Después de recorrer a pie doce kilómetros desde la «esquina» por el camino a Monájovo, me detuve de pronto, como si hubiera chocado contra una barrera invisible.
El camino forestal trepaba por ondulaciones soleadas, se zambullía en la penumbra de las hondonadas y, como una cremallera, separaba el bosque, que susurraba húmedo tras las lluvias. El azul del cielo se desplegaba en toda su anchura sobre las copas recortadas y dentadas, que poco a poco se apartaban… Y parecía que no hubiera nada más en el mundo. Solo el camino, el bosque, el cielo.
Y los mosquitos.
Hasta Monájovo quedaban unos ocho kilómetros.
Aquel camino se estiraba de una manera extraña, como si fuera de goma. Me estaba quedando fuera de plazo, y sin fuerzas también. Se hacía sentir el cansancio de tantos días de marcha. ¡Y por aquel camino no había que andar, sino correr! Pese a la pesada mochila, sin descansar ni detenerse. Atraviesa el istmo pantanoso de la península de Sviatói Nos, en el Baikal (en realidad, desde la «esquina» de la bahía de Barguzín hasta la «esquina» de la de Chivyrkúi). Para mis adentros lo llamaba el «camino de la muerte». Todo por los mosquitos.
Pero me había detenido… y contemplaba con sorpresa aquello que me había llamado la atención. En la cuneta, entre los arbustos.
Una pequeña verja funeraria, torcida y cubierta de maleza, con una pirámide oxidada, pintada en otro tiempo con pintura plateada. Ni una cruz, ni una estrella, ni rastro de nada… ¿Qué desdichado había encontrado aquí su última morada? Aquel motivo de cementerio (evocado al son amortiguado del tedioso zumbido de los chupasangres) no contribuía precisamente al optimismo. De los ojos me caían lágrimas.
Aunque no porque me hubiera puesto a pensar en lo efímero de la vida terrenal. Un excursionista solitario que atraviesa altiplanos pedregosos, vaga por barrancos salvajes y espesuras impenetrables no tiene tiempo para pensar en eso. Aunque a veces… acabas reventado después de todo el día, te bebes de un trago una taza de agua helada en la que has disuelto una pastilla de caldo, sueñas con meterte en el saco de dormir empapado. Y, por alguna razón, es justo en ese intervalo (entre la «cena» y la «cama») cuando se cuelan, arrastrándose. Los pensamientos sobre lo efímero.
No, no… el sudor me corría por la frente. Al mezclarse con el venenoso repelente antimosquitos con el que tenía que rociarme a cada rato, el sudor se convertía en un ácido que corroía los ojos y la piel. Aquel espray químico, ya probado, antes había tenido un efecto «tumbaalas». Pero a las «pirañas voladoras» de allí (sospecho que un orden especial, desconocido para la ciencia, que se había multiplicado sobre aquel camino) solo les impresionaba durante los primeros diez minutos. Tras las lluvias, el calor iba encendiéndose. Una nube gris de mosquitos, atravesada por tábanos y avispones (¡una asquerosidad inconcebible!), oscilaba sobre mí.
«Cómo habrá acabado aquí… —seguía yo cavilando ante aquella triste morada—. Seguro que fue un conductor que se estrelló borracho. Porque aquí, como en todas las malas carreteras de Rusia, ese es el deporte extremo nacional. Emborracharse y seguir empinando el codo. Salir disparado a buscar vodka, da igual adónde. Pero, a su vez, la muerte, con un susurro inaudible, alcanza al fugitivo. Le roza suavemente el hombro. Le da un empujoncito en el brazo. El coche sale volando por el terraplén». En la bruma deslumbrante de aquel día furioso, la imagen confundía mi conciencia abrasada.
Pero entonces se presentó una ocasión…
¡Y qué ocasión!
A mis espaldas susurró algo gris plateado… (¿Una nube de mosquitos supergigante? ¡¿Un avispón mutante?! ¡Ahora me derriba!) ¡¡Un todoterreno!! De una manera increíble, se condensó en una masa, se materializó… ¿O era una niebla alucinatoria que me bailaba ante los ojos? ¿Puntos luminosos? ¿El ácido cáustico que colgaba en gotas de mis pestañas? No, era completamente real. Mate. Y pintado con pintura plateada. La comparación surgió involuntariamente en cuanto aparté la mirada de la pirámide de la cuneta.
