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Después de entrar a trabajar en una empresa aburridísima, dos días por semana viajaba a una pequeña ciudad, casi en el límite de la región de Moscú; mi trabajo lo requería. Con aquel horario rotativo resultaba que la primera semana iba el lunes y el martes (los demás días descansaba), la segunda, el miércoles y el jueves, y así sucesivamente… Hasta aquella ciudad había que tragarse dos horas de tren de cercanías, y desde luego no tenía ninguna gracia, pero poco a poco me acostumbré. Me llevaba un libro… aunque solo leía una hora: se me cansaban los ojos. Los paisajes al otro lado de la ventanilla eran aburridos y conocidos; no quedaba más que entregarse a los sueños y las ensoñaciones que inspiraba el monótono traqueteo de las ruedas.

Y más o menos al cabo de una hora, a mitad del trayecto, está… bueno, llamémoslo «apeadero de Piátovo» (y después vienen «Sedmovo» y «Desiátovo»: son nombres inventados, para no revelar los lugares reales).

Había hecho ya varios viajes a aquella ciudad (aunque me parecía llevar toda una Eternidad en camino) cuando empezó a intrigarme algo en lo que me había fijado sin querer. En Piátovo subían unas personas… extrañas, a mi parecer. Por lo general, seis u ocho, a veces diez: tanto jóvenes como hombres y mujeres de más edad. Pasaban por Sedmovo y bajaban en Desiátovo. Siempre eran caras nuevas. Los que subían ocupaban asientos próximos: algunos, normalmente los jóvenes, charlaban y se reían entre ellos; los demás permanecían callados, cada cual por su cuenta, y no se sabía si todos los del «grupo» se conocían. Se levantaban como a una orden y se encaminaban a la salida al llegar a Desiátovo; después recorrían el andén hacia algún punto del bosque cercano.

Más adelante, puede decirse que ya aguardando aquel encuentro, empecé a observarlos con detalle. ¡Y, en verdad, qué personajes tan extraordinarios! Qué sería lo que me había hecho fijarme en ellos la primera vez… ¿tal vez que eran delgados, que estaban en forma? Sí, no eran «fofos»; se percibía en ellos cierta disciplina interior, cierta entereza. Iban vestidos para andar por el campo, como veraneantes de dacha, buscadores de setas o excursionistas. Muchos llevaban mochilas del tipo «kolobok» (por lo que recuerdo de mi infancia), y mochilas Abalákov (unos monstruos de lona con correas y hebillas). Y quienes no encajaban en la definición de «excursionistas» llevaban cestas que parecían pesadas, cubiertas con lienzos limpios, con hojas de grosellero por encima, algunas plantas silvestres. Aquellas bolsas de lienzo con asas de cuerda que lucían… ¡eran auténticas piezas de museo! Con un «estampado» (como se diría ahora) de una joven Pugachova, o de Boyarski, o de Demis Roussos.

¿Qué era aquella «discoteca de los ochenta»?

¿Y su ropa?

Nada de esas chaquetas sintéticas tan de moda ahora, nada de chándales de colores vivos. Pantalones de deporte con bolsas en las rodillas, uniformes militares de campaña de algodón, chaquetas protectoras contra las garrapatas, jerséis tejidos en casa, ropa de trabajo verde, impermeables. En los pies, zapatillas de lona de lo más corrientes, zapatillas deportivas (si es que podían llamarse así) fabricadas en Kimry, botas de trabajo de kirza, botas de goma. De vez en cuando se veían vaqueros entre los chicos y las chicas: un recio estilo de vaquero, las legendarias marcas estadounidenses. Pero lo más popular eran los anoraks de lona, descoloridos y remendados, a menudo con una inscripción casera hecha con plantilla, medio borrada en la espalda: «Brigada Estudiantil de Construcción Altair», «Brigada Estudiantil de Construcción Brigantina», «Brigada Estudiantil de Construcción Danko», «Dalstroispetsmontazh», «Kamchatka. Temporada de pesca», o algo por el estilo. Los diseñadores actuales que cultivan la moda «vintage» se habrían muerto de envidia ante semejantes piezas exclusivas.

