de álamos temblones. Guiándome por determinados puntos de referencia, debía mantener una dirección exacta para incorporarme en el lugar adecuado y a tiempo a la línea de relevos, para sustituir al corredor de nuestro equipo en la última etapa, la decisiva.

Pero los brazos de un riachuelo parecían desenredarse ante mí… Me lanzaba a vadear un cauce y luego otro. Me perseguía la idea desesperada de que en algún sitio podía haberme desviado del camino, haber pasado de largo el tramo donde debía sustituir a mi compañero. Sin embargo, ¡todo coincidió en un instante! Crecían el ruido y los crujidos, como si unos unicornios monstruosos se abrieran paso a mi derecha y a mi izquierda. Yo comprendía lo que ocurría: ¡también los instructores militares de los otros colegios, nuestros rivales, habían adoptado la misma táctica! Otros tres chicos salieron corriendo al camino que serpenteaba entre los abedules; nos abalanzamos cada cual sobre los corredores de cabeza «de los nuestros» que aparecían, les arrancamos los dorsales, les quitamos los testigos: eran granadas de instrucción, réplicas de las auténticas. El chico de nuestro equipo me gritó mientras me alejaba cuánto retraso llevábamos. Solo yo podía salvar la situación: tenía que adelantar al colegio tal, al cual y al de más allá…

Poniendo todas mis fuerzas en la carrera, tiraba tenazmente del hilo gris del camino para acercarme a las espaldas de los que corrían delante: ¡adelantaba a un rival tras otro! El corazón golpeaba el pecho….y el zumbido que aquello producía en mis oídos resonaba por todo el mundo… Pero ¿qué veía yo? Todo se había fundido en una serpiente de follaje abigarrado, de árboles, de unos arbustos interminables que reptaba a mi lado. Y luego desaparecieron todos los sonidos, hasta el corazón que me aporreaba el pecho pareció callarse; llegó una extraña «ingravidez». El camino se estrechó en un «tubo» brillante, por sus paredes se deslizaban rostros deformados que abrían la boca sin voz… Salí corriendo a un claro ancho donde terminaba la carrera de relevos, delante palpitaba la cinta de meta de un rojo vivo.

Un mar llameante se desplomó, me envolvió y me hizo girar. Ruido, gritos, voces: ¡el sonido a toda potencia! Los chicos me levantaban en volandas y me sacudían, pero tenía los dedos agarrotados, ni siquiera podían quitarme la granada estriada. Mi instante de gloria y triunfo se retiró, la ola que retrocedía se los llevó a todos al mar de otros acontecimientos.

Una fuerza espantosa me dobló en dos, me arrojó de rodillas. Resultó que estaba justo al lado de un furgón de radio militar que había desplegado unos altavoces gigantescos en los que atronaba una canción. Poco a poco se disipó el velo, volvió la real idad de lo que me rodeaba. Por una cruel ironía del destino, en aquel momento Aleksandr Gradski se desgañitaba, aullaba con voz inhumana:

«La primera parte ya la hemos jugado,

pero solo hemos logrado comprender una cosa…».

¿Qué «primera parte»? ¿Qué es lo que «ya hemos jugado»? Yo, personalmente, todavía no había logrado comPRENDER nada.

¡Qué jóvenes éramos, qué jóvenes éramos, qué jóvenes éramos!

Los altavoces reventaban por las costuras, hacían rodar las piedras imposibles de levantar de las palabras.

Caí de espaldas. La granada, torneada por los artesanos de la fábrica de aviones —¡podría decirse que en una especie de versión «de recuerdo»!—, rodó a un lado.

El cielo turquesa de Buriatia se volcó sobre mí.

¡Pero si es el color del cuadro de la bicicleta «Aguilucho»!

…En aquella máquina fiable devoraba kilómetros por la carretera de Barguzín, recorría senderos del bosque, subía a riscos montañosos, me precipitaba por las laderas de la cordillera de Ulán-Burgasy, erosionadas hasta quedar calvas: el cuerpo de piedra de aquel dragón, cubierto de espesuras de taiga, envolvía el valle donde mi Ulán-Udé dormía apaciblemente bajo una manta de pelusa de álamo. Con las sacudidas salvajes los dientes telegrafiaban en morse, los dedos se me agarrotaban en el manillar. Pero mi «Aguilucho» era también una especie de «anfibio»: montado en él, levantando aletas y colas de salpicaduras de reflejos cristalinos, como un pez fabuloso que retozara en un brazo tranquilo, surcaba las arterias acuáticas del Selengá que atravesaban la isla Komsomolski. Pedaleaba con todas mis fuerzas… El agua cubría el manillar, me llegaba al pecho, las ruedas se hundían en el fondo limoso. Guiaba, empujaba la máquina bajo el agua, y la sacaba rodando —¡cromo reluciente, radios solares, cuadro turquesa!— entre los aplausos entusiastas de los veraneantes de dacha y barbacoa que, con sus «Zhigulí» y sus «Moskvich», se habían rendido ante las barreras de agua y se habían quedado en la otra orilla. Al llegar a las islas lejanas, nadaba hasta tiritar, tomaba el sol hasta adquirir un resplandor carmesí, casi como el de la compuerta de una estufa al rojo vivo. Encendía hogueras imaginándome un guerrero indio —«Tecumseh», «Osceola», «Winnetou»— después de haberme hartado de ver de niño las famosas películas (de los estudios DEFA, RDA) protagonizadas por Gojko Mitić.

No sé por qué nadie me quitó aquella granada que nos había servido de «testigo» en la carrera. ¿O nuestros jefes se olvidaron de ella, o yo la oculté adrede, me la escondí? Sencillamente quería conservarla de recuerdo… Porque parecía completamente «de verdad». Y luego estuvo mucho tiempo en la dacha, en el cobertizo, en algún estante, entre las cosas corrientes de la huerta y la casa de campo.

Pero precisamente aquello tuvo consecuencias trágicas.

Allí mismo, en el cobertizo de la dacha, dejé mi magnífica bicicleta, mi «Aguilucho», para una sola noche, creía yo. Pero no pude recogerla enseguida, algo se torció. Una noche intentaron entrar en nuestra casa: golpearon el candado de todas las maneras posibles, pero no lo consiguieron. En cambio, forzar el cobertizo no costaba nada… ¡Y se llevaron la bicicleta! Mi dolor no tenía límites.