El fantasma que había pasado susurrando frenó, se asentó elásticamente sobre los amortiguadores y me guiñó las luces, invitándome a acercarme. Sorprendía en el coche una limpieza un tanto… fuera de lugar allí. «¿Habrá venido flotando sobre los charcos y el barro? ¿O acaban de lavarlo con champú para coches?», se me cruzó fugazmente por la cabeza mientras corría, con la mochila dando tumbos, hacia aquel todoterreno aparecido de manera tan extraña allí, en aquel rincón perdido. El conductor, con gorra de béisbol y gafas de sol, se inclinó sobre el asiento y empujó la puerta. Propuse meter la mochila en el maletero, pero el muchacho, fuerte y bronceado, se limitó a hacer un gesto con la mano… Como diciendo: venga, hombre, échala dentro, ¡no te compliques!
Mientras me acomodaba con la mochila en el asiento trasero, dije mi nombre, y él masculló algo en respuesta… El suave golpecito de la puerta al cerrarse en aquel momento pareció cortar su nombre. Pues resultaba que iba precisamente a Monájovo, donde estaban de vacaciones sus amigos. Y a ti te acerco sin problema, ¡para qué machacarte los pies! El todoterreno (sería más correcto decir el «sobreterreno») empezó literalmente a flotar… Con una potencia contenida vencía las subidas, trazaba las curvas con suavidad y, tanteando concienzudamente el fondo de los charcos verdosos con sus cuatro ruedas motrices, los surcaba sin apenas levantar salpicaduras. Dirigiendo el sonido armonioso de una orquesta, aquel maestro del terreno forestal sin caminos hacía bailar los dedos sobre el volante con toda facilidad. En el anular derecho le brillaba una sortija maciza; las facetas de oro y cristal del reloj que adornaba su muñeca despedían reflejos de sol.
Mi aparatosa mochila me pareció de pronto una especie de «sobrinito» de pueblo que se hubiera presentado sin avisar en casa de sus parientes de la capital. Hasta el tapizado aterciopelado de los asientos se arrugó con repugnancia bajo su peso… (Y ella, toda cubierta de manchas, como si le hubieran proyectado encima un mapa de los itinerarios recorridos: el verde de los bosques, las mesetas marrones, las venillas de los ríos. Embarrada, arañada por las ramas, chamuscada junto a las hogueras. Repleta hasta los topes de todo lo necesario. Cargada con la tienda, el saco de dormir, el rollo de la esterilla; todo húmedo, con olor a humo. Y además llevaba atados, en una bolsa de lona, unos cantos rodados del Baikal, planos como discos y de un colorido asombroso… El latido del oleaje, grabado en su memoria de piedra, puede escucharse en las tardes de invierno. Y sobresalía la antena enfundada de la caña de pescar. Y unos retorcidos troncos, jirones de los sueños del viejo Baikal, labrados por el viento y el mar, iban atados encima).
El frescor artificial tenía algo de ultratumba, el ionizador exhalaba un perfume floral dulzón, la música de los altavoces ocultos taladraba con estúpida monotonía, no había dónde escapar del parpadeo de los instrumentos del salpicadero y de la pantalla del navegador. Toda aquella caja estaba atiborrada de electrónica, atravesada por radiaciones… ¡como si me hubieran metido en un microondas! Detrás de un reposacabezas muy especial solo se veía la parte de arriba de la gorra del conductor, y el retrovisor, ¡qué extraño!, no reflejaba su cara.