Claro que hoy existen clubes de «recreación histórica», donde los entendidos reconstruyen vestimentas y se sumergen lo mismo en la época de Pedro I que en los calamitosos años de la Guerra Civil. También están los fanáticos de las novelas de caballerías o de los libros de Tolkien: se fabrican armaduras, se visten de hobbits y celebran sus juegos de disfraces. ¿Tal vez aquellos desconocidos «disfrazados» también se reunían en su «club de aficionados» y salían a hacer una «ruta de fin de semana», añorando de paso los benditos tiempos soviéticos (según para quién)?

¿O acaso eran figurantes de un equipo de cine o televisión, y por allí estaban rodando una película ambientada en la época del estancamiento? Si era así, pensaba yo, los especialistas de casting que habían seleccionado aquellos tipos para semejante epopeya (sin duda carísima, teniendo en cuenta el trabajo tan minucioso de utileros, atrezzistas y figurinistas) se habían lucido. Porque sus rostros… parecían aguardar algo maravilloso. Y al mirarlos se le templaba a uno el alma, porque en sus miradas (a mí, por supuesto, me interesaban sobre todo las de las chicas) había algo romántico.

Pero no, no… a quienes menos se parecían era a gente relacionada con la actual cofradía de artistas.

No tenían teléfonos móviles, no prestaban atención a nadie (ni llamaban la atención sobre sí mismos). Entre los «excursionistas», la diversión favorita parecía ser examinar y comentar mapas de la zona: gastados y, como suele decirse, «muy baqueteados». A veces eran copias «en azul» (creo que se llaman así), o incluso croquis trazados con tinta china sobre papel de calco. Si hacía sol y no llovía, las chicas subían con flores silvestres, con brazadas de hojas multicolores, y hacían con ellas bonitas composiciones. Casi todas las mujeres mayores tejían algo sin levantar la vista, hacían macramé. Alguien picaba un bocado. Huevos cocidos, pepinos y pan, una lata de espadines o de «Desayuno del turista». Té de un termo chino adornado con flores de vivos colores. Parecía que los rodeaba una especie de esfera que encerraba su mundo. Y, sin embargo, aun siendo su mundo, todo en él resultaba dolorosamente familiar, reconocible. Como si uno mismo, hacía apenas un instante, hubiera viajado así a alguna parte con amigos, con chicas, con mochilas y guitarras… Pero ¿dónde estaban aquellos tiempos?

A menudo llevaban guitarras, y algún muchacho, estrechando contra sí «la curva de la guitarra amarilla» (con la tapa cubierta de imágenes ovaladas de bellezas rubias: aquellas calcomanías las traían los soldados licenciados que habían servido en el Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania), pulsaba las cuerdas dirigiéndose a las muchachas que lo escuchaban, inmóviles de devoción. Por supuesto, en su repertorio figuraban tanto «Amada mía, solecito del bosque…» como «En alguna parte florece el romero silvestre en las colinas, los pinos se clavan en el cielo…».

¿A qué se dedicaban? Difícil decirlo. Bueno, estudiantes… eso estaba claro. ¿Médicos, maestros, ingenieros? ¿Y simples obreros, conductores, enfermeras, dependientes? ¿Por qué estaban juntos, adónde iban? No, no era que estuvieran en forma o fueran delgados… ni que llevaran ropa hoy «obsoleta»… ¡no era eso lo que había en ellos! Tampoco el romanticismo ni las reminiscencias al estilo del «Club de la Canción de Aficionados». No lograba definir aquello tan esquivo: ¿qué me conmovía y me había interesado tanto en ellos?

Y, mientras lo pensaba, de pronto lo comprendí.

En sus ojos no estaba aquel símbolo serpentino (luminoso, como sobre la entrada de una oficina de cambio), y el signo del dólar no bailaba ni se retorcía en sus pupilas, no cubría todo lo que los rodeaba de una pátina lustrosa, amarilloverdosa, de putrefacción, como tan a menudo sucede hoy, por desgracia, en las miradas de mis contemporáneos.

