Como siempre por estas fechas, al comienzo mismo de esos días primaverales que inquietan el alma, al personal de nuestra Casa de los Pioneros (mayoritariamente femenino, claro está) empiezan a zarandearlo crueles tormentas magnéticas, ciclones de avitaminosis, tsunamis de índole nerviosa y tempestades de dietas de semihambre, sacadas de la quinta a lo décimo de revistas del extranjero satinado… ¡¿Qué son las famosas Bermudas o una Shambhala cualquiera, vaya uno a saber?! Aquí sí que todo es serio: el vestido de la hija para la fiesta de graduación, una plaza de última hora en un sanatorio, la tía de Majachkalá, los precios del restaurante cooperativo de pelmeni, los amantes en sus Zhigulí blancos, el concurso de recitación que se avecina, ay, chicas, qué mohair pusieron ayer a la venta… Blanquear y reformar los pisos, y este chiste nuevo, ¿lo habéis oído?… Un vidente de paso, cosméticos franceses, la serie interminable de la televisión, el anticipo y la paga, una comisión de la delegación municipal de enseñanza…: todo eso es el pulso de nuestro tiempo, al unísono del cual late el corazón de ese organismo resuelto de la Casa de los Pioneros, unas veces con engañosa lentitud, otras con una aceleración convulsiva.
Y me digo: bueno, ya va siendo hora de acabar con esto, mientras me aparto poco a poco del hervor de aquella vida, termino los asuntos o los relego a un cajón de larguísimo olvido, hasta volverme invisible y absolutamente innecesario para todos, de modo que Ninel Iosifovna, nuestra directora, firme mi solicitud de vacaciones sin siquiera mirarme. Entonces vagaré, ajeno a los rostros y los asuntos precipitados de la gente, vagaré por la ciudad con el paso pausado de un despreocupado cómplice de la primavera.
Pero un largo tiempo me dirá: ya es hora, empujándome suavemente con la nostalgia de las calles que azulean, con el velo de acuarela del naciente aliento verde de los árboles, ya es hora… Quizá se me caiga el reloj de las manos descuidadas, o el vecino, un viejo coronel de aviación que ya ardió en el cielo de España del treinta y nueve, se pase la noche poniendo discos crepitantes de tango argentino de la colección reunida a lo largo de una vida, o un taxista cualquiera me lleve, sin que se entienda por qué, hasta la casa donde vivió la más querida y feliz de las mujeres, tu primer amor (no se te ocurra entrar en aquel portal y preguntar. Sin duda, ahora un hombre desaliñado y gordo, en camiseta, cocina allí su eterna sopa de zanahoria…). Quién sabe cuántas señales secretas te indicarán: ha llegado el momento…
Empezaré más cerca del sol poniente, para que el fuego inquieto del día consumido encienda su cuerpo como una hoguera de señales, con el rojo profundo de una incandescencia de follaje cobrizo, de frambuesa y, después, escarlata… Su cuerpo: armonioso, limpio y esbelto como una barca recién cepillada. Así: verter en la palma la fórmula secreta, que huele oscuramente a la calina del mediodía entre los pinos de julio, frotar su resplandor dorado de miel con un acompasado giro solar sobre la curva de sauce del cuello, el templo de iglesia blanca de los hombros, el hueco moreno y lustroso entre dos colinas suavemente hechizadas con las corolas pardas de los pezones, sobre las ondulaciones fluidas de los brazos, el vientre que desciende tiernamente hacia la ansiada linde del bosque, sobre la lánguida suavidad de las caderas trazadas con una plantilla divina…
Así: llevar el aceite secreto y antiguo hasta la célula más diminuta, envolviendo todo el cuerpo en el aura tierna y un tanto amarga de los siglos idos, impulsar la sangre oscurecida, amasar los nudos crujientes de las venillas endurecidas. En ese momento mis manos, hasta la punta de los dedos, están atravesadas por un presentimiento de tormenta; la saturación eléctrica irradia una aureola de luz y fuerza, un calor ígneo y vivificador. Como si lo supieran desde hace mucho, los dedos entrelazan la ligadura de una escritura secreta olvidada de estandartes proféticos, y quizá esté en ellos la clave de la indisolubilidad de los tiempos: su cuerpo engendra en respuesta una sonoridad profunda, de violonchelo, apenas audible al principio, sorda como la memoria de la sangre y solemne como el zumbido de los pinos incandescentes.