Cuántas veces me habían llevado en coche, habían compartido conmigo lo necesario personas de lo más diversas (¡gracias a todas ellas!). Aquellos a quienes encontraba podían ser cualquier cosa en la vida cotidiana, pero en los caminos del bosque, al incorporarse a la eterna hermandad de caminantes y viajeros, esos «hermanos» recién convertidos siempre se interesaban por un hombre de mucho andar. Dónde has estado, qué has visto, si durará mucho el calor, si cambiará de rumbo el frente de tormentas, qué tal se presenta la pesca y… ¿hay osos por ahí? Y ahora, deseando entablar conversación, expresé mi opinión sobre el tiempo y la pesca: ¿qué podía venir más al caso? Dije que después de Monájovo iba a Katún, y luego a la ensenada Okúnevaya, donde había estado el verano anterior y que me había gustado mucho. ¡Ah, los osos! Sí… ¡Yo mismo había tenido ocasión de toparme con ellos! Describí con vivos colores lo que había visto el verano anterior. Gracias a Dios, aquella vez no estaba solo. Me llevaban unos muchachos en un UAZ de lo más corriente… ¡Y de pronto! ¡¡En el camino!! ¡¡¡Salió ante nosotros y se plantó un veterano Toptyguin, un señor oso!!! Estaba «cubriendo» a otro de los suyos, más pequeño, que huyó a los matorrales a su espalda. ¡Y aquel, enorme, semejante mole negra! Un verdadero capo, con las garras abiertas en abanico. Y, como «en jarras», pareció «hacernos señas» para que nos acercáramos. Como si hubiera quedado allí para un ajuste de cuentas. ¿Qué pasa, colegas, ya habéis llegado? ¡Venga, salid, que tenemos que hablar! Naturalmente, sin esperar a aquellos «colegas» que se habían acordado de su madre y de su padre (¿o los habían olvidado?), el plantígrado se retiró sin prisas a la taiga. Pero ¿para qué me desgañitaba yo?
Cabía suponer que mi compañero, callado (y, al parecer, indiferente a los senderos vírgenes, la pesca y los osos), tendría… treinta y pocos años. «¡Si le saco unos quince años!», sonreí para mis adentros. Pero ¿de qué me reía? El espejo reflejó mi pelo largo, escapado de un ridículo sombrero de tela arrugado, la barba incipiente y áspera, la camiseta desteñida. Las huellas de las batallas contra el ejército alado (las manchas grises de sudor, las rojeces arañadas en las mejillas hundidas y los pómulos) no me daban un aspecto más respetable. Al cuello, un cordón con un amuleto ensalmado; en la muñeca, una brújula gastada que ya había servido a mi padre. ¡Un auténtico empollón! De niño (¡no hace falta ir a una adivina para saberlo!) había sido un aplicado lector de Julio Verne, Fenimore Cooper y Jack London. ¿Y el célebre médico y viajero francés Alain Bombard? (Ya en la cuesta de sus años, a los 72, cruzó el océano Pacífico en un bote salvavidas hinchable). Me dormía y me despertaba con su libro «Náufrago voluntario» debajo de la almohada.
El muchacho al volante preguntó con indiferencia, con una voz uniforme (igual que el rumor del motor), por qué andaba yo solo por ahí. Porque sería… aburrido, ¿no? Y, en fin, daría algo de miedo. Peligroso, ¿verdad?
—Bueno, peligroso… —siempre me desconciertan esas preguntas—. Pongamos por caso un domador de leones. Para él también es peligroso entrar en la jaula de esas fieras, y lo sabe. Y le da miedo. Pues que los duerma con unos disparos paralizantes. Y luego que entre tranquilamente.
—Al domador le pagan por eso —replicó mi contrincante.
—Había un anuncio estadounidense muy famoso, ganó todos los concursos de allí. «Si alimenta mal a su perro, se volverá huraño». Pues bien, ¡si no vences tu miedo, también te volverás huraño!
Y el conductor guardó un silencio huraño.
Enseguida entramos en Monájovo. Todo ocurrió con una rapidez casi convulsiva: él frenó, yo me las arreglé para salir con mi mochila… La nube susurrante se disolvió en el aire junto con el humo azulado del escape.
La ensenada de Monájovo, profundamente encajada entre las laderas de la taiga, está resguardada de los vientos y bordeada por una franja de playa arenosa. Una aglomeración de coches, todo ocupado por tiendas de campaña. Lanchas y botes a motor, chillidos de niños, música atronadora. En fin, bullicio. Me eché la mochila a la espalda y tiré camino adelante; el camino rodea la vega pantanosa que hay detrás de la playa. No podía decir que no estuviera contento. (¡Con qué facilidad me había «saltado» aquellos ocho kilómetros, que de otro modo se habrían estirado hasta dieciséis!) Pero, al mismo tiempo, era como si me hubieran planteado un problema en aquel camino y yo hubiera pasado las páginas para mirar directamente la solución.
Y debería descansar, encontrar un rincón en la orilla. Zambullirme en el frescor de las olas, quitarme el sudor y aquel veneno tóxico. Hervir agua para el té, dejar pasar las horas de más sol. Pero tenía prisa por llegar a Okúnevaya antes de que oscureciera. Allí sí que iba a disfrutar a lo grande. Acampar, bañarme, pescar. ¡Sueños!
