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Yo no era miembro del Gobierno. Lo recuerdo bien. Era amigo del capitán Arsalan Rinchinov. Estaba retirado de otra época y trabajaba con nosotros de técnico electrónico; a sus espaldas se arremolinaba el callar más silencioso de treinta saltos al Absoluto No… Pero en su chaqueta protectora aún se veía el número «nueve», medio borrado. En el lóbulo de la oreja izquierda llevaba un radioclip de plata: señal de especial fiabilidad. Solía escuchar por él música de violonchelo.

Lo recuerdo bien, recuerdo varias veces que la muerte pasó volando de largo: dio en el «nueve». ¿Quién podía saber para qué llevaba el capitán estampado en la espalda de su chaqueta protectora aquel número de orden medio borrado? ¿Cómo puede proteger una chaqueta protectora si está numerada con un fragmento de diana, como puesto adrede para alguien, y encima con aquel marcado estridente en negro y amarillo? Pasó volando de largo… hizo vacilar la llama de nuestras velas y sonrisas: a unos se les fundieron las bombillas y los aparatos, a otros se les velaron las mejores fotos con su suegra, se rompieron las cremalleras de los maletines de viaje, hirvió demasiado el café, hubo partos prematuros, y tal vez alguien se limitara a cerrar el ventanuco que había abierto una corriente fortuita… Estaba entre nosotros: tanto si hablábamos a media voz como si reíamos convulsamente en un café, encendiendo cigarrillos interminables, si declarábamos confusamente nuestro amor a los gorritos otoñales de compañeras de viaje fortuitas en la medianoche de los trenes atronadores, o si partíamos cien veces las cerillas al encender todas las velas del Templo de las Velas que Caen (cerca de la fiebre eterna del Cohetódromo-1). Los magnetófonos puestos en «grabación» captaron entonces el canto impreciso, de garganta fina, de la siempreviva; un sintetisaxofonista me dijo que justo entonces se le habían quemado cuatro sintetisaxos antes de conseguir algo que recordase de lejos al «Straztiz» de Ch. Marker. ¡Todo, todo nos salía torcido! ¡Un gran saltador, el «Protesta Azul», dio tal salto! se puso a la deriva, se desvió de su rumbo, se encogió en el espacio…

Dos Cosmos yacían ante mí, dos Cosmos: blanco y azul. Y si el blanco es ese corredor silencioso que huye del infarto al trote… (qué alegría dejarme engañar por la primera nieve), ¿el azul? — …es cuando entre ella y Agosto no hay nada, ella nada por el agua de agosto… Pero comprendí su destino: mi pasado y mi futuro… exprimí de los tubos blanco de zinc y azul ultramar, desperdigé mapas geográficos con masas de mares de tamaños dispares y la blancura nupcial de las sábanas de continentes no identificados, releí los versos blancos en la cubierta azul de la noche, sacudí de los cigarrillos de las grandes llanuras nevadas, que me atenazaban la garganta de angustia, la ceniza blanquísima de las gaviotas sobre la mayólica azul celeste del océano… — y lo entrelacé todo con la cinta de Möbius, toda misterio, y con ella me até también el pelo en una coleta china, para que, por las normas de seguridad, no se me escapara del casco térmico.

…¿dices que torturé el espacio, que me fui más allá del horizonte siguiendo la cartera gris del agente de Seguros del Estado, el Cazador de Ratas, que arranca el canto de garganta fina de la siempreviva? ¿que caminé de memoria treinta kilómetros alejándome del tractor, de todos aquellos señalizéishon… que tenía prisa, que solo al cabo de un día me encontró, entre delirios y vómitos, una brigada de helicópteros de búsqueda? — sí, hacia la vena negra del desierto, hacia el estómago estriado de las arenas… ¿y sabes que me entraron unos vómitos horribles, que potaba trozos enteros de Tiempo? de mí brotaban los malditos espacios, acontecimientos, épocas… bueno, después, todos esos ganchitos, cuadraditos, ruedecitas, muellecitos, minutitos, segunditos, briznitas, hormiguitas… esto es Tiempo de potar, ¿verdad? me tiendes las manos a través del distanciamiento marmóreo de la mesita matinal del café, pero no necesitas… saber que allí solo había espuma sucia de jabón y de todas partes caían, girando hechizadas, gaviotas afeitadas y bicicletas coreanas de segunda mano, solo gaviotas y bicicletas… — ¡no, querida, no todo es tan sencillo! ¡es un sueño orbital, ¿qué?! un sueño orbital, digo: ¡S! — ¡U! — ¡E! — ¡Ñ! — ¡O!… ¿eh? sí, sí, le oigo, ¡Hable más alto, díga-a-me?!.. denme una habitación con el techo gris de oeste a norte, ¡díga-a-me! — bueno, creo que me iré, querida, dejándote en este café de piedra… ¡saludos! con esto termino mi carta, da recuerdos a todos nuestros allegados y conocidos, te deseo lo mejor… ¡besos, por supuesto!