Cuando se encienda Chagir, la estrella mágica, y los dedos sangrientos del ocaso sean ejecutados por la guillotina del negro telón de la noche, todo habrá terminado, y un peso desmedido aplastará el alma, el oscuro veneno del cansancio se derramará por el cuerpo, y solo un sueño sin conciencia, un vuelo silencioso sobre el dosel glacial de las estrellas, me salvará: enfriará el corazón y secará las lágrimas.
Ella revivirá: el crepúsculo confuso de los ojos, la carrera de la caballería negra de las cejas, las alas de viento de la nariz temblarán como follaje, como corrientes de río estremecidas, los labios se curvarán como el arco de un nómada, ¡se alzará la crin de brea de su cabello!..
Pasará algún tiempo mientras vivamos en planos del curso temporal que no se cruzan, acomodándonos y acostumbrándonos de nuevo el uno al otro, pero yo ya empezaré a prepararme para partir en busca de los pigmentos antiguos (solo alcanzan para una vez), allí, a la bruma más recóndita de los bosques del norte, donde sin falta me espera mi abuela.
Zurciré la chaqueta de un paracaidista belga, gruesa, resistente, que no traspasan ni bala, ni bayoneta, ni mal de ojo, ni ningún otro maleficio, y meteré en un sencillo morral nueces, manzanas y botellines de extracto de granada; afilaré el cuchillito alargado de un explorador finlandés que se arrastra al acecho y me devanaré los sesos con los croquis gastados del mapa de tres verstas, mientras voy fijando en la mente señales reconocibles, mientras me siguen sin descanso sus ojos renovados, lavados con agua de vida, hasta que las caricias calladas prendan lentamente fuego a las noches…
Pero yo ya estaré lejos, muy lejos, en un tren de cercanías medio vacío, atravesado por las flechas verdes del viento primaveral pendenciero.
¿Y qué puedo hacer si todos los años, antes de que empiece la primavera, mi mujer parece morir, sumida en un olvido doloroso e inconsciente? ¿Qué podía hacer yo, de puerta en puerta ante las eminencias de la ciencia médica de la capital, arrugando y arrojando lejos los envoltorios lacados de las medicinas y las vistosas etiquetas extranjeras? ¿Qué podía hacer, muriendo cada vez con ella, golpeándome en un silencio obtuso, pétreo, contra la penumbra de una niebla muda, donde se apagaban la luz, los colores y los sonidos con su partida misteriosa e inexplicable?.. Pues todos los corazones que se habían vuelto hacia mí, y también el mío, estaban sordos, cerrados al susurro irreversible del tiempo que se desmorona, a la bondad y al amor auténticos. Y solo al orientar bien el corazón, fortalecer mi fe, pasar por el crisol y refundirme hasta la esencia primigenia de la compasión, hundirme en el trabajo en bruto del alma, extraje la alegría pura, la única necesidad de mi existencia. Navegando en el océano radiante del amor, comprendiendo toda su inmensidad y grandeza, elegir bien el rumbo, entregarse a la corriente certera, fundirse y disolverse en ella sin exigir a cambio ni espinas ni gloria: esa es la labor necesaria del corazón y de la conciencia. En eso consiste el secreto de la juventud imperecedera, el secreto de pintar con pigmentos antiguos.