Pero he aquí en qué acabó aquella historia…

Quien quería robar en la dacha era un drogadicto de la zona, y él se llevó la bicicleta. Por algún motivo también cogió del estante la granada «de relevos». Se fue en mi «Aguilucho» a visitar sus plantaciones secretas de cannabis, por algún lugar de las estepas de Tugnúi, en el distrito de Mujorshíbir. Pero allí había una emboscada de la milicia. No se sabe quién se creyó aquel muchacho, qué imágenes surgieron en el humo del olvido que, por lo visto, llenaba su desdichada cabeza. Cuando los milicianos le ordenaron detenerse, sacó la granada de imitación… Muy parecida a una auténtica. Y

sonó un disparo, la bala vuela,

mi amiguito yace muerto entre la maleza.

Me refiero a mi amigo de dos ruedas. Su rastro se perdió en algún lugar de las inabarcables estepas buriatas. Los cuervos le sacaron a picotazos los magníficos reflectores, el cuadro lavado por las lluvias se oxidó, una serpiente se instaló en la cámara reventada. En las hondonadas tranquilas donde, del cielo a las hierbas abrasadas y de vuelta, repta despacio, con un extraño susurro y chirrido (como si revolviera los engranajes de reloj esparcidos entre las raíces, unos delicadísimos mecanismos del tiempo), una serpiente transparente que enrosca anillos parduzcos en el calor de sus escamas de vidrio.

* * *

A mediados del verano Marina y yo viajamos por la inmensa llanura de inundación del Oká, observando los indicios del jardín del paraíso que hubo aquí antaño, rodeado por el antiguo Oká-Océano. Pero agosto lanza su cucharilla dorada… Zumba el sedal ferroviario de la vía transiberiana, se enrolla en el carrete de pesca, tira de mí, como de un tímalo capturado, hacia mi Ulán-Udé natal. Una vez más emprendo una expedición solitaria a las orillas del Baikal en busca de las misteriosas «piedras de reloj». Mi padre y sus amigos, veteranos excursionistas, revisan mi equipo, me dan una especie de «consejos al cazador que se adentra en el bosque», extraídos del legado de Nikolái Rérij, reinterpretado creativamente teniendo en cuenta las condiciones locales. Bebo con ellos el té de mi tierra y los recuerdos de la infancia, cuando confeccionaba listas de lo necesario para viajar: «cuchillo, cerillas, linterna, té, pan seco», dibujaba mapas de algún territorio desconocido. (Una acumulación caótica de manchas de color, líneas sinuosas: son tierras bajas pantanosas, estribaciones de cordilleras de múltiples cuerpos, ríos turbulentos. Rodeaban un país mágico que existía en mi imaginación y al que quería llegar a toda costa.) Mis comandantes de trato paternal, adeptos del excursionismo organizado, han aprendido en carne propia que, incluso en un itinerario planeado hasta el menor detalle y programado por horas, los severos elementos del Baikal tienen reservada una pampero tal que después solo queda dar gracias a las fuerzas superiores y al servicio de rescate si se logra salir sin incidentes de la «zona deshabitada». (Pampero, traducido del español, significa «viento de la pampa». Es una descripción emotiva habitual entre los excursionistas —precisamente en Buriatia, por alguna razón— de estados espantosos de la naturaleza incompatibles con continuar la expedición, e incluso con la vida.) Por eso miran con recelo mis vagabundeos por cualquier parte en busca, según ellos, de «hombrecillos verdes». ¡Eso puede llevarme demasiado lejos!

Pero ¿qué se puede hacer conmigo? En la cabeza de los viajeros natos hay una navegación especial incorporada, una especie de vista a vuelo de pájaro… Es el recuerdo de las rutas aéreas cuyos trazos discontinuos se dibujaron hace muchísimo tiempo sobre las extensiones primitivas, adonde llegaron primero aquellos de quienes desciende el linaje de los excursionistas. Por eso se dice «saber leer un mapa»: es poseer imaginación espacial.

El autobús sale a las siete de la mañana. A las seis estoy en el umbral de nuestro piso, con la mochila cargada por encima de la cabeza. Mi padre me empuja el hombro: «¡Vamos!». Me lanzo como un paracaidista, vuelo sobre las extensiones de Buriatia. Sí, he estudiado estos lugares en mapas de satélite, y antes aún en mapas geográficos corrientes, en planos de excursionismo. Pero hay un fundamento primigenio mitológico, un subtexto oculto tras el paisaje visible… (como escribe Marina en un poema, así, a través del agua, bajo el fulgor del sol, se trasluce el fondo dorado)… Por eso resultan reconocibles la pendiente de las lomas guardada en lo más hondo, la calina verde de las colinas, los medallones de ámbar de los lagos, las vetas de malaquita de los ríos. ¡Los vientos me hacen girar, me arrojan al agua hirviendo del Baikal! Cruje el carrete de mi caña, el sedal está tenso, los relámpagos plateados de los tímalos, arrancados de las profundidades, trazan signos instantáneos. ¿Qué código de una felicidad antaño inconmensurable está cifrado en ellos? De un signo a otro, de una hoguera a otra, ¿qué país busca el viajero, qué entrada a un valle secreto? ¿Por qué, en cuanto enciendes una hoguera, al cabo de un rato se enciende de pronto en la negrura de la noche circundante un lejano punto de fuego que parpadea en la otra orilla…? ¿Será que esta cadena de luces es ininterrumpida hasta aquella misma hoguera que encendió el primer excursionista? Él sí conocía aquella tierra donde los ciervos atentos salen de la espesura a las orillas de los ríos, los lagos están llenos de peces y en el plumaje del ave de amplias alas que planea sobre la superficie del agua juegan el oRO Y EL aZUL.

Yo, en cambio, voy tendiendo el hilo del itinerario por las laderas de las cordilleras, por las vastas superficies de las mesetas montañosas. Si los cálculos son correctos, si todo sale bien, quizá tenga la suerte de encontrar las «piedras de reloj». En estas construcciones (de tipo megalítico), creadas por cronometradores desconocidos, al igual que en un mecanismo de relojería corriente de hoy —en un reloj de pulsera, por ejemplo—, las piedras dispuestas estaban destinadas, a mi juicio, a recibir sobre sí el curso destructor de los tiempos, a asegurar la precisión y la suavidad de los pasos del tiempo. Hoy las «piedras de reloj» están casi desgastadas, destruidas por los vientos y la erosión, sumidas en un sueño del que no se despiertan. Se han hundido en la tierra, las hierbas las entrelazan, el sotobosque las oculta. Y los tiempos actuales, hay que decirlo, no pueden calificarse de estables.