Sí, así fue, la época de todas las Realizaciones, nos abríamos paso hasta lo más hondo de la meseta de Juramchir. Hacíamos una carretera, éramos los primeros, nos tragábamos el espacio, nos embriagábamos de él sin más… Tras nosotros, desvaneciéndose parabólicamente en el horizonte, humeaba láctea la gran carretera de acero y hormigón. Por algún lugar de allí rugían y se abalanzaban, corrían y reventaban los automóviles, de cien en cien en paralelo. Hermosas mujeres sollozaban de felicidad, se ahogaban en lágrimas y morían. Crecían niños sin causa. El Gobierno soltaba la pasta a paladas. Yo quería mucho a nuestro tractor. La vida no me entristecía. Por delante, solo el calor insaciable y las montañas de minio. La meseta de Juramchir. Yo trabajaba en el reparto y la carga del comedor automático. En mis ratos libres vagaba por pasadizos oscuros, subía y bajaba a toda velocidad en el ascensor, me bañaba en la pequeña piscina de agua fresca o escuchaba pequeñas historias humanas, si a alguien le entraban ganas de charlar. En realidad inventaba pequeños secretos de toda clase para que la gente, tanto tiempo lejos de casa, no se endemoniara con la comida automática. Al capitán Arsalan siempre le cargaba dos o tres botellitas de más de su cervecita favorita aderezada con salsa. Me habría gustado vivir su modo de andar y sus miradas, sus manos, sobre todo la manera en que sostiene la cabeza. ¿Tal vez ahí esté la respuesta a qué hay allí, en el Absoluto No..? Porque no lo dicen ni lo escriben en los libros de texto. En realidad, nadie lo sabe. Clausuraron los saltos al Absoluto No… Me gustaría pintarle un retrato. La tarea de verano de la escuela: «personaje en un interior». El capitán Arsalan sentado en su tumbona de siempre, en el interior de la meseta de Juramchir, con su chaqueta veterana, un arma óptica de largo alcance sobre las rodillas, mirando a lo lejos las montañas de minio. «El que comprendió el Silencio»: así lo llamaría.

Una vez le pedí que me dejara probarme el radioclip: allí vivía el silencio, un pequeño Datsán de silencio… Las hierbas devotas se inclinaban bajo la comunión secreta del viento, la guardia de estipas sostenía en plata la Luna, la siempreviva entonaba su canto de garganta fina. Allí vivían también caballos: con ojos de buey, las nieblas se deslizaban desde sus crines, el pedregal conversaba con crujidos bajo los cascos gastados, los aros del arnés salpicaban en cobre. Y pájaros: la masa nocturna de remolino profundo crujía y se frotaba contra la aspereza de sus alas. Allí… una Muralla curva había hendido con la costra de un golpe lacerante el corazón mismo de una hondura de Asia; debajo vivía boca abajo el hombre-hierba, con dolor y zumbido por toda la columna vertebral: de él crecía una flecha recta y firme, con el susurro de cintas budistas amarillas en la corriente eterna del corazón asiático picoteado… Eso fue lo que supe. Y devolví el radioclip con pesar.

Solía pintar paisajes, pequeños cartones de paisajitos, instalado junto a la oruga monumental de nuestro tractor: un toldo, un caballete, una sillita, cajas de pinturas, una mesita con revistas y álbumes… me gusta pintar y, mientras pienso, hojear literatura, mirar obras de maestros o fotografías antiguas. Además, me gusta ir bebiendo refresco de arándano rojo del planeta Kápel: caprichos que tiene uno… Todos se habían ido volando a casa por el fin de semana, había calma, el capitán Arsalan estaba de guardia y yo me quedé con él. Como de costumbre, dormitaba, todo desparramado en su tumbona biosensorial; en lugar de la prevista arma de largo alcance, acunaba entre las palmas una botellita de su cervecita favorita «Market», y no miraba las montañas de minio. Yo miraba y pintaba atardeceres, y eran atardeceres espesos, como desvanecidos: una bacanal de carmesí asesino y de carmesí. Nada más. Inquietante. Las montañas se volvían entonces mostardosas.

Trabajaba sosegado y con soltura, de reojo atrapaba fragmentos del sueño del capitán y los anotaba a lápiz para mi cuadro de todo el verano. Me resultaba especialmente grato ir bebiendo el refresco, pues era del planeta Kápel, y allí, dicen, los arándanos rojos crecen hasta el pecho, y muchachas que cantan, con cintas indias multicolores en el pelo, recogen brazadas de bayas maduras. Justo allí se había transformado una buena conocida mía, con la que apenas me disponía a trabar amistad de artista a artista… ¿Tal vez en aquella bebida que entibia el alma hubiera también calor y caricias de sus manos fieles? Creo que había plasmado bastante bien toda aquella masa de espacio opresivo y el hecho de que vete a saber cuándo llegaríamos hasta toda aquella desmesura. Pero me pareció demasiado grandilocuente, tan espacioso y asilvestrado: la desolación abierta de par en par, los rostros de frente abrupta de las montañas, las pesadas mareas del ocaso… Añadí en una de las colinas que encorvaban el lomo la figurita pequeña, furiosa y tensa de un jinete sobre un caballejo desgreñado. Clavado como una grapa de hierro en las lejanías del viento, contemplaba mundos: explorador, vigía, mensajero… Todo se volvió sencillo y severo, como en el ajedrez: ocupó, predestinado, la casilla del espacio de una combinación resuelta hacía mucho. Repantigado como el más señorial de los maestros, hojeaba despreocupadamente mis revistas favoritas. El refresco, áspero y húmedo, empañaba mis recuerdos con la promesa de unas manos aún no cumplidas… Todo era aquel cuadro estúpido que me volvía loco, de un artista antiguo y laureado: «La cosecha de arándanos rojos en el planeta Kápel», que desde hacía mucho adornaba supuestamente el vestíbulo de nuestra escuela con su inolvidable pompa; por eso todo se me figura, por eso todo lo recuerdo…

