Me fui en bicicleta a unos barrios lejanos —los del ciento y no sé cuántos—, a una enorme tienda de materiales de construcción. Necesito pegamento, masilla, espátulas, pintura en aerosol: estoy trabajando en un objeto artístico en el taller, preparándome para una exposición. Frente a esos barrios, si giras a la derecha y sales a las laderas que se desploman hacia la isla Bogorodski, hay un lugar maravilloso. Se abre una inmensidad sobre la ciudad lejana, sobre las colinas azules, sobre la estepa, sobre el Selengá. Llevaba la cámara, hice unas fotos panorámicas de la ciudad. Bebí té del termo, me comí una barrita de cereales y fruta.
De pronto resultó que había perdido la bolsita con la cadena y el candado para asegurar la bicicleta: iba sujeta al portaequipajes, pero se había desprendido en alguna parte. ¡Oh, maldita sea! ¿Cómo voy a dejar la bicicleta? Siempre me espera atada con la cadena mientras entro un momento en una tienda. Me lancé de vuelta sobre mis pasos, por donde había llegado: ¡tengo que encontrarla! Una especie de sexto sentido parecía indicarme el camino. Y… ¡ahí está! Tirada a un lado del sendero, nadie la había tocado.
Con la cadena recuperada me fui a la tienda, amarré la bicicleta a la entrada. ¡Cuántas cosas necesita un artista! Barnices, pinturas, tintes gritaban desde los estantes: ¡cómpranos, si nos necesitas! Pero qué va… Ya lo compro todo a crédito; las sombras de bancos enormes me rondan, vigilan cada kopek. El corazón se me deshacía en lágrimas ante aquel delicioso aerosol… ¡Ay, cómo pintaría mi objeto artístico! Pero… Bueno, metí en la mochila lo que pude, salí disparado hacia el taller.
En el puente del Udá venía de frente un hombre extraño, uno de esos medio locos de la ciudad. Llevaba dos perros pastores con correa; detrás corría un niño con una bicicleta. Me apreté contra un costado para dejarlos pasar, pero uno de los perros, nervioso, alterado, al parecer se asustó de algo y ¡zas!, me clavó los colmillos en la pierna. ¡El dolor me abrasó el tobillo! Me lancé hacia delante, por poco derribo al niño. El idiota gritaba, los perros ladraban como locos y tiraban de las correas, el niño lloraba. Por el puente retumbaban los tranvías, rugían los coches, abajo bullía el Udá, por el cielo volaban nubes gigantescas.
Bajé del puente y allí, donde está la cruz dorada —el lugar donde se fundó la ciudad—, había unas mujeres borrachas, con pinta de vagabundas, tiradas en un banco y debajo de él. Botellas y desperdicios por todas partes. Un poco más abajo, junto a la fuente pública, me detuve, me puse en cuclillas y empecé a examinarme la pierna. Tres surcos de los colmillos; había brotado sangre. ¿Y si esos chuchos tienen rabia? ¿Voy a urgencias? ¿O al taller? Aunque, bien mirado… me enterrarán aquí (en la colina verde junto al Río Azul; pondrán una gran bandera roja sobre mi tumba; pasarán las nubes: un saludo para Malchish; pasarán los coches a toda velocidad: un saludo para Malchish; ladrarán los perros: también un saludo).
Pero ¿Quién está por encima de todo esto —pensaba yo—, grande y todopoderoso? Su presencia está en todo: en las nubes, en el río, en la cruz dorada. En las pinturas, en el objeto artístico, en el taller lleno de luz solar. Y Él me dijo: ¡levántate y anda! No te comas la cabeza, sigue haciendo arte.





@nevsky_alexander
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