Así caminaré, pensaré largamente a través de los bosques, abriéndome paso como una grulla, igual que hace un año, igual que antes, hacia la tierra natal (¿pero por qué abandonada hace tanto?). Aquí y allá, por las hondonadas, aún se extiende en fibras blanquecinas la nieve condenada, se riza animoso el musgo liquen, y en los arbustos y los árboles cobra fuerza la pegajosidad olorosa de los brotes. En troncos y ramas, en raíces y tallos, el zumbido y el escalofrío de la floración que se avecina, el sueño multicolor de una estación fructífera y breve. El silencio fluye, tintinea con la caballería de un arroyo lejano, se responde en la ascensión de las voces de los pájaros. Un tiempo prolongado y estirado ha cubierto con su ala mágica la región fogosa, todas las barrancas y espesuras crepusculares, los claros donde, entre el brillo pardo del musgo, relucirán las chispitas retumbantes de los arándanos rojos del año pasado…
Por aquí pasó como una oleada ardiente la primera guerra imperialista, y de vez en cuando tropiezas con las oquedades sifilíticas de las trincheras, la herrumbre de telaraña del alambre de espino, los refugios con la techumbre podrida y hundida, o crujen bajo el pie los lapicitos blancos de los huesos y un cañón de fusil carbonizado por el óxido. Una realidad espantosa me heló el corazón, me alisó con un trocito de hielo el pelo de la nuca con la pesadilla de un vídeo extranjero: una vez, en una noche ruidosa de mal tiempo, como si tintineara suavemente o se riera, cual adorno de Año Nuevo que oscilara en la colada de la luz lunar, colgaba de un pino, enredado en los cordajes, el esqueleto de un paracaidista entre las greñas descompuestas de su equipo. También hubo esto: durante un invierno de heladas extraordinarias (nadie recordaba otro igual), el pantano se hundió y dejó al descubierto una hilera de figuras de cera con máscaras antigás: un pelotón enloquecido por los gases se había hundido de pie, conservando el último movimiento de la marcha y el uniforme de un regimiento de infantería ruso en la eternidad incorruptible de un sarcófago de turba.
Pero me precipito en una larga caída a través del parpadeo ciclista de los sonoros radios de abedul, del vestido rosa arrugado del romero silvestre, del zumbido de los pinos incandescentes, del repique de los arroyos. Paso la noche en los almiares del año anterior, húmedos y embriagadores, junto a las encrucijadas de los caminos herbosos; al lado de una pequeña hoguera humeante sigo cociéndome gachas de concentrados de trigo en el casco de un soldado imperialista, y sorbo de una lata un té aguado, aderezado con el inolvidable extracto de granada.
Por las noches, hielo, estrellas, fuego… El paisaje se parece cada vez más al lunar, los claros se vuelven más pedregosos, los troncos más retorcidos y tenaces, el cielo más bajo y peor. Empiezan también los campos de prisioneros: filas del mismo alambre de espino, restos carbonizados de barracones inundados por la sangre rosada del epilobio, los monstruitos gulliverianos e inclinados de las torres de vigilancia. Por algún lugar de allí está también la espantosa cantera de grava, en una de cuyas galerías alguien lo ha reunido de toda la comarca y escondido con esmero a ÉL, en catorce ejemplares de yeso con la pintura de imitación de bronce descascarillada, siempre con la misma guerrera militar y las botas, señalando el camino a los pueblos. En su día lo envolvieron bien en chaquetas acolchadas del campo, hasta algún tiempo venidero, pero los trapos se pudrieron. Y todo huesos, huesos, huesos… Ya te habrás destrozado los pies y la tapa del tacón de la bota estadounidense del programa de Préstamo y Arriendo, maldecirás el mapa de tres verstas, a Dios y al diablo, y un frío desmesurado, embrutecido, cósmico, se acercará al corazón; ¡está a punto de irrumpir en él como en una nave interestelar despresurizada! Y los bosques se ensombrecen y espesan, intransitables, aferrándose a la chaqueta de paracaidista: ¿dónde me espera mi abuela?, ¿la encontraré esta vez?.. Sí, junto al témpano de azul penetrante del lago, donde un riachuelo montañoso se retuerce como un cordón antes de desembocar, sobre una loma, bajo las alas extendidas de un abeto centenario, se esconde su cabañita, cálida y desgarrada como una chaqueta acolchada.
La abuela arruga la corteza reseca de su rostro, entorna sus ojillos azules como ese lago, sonríe con una sonrisa de rana, se frota las patitas secas de arañita curtidas por el tiempo. Sigue llevando aquella cota de malla marciana que alimenta su cuerpo, ahora ya, al parecer, herbáceo.
—¿Qué tal los marcianos, abuela? —Desmenuzo sobre un lienzo crudo los restos de galletas y la papilla pegajosa de los caramelos que pensaba traerle como un buen regalo.