Algo se rompió en la tarde, hizo clic, algún interruptor… se desparramó. Un trino taladrante se incrustó fino en el aire y se cortó, un murmullo sobresaltado… un temblor — …¿un gemido? Me volví: la tumbona del capitán quedó aplastada, salió despedida hacia atrás… él se retorció, se desenroscó hasta la arena, pero se incorporó de rodillas y, con el rostro oscuro y furioso como la mira de un arma óptica de largo alcance, con el apagado juego de los reflejos del ocaso, buscaba algo, lo rastreaba entre las líneas cuadriculadas del horizonte de ajedrez… ¡¿Qué?! — yo vivía atónito aquel collage fotográfico que una mano iracunda había revuelto en un instante. Se levantó directamente de las rodillas; me pareció que besaba ritualmente el borde del estandarte del ocaso, pero se borró del rostro la furia de largo alcance y de los labios los granos de arena… ¿o? me pareció oír… un embrujo ventrílocuo, una plegaria, una maldición..? — ¡¿Eh?! — otra vez no comprendí, pero el capitán iba hacia la escotilla de entrada con la irregularidad aterradora de un funámbulo principiante, o como si su camino estuviera minado cuidadosamente y a cada segundo hubiera que esperar una explosión. Y nada comprendí de su destino, pero la tarde se me quedó asustada. Mientras recogía las cosas pensaba en aquella frase incomprensible, ¿alguna diablura? — «La sombra de la flecha del Padre»… — eso fue lo que dijo. Moví también la tumbona que había dejado, y en la arena relució el pececillo plateado del radioclip, que seguramente se le había desprendido al caer. No pude resistirme, acerqué el oído al ojo de la cerradura del Universo. Me parecieron instrumentos de voces diversas, como cuando una orquesta afina antes de tocar; los músicos conversaban a destiempo —sus voces crujían como papel duro arrugado—, ¿o era el viento que pasaba las partituras? Unos dedos recorrieron en secreta comunión las cuerdas devotas… una flautilla imprecisa cantó con garganta fina… platillos y campanillas se derramaron en cobre… una pianola susurraba con cintas al viento… Se oyó, palpable, real: alguien se acercó, dio unos golpecitos al micrófono, dijo: «en la caseta del guarda, en el parque, en la caja fuerte negra…», y el eco reverberante lo recogió, lo dispersó, le dio voz: «…en la caseta del guarda, en el parque… en la caseta del guarda…» ¿De dónde venía? ¿Qué me había azotado así el corazón? ¿No sería el Cosmos blanco y azul que me había alcanzado y llamado de vuelta? — porque aquello había existido, había existido… Pero ¿qué había allí, cómo seguía? ¿Por qué no recordarlo…? — ¿o? — no, volveré a entrelazar y alisar como cinta misteriosa la venda azul y blanca de mi coleta china…

Cargado con todos mis bártulos, alcancé al capitán en el vestíbulo y le tendí en la palma aquella pupila maravillosa y clara. Me recordó con esfuerzo doloroso, me palmeó el hombro y se marchó en el ascensor. No cenó, se encerró en su camarote y avisó por el comunicador de que se encontraba mal. Pero bueno.

— Y entonces algo se rompió en nuestra vida, hizo clic, algún interruptor…: el capitán Arsalan adelgazó y se demacró, se fundían las bombillas y los aparatos, el señalizéishon-espéshal-sirena se incrustaba con su trino taladrante, a alguien le faltaba eternamente el desayuno o el almuerzo… El café hervía demasiado, todos tenían el rostro aplicado y furioso, en la piscina yo advertía una toalla mojada recién arrojada o un albornoz húmedo, de quién sabe quién. Hasta le pregunté al jefe de turno: ¿cuántos tripulantes hay a bordo? — Siete, como siempre… — me respondió, pensando, por lo visto, que el último de mis secretos de diseñador de la alegría inesperada consistía en hacer preguntas idiotas. Pero no soy tan canalla ni tan mal estudiante como para andar corrigiendo cada vez algún error absurdo y, después de pensarlo todo bien, enviaba ocho raciones y nueve raciones… — y el robot repartidor las entregaba todas.

Vino a verme.

Lo reconocí enseguida. Era el hombre-hierba: un pequeño mongol marchito, con una túnica de cuero lustrosa, un gorro peludo con cintas; las puntas de sus botas blandas miraban a nuestro cielo de linóleo.

En aquel momento estaba solo, en nuestro bar diminuto, sacándole brillo a mi vieja pero fiel coctelera, colgando farolillos de colores.

— ¿Quién eres? — pregunté, hechizado.

— Soy Guéser-jan.

— ¿Qué quieres?

— Dame vodka.

Le eché un chorro en una copa que tenía a mano, pero la apartó con el codo, solo aceptó una copa llena y se la bebió serena y brevemente. Se quedó de pie, balanceándose, aspirando el olor a hierba y menta de la manga.

— ¿Te gustan las tortitas de avena? — pregunté también.

— Sí… — se tambaleó turbiamente, extrajo algo de las profundidades de su morada de cuero y lo dejó sobre la barra pulida. Era una cucharilla ancha, oscura y antigua, con un mango largo.

— ¿Qué es esto?

— Es una espátula para dar la vuelta a las tortitas — respondió, sorbiendo los mocos con un resoplido ancho y desahogado. — De mi abuela… — añadió aún más bajo, y se fue, abarcando con el arco de sus piernas de jinete lo lejano y lo cercano, el tiempo de las hogueras de señales y de los campamentos nómadas, que olía salvajemente a miel de hierbas pisoteadas por cascos y a polvo especiado.