Cerrando la ensenada se alza una elevada escarpadura. De allí parte el sendero hacia el extremo norte de la península, pasando por Katún y Kurbúlik hasta Krestóvskaya. Con el calor, la subida resulta agotadora. Desde la cima, sobre el precipicio, se abría la panorámica de la cordillera de Barguzín a lo lejos, extensiones inabarcables, la inmensidad del agua. Un Cosmos de piedra caído, hincado en bloques y peñascos. Mundos de taiga extendidos hasta donde no alcanza la vista… Como si Aquel en cuyas manos está el Reino de Dios te ofreciera a ti solo, ¡por su inmensa gracia!, el Cáliz Inagotable, lleno de bruma azul hasta el borde del horizonte. Y bebes de él hasta marearte… tragando viento, reparando de pronto en una diminuta lancha que, como un zapatero de agua, despliega tras de sí unos bigotes blancos de espuma y corre quién sabe adónde. La costa está recortada por ensenadas. Delante, tras dos abruptos espolones que se adentran en el agua, se encuentra Katún.
Examinaba atentamente con los prismáticos la poderosa frente rocosa del espolón más lejano. A sus pies se rizaba el verdor y sobresalía una puntita casi blanca, parecida a una media luna de arena. Por ella paseaban gaviotas (al parecer, era su base aérea). Desde arriba se veía cómo la arena purísima de la orilla, de suave pendiente, iba desapareciendo en el agua en una aureola que pasaba del blanco amarillento al esmeralda (y más allá se volvía violeta). Enseguida surgía la imagen de una «islita» paradisíaca y deshabitada en el océano. De un brillo irreal, fotográfico, como en un anuncio. Si pudiera llegar hasta allí… pero ¿cómo? Superar el espolón más cercano (lo recorrían líneas de puntos de senderos), bajar por aquellas… y aquellas «mejillas» rocosas y pedreras hasta el agua misma; pero aquella roca de allí, ¿cómo rodearla? Caía a pico y se hundía en las profundidades. Qué maravilla plantar la tienda allí, en una «isla» prácticamente propia… Escuchar la música de las olas, conocer a las gaviotas. ¡Sería fantástico! Pero el espolón más cercano era bastante difícil. ¿Y qué decir del de más allá? Solo perdería el tiempo. Bueno, si se presentaba la ocasión, exploraría.
Saqué la cámara e hice unas cuantas fotos. Me bebí la media botella de plástico de agua que me quedaba, acabé un puñado de orejones pegados unos a otros que había encontrado en el fondo de un bolsillo de la mochila y unos trozos de chocolate con migas de pan seco. La actriz francesa Fanny Ardant (que siempre tiene algún problema con el exceso de peso) se habría muerto de envidia de mi dieta.
El sendero, bien marcado, se internaba en el bosque, bordeando por arriba las laderas escarpadas. Al cabo de un kilómetro y medio advertí una bifurcación. Una senda menos transitada descendía por la ladera de un barranco… ¿No llevaría al primer espolón? ¿Y así tendría una oportunidad de llegar al segundo? Y entonces, quién sabe, quizá apareciera una bajada (o un acceso lateral) a la puntita que había elegido. Con esa idea, me desvié hacia la profunda penumbra adonde no llegaba el sol del mediodía. Bosque mixto; árboles derribados por el viento. El griterío de los pájaros tan pronto se apagaba como volvía a estallar. Los mosquitos se comportaban de manera más «organizada». Al parecer, una «banda», al chocar contra el aura antimosquitos que me rodeaba, después de zumbar con rabia e impotencia, me pasaba «de ala en ala» a otra «banda», que se lanzaba enseguida a un ataque inútil. Ramas, hojas, cortezas y demás restos del bosque sobre el sendero estaban triturados, molidos hasta hacerse polvo. Cabía suponer que por allí pasaban vacas. Pero qué vacas guerrilleras eran aquellas… ¿De dónde salían? Tras alcanzar el punto más bajo, el sendero volvió a dispararse cuesta arriba. La maleza se aclaró y quedó atrás. Delante se alzaba una ladera en forma de cúpula, cubierta de arbustos y hierba. Parecía el costado empinado de un caldero de cobre de unos nómadas gigantes, aún