—Pues qué va a ser —suelta la viejecita una risita—, por ellos no queda, vinieron volando el otro día…
—¿Y cómo son? ¿No me lo dices? —Alargo las preguntas y los sorbos de mi té, y también me como aquellos caramelos. Enciendo apaciblemente un cigarrillo algo húmedo.
—¿Pues cómo van a ser? Gente corrientita, hermoso, corrientita…
—¿Pero cómo que corrientita?
La abuela trajina junto a la hoguera, echa en el calderito que ha vuelto a hervir la sequedad negra y aromática de unas setitas desconocidas, de raicillas y bayas. Me acerca un recipiente de corteza de abedul lleno del rojo carmesí de los arándanos rojos, el dorado ahumado de una cola de pescado.
—¿Cómo son, dices? —Tarda en responder, ¿o no me lo dirá? No deja de obsequiarme con comida tentadora—. Pues muy compasivos, siempre preocupándose por vosotros, descerebrados. Hasta a mí, con lo vieja que soy, me dejaron pa vigilaros. La otra vez llegaron volando, allá, detrás del bosquecillo, aquello era el fin del mundo mismamente… Vino el que manda entre ellos, no paraba de afligirse, el pobre: esas explosiones nucleares, decía, venga a retumbar, a la madre tierra la han dejao toda violada. Y ese agujero de azono… sigue, dice, estirándose, igualito que si le hubieran quemao un agujero a un pañuelo… ¿Y cómo ayudaros? Tenéis el sesillo muy gris, todavía no ha crecido lo suyo… siquiera no vayáis a acabar en una desgracia grande.
—Entonces no habrá guerra, ¿eh, abuela? —pregunto, mientras mi mirada se alarga hacia la sierra mellada de las montañas negras de abetos, hacia la hojalata gris del cielo, hacia el pequeño sable azul del agua glacial… Demoro, demoro escuchar la respuesta, sigo sin creer que sea así, sí, que todo esto sea de verdad.
—Pues qué te voy a decir, hijo —se le oscurece aún más el semblante a la vieja—, nadie lo sabe… y al que lo sabe no le dejan contarlo…
—¿Qué más hay, abuela? —Quiero prolongar la tímida hoguerita de nuestra conversación.
—Pues vino un monje, un hombre de Dios, del Tíbet, estuvimos de charla, que tampoco andan tranquilos por allá, cogió plantones de pensamientos y se fue con Dios.
—¿Y qué, has cultivado pensamientos nuevos?
—Pues vamos a verlos…
Ella renquea delante de mí, mecida por el viento como una brizna de hierba. Allí, detrás de la casita, tras el tronco del abeto de ramas abiertas, hay una pequeña plantación. La abuela retira la estera que la cubre y veo los pensamientos: grandes y no tanto, de distintos colores, aunque no vivos, sino más bien pálidos, poco vistosos. Se balancean, algo parecidos a nenúfares o quizá a orquídeas prodigiosas, pero sobre un tallo más largo y firme, con pétalos dobles que tiemblan en los bordes. Se llaman unos a otros como si estuvieran vivos, algo los inquieta y parecen zumbar mientras conversan.
—Abuela, ¿hay aquí un pensamiento sobre la guerra? —pregunto, mientras demoro, otra vez demoro escuchar la respuesta.
—Pues claro, aquí está… —La abuela señala una florecita pequeña, poco vistosa, azuladita. La miro con una extraña mezcla de desconfianza, miedo y curiosidad: ¡así que así es!
—¿Y no se podría arrancar?
—No se puede, no se puede, Dios te ampare, no se puede arrancar nada así porque sí —murmura apresuradamente la viejecita—, si se acaba, que sea por sí solo, pero arrancarlo, cómo va a ser, es pecado… y tampoco se sabe, no se sabe…
—¿Y hay un pensamiento sobre el amor? ¡Enséñamelo, abuela!..
El pensamiento sobre el amor es más grande, de color rosa pálido, y se mece sobre un tallo fino. ¡Qué indefenso es, qué frágil!