Justo entonces había llegado volando a vernos Batjitjván Chumpura, intérprete de instrumentos populares indios (de ahí la puesta en orden general), y todos fueron entrando y sentándose en el bar. Afinó largamente el sitar, cantó y tocó su música, encendió el embrujo de los palillos de incienso, sudaba entero, se le volvió gris y demacrado el rostro, mientras oscilaba como un péndulo de cuerpo fundido y traspasado de sol. — …gaviotas sobre el mar, sois gaviotas blancas sobre el mar azul — nos decía, ¿o gritaba? — desde algún lugar muy lejos, abajo, — no tenéis nada que temer, relajaos, tranquilos, todo está tranquilo… — y todos nos volvíamos aún más gaviotas sobre el mar y volábamos, volábamos… — ¿era la música la que volaba, sus palabras, algún embrujo ventrílocuo? — ¿era el hombre-hierba quien cantaba? dedos devotos sobre las cuerdas de la comunión secreta de la noche, mensaje de garganta fina de la siempreviva, áspero temblor de las nieblas que escurrían de las crines, susurro de cintitas asiáticas, chapoteo de anillitos de cobre… — ¿o era el tintineo de campanillas, pulseras en la curva morena de la muñeca que se arqueaba rítmicamente fuera del agua de agosto, cuando ella nadaba desde mi sueño orbital hacia la región de la orilla, irrecuperable tan solo por la imposibilidad de recordar una frase, claramente su final: «…en la caseta del guarda, en el parque, en la caja fuerte negra»? Así me alcanzó el Cosmos blanco y azul, me absorbía: …entre ella y Agosto no hay nada, ella nada por el agua de agosto, sin oír el leve tintineo de la pulsera… llora un cosmonauta en su sueño orbital…, en su vuelo orbital, el cosmonauta soy yo, y ella es aquel tiempo, aquella canción que no puedo, ¿o no me atrevo? — a traer de vuelta, porque recuerdo, quiero recordar… y temo, y no me atrevo, me atrevo y temo desde aquel mundo que se aleja de mí nadando por el agua de agosto, que huye como un corredor silencioso del infarto al trote… (- pero ¿para qué ha corrido hoy? — con el grueso renglón de sus huellas, como con hilo encerado de zapatero, cosía la primera nieve hasta la primavera). ¿O todo esto es la ÉPOCA DE LA SIEGA DEL HENO?

te vas a la aldea,
y cuando regresas —
las mujeres llevan zapatos distintos:
en un pie uno dorado,
en el otro, uno púrpura…

No, cómo voy a pensarlo hasta el final, ¿tengo la culpa de haberlo olvidado? Y la música volaba, absorbía, vibraba… y avanzaba en pesadas mareas de ocaso, en el silbido de una flecha, en un embrujo ventrílocuo repiqueteante… y terminó deprisa, se interrumpió, se estremeció y se apagó, se puso a la deriva, se desvió de su rumbo, se encogió en el espacio… Un golpe profundo sacudió nuestras entrañas tractoriles, unas contracciones de parto del motor, el aullido del eco de la sirena que se expandía en círculos… Se apagó la luz. Definitivamente nos habíamos detenido, topando con la presión de un límite invisible. Todos se desperdigaron hacia sus puestos en la penumbra alarmada, siguiendo los hilos conductores de la guía luminosa de emergencia.

Yo no tenía adónde correr, y con el gran encantador de gaviotas sobre el mar tomábamos té en el débil parpadeo de las luces de emergencia.

— Mal lugar, inexplicable… — ya borboteaba de tantas tazas. Una especie de absorbedor de energía, toda la melodía del Cosmos se iba hacia él como agua en la arena. — Estoy muy cansado, mucho… Nunca había tocado tan mal — Guardó silencio, absorbiendo el té, y añadió: Como si aquí hubiera alguien más… Y anduviera por ahí, y vagara…

— ¡Menudo golpe! una avería, ha pasado algo — decía yo, recobrándome del encantamiento de los sahumerios de cigarro

— No me refiero a eso… — agitó la mano el mago y hechicero de los instrumentos populares indios.

— El helicóptero llegará pronto, vendrá a recogerlo.

— Quería decir…

Y así me ciñó el Cosmos blanco y azul con dos serpientes: me blanqueaba y ultramarinaba desde los tubos estrujados del Universo, me envolvía en sábanas nupciales de continentes geográficos no identificados y en bufandas celestes de la masa de mares de tamaños dispares, me embrujaba con pájaros de versos blancos de la cubierta azul de la noche, sacudía la ceniza blanquísima de las gaviotas de los cigarrillos de las grandes llanuras nevadas sobre mi cabeza de mayólica… Así me presagiaba el sueño orbital, moviendo predestinadamente las figuritas blancas y azules de los acontecimientos en las casillas de ajedrez de los horizontes carmesíes de una combinación resuelta hacía mucho

Y a la mañana siguiente seguíamos parados. La furia aplicada de los rostros se cerró sobre unas contracciones previas al parto. El Progreso daba pasitos desconcertados sin avanzar a nuestras espaldas. Llegaron volando equipos especiales. El demonio trajo también a los órganos competentes. Un especialista me citó en la biblioteca, donde se habían instalado con su oficina. Su barba se rizaba victoriosamente en párrafos negros y duros.

— ¿Sabía usted — comenzó, después de las reticencias y los rodeos de rigor — que en el tractor había una octava persona que no pertenecía a la tripulación?

Se me torció un poco la vista. Sí, aquí no servía imaginarse gaviota estúpida sobre un mar estúpido, podían haber descifrado los registros del ordenador.

— ¡Exactamente! — pareció enganchar con el garfio de su dedo el susurro asustadizo de mis pensamientos. — ¡Hemos examinado los registros del ordenador, incluso las rutas de reparto de comida del robot! Por tanto… — ahora pescó también el pececillo de su conjetura — ¡usted estaba en connivencia delictiva con el videonavegante Izia Faibushevich, que transportó ilegalmente y mantuvo a bordo, infringiendo el reglamento de personal, a su ee… amante! una tal, una tal… — Se puso a cazar sobre la mesa unos papeles flaquísimos que el ventilador hacía volar. — Pero, en fin, eso no importa, aún no hemos terminado de aclararlo nosotros mismos… Como dicen, «mujer a bordo, desgracia a bordo», ¿verdad? — Soltó una risita, sin infringir con ello, por supuesto, el reglamento de personal, y yo comprendí que ¡estaba metido en un buen lío! Izia Faibushevich… — ¡¿qué demonios le había dado?!