caliente después de un pilaf abrasador (mis asociaciones eran gastronómicas, pues había desayunado una taza de sopa y té con pan seco a primera hora de la mañana), volcado y abandonado allí para siempre. Unos bloques de granito, erosionados hasta formar «pilas» de capas, estaban incrustados a cierta distancia unos de otros; se podían rodear por una sendita que se había vuelto apenas visible, como borrada. Desechadas aquellas estúpidas fantasías sobre vacas, pensé que seguramente era una senda de cabras. Pero… ¿qué cabras? ¿Domésticas? ¿Salvajes? Otro disparate. La ladera se volvía gris ceniza, quemada hasta hacerse polvo, lamida por los vientos hasta dejar calvas pedregosas. Llevaba sandalias deportivas, con unas correas especiales que sujetaban los tobillos. Sin embargo, en aquella pendiente la suela se retorcía de lado, y las piedrecillas y la arena se metían bajo el pie. Aquello no servía, desde luego, para hacer el cabra por la montaña. En la mochila tenía, por supuesto, unas magníficas botas todoterreno con suela de buen agarre. Detenerme, cambiarme de calzado, perder tiempo… Para eso era mejor (¡y más sensato!) dar la vuelta. Pero regresar por las profundidades del bosque se me hizo de pronto insoportable. Y la pendiente era cada vez más pronunciada, había que trepar hacia arriba, así que el estómago se me encogía no solo por el hambre… Apareció el desagradable escalofrío del peligro. La mochila iba cargada por encima de la cabeza, con el centro de gravedad desplazado hacia los hombros (así es más fácil andar por un camino llano), ¡pero ya no se puede saltar como una cabra montés! Tan pronto dabas una cabezada hacia delante como te tiraba hacia atrás, no había manera de sostenerse. Abajo se amontonaban las piedras. Las lenguas blancas de las olas al romper lamían sus aristas dentadas con un aire demasiado carnívoro. La maldita senda se había adelgazado hasta convertirse en un hilo. Qué cabras ni qué nada… ¡aquello lo habían pisado ardillas terrestres suicidas! El hilo se deshacía en tramos cortos y absurdos que no llevaban a ninguna parte, se reducían a nada, desaparecían. Solo se podía avanzar trepando a un «nivel superior», arrastrándose hasta la siguiente terraza estrecha y sinuosa. Pero también esta terminaba contra otra fractura de granito; había que buscar un rodeo, o abrirse paso a las bravas. Los arbustos, la hierba, al agarrarte a ellos, se arrancaban de raíz. El apoyo del pie o se volcaba con la piedra o se desmoronaba en terrones. ¡¿Para qué demonios me había metido allí, en busca de qué «paraíso» mítico?! Si hubiera seguido a la sombra del sendero del bosque, ahora estaría bajando hacia Katún. Y en cambio había ido a dar contra una «crin» rocosa y buscaba algún «agarre» para superarla. ¡Dar la vuelta!
Y de pronto unos segundos quedaron fuera, borrados de mi vida.
Los dedos se convirtieron en garras. Eso ocurre cuando uno queda suspendido a veinte metros de altura. Me aferré con las garras (y también habría clavado los dientes-colmillos, de haber tenido dónde), intentando sostenerme. ¡La voluminosa mochila, en cuanto me inclinara un poco, me vencería con su peso y me volcaría! La suela de la sandalia izquierda se había retorcido hasta quedar casi vertical; solo la punta (y los tensos dedos del pie) sostenía casi todo el peso del cuerpo, concentrado allí. El pie derecho, con el borde interior hacia la ladera, apenas cabía en una repisa estrecha que se desmoronaba. Detrás, en la bruma azulada del sol que abrasaba sin piedad, se extendía la bahía de Chivyrkúi. Las gaviotas, si es que revoloteaban lanzando gritos cada vez más lastimeros y alarmados… pero qué gaviotas ni qué nada…
Pero ¿cómo me había «trasladado» (¡casi un metro hacia arriba!) desde la senda-repisa inferior para acabar en aquel maldito «punto muerto»? Algo me había golpeado en la nuca… ¿Una insolación? No, no… ¿Acaso no había sentido algo susurrante detrás del hombro? ¿Acaso no me había empujado?
