Una vez, en los años ochenta, escribí una novela corta de ciencia ficción sobre mi Ulán-Udé natal. En ella se decía que las colinas azules que rodean la ciudad, visibles desde cualquier punto, eran los bordes desgarrados de un cráter formado por la explosión al estrellarse una nave espacial. Nuestra ciudad, fantaseaba yo, guarda en sus cimientos la arquitectura fantasmal de aquella nave estelar que llegó de las extensiones desconocidas del Universo, pero sufrió una catástrofe y se desintegró en la confluencia de los ríos Selengá y Udá. ¿Quizá alguno de aquellos «astronautas» sobrevivió? ¿Quizá sus lejanos, lejanísimos descendientes están hoy entre nosotros? Yo vagaba por la ciudad y sentía en ciertos puntos una energía que parecía emanar de debajo de la tierra. Uno puede imaginar que allí, cerca de la superficie, siguen funcionando unos «generadores» que emiten ondas magnéticas. Porque algo me atraía, quería volver una y otra vez a esos lugares y sentir cómo me llegaba al corazón la calidez de unos recuerdos antiguos… y maravillosos.
Desde la infancia se me había quedado grabado el aspecto de la ciudad «desde las alturas». Visitaba a menudo a mi padre en el trabajo —era el adjunto al ingeniero jefe de «Buriatenergo»— y veía multitud de esquemas surcados por los trazos discontinuos de las líneas eléctricas, que envolvían y atravesaban la ciudad, uniendo cuadrados, círculos y triángulos de distintos colores: eran las subestaciones de distribución. Y después, tras leer a Wells y a Efrémov, surgió la imagen de una nave espacial desaparecida, sepultada a gran profundidad bajo la realidad visible de las calles, las plazas y los edificios.
Por alguna razón, en esos lugares siempre daban ganas de beber. Bueno, oporto, por ejemplo. Y eso hacía yo. Y en nuestros paseos interminables —a menudo en compañía de otros «astronautas» como yo— íbamos uniendo esos puntos a lo largo de las líneas magnéticas que atravesaban la ciudad. Todos sus habitantes nos parecían seres especiales, impregnados de espíritu poético, propensos a las disputas filosóficas, a recitar versos, a pintar, a tocar música y a bailar; y todas las chicas eran, por supuesto, extraterrestres.
Al final de mi novela de ciencia ficción, el protagonista encuentra la «llave de arranque» y activa el lanzamiento. En las profundidades de la tierra empiezan a funcionar los motores de los cohetes. Ulán-Udé se desprende del suelo, se eleva hacia el cielo. Ella, nuestra ciudad entera, sale volando hacia otras Galaxias. Regresa a su patria ancestral.
Es, por supuesto, un argumento de ciencia ficción.
Aunque no… Lo que está sucediendo ahora convierte aquella idea de ciencia ficción en una realidad cruel. El grandísimo astrofísico británico Stephen Hawking, en respuesta a la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de retirarse del Acuerdo de París sobre el clima, advierte: «Estamos cerca del límite a partir del cual el calentamiento global será irreversible… Dentro de treinta años, los terrícolas se verán obligados a abandonar el planeta».
…Desde la ventana de mi apartamento veo el ferrocarril Transiberiano. Día y noche pasan trenes de mercancías rumbo al Este. Las plataformas van cargadas de madera hasta arriba. China está arrasando Siberia. Nuestros últimos defensores caídos —los pinos, los alerces, los abedules siberianos— parten en una corriente interminable hacia la «fosa común» del vecino Estado «amigo».
Nuestro «platillo volante» pesa cada vez más bajo la arquitectura de hormigón, bajo la horda de hierro de los automóviles. El ojo carmesí del sol asoma siniestro entre las nubes de ceniza de la taiga quemada; algunos días abrasa tanto que ¡+36 grados a la sombra parecen frescos!
Sigo creyendo que todos nosotros, los habitantes de Ulán-Udé, viajamos en una misma nave, aunque sea invisible, fantasmal. Las líneas de un amor extraordinario por todo lo elevado, lo enigmático, lo «extraterrestre» —la radiación de aquellos mismos «generadores» que aún palpitan gracias a alguna fuente eterna, inaccesible a la razón humana— atraviesan nuestros corazones y nos unen en la tripulación de una «nave estelar».
Dejaré de beber oporto, llevaré una vida sana. Si consigo vivir esos treinta años, os lo prometo, habitantes de Ulán-Udé: sé dónde está la llave de arranque, cómo introducir el código de lanzamiento. Sin embargo, no conviene confiar demasiado en mí. Tenemos que actuar todos juntos hoy: ¡dejar de destruir lo último que queda!





@nevsky_alexander
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