— Pero eso no es todo — prosiguió la barba especialista en enredos burocráticos —, mire este desarrollo. Me tendió una hoja de papel gráfico. — El motor se detuvo por la introducción en el rotor de cierto objeto extraño. El ordenador local no pudo determinar ni la composición, ni el origen, ni la finalidad de este, de este ee… objeto. Quedó desintegrado en partículas atómicas antes de que actuara el bloqueo de protección. Aquí tiene su descifrado gráfico — empezó a picotear y a correr con su dedo omnipresente por la maraña y el caos de líneas y cifras multicolores. Desde niño me daban náuseas toda clase de fórmulas y planos, pero aquí conseguí distinguir, efectivamente, una especie de cachivache alargado, como un bulbo, con un cuello largo.

— ¡¿Lo ve, lo siente..?! — susurraba sacralmente el especialista metomentodo, salpicando saliva y garfios —, ¡a lo que más se parece es a una nave espacial de origen manifiestamente ajeno a nosotros! Tal vez… ¿una invasión extraterrestre? — ¿qué opina?

Regresé a mi compartimento, me encerré y me quedé tumbado. No pensaba nada, sencillamente me daba risa: …¡extraterrestres! ¡invasión! ¡A lo que más me recordaba aquel ee… objeto era a una espátula para dar la vuelta a las tortitas! Saqué aquel huesecillo negro y reseco de los siglos, tan ajeno a nuestra vida, y lo comparé visualmente con las líneas aerodinámicas del dibujo. ¡No podía haber dudas! — era exactamente igual, pero ¿para qué habían necesitado lanzar aquel extraño mensaje a nuestro motor? Até el regalo desconocido a un cablecito y me lo colgué al pecho, bajo la chaqueta.

Toda la gente recién llegada y los nuestros se dispusieron a volar a mediodía a la fábrica —¿o adónde más?— por sus asuntos. O me pidieron que me quedara de guardia (¿tal vez me lo ordenaron?), o al contrario, se olvidaron de mí en el barullo, y quizá faltaron plazas, como suele pasar… en una palabra, me quedé en aquella mole que se enfriaba del estruendo y el calor del trabajo. Los despedí mientras subían al helicópterazo naranja del equipo especial. Con ellos iba también una mujer, pero que me lleve el diablo si no era la más auténtica, elemental y mismísima esposa de Izia. Había estado de visita en su casa una o dos veces, y ahora también ella me sonrió pálidamente, me saludó triste con la mano. ¡Qué clase de jugarretas eran aquellas!

Y por mucho que hiciera, mi tiempo no marchaba bien. Hojeaba maquinalmente revistitas, me mojaba bajo la lluvia de la ducha, vagaba por pasillos incoloros, gorjeaba con el lápiz sobre un cartón, inventaba alguna comida, pero todo aquello era triste e inútil, todo vacío… La tarde se desplomó sobre mí como un paracaidista de cartón, taponando y rodeando con las ondulaciones de una noche tensa e hinchada como una vela mi solitario pasar del tiempo. Estaba en la cubierta más alta… y mi vida se arremolinaba alrededor, volaba en el callar más silencioso. Quería con una dulzura aterradora mi tiempo, que iba conociendo como una madeja incesante de sucesos y acontecimientos, de indicios y señales secretas, que tantos y tantos no vivían, sino que aplastaban con un tractor pesado o corrían —¿adónde?— ¡quién sabe! — en un automóvil que reventaba. Pero el maravilloso ojo de la cerradura del Universo me lanzó un destello: ¡¿una hoguera de señales?! ¿Para quién? ¿Quién podía estar allí? — por delante, solo el calor inclemente y las montañas de minio. Nada. La meseta de Juramchir.

Se me metió en la cabeza, empezó a traquetear como una cámara para filmar acontecimientos extraimportantes con un cartucho recién cargado; absorbía lo que sucedía como por un visor óptico, la película de sonidos y voces giraba dentro de mí. Se encendió una señal de fuego en respuesta en la torre vigía de un antiguo presentimiento —¿o una espera?—, de modo que no pude dejar de responderle, iba, iba haciendo crujir la arena, aplastando todas aquellas estipas y hierbas, exclamaciones de antiguos nomadeos… enredándome en la seda estrellada de la noche de paracaídas, con ojos maravillosos quería divisar, con la garganta seca beber aquel espejismo… Y al cabo de treinta años y tres años de aquella noche llegué hasta él, un fuego vivo y de verdad; allí había gente sentada: mi viejo conocido el hombre-hierba y otro al que no conozco, crucificado por el sol y el viento negro en la cruz de todos los caminos polvorientos que llevan a los lugares santísimos, a la perdida Meca dorada del perdón universal, eso me pareció… Asaban pescado en un espetón… ¿Por qué sé que era un espetón? — ¿por qué era aquello un fuego, y ellos se calentaban a su lado, pasaban la noche, preparaban comida? Tal vez fuera aquel cuadro estúpido que me volvía loco, de un artista antiguo y laureado… de un artista… — ahí lo tengo ante los ojos, por eso todo se me figura, por eso todo lo recuerdo… Lo abrían sobre una piedra, descifraban los signos plateados de la vida subacuática, abrían la respiración rosada sobre el fuego, sobre los destellos de piedras preciosas de las brasas exhaustas… y todo aquello en palitos ahorquillados y tallados, antiguos como instrumentos de tortura, salando con granos gruesos los trozos abiertos de par en par… sus movimientos eran como una danza, cierta comunicación de mudos, comprensible y de algún modo familiar, olvidada… — olvidados colores profundos, olores, sonido…

— ¿Nos has traído vodka? — me preguntó guturalmente por encima de la estepa el camarada mongol de hierba, lamiéndose los dedos grasientos y cambiando de sitio los palitos para su comodidad en el fuego.

