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Cuando el Señor pintó el Baikal (y Él, sin duda, es un Artista), empleó una técnica pictórica espesa, densa (la llamada técnica del empaste).

Lo sorprendente es que Vladímir Nikoláievich pinta sus cuadros precisamente en ese estilo. Lleva ya un cuarto de siglo trabajando de artista decorador en el Palacio de la Juventud (en Mytishchi), y en sus ratos libres pinta. Vladímir Nikoláievich no escatima pintura. Exprime casi un tubo entero y ¡zas, zas!, con la espátula… ¡Así y asá! Otro tubo; y otro. ¡Carmín, azul celeste, verde esmeralda, amarillo de estroncio! Cada pincelada es tan generosa (como el alma de Vladímir Nikoláievich) que los cuadros parecen peludos.

Hace poco pintó un cuadro en el que estoy en el Baikal: en cuclillas junto a la orilla, donde rompen las olas, limpiando pescado. El propio Vladímir Nikoláievich nunca ha estado en el Baikal, pero lo pintó por lo que yo le conté y mirando además las cien mil fotografías que he hecho, yendo cada año de excursión al Baikal. A decir verdad… nadie adivinaría que el retratado soy precisamente yo… (es decir, se ve muy vagamente que soy yo). Bueno, hay un tipo desgreñado sentado en la orilla que sonríe y está despiezando, se podría decir… ¿una especie de atún, quizá?, ¿o un tiburón? (con el tamaño del pez, Vladímir Nikoláievich se pasó claramente).

Si yo he hecho unas míseras cien mil fotos, Vladímir Nikoláievich habrá pintado un millón de cuadros. Los lleva a la galería local, a la Unión de Artistas, a alguna exposición… Y se queda sentado, dormitando, como dormido. Pero la mayor parte de sus obras se guarda en los «fondos de reserva» (en realidad, en el refugio antiaéreo que hay bajo el Palacio). Por culpa de eso es imposible entrar en el refugio (no digamos ya que alguien pueda ponerse a salvo si, Dios no lo quiera, ocurre algo). Pinta sobre todo la naturaleza de los alrededores de Moscú, monasterios e iglesias, las hermosas antiguas fincas de la nobleza, restauradas (o aún abandonadas, pero hermosas de todos modos), que se conservan en el distrito de Mytishchi. Después de terminar otro cuadro, se sienta delante de él en nuestro taller (yo también trabajo en el Palacio; la plantilla contempla dos decoradores) y se queda plácidamente dormido. Luego se despierta de pronto, echa una mirada penetrante con un solo ojo… agarra la espátula… Retoca algo, quita lo que sobra. O cubre de pintura alguna parte —¡zas, zas!—, modifica algo, renueva el cuadro del mundo.

¡Zas, zas! Así y asá… creo que exclamaba el Señor al extender una puesta de sol carmín por todo el lienzo celeste sobre el Baikal, al arrojar el azul de las aguas quietas, el verde esmeralda de los bosques. Al verlo por primera vez, aquello impresiona… ¿por su desorden?, ¿por su aspecto desgreñado? Pero basta con mirar atentamente: en la espesura del carmín hay un mar de resplandores; los matices son inaprensibles, cambian con cada aliento… por el que solo cabe dar gracias a Aquel que nos permitió estar allí, hallarnos presentes.

Cada vez que tengo vacaciones me voy a las agrestes orillas del Baikal, emprendo una nueva excursión. Y veo… (es imposible cerrar los ojos ante eso) cómo esos hombrecillos, montados en potentes todoterrenos y lanchas velocísimas, armados con armas de repetición, redes de malla fina y cañas electrónicas con ecosonda, se adentran cada vez más en lugares antes inaccesibles y que por eso se habían mantenido vírgenes. ¿Y qué pueden crear ellos?

Tras ellos queda una tierra muerta, abrasada.

Montañas de basura, botellas y plástico; un vertedero.

A veces parece que lo estoy viendo: después de abrirse paso con sus potentes motores hasta un paraje remoto y protegido, un grupo se desparrama fuera del todoterreno (repta hasta la orilla desde un superyate). Las almas de aquellos seres pequeños y miserables quedan reducidas a polvo ante las bellezas que se despliegan. Es difícil asimilar todos los matices de sentido revelados en las tablas del Cielo, del Mar, de los Bosques. Sin embargo, los hombrecillos… «Bueno, venga, ¡sácalo! Vamos empezando…», ordena el cabecilla, que vigila todo sin descanso. Y sacan los sacos. El vidrio de las botellas de vodka, el plástico de las grandes botellas de cerveza, la hojalata de las latas vacías, jirones de papel, el moho repugnante de la vajilla desechable… Lo esparcen a su alrededor. Abrasan lo vivo con el napalm de sus hogueras. Talan los árboles.

¡Y les cuesta, claro que les cuesta, como a cualquier alma humana, hacer esas indecencias! Pero siguen con sus últimas fuerzas, aturdiéndose con vodka para no recordar nada de lo hecho. Bueno, ¿ya está, ya lo hemos dejado todo hecho una mierda? Sí, hecho una mierda. Ufff… Cansados, vacíos, se meten en su vehículo. Se largan, se evaporan, se disuelven en el humo azulado de la gasolina.

Sé que algún día el Artista, al fruncir el ceño y advertir un desarreglo en el cuadro, esbozará una sonrisa bajo la barba y —como hace Vladímir Nikoláievich— borrará de un gesto la manchita naranja de mi tienda en algún punto de la orilla, al pie de una montaña, borrará la chispa de la pequeña hoguera de al lado… Rozará apenas ese lugar con amarillo de estroncio puro, renovando la franja de arena donde rompen las olas.

Y yo desapareceré.

O quizá, después de echar una mirada penetrante… ¡zas, zas!, cubra de pintura a toda la humanidad, extendida como un moho gris e inmundo bajo las maravillosas puestas de sol, junto a las aguas transparentes, entre los bosques rumorosos.

Hum, Vladímir Nikoláievich… Guardará el cuadro en el sótano del Palacio. Y volverá a dormitar, resoplando plácidamente. A veces lo miro y susurro apresuradamente… «¡Padre nuestro, que estás en los cielos…!»

Fuente: «Baikal», 2009, n.º 2, pp. 77–78. Texto preparado a partir de un escaneo de la publicación en la revista.