Fotografío los hallazgos desde las elevaciones de alrededor, trepando a árboles altos, construyendo un trípode gigantesco con pértigas, o incluso utilizando un globo de helio y una cámara automática. Después paso todo el invierno, hasta el comienzo de la siguiente temporada, procesando el material reunido. No consigo abarcar ese enorme volumen, me faltan conocimientos; me ayudan los chicos del club «Geopoisk» de Novosibirsk, con quienes mantengo correspondencia. En las figuras geométricas, convencionales, claro está, formadas por mis piedras se vislumbra una remota semejanza con los caracteres chinos. Es una de las teorías, según la cual los caracteres «ryu», «jia», «Shen», «yo», «yun», «zhi», «mu», «feng», «tian», «guo» —los que he logrado descifrar— guardan relación con determinadas expresiones de los rostros y peinados de los más de ocho mil guerreros del llamado Ejército de Terracota de las excavaciones de los alrededores de Suán.

¡Tanto nuestros viajes como mis investigaciones exigen gastos fantásticos! ¿Dónde encontrar un trabajo adicional que pueda hacer a distancia y que, además, esté bien pagado?

Un invierno que me pareció interminable tuve que editar novelas para mujeres.

Su flujo hacia la editorial donde había encontrado trabajo nuestra «compañera de copitas» y «compañera de bombones» del Instituto de Literatura era inagotable. En cuanto a una habitante de cualquier Osopueblo, Zorrigueras o Castorrepresilla se le ocurría la feliz idea de contar al mundo sus vivencias, acudía volando el Ángel del cine indio y vertía una cucharadita de «embriaguez mágica» (o de «brebaje hechizado») en su «receta original». Y ya estaba lista la «novela». En ella, una investigadora científica (médica, inspectora), pobre y poco agraciada (eso al principio; hacia la mitad se convierte en una «frágil criatura rubia»), «por voluntad del destino»: a) acaba en Moscú; b) en una «pequeña y acogedora ciudad perdida en algún lugar de la costa». Le suceden acontecimientos increíbles cuyo causante es un «rubio alto, de anchos hombros y ojos azules», que camina «con paso seguro hacia el «Bentley» negro». (Si se desarrolla la «variante costera», este tipo va «por la playa de arena entre la espuma de encaje de las olas», sonríe «por algo», en sus «grandes ojos azules se refleja el cielo».) A veces, eso sí, el propio héroe fatal, de «mentón firme y mirada de águila», cae de pronto del cielo en un instituto de investigación de poca monta, un ambulatorio dejado de la mano de Dios, una comisaría de distrito cochambrosa. Enseguida «consulta en la base de datos» los antecedentes de los funcionarios locales compinchados con la mafia, los barre de su camino. Desbarata malvadas maquinaciones, desenreda intrigas. Después de experimentar «sufrimientos inhumanos» en las «sombrías profundidades» de su «frágil psique», la heroína por fin se decide a entregarse a él. «Ardiendo de pasión cae en sus brazos».

Ojalá se durmieran después, tuvieran hijos, sentaran la cabeza. ¡Qué va! En el siguiente manuscrito ese mismo Gollem de «anchos hombros» y pies de barro (o quizá el Muchacho de Barro, si recurrimos a los cuentos rusos) tropieza «por casualidad» con la heroína en una «oficina lujosa». O bien «el mar chapoteaba a sus pies», «el viento acariciaba sus rizos dorados».

«Tiene un cuerpo magnífico, como Apolo —pensó ella, jugando pensativamente con un mechón de cabello rubio. Su pecho se agitaba con violencia».

«Y los años se precipitan como un caballo».

«¡El tiempo, cruel verdugo!»

En aquellos textos, amasados con las ideas femeninas «en general» sobre cualquier cosa, procuraba no cambiar nada, fuera la receta de la ensalada «César» o la estructura del Universo. Pero ese personaje que siempre «deja tras de sí una vaga sensación de algo alegre», ¿de dónde había salido? ¿Acaso nació ya «con un traje de corte perfecto que resaltaba todas las protuberancias masculinas de su figura musculosa», apareció sin más a la mesa de una «oficina de lujo», de un «restaurante de lujo», al volante de un «coche extranjero de lujo»? ¿Cómo lanzarlo al mundo sin pasado, sin destino, sin mamá ni papá, al fin y al cabo? Tenía que añadirle rasgos reales, inventar episodios de su vida, mencionar a sus padres, sus impresiones infantiles, sus amigos del patio. Voluntaria o involuntariamente le trasladaba mis cualidades personales, lo dotaba de mi propia historia.

Y el invierno duraba y duraba. Por alguna razón yo estaba enfermo constantemente. Los preceptos de mis experimentados excursionistas, que yo cumplía —bicicleta todo el invierno, gimnasia en el jardín, decocciones de hierbas beneficiosas—, resultaron impotentes ante un resfriado repentino, una gripe especialmente insidiosa, unas dolencias que se me habían pegado. A cada poco me quedaba en casa, y por tanto aceptaba aún más trabajo de edición, de lo que al principio incluso me alegraba. Pero tanto más deprisa me abandonaban las defensas, mi inmunidad «se disolvía por completo», al parecer, en los fríos «ojos azules» de los ídolos de barro a los que entregaba mi vida, mi pasado, mi destino. Los más de ocho mil guerreros de terracota en los que pensaba —con ellos el emperador Qin Shi Huangdi (en 210-209 a. C.) emprendió su viaje al más allá (eran arqueros, infantes y jinetes, cada uno tenía sus rasgos singulares y una expresión especial en el rostro)— se transformaban de un modo extraño a una febril «temperatura de fusión»… ¡De pronto se convertían en bellezones pintados, brillantes de vidriado! Altos y esbeltos, de anchos hombros, rizos de oro, ojos azules. Desfilaban en mi delirio febril, dispuestos a cercarme y aplastarme, a hundirme en el polvo a pisotones.

Les destrozaba la cabeza con un martillo, los perseguía por las espesuras del sinsentido, por páginas y párrafos, con el lápiz de editor, imaginándolo un machete o incluso una motosierra. Tachaba sin piedad, arrancaba de raíz las malas hierbas, talaba fragmentos enteros.