— Sí… — me alegré de lo útil de la pregunta, sacando, en efecto, de la bolsa de «Aeroflot» una botella intemporal que deslumbró a todos con brillo de mercurio.

Obsequió a todos los espíritus en los cuatro puntos cardinales con una gota y nos sirvió en unos pesados morteritos de cobre para moler pinturas minerales. Me dieron un sitio junto al fuego, me dieron vodka… y un palito ennegrecido con un trozo pesado ensartado, que se arremolinaba de grasa… y me lo comí como el infinito espacio fragante de aquella noche, de la memoria, de lo pasado…

— Esto, sabes — decía el mongol —, esto es omul del Baikal, ¡fresquísimo! Y este — señaló al crucificado silencioso, negro, extraño —, este es… este, ¿cómo se llama? Ah, el vagabundo, un hombre de una canción, quiere cruzar el Baikal a nado.

— Pero ¿cómo que el Baikal?

— ¿Qué, no conoces el Baikal?

— No…

— ¡Pero tú..! — me miraron a una con insuficiencia cardíaca y siguieron hincando el diente en los trozos humeantes de espacios, épocas y acontecimientos.

Aquí antes estaba el Baikal. Un mar enorme. Sagrado. Luminoso. Hace mucho, alguna vez. Memoria vacilante de los siglos. Y ahora no se puede recordar. Mil siglos. Los genes y la sangre de la humanidad. Las aguas amnióticas de la civilización. Circunvoluciones líquidas de las olas. Bruma. Columpio helado. Hogar. Canción, ¿recuerdas esas palabras? Sí, las bolitas duras de las palabras del Cosmos crepuscular corren por tu sangre, empujándose unas a otras. Planeta Baikal. Estrella Vagabundo. Cúmulo estelar. Nerchinski Zavod ¡¿Y bien?! Por las salvajes estepas de Transbaikalia, donde excavan el oro en las montañas… Estepa. Víspera. Grandes saltadores. Bombas que ríen. Tiempo de discordias. Raskólnikov con un hacha cohete. ¡¿Eh?! — recuerdo, recuerdo… ¡sí! Ahí está, el vagabundo. Se acerca al Baikal, toma una barca de pescador, entona una canción triste, canta a su patria querida… ¡Y una mie-erda para vosotros! Y a mí qué… Mira qué Silencio… Fusilaron al Baikal como al Zar (en el sótano de los tiempos embrujados, lo bombardearon con granadas, lo inundaron de ácido). Sí, exacto, recuerdo: un hoyo apestoso, un campo de pruebas, una meseta pedregosa, una carretera… — todo pasó ante mis ojos, y así sigo vagando sin reposo. La canción quedó, sí. ¿Qué meseta, Juramchir? ¿qué tractor? Carretera, autódromo, cohetódromo, gran puerto, aerocarretera, alumocromoselicatofosfato, eldemoniosabedónde… Empezó a nevar. ¡¿Qué?! Empezó a caer nieve luminosa, digo. Aquí debería estar el Baikal, oro, montañas, barcas de pescadores… Pero nevaba con fuerza y, girando hechizadas, caían gaviotas muertas y bicicletas coreanas de segunda mano. Espuma de jabón, espuma sucia de jabón hasta las rodillas. Tiraba de uno, lo absorbía, costaba andar. Por todas partes había megáfonos abollados de la milicia, pero funcionaban. Recogí uno, grité: «¿Qué está haciendo? ¡Vuelva en sí!» No hizo caso, atrapaba algunas gaviotas por un ala, las afeitaba al cero con una navaja barbera, las arrojaba a un lado. Ellas aleteaban, se arrastraban… él les golpeaba la cabeza con la pesada empuñadura de una pistola Makárov, tenía la pistola preparada, pero además debía apartar a manotazos las bicicletas, máquinas de escribir y aros de hula-hula que caían. Lo veía con tanta nitidez, de frente, de cerca… como a ti. Estaba sudoroso, con una camiseta de un lilita grasiento, pero entonces sonó el teléfono-septiembre

… pero todo eso lo estás soñando, es un sueño orbital, volaste mucho tiempo, oías gritos imprecisos, roces, crujidos, voces… y el gorjeo del mar, los suspiros pesados de los pájaros, el susurro de las mujeres, las plegarias el tintineo de una cucharilla en un vaso, de platillitos de cobre, campanillas, pulseras… desenrollábamos de ti kilómetros enteros de cinta con todo aquel traqueteo, eras como un magnetófono puesto en «grabación»… y vomitabas trozos enteros de Tiempo, expulsabas espacios, épocas malditas, acontecimientos intemporales… ¡sí, exacto! — estabas suspendido en el aire en medio de un Templo alto y luminoso, se acercaba gente sonriente y preocupada, miraban, reían con ligereza y lloraban, hablaban entre sí, en algún lugar abajo y lejos Batjitjván Chumpura tocaba un sitar esbelto y encendía palillos de incienso… una brigada de helicópteros de búsqueda te encontró en el corazón mismo de las arenas… ¿hacia dónde avanzabas? ¿hacia qué? te tiendo las manos a través de este café de piedra, me he transformado desde el planeta Kápel… ¡y eso en plena cosecha de arándanos rojos! — que indefectiblemente recogen muchachas que cantan —todas sin besar, vírgenes— y eso concretamente, con cintas indias multicolores en el pelo… ¡y tenías un maletín de viaje gastado, con la cremallera rota, lleno de botellas..! botellas resonantes de tintineo hueco, de todas las formas, tamaños, épocas y pueblos… ¿de dónde sale eso? ¿qué quieres decir?

