En un hermoso país lejano vive un hombre maravilloso. Nunca lo he visto, pero sé que existe. Porque es mi doble mental. Un tipo estupendo, ya no es joven, claro, pero está en buena forma. Un intelectual del montón, sabe un poco de todo. Además, es todo un experto en alguna especialidad muy concreta. Tasador de antigüedades, por ejemplo; o calígrafo; o especialista en la cría de caracoles. No se mata trabajando, vive sobre todo de las rentas. Tiene una casa antigua, al fondo de un jardín descuidado, heredada de sus antepasados; y alrededor, en todas direcciones, se extienden los viñedos. Con unas alpargatas sobre los pies desnudos y una sencilla camisa de lino, va en motoneta a la aldea vecina a ver a un vinicultor conocido. Lo acompaña su novia, la de los viñedos; llevan una damajuana revestida de mimbre. Van a toda velocidad, el viento hace ondear el pelo de la muchacha, el hombre lleva la camisa desabrochada, el sol del atardecer juega con reflejos de bronce sobre su pecho musculoso. Llegan a casa del vinicultor, pasan un rato estupendo, charlan de esto y de lo otro, prueban los vinos, llenan la damajuana y emprenden el regreso.
A este doble mío le gusta disertar sobre las distintas virtudes del vino. ¡Ah, el pos-gusto! ¡Ah, la textura aterciopelada! ¡Ah, el matiz de corteza de pan de centeno! Está sentado en el jardín, ante una mesa oscurecida por el tiempo, caen los pétalos de los manzanos en flor. Allí mismo, bajo los árboles, hay una bañera antigua llena de agua. La muchacha reposa en ella, entre nubes de espuma. A cada momento le pide que le eche agua de una jarra, unas veces de esta —caliente— y otras de aquella —más fresquita—. Que le frote la espalda, que admire su piernecita. Entretanto, el hombre está concentrado. Examina el catálogo de una exposición de antigüedades; o traza letras con pluma y tinta china sobre una hoja de papel; o sigue la vida de un caracol adherido a una brizna de hierba. Hace girar entre las manos un vaso de tinto seco, bebe despacio. Los rayos del sol se refractan en las facetas y se dispersan como los radios de una rueda que gira en tonos de rubí, granate y ámbar cálido. Da un sorbo, le dice a la muchacha que en el vino se perciben matices nos-tál-gi-cos. «Ah… —asiente ella, sin siquiera oírlo—. Tráeme leche con hielo». Va a buscar la leche, trae una taza grande. De nuevo a la mesa, el vaso se calienta entre sus palmas, madura el aroma. Manzano en flor, un poco de miel, rosas. Y un olor apenas perceptible a nieve. ¿De dónde sale la nieve? Los radios de rubí que se dispersan desde las facetas, los pétalos ingrávidos, las fibras de madera del tablero… Como si fuera en blanco y negro
un noticiario
una lejana región nevada, un parque de árboles negros y torcidos, un hombre camina por el sendero helado
es una música negra
se repite para sus adentros los versos de Grigori Ivánov
es la música negra de Blok que cae sobre la nieve resplandeciente
¡eh, tú! Pero si soy yo quien repite esos versos curtidos por el viento helado. Soy yo quien atraviesa el parque a duras penas. A miles de kilómetros, en el Ulán-Udé congelado. ¡Qué bien estás tú ahí sentado, disfrutando bajo los manzanos! Yo estoy jodido.
Ahora apoyándome en los árboles, ahora impulsándome desde ellos, como un cosmonauta, atravieso flotando el abismo azul surcado de ramas. No tiene sentido describir un problema, o diez, o cuántos más… La manada de lobos de la desesperanza me pisa los talones.
Mi doble en el jardín aprieta el vaso como si sostuviera a un hombre de cristal lleno de sangre cálida. ¡No dejarlo caer, romperse, saltar en pedazos! Mueve la copa un poco hacia delante… Un paso más, otro.
Cuesta arriba, por el sendero helado. Un halo amarillo sobre el letrero de la tienda. Vodka —250—, me calentará como siempre. Vine a mi ciudad natal —hace ya medio año— para sostener a mi padre, aunque fuera al borde. Pero el borde resultó estar demasiado cerca. Y las ráfagas de viento que llegan de allí no traen notas nos-tál-gi-cas en absoluto: nos congelan el corazón. No nos entendemos. Los medicamentos son desmesuradamente caros, no hay manera de encontrar trabajo en la ciudad. Los créditos, los pagos de la vivienda. Depresión. Angustia
punto
de pronto suena el móvil. Una fragancia de manzano en flor. Un poco de miel, rosas. Es Rusia
más allá de la vida y del mundo
en los abismos del éter helado
aun así no me separaré de ti
2017





@nevsky_alexander
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