Pero ¿qué alcance tiene haber corregido una decena de manuscritos? Ese galán tiene entre nueve y cien vidas, seguía conquistando corazones femeninos, «sonriendo amplia y abiertamente» desde las cubiertas de vivos colores en los trenes de cercanías abarrotados de los alrededores de Moscú, en los vagones de metro atestados. Muchachas y mujeres se entregaban a él, se olvidaban de sí mismas en unos abrazos ilusorios e inventados.

¡Pues que existan esos libritos, si dan a alguien siquiera una pequeña sensación de felicidad! Pero ¿cuando esa lectura se convierte en el fundamento de todo, cuando se desborda, sobre todo desde las pantallas de televisión?! Sirviéndose de las ideas sobre cualquier cosa «en general» (salvo su propio beneficio concreto, por supuesto), un general roba millones del erario. Desenmascarado y deshonrado, ¿se pega un tiro en la frente con su pistola reglamentaria antes de que se la retiren? ¡No! «Sonríe astutamente bajo el bigote»… «Bueno, ustedes ya me entienden. Por voluntad del destino acabé en Moscú. ¡Me sucedieron acontecimientos increíbles!»

Aquello solo me enfermaba, sin que pudiera cambiar nada. Después me salió un trabajo duro: diseñar y montar exposiciones; pagaban bien. Entonces ya no había tiempo para estar tumbado ni quedarse sentado en casa.

Para el verano teníamos dinero para viajar. Pero Marina solo tenía vacaciones en agosto. Tal como habíamos acordado, en julio me fui al Baikal, recorrí mi itinerario. Es difícil decir de cada expedición si ha tenido éxito o no. Algunas cosas salen como estaba previsto, otras hay que cambiarlas sobre la marcha, según las circunstancias.

Después regresé a Moscú. Agosto ardía a todo trapo, fuimos a Dzerzhinsk, a orillas del Oká, la ciudad natal de Marina. Y de nuevo nuestro camino nos llevaba a las orillas del Kliazma. En la zona de Seima, donde el Kliazma se deshace en multitud de brazos antes de desembocar en el Oká, en una aldea cuyas casas están tan dispersas y desordenadas por las orillas que sus propios habitantes, los de un extremo y los del otro, la llaman de distintas maneras, vive un viejo conocido nuestro, pescador de la zona, Lao-Tsé. Tiene una choza de pescador perdida en la jungla de sauces, en uno de los brazos, y nos presta una embarcación hinchable. No una «rosquilla» de goma ingobernable cualquiera, sino una canoa de cinco metros de una marca estadounidense.

Llevábamos un año sin verlo, ¡cuánta agua había corrido por el Kliazma! Sobre la pequeña hoguera seguía colgado el mismo caldero, en él empezaba a hervir el «té». Por supuesto, dentro había raíces misteriosas de Seima, sus hierbas aromáticas y embriagadoras… Pero por alguna razón parecía que allí se cocían los destinos del mundo. La tristeza y la furia, el bien y el mal. El viejo, guiado por saberes que solo él conocía, añadía tanto lo uno como lo otro, todo a partes iguales.

Preguntó si había aprendido bien los ejercicios que habíamos trabajado la última vez. Son simples inclinaciones, arqueos hacia atrás, sentadillas. Pero hay que hacerlos concentrado, todos los días, de modo que tanto la respiración como la secuencia sean correctas, cuando una oleada de vibraciones y tensiones recorre los músculos. ¿Y de qué podía presumir yo? Siempre pasa lo mismo: las circunstancias, no hay dinero, tal trabajo…

El viejo pescador dijo que tenía que «quitarme a golpes las excrecencias óseas» más a menudo. En un año me habían crecido como a un «armadillo australiano».

¡Pues sí que habían crecido! Ojalá la mitad de aquellas «púas queratinizadas» (invisibles a una mirada corriente, no iniciada) se hubiera reblandecido, como yo esperaba, bajo las lluvias del Baikal; se hubiera secado y caído bajo el sol furioso, en los canchales abrasadores que descendían de los puertos de montaña; se hubiera arrancado en las espesuras impenetrables de pino enano siberiano por las que me abría paso al no encontrar un rodeo. Y además las noches sobre el suelo desnudo (qué son una esterilla de espuma y un saco de dormir), el sudor ardiente de las marchas forzadas de muchos kilómetros con una mochila de peso habitual (es decir, imposible de levantar). La pila helada del Baikal, el humo de las hogueras.

Por la noche estábamos sentados junto al fuego, Lao-Tsé nos invitaba a pescado asado a la parrilla. En estos lugares, según las fuentes científicas, en el llamado «crisol etnogenético de Seima», en tiempos antiguos, en los siglos diecisiete y dieciséis antes de nuestra era, se mezclaban las culturas más diversas de los «pueblos míticos de la Atlántida de Seima». Aquí se han descubierto muchos asentamientos antiguos y necrópolis, estudiados por los arqueólogos desde comienzos del siglo veinte y durante el período soviético, y ahora todo está abandonado. Pero ¿cuál es el origen esencial de estos lugares, dónde están las moradas recónditas del espíritu de los guerreros cosmistas? Aquella tribu apareció a orillas del Oká, que en su concepción del mundo era el Océano, no se sabe de dónde… Los científicos se afanan por resolver el enigma de su origen, pero no hay ninguna teoría convincente. ¿De dónde salieron los guerreros cosmistas?

«…Atravesaron con relámpagos desde el cielo estas dunas de arena y praderas inundables —nos dijo el Viejo Bebé (si se traduce Lao-Tsé del chino)—. Los recién llegados tenían seis dedos —prosiguió—. En la mano derecha y en la izquierda, el “sexto dedo” era un “dispositivo de escritura”, lo mismo que una “pluma estilográfica” para nosotros. Y así, con las dos manos a la vez, escribieron todos los libros. Todos, desde el comienzo hasta el venidero fin de la humanidad. Entonces también el tiempo fluía sin prisas, como este río, se prolongaba mucho, el día tenía 36 horas, según la medida actual. Después todo el volumen de conocimientos se acumuló en un campo de información, una sustancia pensante».

«¿En qué campo de información…? ¿Qué sustancia es esa?», pregunté.

El viejo sacó de su saco un cuaderno grueso y escribió algo en él. Dobló cuidadosamente la página, la cortó con un cuchillo y me la tendió. «Toma. Quizá esto aclare algo».