¡Sí, sí! porque sonaba el teléfono-septiembre, descolgué… eso era, me buscaban, porque las figuritas fundidas azules y blancas de los acontecimientos se movían fácilmente en la partida predestinada, y los jugadores, filosofando con astucia, se inclinaban solícitos también sobre mí. Era el propio presidente del Consejo de Veteranos de los Saltadores al Absoluto No… y me habían concertado una cita con él. Y la muerte ya había pasado volando sobre nosotros… Llevaban tanto tiempo preparándonos para aquello, pero todo había sucedido ya, yo lo sentía, veía las bombillas y los aparatos fundidos, el café demasiado hervido, los cadaveritos chamuscados y encogidos de los sintetisaxos… Transmitían música de violonchelo, noticias confusas e inconexas… y lo principal estaba a punto de desprenderse de los labios de los locutores embrujados en ruedecitas grises sin causa, cuadraditos, agujitas, briznitas. Lentamente me recobraba de la desesperación, lentamente me acostumbraba al café y reía por las calles, me envolvía los oídos con el estruendo de los trenes de medianoche, encendía un cigarrillo o velas en el Templo… Todo. ¡La muerte dio en el «nueve»!

Me costó encontrarlo; vivía bajo el puente de hormigón de un enlace de aerocarreteras, en un autobús oxidado que se había quemado tiempo atrás. ¿Me sorprendí al ver la vela romántica de la camisa, el sitar de muchas complejidades, los palillos de incienso humeante y el rostro de Batjitjván Chumpura, espacioso como un cielo con gaviotas de reflejos sonrientes? ¡Así que él era el presidente del Consejo de los veteranos míticos..! En la barriga del autobús hacía calor, había herrumbre y penumbra… allí crecía en silencio el árbol bajo el cual Buda alcanzó la iluminación. No, allí había una llanura gris jabonosa que se inclinó como una mesa… y la espuma empezó a desbordarse, resbalaba, no había dónde agarrarse… Él se volvió, me vio, me lanzó el extremo de un cordino de alpinismo. Como pude me aferré a él, quedé colgado, deslizándome entre espuma, jirones de plumas, bicicletas… Ató la cuerda a la mesa, también había allí una mesa, una mesa muy de oficina, oficial: varios teléfonos, un juego de escritorio, un telefax, papeles. Se puso una camisa bastante decente de rayas finas, una corbata, se alisó el pelo, se metió la pistola en la cintura, se sentó a la mesa, encendió la lámpara. Y no se entendía cómo podía estar sentado allí… porque todo estaba muy torcido, muy escorado.

— Bueno, qué — se dirigió a mí —, ¿te sorprende que tenga que ocuparme de todo esto? ¿Y qué quieres, llevo mil años de vuestro bienestar vagando sin familia ni estirpe, eh? Tú intentas recordar tan solo un renglón, volver en el tiempo… y no puedes, ¿y cómo crees que estoy yo? Pero si conoces esa melodía infinitamente triste, esa exhalación que desgarra el alma, ¿gemido-acaso? ¿embrujo? — plegaria, maldición… — sabes, aquella noche estábamos sentados junto al fuego, cantábamos una canción. Pero ¿qué Tiempo era, qué canción? Entonces venían a verte amigos, muchos amigos, trabajabas como artista decorador por libre contratación en el parque… En la desvencijada caseta del guarda bebíais vino, vino tibio con briznas pegadas, hojitas, hormigas. Y en un rincón de la caseta, no se sabía por qué, sobresalía una enorme caja fuerte negra… ¿y bien? — «en la caseta del guarda, en el parque, en la caja fuerte negra — guardaré las botellas que me bebí este verano…» ¿era así, verdad? ¿Exactamente?

… fue una visión que tuviste, una Visión luminosa, un sueño orbital no sucede porque sí, en estos lugares la gente levantaba Templos desde antiguo… allí el Cosmos crepuscular entra en una persona sin dificultad… ya lo sabes, todo ha sucedido, la muerte pasó volando sobre nosotros, el capitán Arsalan no llevaba en vano la chaqueta con el número «nueve» estampado, medio borrado, está muerto… dio la vuelta al tractor cuando se quedó solo, dio la vuelta a vuestro maldito tractor y emprendió el regreso, se comió aquel espacio de la noche, aquella carretera… cerró la meseta de Juramchir, ahora allí ha descendido el Absoluto No… — nadie podrá penetrar allí, averiguar, cambiar algo… así le estaba destinado, es el último privilegio de un Saltador Al Absoluto No… pero antes de morir ordenó que te entregaran su radioclip… aquí está, ¡es señal de una especial suprainiciación! y es extraño que seas tú… hum… diseñador de la alegría inesperada… dicen que estabas pintando un cuadro, «El que comprendió el Silencio», ¿verdad? interesante… pero ahora puedes estar en el Absoluto No… puedes utilizar el canal de teletransportación «¡A todos! ¡a todos! ¡a todos!» si te hace falta, claro, si sabes para qué… y cuando te alcance el Cosmos blanco y azul, cuando te ahoguen los continentes no identificados y las bufandas celestes de la masa de mares de tamaños dispares, cuando te embrujen los versos blancos, cuando se te acerquen a la garganta con angustia los cigarrillos de las grandes llanuras nevadas sabrás qué hacer, lo sabrás…

Puse fin a mis preocupaciones y asuntos, pagué mis deudas, escribí cartas de despedida antes de morir. Por el radioclip me volaban por la cabeza cuchillas cortantes de gaviotas, el oleaje crujía y raspaba, el viento de cristal se ahogaba con un desgarro.