Y cómo había presumido allí, ante aquella triste señal enviada como advertencia. ¡Qué me importaba a mí lo efímero de la vida terrenal! Y entonces habían mandado a buscarme a un emisario en un «medio de transporte» pintado de plateado. ¡No iba a presentarse en un coche fúnebre! (¿O era el alma de aquel desdichado, errante y sin reposo? ¿Seguía corriendo sobre el camino, confundiendo a los viajeros solitarios?) Y había tenido un presentimiento. El frío de una tumba abierta, el sofocante aroma floral, el minimalismo de ultratumba de las pistas musicales, el parpadeo infernal del navegador, que también había detectado mis pensamientos, demasiado seguros de sí mismos en aquel momento.
El espejo vacío, los reflejos de cristal en las gafas impenetrables, la sombra oblicua del largo pico de la visera.
A un Emisario de las Tinieblas difícilmente le interesaría el tiempo o la naturaleza. (¡Y debería haberme puesto en guardia!) Pero yo, como intoxicado por tanta química (junto con mis «queridos» mosquitos), ¡le había estado zumbando delante! Había revelado mi itinerario. Había contado lo que había visto de la vida de los Gigantes del Bosque. Todo lo relacionado con ellos tiene un sentido sagrado.
Los dedos-garras resbalaban buscando una grieta, un arbustito, una brizna de hierba que ofrecieran un agarre más seguro. Para regresar (todavía lo esperaba), debía trasladar el peso a la pierna derecha, agacharme sobre ella y tantear con la izquierda algún saliente allí… (en la nada, me parecía; en el abismo). ¿Probar hacia delante? Pero entonces, avanzando de algún modo de lado, acabaría sobre la «frente» de la roca. ¿Quedar colgado de ella, aplastado contra la piedra sin apoyo alguno? ¿Y qué había más allá? Una cosa estaba clara. A partir de allí solo iría a peor.
Alto, alto. Lo principal era no morirme de miedo antes de tiempo. Cómo lo decía Alain Bombard… A ver, de memoria… Miles de náufragos no murieron por falta de agua y comida. ¡Meciéndose sobre el abismo en las olas indiferentes, bajo los gritos lastimeros de las gaviotas, murieron de miedo!
Yo casi había naufragado.
Pero… qué chorrada estaba resultando todo aquello. ¡Un Emisario de las Tinieblas!
¿Qué película me había montado, en serio? Millones de tíos normales andan por ahí en cochazos de lujo. Y uno de ellos había recogido a un tipo solitario en el camino. Y a este se le había metido en la sesera vete a saber qué. Se había recalentado al sol. ¿Qué fuerzas malignas? Parecía un argumento de Stephen King, el «rey del terror». Demasiadas lecturas.
Pero si el mundo está organizado para que los tíos normales conduzcan cochazos de lujo y deseen comprarlos cada vez más sofisticados, más lujosos. Para eso los tíos se parten el lomo, para ganar dinero para los cochazos de lujo. Aunque otros se lo han montado mejor. Por distintos medios les quitan la mitad a los currantes y se compran ellos mismos sus cochazos de lujo. Unos y otros se pegan tiros de vez en cuando. Todo normal. A alguno le gusta el climatizador, el ionizador floral, la música que taladra y el reposacabezas que se regula pulsando un botón… ¿Qué tiene de malo irse acostumbrando al microondas particular antes de que la civilización (a juzgar por el cambio climático, hacia eso vamos) se ase en el horno global? Yo no tengo coche, soy un eterno «sin montura», por eso tengo envidia. Me paso un año ahorrando para alimentar mosquitos durante dos semanas, zampar sopas de sobre, bajarlas con té amargo y migas de pan seco, y tiritar de frío al meterme por la noche en el saco empapado. ¿Para qué? ¿Para beber un sorbo de viento del cáliz del mundo de Dios? Aunque sea un solo sorbo. Un sorbito.
¡Sí, sí, sí! No he hecho esto, he dejado escapar aquello, no he alcanzado lo tercero… lo quinto… ¡lo décimo! Nohecriadoniplantadoniconstruido. ¡Ahora empezaré a volverme el alma del revés!
Pero ¿qué pasaba?