¡¿Pero a quién y qué iba a aclararle aquella «escritura en chino»?! La página estaba cubierta de caracteres. Por mucho que frunciera el ceño dándomelas de «sinólogo», no logré descubrir ni siquiera los caracteres que me resultaban conocidos (muy remotamente), «ryu», «jia», «shen», «yo», «yun», «zhi», «mu», «feng», «tian», «guo», en la ronda de signos que parecían bailar bajo los cambiantes reflejos del fuego. Bueno, de acuerdo. Al menos me quedará alguna teoría sobre los cosmistas.

«¿Y qué importancia tuvo aquello, cómo se desarrolló todo?», pregunté, emocionado.

El pescador removió las brasas, las reunió bajo la parrilla para que se doraran los costados de los peces dorados. Bebimos vodka en vasitos de plástico, mientras Marina sorbía su vino tinto.

«Todo lo que se escribe hoy es una proyección metafísica de textos que ya existieron en otro tiempo —explicó—. Por la memoria ontológica, por la imaginación, por las energías y vibraciones que se captan en mayor o menor medida, los textos se reproducen de nuevo».

«¿Y la Biblia, también la escribieron ellos?»

«No. La Biblia es una fuente de energía autoorganizada que constituye la luz del espíritu desplegado, que ha pasado a través de la envoltura informacional interior del Creador o punto de entrada al mundo que se está creando de nuevo. Esta luz, reflejada en la envoltura informacional exterior y convertida ahora en cierto conocimiento de la ley de creación del mundo, conservando el principio de semejanza entre las envolturas informacionales plegada y desplegada, se reflejó de vuelta hacia el punto de despliegue (o, ahora ya, punto de ensamblaje) del Creador».

¡Qué abstruso era todo! De la auténtica conferencia que nos dio se desprendía, por lo que entendimos, que todas las grandes obras artísticas ya estaban creadas, solo quedaba aquella «materia en suspensión» de escasa importancia que se termina de escribir ahora. Eso confirma la doctrina escatológica del Fin de los tiempos. Y, según muchos Maestros que legaron a la humanidad sus revelaciones espirituales, el fin ya está cerca. La cuestión es cuándo se escribirá —es decir, se recreará— el último de todos los textos.

A primera hora de la mañana, por el río que plateaba, nos alejamos en la canoa roja de la estación de nuestro amigo de pensamiento profundo. La corriente nos arrastró hacia el Cosmos hirviente del crisol de Seima, nos atrajeron hilos transparentes, nos envolvió un capullo de temblores de alas de cristal de libélulas que iluminaban vidrieras instantáneas, de golondrinas fugaces que dibujaban rápidas líneas aéreas. En los brazos que se ramificaban sin fin, rodeaban islas, se desbordaban en lagos y cauces abandonados, estaban de pie en el fondo los guerreros cosmistas, guardianes de la Atlántida desaparecida. En la penumbra verdosa de las profundidades ondulaban sus largos cabellos sueltos de hierba. Esmeralda y canosos los de los hombres, rojizos y dorados los de las mujeres cósmicas. Algunos guerreros caídos —troncos negros, raíces de muchos brazos— hundían la cara en la arena.

En los cables que colgaban bajos sobre el agua desde los postes telegráficos inclinados persistía un zumbido: la estela de reversión de los temibles despachos enviados desde el antiguo «centro» a los antiguos directores de los koljoses hundidos en el Leteo. De los vanos abiertos de las chozas de pescadores, pegadas como nidos a los barrancos, el viento arrancaba el zumbido lastimero de las botellas de vodka amontonadas… una canción fúnebre para aquellos a quienes había ahogado el brebaje… (Pues no era raro encontrar pirámides torcidas, unas soldadas con tubos, otras hechas de tablas, con una estrellita, cruces ladeadas.) Las casetas de los transbordadores estaban quemadas, como durante una retirada; de los puentes solo quedaban pilares que sobresalían como la mandíbula petrificada de un dragón… que por lo visto había pasado volando y despoblado aquella tierra repudiada.

Uno podía perderse para siempre vagando por las extensiones fluviales, de praderas y pantanos… De no ser por las referencias que nos había dado el viejo, marcadas con trazos rápidos como el vuelo de una golondrina en un croquis casero. Desde la barcaza hundida que oscurecía el fondo orientábamos el rumbo, esperando ver un camión cubierto de limo. Después, un «Raketa» tumbado de lado, partido en dos mitades en forma de puro. Relucía el latón de una corneta de pioneros arrojada al centro del río, jugaban pálidos reflejos en las figuras de yeso de muchachas, sin brazos y sin remos, que asomaban entre la vegetación enmarañada.

El día se prolongaba interminablemente. Habrían pasado unas 30 horas, quizá… El sol apenas empezaba a inclinarse hacia el horizonte. Marina se tumbó en la proa de la canoa, se cubrió los hombros con un pañuelo indio para que no la quemara y, extendiendo los brazos, daba brazadas como si batiera las alas… ¡Nuestra embarcación se había convertido en un pájaro! Yo dirigía el movimiento hundiendo el remo a derecha e izquierda (a la manera india, según me parecía, claro). Las sombras crecieron, impregnándose de la humedad penetrante que llegaba del agua. El río ascendía al cielo… Con sus ondas relucientes, la piel dibujada de la serpiente del mundo, progenitora de los mitos cosmogónicos y solares, que abarca el círculo celeste y une todos los ríos.

—¿Te cuento una historia? —pregunté—. Bueno, de un excursionista…

—¿Qué historia es esa ahora? —respondió Marina—. Otra vez «un excursionista» se fue al Baikal, ¿verdad? ¡Y le pasó algo increíble!

—Sí. Pero aquel era… Bueno, un excursionista cualquiera. No importa.

—¡Ay, algo me dice el corazón que todo eso no acabó bien! Venga, cuenta.

—Sí, el excursionista subió a la meseta de la cordillera de Sviatói Nos, en la península de Sviatói Nos. Pero no pudo completar el itinerario por aquella zona. Solo le quedaba bajar a la costa de la bahía de Chivyrkúi, caminar hacia la Cabecera Norte. El viajero tenía prisa y estaba preocupado: ¿llegaría a tiempo, saldría bien la ascensión por la parte norte de la cordillera? Llegó a una bahía ya de noche y montó la tienda. Era un lugar espacioso: la cordillera se abría hacia un valle muy pantanoso, cubierto de juncos, arbustos y abedules enanos; entre la vegetación se perdía el cauce sinuoso del río. El amplio arco de una duna de arena con un pinar separaba a modo de barrera el espacio de la depresión pantanosa, descendiendo suavemente hacia la línea de costa en una playa llana y grisácea, de tonalidad cenicienta. Solía haber muchos veraneantes, de los que llevaban allí en lanchas o tenían sus propias embarcaciones; acampaban y salían a pescar a la bahía. Pero los últimos cuatro días el tiempo había sido inestable, a mediodía se levantaba el viento, arrastraba nubarrones, al atardecer lloviznaba. La lengua de arena estaba casi vacía, solo a lo lejos ardía una hoguera, se oían voces: había acampado un único grupo, aunque quizá más allá hubiera otros campamentos.