Así me encontré en el Absoluto No…

En realidad no ocurrió nada: ondeaban atardeceres inclementes, se alzaban el calor carmesí y nuestro tractor al principio mismo de la meseta, desde donde habíamos emprendido el camino apocalíptico. la costra curva de un golpe lacerante hendió el corazón mismo del Asia profunda, el sol descendía como un batiscafo al rojo vivo en la montaña mecánica de cobre. Vagaba por las entrañas de pasillos que ya se cubrían de hierba… en todas partes reinaba el Silencio, por las paredes habían brotado tallos trepadores, los aparatos y los paneles se rizaban de musgo, una penumbra florecida lo invadía todo. La piscina se derramaba en un lago de agua verde, con una pequeña cascada murmurante; la sala de máquinas inferior se empantanaba, crecía en abedulitos tristes; aquí y allá, como peñascos grises, estaban dispersos los robots… ¡Y nosotros rezábamos a aquellos ídolos atiborrados de electrónica, a aquel cielo de linóleo, a los pensamientos de plástico..! — pero mira tú, ¡bastó con retirar nuestra influencia omnipresente para que se convirtieran exactamente en nada! — cero, polvo, embrujo.

Pero no era eso lo que me ocupaba, pensaba en otra cosa, casi me había acostumbrado ya a ella y me había preparado…

Sí, en la cubierta superior de la plataforma de helicópteros… allí solo el cielo se apoyaba de codos en los cables de acero de la barandilla… Ya se le podía pasar por alto, de tal modo había brotado en él la hierbecilla marchita del norte… de no ser por aquella chaqueta suya siniestra. Se había cerrado en la postura extraña y lastimosa de un niño que se recoge, se comprime en una bolita, un muellecito de vida aún no puesta en marcha, y al que así mismo sorprenden desprevenido… una flecha recta y firme le había atravesado con precisión el cruce de las líneas de ajedrez entre los omóplatos, partiendo el estúpido número, puesto allí quién sabe para qué… ¿o para quién? — en el punto del Silencio que se precipitaba.

Todo cerró los ojos: el cielo, la región, el tractor, el ocaso… Yo estaba sentado y pensaba en él. Apenas susurraban las cintitas ya descoloridas, anudadas amorosamente, muy a la tibetana, junto al mismísimo emplumado deshilachado, ¡o así susurraban las hojitas del árbol sagrado bajo el que Buda alcanzó la iluminación..! — en el autobús oxidado, bajo el puente, en el nudo mortal de las aerocarreteras… Apenas, apenas, alboralmente, de arriba abajo en caracteres mongoles antiguos, empezó a nevar; la nieve solo caía dentro de la columna de Silencio que se extendía desde el punto moreno de sangre donde comenzaba la flecha. Abrí el maletín gastado que desde entonces arrastraba incansablemente conmigo; sabía que había que hacerlo en un lugar determinado, en aquella misma casillita de ajedrez, y justo allí encajaba. Sacaba aquellos sobres de botella de voces diversas y, como el último náufrago, los enviaba a las fauces oceánicas del Cosmos que enseñaba los dientes en silencio, con cálidos saludos de un verano de despedida: briznas secas, ramitas, cadáveres de hormiguitas en el mismísimo fondo… que recuerden los amigos visibles e invisibles que viven en los planetas del Límite Anterior, que los recojan otros capitanes de grandes saltadores y de Solmóviles interestelares, y tal vez hasta una buena muchacha del planeta de los arándanos rojos vierta alguna lágrima, dejando caer una brazada de cosecha preciosa… Se detendrán las telenoticias, las órdenes por radio, las conversaciones por intercomunicador, el parloteo especial, todos se pegarán a las bombillas y aparatos que queden, pondrán los magnetófonos en «grabación»… les transmitiré por el canal «¡A todos! ¡a todos! ¡a todos!»: ¡Eh, ¿me oís?! Si tenéis algo que os sea lo más querido, enviádmelo sellado en una botella. Por favor: una migaja de lágrimas o escarcha plateada del planeta Moroz, salpicaduras de oleaje y rocío de flores del planeta Tropikal, gotitas de sangre de arándano rojo del planeta Kápel, ¡eh, cualquier cosa! ¿Dónde estáis? — Rosa, Ciclón, Azul, Espejismo, Cien Años de Soledad, Bosque, Charlie Parker, Baikal, Vagabundo, Nerchinski Zavod, Sobre Varsovia Cae la Lluvia… — ¡¿adónde os habéis ido todos?!

Lo había calculado todo con exactitud: en la propia columna de Silencio, bajo la acción del Absoluto No… mis botellas se alejaban flotando sin problemas hacia arriba, hacia el Universo. La nieve cubría la cubierta de helicópteros. Duerme tranquilo, brota en hierba, estimado capitán Arsalan, beberé refresco de arándano rojo por el descanso de tu alma, pondré también tu vasito lleno a rebosar de la inolvidable cerveza aderezada con salsa. Y yo me iré.

Yo no era miembro del gobierno. Lo recuerdo bien. Encontré aquel lugar a treinta kilómetros del tractor, guiado tan solo por las bolitas crepusculares y duras que corrían por mi sangre. Clavé unas estacas de señal, tendí un cordel de memoria, sí, así era como todo debía estar. Me até más fuerte el pelo en la nuca, me santigüé hacia el Norte, el Oeste, el Sur, el Este, me escupí en las palmas y me puse a cavar el Baikal.

Sobre todo me gustaba mi pala: un grabado nítido sobre la desconocida hoja cósmica — «Al que comprendió el Silencio, del Consejo de Veteranos de los Saltadores al Absoluto No…».

Fuente: «La viuda del brujo». Colección de relatos y novelas cortas de literatura fantástica / compiladora: I. O. Ignátieva. Moscú: Molodaya Gvardiya, 1991. Págs. 444–460. Texto cotejado con el escaneo completo de la Biblioteca Pública; se han conservado las peculiaridades de la edición impresa.