En Ulán-Udé, como es sabido, existe la costumbre de comprarles a los vecinos de a pie sus pisos de la planta baja y encajar allí —después de rehacer de arriba abajo, por supuesto, lo que antes era una vivienda— alguna tiendecita. En la oscuridad invernal que ha caído, en el vacío abierto entre los edificios, brillan los letreros de las tiendas: caldean el azul espeso y la soledad. Vuelvo del taller… (El chillido de la sierra circular, los dientes relucientes girando a una velocidad demencial. Todo el día cortando tablas a lo largo, clavando decorados.) El silbido del viento que barre la nieve a ras del suelo, que arranca esa nieve tenue que apenas lo había espolvoreado todo. Entro en una tiendecita, en otra, en una tercera. En un sitio no hay botellitas de cien gramos, ni las ha habido jamás en la vida; en otro tenderete, arrimado a un costado, ya se han llevado todas las codiciadas botellitas; a una tercera tienda de bebidas aún no han traído las botellitas de un trago, no les ha dado tiempo. ¿Cuánto le queda por andar, adónde puede ir quien deambula por la noche? Vacío, frío, la nieve barre toda la tierra.
Por fin, una cabañita: de cara al bosque y de espaldas a mí. Todo en ella reluce de adornos de árbol de Navidad… Botellitas, botellas y botellones. El espacio de la tienda lo ocupa entero una dependienta grande, corpulenta —como habría dicho mi abuela—. Una mujer muy gorda, vestida con algo desaliñado. Se está comiendo un pescado enorme. Seco o ahumado
el olor mullido y cálido como un plumífero chino
aceite de pescado en la cucharita que la maestra de la guardería te mete a la fuerza en la boca
devora el pescado
símbolo de Cristo
Y ahí está, la salvación al alcance de la mano —en la botellita de cien gramos—, ¡basta con estirar el brazo! Pero te encuentras con el desdén, la indiferencia, ese simple devorar pescado —una simpleza peor que el robo— de la dependienta gorda y desaliñada. ¿Y dónde están las mujeres hermosas? Todas esas maravillosas «vigilantes de la playa», por ejemplo, las de la famosa serie. Esbeltas, bronceadas, con bustos prominentes y culos firmes como balones de baloncesto. Y es como si entraras en una tiendecita tropical de esas: por todas partes, etiquetas de colores vivos en las botellas de bebidas. Una ráfaga de viento fresco, el estruendo del oleaje del océano, los trazos de las gaviotas cruzando el aire. Y tú tan bronceado, con unas bermudas multicolores, un amuleto de dientes de tiburón al cuello. Has dejado tu tabla de surf apoyada en la entrada, te duelen todos los músculos después de remontar las crestas y deslizarte al abismo entre montañas de olas. Y detrás del mostrador, una «vigilante de la playa». Y todo es alegre, amistoso. La chica guapa te sonríe, tú le sonríes, y le dices algo agradable.
La imagen luminosa relampagueó y se apagó en mi imaginación. Pero… hay algo sospechoso. Su mirada inexpresiva, que me ha recorrido de pasada; un rostro como medio borrado, somnoliento. ¿Una bata…? Como ensuciada a propósito, una especie de túnica informe. El brillo de atrezo del oropel de las botellas, los decorados amontonados a toda prisa. Pero qué se propone ese director desconocido y, a mi parecer, siniestro
hoy es jueves día de pescado
y además yo soy Piscis
¡me fulmina una sospecha! Me lanzo hacia la puerta, apenas consigo abrirla bajo el empuje del viento oceánico… ¡Ya me lo olía! ¡Gilipollófilos! ¡¡Me han afanado la tabla de surf!!
Oleaje espumoso, trazos de gaviotas. Dejando huellas de pies descalzos en la arena, me arrastro hasta mi querido bungaló.





@nevsky_alexander
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