Agotado por la jornada, el caminante apenas se metió en el saco de dormir se hundió como un hacha en las negras profundidades del sueño. O soñaba que se abría paso por unas espesuras negras, blandía un hacha cortando ramas y tallos que amenazaban con estrangularlo… Se despertaba un instante, sentía el chapoteo de las olas, el rumor de las copas de los pinos. Y un movimiento inexorable de la noche, una corriente de estrellas visible por la entrada entreabierta de la tienda. Todo eso resulta muy inquietante cuando se duerme bajo el cielo abierto. El cielo se abre cada vez más, como si alguien tirara del cursor de una «cremallera».

Los primeros rayos, desde detrás de la lejana alineación de la cordillera de Barguzín, tendieron largas teclas de reflejos dorados, limón, amarillos, ocres. El viento de la cordillera de Sviatói Nos, del valle entre las estribaciones, recorrió una ligera introducción. Y la creciente potencia del órgano, el aliento de la bahía, de las extensiones del Baikal desde el norte. El sonido conjunto del azul celeste que se transformaba en un arco de agua en el horizonte. Un verde oscuro a lo lejos; junto a la orilla, la transparencia del cristal que refractaba el reflejo de las arenas del fondo, rojizas en algunos sitios y grises, parecidas a ceniza, en otros. La bruma se trenzaba, se entretejía con la sombra profunda bajo los pinos.

Ese estado en que el tiempo aún no ha iniciado su marcha dura un breve instante, las piedras de reloj del interior del viajero —y del mundo circundante— están en equilibrio. En esos instantes no hay cavilaciones ni dudas, no hay miedo a la pila helada: ¡se lanzó de inmediato tal como su madre lo trajo al mundo a la bahía de Chivyrkúi! Rompió los destellos solares, la vidriera gótica. Púrpura y oro, el temblor del manto de hierbas submarinas. Nadaba sobre la paleta caótica de manchas de color, las crestas arenosas, imaginaba que debajo de él había estribaciones de cordilleras, tierras bajas pantanosas, ríos sinuosos. Aquello recordaba los mapas geológicos en los que se señalan las rocas de los períodos jurásico y cretácico, las intrusiones del mesozoico, los estratos del paleógeno y el neógeno, los suelos cuaternarios… El excursionista se puso encima la bahía de Chivyrkúi. Toda la bóveda del levantamiento de los Sayanes-Baikal, el marco montañoso del Baikal. El cielo, el pinar, la duna, la playa. ¡Era como si hubiera vuelto a nacer! Salió a la orilla, dio un pisotón para comprobar la solidez de la plataforma tectónica del Baikal. (Según algunas fuentes, las orillas del Baikal se separan a una velocidad de 2 centímetros al año. Por suerte, él no lo notó.) Golpeaba con el hacha, cortaba ramas, las echaba a la pequeña hoguera humeante. Al prender, el fuego lamía con sus llamas el caldero negro con agua para el té.

Alguien caminaba por la franja de arena, al borde mismo del agua… Bueno, un hombre cualquiera. Ocupado en sus cosas, el excursionista no le prestaba atención. Preparaba el desayuno, recogía la tienda, guardaba las cosas. Pero algo había cambiado de un modo imperceptible. Cuando hizo zumbar la «cremallera» de la mochila… se abrió algún «cierre», dejando entrar la inquietud… No, nada especial. ¿Aquel hombre, quizá? Simplemente paseaba, sin prisa y relajado. El viajero se fijó bien. ¡Pero si iba «por la playa de arena entre la espuma de encaje de las olas»! Y, en efecto, «sonreía por algo». Sus ojos, hasta donde se podía apreciar, eran realmente «grandes y azules»… ¿Se «reflejaba» el cielo en ellos, o qué? ¡Y además el viento «acariciaba sus rizos dorados»!

«¡No puede ser, esto es algún error de edición!» El excursionista sintió que lo envolvía la oscuridad del invierno… Enfermedad, desesperación. ¡Si no podía habérselo imaginado! O, mejor dicho, creía que todo aquello descrito en las novelas para mujeres eran sueños femeninos incumplidos de «un hombro masculino fuerte» (y, necesariamente, que aquel hombro perteneciera a un «rubio de ojos azules», además fabulosamente rico, director de un holding internacional, como mínimo). ¿Acaso… también «los años se precipitan como un caballo»? ¿Y el tiempo es un «cruel verdugo»? ¿Quizá uno de los guerreros del emperador Qin Shi Huangdi había escapado del más allá y se había transformado en un hombre hermoso? Inverosímilmente lustroso, bañado de vidriado, pintado. ¡Pero en la naturaleza no existen, no es más que un tópico literario andante! ¿Entonces se había colado en alguna parte, no lo habían corregido del todo?!

Bueno, que pasee por allí, por la «zona habitada». Donde un general ya no es un general. Un patriarca no es un patriarca. Un presidente no es un presidente. Pero había llegado hasta el Baikal, así acabaría devorando todo lo que tenía el caminante. Los granitos del Baikal, las granodioritas, diabasas, porfiritas, pórfidos. Qué quedaría, lo más importante de la vida… ¿Si se embota el cuchillo, se humedecen las cerillas, muere la luciérnaga de la linterna, el té se convierte en polvo, se enmohece el pan seco?

El hombre pasó de largo mirando a través del excursionista. En los «labios de hermoso contorno» del recién llegado jugaba una sonrisa sin espíritu. El azul de sus «grandes ojos» transparentaba el vacío. El excursionista arrancó el hacha del tajo. El mundo aún es sólido, el hacha es pesada. La madera cálida del mango cómodo, el brillo del filo afilado. No una idea, gracias a Dios, «en general» de un hacha cualquiera.

Alcanzó a aquel personaje y lo editó.

