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Hoy, justo cuando me disponía a cruzar corriendo una ancha carretera —por donde no se debe—, me detuvo un buriato triste. Llevaría tres días bebiendo; me preguntó dónde estaba la estación de autobuses. Le dije: todo recto; sigue siempre recto. Hizo ademán de echar a correr, pero lo agarré: ¡adónde vas, que vienen coches! Luego me lancé yo y él me agarró por el cuello de la ropa y tiró de mí, sacándome de delante de un Nissan. Así nos íbamos atrapando el uno al otro a orillas del río de hierro. Tuvimos que lanzarnos al otro lado casi abrazados, protegiéndonos mutuamente. Le grito que vengo de Moscú, que me he quedado aquí, que mi padre está en el hospital, ha sufrido un ictus.

Y el hombre grita que él es de Gusinooziorsk, que ha traído carne, tiene parientes aquí, venden en el mercado. Él trabaja de algo en una subestación. Estupendo, ha vendido toda la carne.

¿Qué tienes de bueno allí, en Gusinooziorsk?

Pero entonces me encontré con un colega, hicimos la mili juntos. Nos pillamos una cogorza de alegría. Mi mujer mientras tanto duerme, bueno, no duerme, está tumbada para no levantarse, para no armar trajín. Con nosotros viven mi hijo y mi nuera. Tengo un nieto, una nieta. Luego vino corriendo el consuegro, y mi hermano, y mis tíos, yo qué sé cuántos. Nos pusimos a beber. Mi hijo trabaja en el servicio de guardia, llega tarde, se cansa, para no despertarlo. ¿Y tú en Moscú vivías bien? ¿Qué tiene de especial aquello?

Ah, pues en Moscú se está bien. Trabajaba de artista en el RDM.

Sabes, en invierno todavía está oscuro, fuera hace un frío de muerte, entro al turno a las seis. En la cocina, sin hacer ruido para no despertar a nadie, pongo tres salchichas en un cazo y les echo agua hirviendo. Me preparo un té en una taza, bien cargado, con leche. Mientras me voy arreglando. Me tomo el té; tenemos un ventanuco pequeño, abajo, me fumo un cigarrillo. La gente ya va corriendo, unos al trabajo, otros a donde sea. Figuras blanquecinas en la ventisca blanca, la nieve lo barre todo. Y a mí me toca irme. ¿Qué dices de Moscú? ¿Qué recuerdas de allí, lo más importante?

Ah, yo… Una vez fuimos con Marina a Pirogovka, al embalse. Un viaje largo, en autobús. Después andando. Y allí estaba todo construido: chalés por todas partes, vallas. No había manera de llegar al agua. Unos perros enormes, pastores caucásicos, ladrando. Pues seguimos y seguimos. Empezaron a aparecer bosquecillos. Colinas, nuestra naturaleza, salimos al canal. Todo ancho, espacioso. Bosquecillos de abedules en las laderas. Y el día gris, ventoso, un rizado gris acero sobre el agua.

—¡Hala… hermano! —gritó el hombre—. ¡Como si hubiera estado yo mismo! —Hasta frenamos los dos nuestra carrera. Los coches aullaron, encabritaron los capós, enseñaron los dientes de sus rejillas. Olor a goma quemada de los neumáticos desgastados.

—Pues nosotros… —Ya me falta el aliento. Si ahora perdemos este impulso, este movimiento, los monstruos de hierro nos rodearán en manada y nos aplastarán—. ¡No te mees, Moscú, que salimos de esta! —grita el hombre—. ¡Vamos, Gusinooziorsk! —lo animo yo—. ¡Uragshá, joder! ¡¡Los paracaidistas no se rinden!! —Nos lanzamos y saltamos en distintas direcciones.

—Eh… —prosigo—. Llevamos una botella de vino, queso y eso. Encendemos una fogatita, asamos unas salchichas. Nos sentamos, bebemos. El cielo profundo, gris. Un color denso, que va tirando a azulado. Y el propio azul, en unos sitios se diluye hasta ponerse blanquecino y en otros, al contrario, se acerca al ultramar. Y todo se refleja en el río. Hierbas en las orillas, juncos que sobresalen.

—¡Eso es, qué bien os lo montáis los moscovitas! —Salimos a la orilla, recobramos el aliento. Y el viento se llevó al hombre, se lo fue llevando cada vez más lejos, hacia la estación de autobuses. Era como si me hubieran metido en la cabeza un cubo translúcido. La penumbra y el frío de Gusinooziorsk, una cocinita cálida, la casa llena de respiraciones vivas. El hombre bebe té, fuma con cuidado por el ventanuco. Y quizá él también haya guardado en la memoria nuestro día gris, el rizado del agua, las panojas de las hierbas que cabecean. Nosotros sentados, mirando, bebiendo vino. Y así… todo respira, el mundo todavía se sostiene mientras estamos aquí.

Fuente: «Baikal», 2017, n.º 4, pp. 103–104. Texto preparado a partir de una copia escaneada de la publicación en la revista.