—También he cultivado uno más grande —dice, como si supiera lo que pienso. Y veo otro pensamiento sobre el amor más grande; probablemente sea el pensamiento sobre el amor universal.
Veo también otros pensamientos: sobre el miedo, sobre las enfermedades, sobre la cosecha de grano y las demás cosechas, sobre los niños… Y todo resulta extraño, incierto y vacilante bajo este cielo plano que va tornándose gris. Me da vueltas la cabeza.
Me siento junto a ella, remuevo la tierrita, retiro los desperdicios caídos, arranco las ideas secas de los pensamientos buenos, de los malos, de distintos, en fin. La viejecita se ríe por lo bajo: los pensamientos son buenos, sí, pero si de ellos salieran más obras…
—Bueno, ya está, ya está por ahora… —Me tira de la manga, cubre con cuidado los pensamientos con la estera y regresamos al claro, junto a la hoguerita humeante. Nos sentamos y callamos. Bebo el té enfriado de mi patria inolvidable, un poco amargo y entrañable… ¿Qué raicillas habrá echado en él la sabia viejecita? ¿Por qué me ha entrado este picor en la nariz y se me han velado los ojos con algo que es y no es un velo, humo quizá, niebla? ¿Por qué duele tanto amar este cielito gris, la pequeña sierra de montañas de abetos, las ondas del laguito? ¿Lo amaba antes, lo recordaba? Qué inseparablemente mío es todo, hasta la muerte, hasta la sangre, cuánto tiempo he pasado recordándolo, y ahora ha llegado al corazón, ha vuelto, me ha quemado…
—Y tu querida, ¿cómo anda? ¿Sigue desvaneciéndose? —La abuela me hace volver desde lejos, entabla conversación, aviva la hoguerita.
—Sí, abuela, en cuanto llega la primavera, parece que se muere, se queda dormida en un sueño así, y todo se detiene dentro de ella… Solo tu pigmento antiguo le ayuda, se lo froto y se lo froto, y ella revive, rejuvenece y se vuelve más hermosa. También he venido a preguntarte si tienes el filtro de amor.
—¿Y cómo no? Hay, hay, cómo no va a haber, si has venido. Anda, llévatelo. No pasa nada, hijo, porque ella ande por los tiempos, vuelve a su tiempo, atrás o adelante, no se sabe… Parece que antes no os tocó encontraros. El que muere de joven, sin llegar a viejo, vuelve a su tiempo, será que no le corresponde aparecer aquí… Pero tú no la dejaste morir, parece que tienes la mano ligera, una mano que guía, vednaya, entonces… Ahora cuídala. Cada cual anda bajo la luna, bajo Dios o bajo los tiempos, no pasa nada, déjala… Y no la molestes sin necesidad. Hazlo todo el séptimo día, a la puesta del sol.
—Así lo hago, abuela.
—Procura que no haya viento a ráfagas, de levante o de poniente, mejor uno parejo, del norte… Aquí tienes el filtro; saqué pa él un cráneo machacado de un ahorcado junto a tres caminos, cola de lagarto y ojo de pez, crujido de ventana y susurro de rata, flor amarga de serbal y lechecita de ajenjo, aullido y olor de lobo, y relincho de casco de caballo, y pólvora de un máuser enterrado; todavía hay muchas cosas más, hijo, toma… Salva y guarda, Dios te acompañe… amén.
Tomo la bolsita negra, como cosida con escamas de pescado, y me la guardo en el pecho. Sé que se consumirá el ocaso, que la noche se desplomará como un dosel helado y estrellado, y que en la mañana gris, hosca, áspera como el capote de un soldado imperialista, mi abuela me acompañará por la senda secreta de vuelta. Y esa senda llegará hasta mi corazón, hasta todas las personas que encuentre y no encuentre, que conozca y no. Pero a todas les llegará la bondad y el desvelo de la abuela, su sabiduría, la luz y la tristeza de sus pensamientos. Caminaré largo tiempo de regreso, intercambiando llamadas en los templos volantes de los bosques de abedules, y recordaré, y pensaré, y creeré que todo será conforme a sus preceptos, los de mi abuela, porque desde siempre ha sido así: lo que piensen los viejos, eso será.





@nevsky_alexander
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