—…Una «pampera» así —concluí mi relato con un suspiro. En él había multidimensionalidad: el fluir de todos los meandros, canales, brazos de la llanura de inundación cósmica; el movimiento de peces misteriosos en las profundidades; el paso acompasado de los guerreros submarinos que marchaban hacia una nueva era después del Fin de los tiempos, con sus cabellos sueltos esmeralda y canosos, y los de sus mujeres, rojizos y dorados. La polifonía del agua cortada por la embarcación, el chapoteo del remo y la caída de las gotas atravesadas por el sol, parecidas al vino tinto, el roce fugaz de las golondrinas, la masa gris de mosquitos que rodaba en bolas desde la orilla, nos cubría con una nube zumbante, pero el viento se la llevaba como si fuera el aliento del rey del río. El río respiraba, sus músculos se tensaban, un estremecimiento los recorría en oleadas que subían y bajaban. ¡Cuántas estrellas reflejadas, puestas de sol apagadas, lluvias cuyo rumor se había extinguido, entumecimiento de hielo y crecidas furiosas llevaba consigo! El retumbar de los destacamentos de caballería que, huyendo de sus perseguidores, se arrojaban a sus aguas; la langosta oscura de los conquistadores forasteros que se lanzaban a vadearlo; los gritos de los guerreros en el fragor de la batalla, el rechinar de las espadas, los gemidos de los moribundos. La oscuridad de la historia que avanzaba desde la vegetación que destilaba negrura, los agujeros que atravesaban los tiempos en los brazos que se abrían. Podía imaginarse cómo las largas franjas del agua, teñidas de sangre por el ocaso del pasado, de lo que fue, fluían hacia el Oká, el Volga, el Océano Mundial.

«Pero ¿dónde están en estas corrientes los llamados patrones del porvenir? —me preguntaba—. Porque, partiendo de los postulados de la ciencia posneoclásica que se desarrolla hoy… (y eso incluye la irreversibilidad de los procesos evolutivos, el carácter bifurcacional de la evolución, el dinamismo de la estructura de los sistemas que se autodesarrollan y una nueva comprensión del futuro)… esos patrones ya existen hoy. El futuro influye en el proceso en curso. Y en estas aguas que corren. ¿Hacia qué porvenir navegamos por este río? Ascendiendo al cielo, siguiendo la Vía Láctea… ¿Volvemos otra vez a los orígenes?»

Mis reflexiones fueron interrumpidas por una pregunta de Marina:

—¿Y qué pasó con ese excursionista…? ¿Cómo sobrellevó aquello?

—Bueno, lo sobrellevó, por lo visto. ¡Eso no es lo principal! Él tenía que seguir, sabe el diablo adónde, trepar a la parte norte de la cordillera. A las espesuras, a un lugar perdido. Y si allí pasa algo, ni un alma viviente lo salvará, lo ayudará. Solo puede confiar en sí mismo.

—Pero ¿para qué vagar por cualquier parte? ¡Cuántas veces te lo advirtieron, y yo te lo pedí… Ya no puedo más! —exclamó Marina, exasperada.

—No, vagar no, claro… Son investigaciones con base científica. Bueno, dejémoslo. Sin embargo, el «fenómeno» con el que se encontró podía ser una señal. Una advertencia. ¡El camino está cerrado, no tendrás suerte, vuelve atrás!

—¡Pues haber vuelto! ¡¿Es necesario tentar al destino?!

—¡Eso es lo peor! No tentarlo, sino darle vueltas en la cabeza a todo lo más horrible que pueda suceder. Empezó a pensar en la muerte. ¡Y por poco se convierte en Woody Allen!

—¡Dios mío! ¡¿Qué tiene que ver Woody Allen con esto?!

—Cuando observaba la diversidad de corrientes del río, recordé que el Che Guevara, en su día, cuando aún era un estudiante desconocido, viajó por el gran Amazonas. ¡Y hasta lo cruzó a nado! ¿Recuerdas que se cuenta en «Diarios de motocicleta», del director Walter Salles, la película de 2004?

—Bueno, pongamos que sí. ¿Qué relación hay?

—Fíjate, Woody Allen, en «Match Point», de 2005, hace una referencia. Chris y su mujer, Chloe, van con unos amigos al cine, precisamente a ver esos mismos «Diarios…». Entretanto, Ray Bradbury dijo una vez: «Si la gente pensara día y noche en la muerte, todos se convertirían en Woody Allens». Y este viajero… ¡Empezó a dudar de todo! ¿Había elegido bien el camino, le alcanzarían las fuerzas, hacía falta siquiera ir allí? ¡Eso es el fin! Los pensamientos del excursionista se recalientan, sobreviene la «muerte térmica». (Me refería al término «muerte térmica del Universo», como estado final de cualquier sistema termodinámico cerrado. Rudolf Clausius formuló esta conclusión en 1865 basándose en el segundo principio de la termodinámica. Según este segundo principio, cualquier sistema físico que no intercambie energía con otros sistemas tiende al estado de equilibrio más probable, con una entropía máxima.)

—El caminante estaba agotado —continué. Di unas cuantas paladas para que no nos arrastrara hacia la orilla—. Todo le parecía distinto de antes. La mochila no era la adecuada y el viento resultaba inquietante. El té sabía a una especie de madera podrida, los mendrugos de pan seco parecían haberse enmohecido. Deambulaba, movía la mochila de un sitio a otro, volvía a atarse los cordones de las botas. Se ponía a afilar el cuchillo, examinaba el mapa por centésima vez. Y de pronto…

—¿Qué es eso de «de pronto»? ¡¿Qué pasó ahora?!

Marina se volvió con un movimiento brusco.

—Vaya… ¡No hagas balancearse nuestra barca! Todo va bien. —Compensé a tiempo la escora, que me había parecido peligrosa—. Nada especial. Allá arriba, en el cielo, pasó volando un ave desconocida de alas anchas. Fue una sensación… De movimiento general, de vuelo, de rumbo. Se dirigía hacia la parte norte de la cordillera. Y dejó caer una pluma. Girando lentamente, la pluma descendió muy cerca. Con reflejos dorados, azul por el reverso. El excursionista se preparó rápidamente, se echó la mochila a cuestas y se guardó más a mano, en el bolsillo, el «señalizador del cazador» cargado. Bueno, para asustar a algún osito, a uno o dos, si se los encontraba en el sendero…

—¡Lo sabía! ¡¡Pero si allí los osos se cogen de las patas y bailan en corro alrededor de los imbéciles que se aventuran solos por esos sitios!!