Si esto era, cómo se llamaba… nunca había tenido tiempo de pensar en ello… Si todo un ejército de psicólogos se ganaba la vida con esto… ¡Eso, una crisis! ¡¡Estaba en crisis!! No sabía qué hacer, hacia dónde moverme, no podía mover ni un brazo ni una pierna. Detrás, quién sabe qué; abajo, el abismo; delante, una «frente» de piedra. ¿Tal vez la llamada «crisis de la mediana edad»? Y, si era así, entonces… Gracias a Dios, aquella extraña intuición no me atravesó como un relámpago o una descarga eléctrica (porque entonces sí que me habría despeñado; abajo, entre las piedras, ni siquiera había sitio para poner una pirámide con su verja). La intuición floreció en una aureola de color, del amarillo vivo y el verde esmeralda al violeta que se hundía en las profundidades.
¡Pero si había acabado en la cuesta de mis años!
¡Desde luego! ¿Qué duda cabía? ¡La cuesta de los años, esa misma!
Dios mío… ¡Nunca había pensado que fuera a ser así, de pronto! ¿Cómo había podido ocurrir? Porque aquella cuesta, yo pensaba… todavía estaba lejos. ¡Faltaba tanto! La mochila imposible de levantar que me oprime los hombros, que tira de mí hacia abajo… debe de ser la carga de lo vivido. Mi experiencia vital, los encuentros y las despedidas, el triunfo y la desesperación. (Y no tengo nada más valioso). ¡Pero hay unas normas generalmente aceptadas! Uno, en la cuesta de sus años, estudia chino antiguo; otro (como Serguéi Mijalkov, por ejemplo) tiene descendencia. Yo, por supuesto, no tengo esa posibilidad. A Alain Bombard aquella cuesta se le presentó en forma de océano Pacífico. Paul Bragg, autor del famoso método de ayuno, incluso se deslizaba por la cuesta de sus años… mejor dicho, surfeaba las olas del océano cuando tenía 86. Fue una ola la que lo aplastó, se ahogó. ¡Qué extraño! ¿Qué sucede en la cuesta de los años? ¿Empieza el individuo a «rodar» hacia abajo? ¿O, por el contrario, asciende? Para mí esto es muy importante. Porque, a veces, ciertos personajes, ciertos patriarcas, empiezan sus memorias así: «Y ahora, desde la cima de mi edad…». O: «Hallándome en la cima de mis años…». ¿Así que existe una cima a la que conduce esta cuesta?
¿Y qué vio León Tolstói desde aquella cima?
¿Y Iván Bunin? No hay nadie, viene a decir, en el mundo sublunar, solo Dios y yo. (En el célebre poema «Noche helada, mistral», escrito a los 82 años).
Claro que se podía reflexionar sobre aquello… Pero no dejaba de ser absurdo… Los músculos tensos se entumecían, perdía las últimas fuerzas. Las suelas desmenuzaban la miserable repisa, caían tierra y piedrecillas, como si debajo de mí estuviera aquel mismo cuello por donde desaparecen los granitos de arena-segunditos… ¡el tiempo de mi vida! ¡Había que hacer algo urgentemente!
¡Le diera las vueltas que le diera! Quedaba la salida más insensata y desesperada, pero también la única.
Y entonces, con todas mis fuerzas, trepé hacia arriba, empecé a escalar hacia el cielo mismo.
¡Muchachos! ¡No os desesperéis nunca! Aunque os encontréis en una situación de mierda, en una crisis o en la cuesta de los años… ¡Nada de pánico! Lo principal es actuar. Aunque sea muy despacio, pero sin parar, con un vector de avance, aunque sea centímetro a centímetro, salir de la mierda. Porque yo subí aquella ladera, estuve una hora trepando. Y luego me senté, descansé y no hacía más que escupir hacia abajo. Y desde allí distinguí la segunda ladera… el espolón lejano… ¡Vaya, superarlo sí que era realmente imposible! Sin equipo de escalada no había nada que hacer. Pero se me ocurrió algo mejor. Tengo un amigo que vuela en parapente y me ha prometido enseñarme. Así que el año que viene…
En fin, ¡muchachos! Si vais en un todoterreno o a toda velocidad en una potente lancha y veis a un caminante solitario con mochila, o a un excursionista colgado de una roca, o algo parecido pasa volando por el cielo, o alguien se debate en medio del mar… Deteneos y preguntad: «¿Qué tal, tío?». Y prestad ayuda si hace falta. Ese, seguramente, seré yo sin falta.





@nevsky_alexander
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