…¡Ay, creo que me había pasado con lo de los plantígrados! ¿Qué manía me había entrado con aquel «señalizador del cazador»? (Es un lanzabengalas compacto, parecido a una «estilográfica que dispara».) Una vez, hablando con un conocido especialista en el Baikal, que había escrito mucho sobre la naturaleza de la región del Baikal (una de sus monografías comienza con estas palabras: «Al oso pardo lo llaman el amo de la taiga…»), le mostré mi «arma de espía». El experimentado naturalista, que se había encontrado más de una vez con la fiera —cara a hocico, literalmente—, me dijo, con plena responsabilidad, que al disparar aquello el oso saldría huyendo. Eso, en un 51 por ciento. ¿Y el 49 restante? Tras sufrir semejante sobresalto, se lanzaría, claro… ¡Pero precisamente contra el origen del peligro!

—No, ¿qué osos? Si los hay, ya se habrán hartado de tricópteros sanos y nutritivos, por las orillas, sobre las piedras. Para entonces suben a las laderas herbosas de las montañas y pasan a alimentarse de umbelíferas y leguminosas. El ser humano no les interesa ni lo más mínimo. Y encima cubierto de excrecencias córneas, de púas calcáreas. ¡Es una tabla de Mendeléiev andante! Bebe agua clorada, engulle productos químicos… Aditivos, pesticidas, nitratos. ¡Dónde no los habrá hoy! Respira aire lleno de gases, está impregnado de los rayos mortíferos de los ordenadores, de toda clase de dispositivos electrónicos. Por eso se marcha a lugares remotos, a la espesura, aunque sea una semana o dos, para respirar taiga y nieblas hasta saciarse, para beber agua de los manantiales.

El excursionista mandó al diablo todas sus inquietudes y dudas, desechó el miedo paralizante. Tomó el sendero —al principio aún se distingue a lo largo de la orilla, luego desaparece entre pendientes escarpadas y precipicios— y echó a andar hacia la Cabecera Norte. Dijo «¡Fram!», que significa «¡Adelante!» en noruego. (Es el nombre de la famosa goleta de vela y motor, diseñada y construida especialmente para la exploración polar. A bordo de ella, la expedición al mando de Fridtjof Nansen —por cierto, fue su mujer, Eva, quien dio nombre al barco— estuvo a la deriva entre los hielos árticos de 1893 a 1896. Fue entonces cuando el valiente noruego y su compañero Johanson emprendieron una marcha en trineo hacia el Polo Norte sin precedentes por su valor y por la dureza de las pruebas que afrontaron. No lograron recorrer los 400 kilómetros que les quedaban y pasaron el invierno en la Tierra de Francisco José. Tras el regreso de Nansen, Roald Amundsen zarpó en el «Fram» rumbo a la Antártida y se convirtió en el descubridor del Polo Sur.)

…Subía por una vaguada, trepaba a una cresta, tomaba una ladera al asalto. Llegó a la meseta, exploró la zona prevista. Algunas conjeturas se confirmaron, otras hubo que descartarlas. Y el punto más alto de la felicidad consiste en encontrarse en el punto geográfico que uno ha marcado en el mapa. En el punto que había estado en su imaginación, hacia el que se había esforzado por llegar, venciendo tanto la distancia física como el horror metafísico. (Pues veía y no sabía, por decirlo con palabras de Nikolái Rérij, «…¿quién colocó los círculos de piedras en el lindero del bosque? …¿y a quién advierte la señal en el alto pino? …¿quién llenó de cráneos el barranco al que te has asomado?») Los presentimientos, la espera de algo terrible que «puede ocurrir» o «suceder de pronto»… Todo aquello se encogió, se redujo a nada, se metió como un caracol en su concha turboespiral.

En el momento de equilibrio, de armonía alcanzada, cuando un camino ha concluido —antes de comenzar otro—, el excursionista sintió una ligereza insólita. ¡Exaltación, entusiasmo! Como en la infancia, cuando parecía que bastaba con darse un impulso para echar a volar al instante, elevarse, zambullirse en el cielo profundo. Esa felicidad es un planeta de piedras ardientes, de hierbas calentadas por el sol. Pedregales pardos de musgo, oscuras manchas de pino rastrero. El aliento de la tierra caliente, el antiguo canto de garganta del viento, afinado sobre venillas resonantes extraídas de los sueños de los saltamontes. Al este, el horizonte quedaba perfilado por las cumbres desnudas y dentadas de la cordillera de Barguzín. Sobre la bahía de Chivyrkúi se alzaba una inmensidad inabarcable, se extendía la vastedad acuática del Baikal. Yacía amenazador el Cosmos de piedra caído, hincado en bloques y peñascos. Negras sinuosidades de vaguadas bordaban el dosel del manto de la taiga.

Tal vez experimentó un estado de levitación. En aquel breve instante, que le quedó como un recuerdo maravilloso de vuelo, de magia, de ingravidez, se grabó una imagen, una vista desde arriba. Pero aquella visión cambió bruscamente, como si hubieran arrojado una piedra a un estanque… Se extendieron ondas de inquietud, de peligro.

¡La mole parda y negra de un oso! A unos treinta metros, por la ladera.

El amo de la taiga… (no se puede decir si «pacíficamente» o no, ¿quién sabe lo que se le pasa por la cabezota?)… En fin, estaba en la ladera alimentándose de umbelíferas (o de leguminosas, no se sabe).

¿Qué hizo el excursionista?

Sabía que la fiera estaba por allí cerca y, por tanto, se mantenía alerta. Preparó el «señalizador del cazador», tenía a mano varias bengalas «estrellitas»: su disposición para el combate era máxima. Se mostraba severo y habría podido repeler cualquier amenaza. Pero al mismo tiempo esperaba sinceramente poder mostrarse amistoso, si el patizambo se quedaba pastando en su hondonada o, mejor aún, se iba tranquilamente a algún lugar más lejano. Y así, con una calma impenetrable, permanecía sentado en la colina, reflexionando.

Pues es bien sabido que Lao-Tsé dijo en su día: «La perfección del guerrero está en la vigilancia, en la constante disposición para el combate, en la severidad, en la sinceridad, en la CALMA impenetrable».

Fuente: «Baikal», 2014, n.º 5–6, pp. 41–82. Novela corta. Texto preparado a partir de un escaneo de la publicación en la revista.