¿Mis contemporáneos? Pero entonces, ¿quiénes eran ellos… aquellos cuyos rostros parecían reflejar el resplandor de las hogueras de los pioneros (no, no los de la organización infantil), de quienes van delante, encienden fuegos en orillas lejanas y fundan nuevas ciudades?

Todo se aclaró inesperadamente.

Un día, cuando ya estaba en camino, me llamó mi jefe. Había surgido un problema técnico y aquel día no tenía que ir a la ciudad. Bueno, si no hacía falta, pues no hacía falta. Esperé a la siguiente parada para bajar y volver, ¡y resultó ser Piátovo! Y aquellos… extraños «partisanos del Tiempo» (¿o «en el Tiempo»?) estaban subiendo precisamente al último vagón (algunos aún llegaban corriendo al andén); por lo visto, aquel día iban con retraso, pero el maquinista esperó hasta que saltaron a bordo los últimos.

Así que de allí venían… ¡de aquel bosque! Estaba a cosa de medio kilómetro, por un camino bien pisado, ennegrecido por el barro de la lluvia reciente. Junto al andén no había viviendas, solo edificios de la estación. Una carretera mal asfaltada se alejaba hacia la derecha por un paseo arbolado; por allí debía de estar el mítico Piátovo (si es que existía). El camino que salía del andén iba hacia la izquierda, por un campo marchito y abandonado. El día otoñal era unas veces gris, por las nubes que llegaban, y otras de una transparencia que daba escalofríos, cuando la luz dispersa del sol, por los claros que abría el viento, rociaba cuanto había alrededor con un caudal dorado, vivo, irisado, que descendía sobre la tierra. Decidí pasear hasta el bosque, respirar el aire otoñal, algo amargo de hojas y hierbas en descomposición, que infundía una punzante sensación de pérdida. El camino estaba embarrado y costaba cruzar el campo; en muchos lugares se distinguían las huellas estriadas de botas de goma. Poco a poco me interné en el bosque, y allí, cuando asomaba el sol, había un derroche de colores, una diversidad de matices, cuadros cambiantes, el temblor y el deslizamiento de las hojas que caían… Aquello me atraía hacia el interior; parecía que un poco más allá, justo después de aquella curva, me esperaba una revelación nueva, nunca vista: reunida, tejida y fundida a partir de otras posibilidades, fragmentos, reflejos, destellos y manchas que jugaban sobre el follaje multicolor. No pensaba en enigmas ni secretos especiales que pudiera revelarme aquel bosque. Tampoco tenía ganas de entretejer nada inexplicable, aunque lo hubiera, en la hermosa armonía de una naturaleza que se marchitaba, pero que a la vez —¡cabía esperarlo!— renacería tras el próximo olvido invernal.

Olvidado del tiempo, seguí por el camino, que se había estrechado hasta convertirse en una senda y ascendía por una ladera. Las ráfagas de viento hacían rumor en las copas, pero al mismo tiempo se oía una especie de… ¿tintineo de hojalata, quizá? El bosque se llenaba de aquel susurro metálico que tan pronto se intensificaba como desaparecía, como si una Serpiente de cuento, invisible, con escamas de hojalata verdosa y oxidada, se deslizara entre los árboles. ¿Qué alucinaciones eran aquellas? Al alcanzar un altozano, me encontré en una franja talada del bosque, invadida por la maleza y atravesada por la senda. Pero… ¡la franja era lo de menos! Allí se alzaba algo que en el primer instante me dejó clavado en el suelo, ¡sencillamente mudo!

Dicho a grandes rasgos, era una valla altísima (a mi juicio, de cuatro o cinco metros).

Era una valla de hierro.

Se veían a ambos lados unos mástiles inclinados, antaño de color verde militar (y ahora desconchados y oxidados en muchos puntos), que se alejaban en perspectiva hasta confundirse con la espesura. La senda se metía en una brecha abierta en aquella «valla» por un pino caído, quizá durante una tormenta. Por el tronco, como por un puentecillo, se podía pasar corriendo a «aquel bosque»… Pero me pareció un bosque distinto. Oscuro. Enigmático. Y «rugía con severidad». ¿Qué hechizo era aquel, de dónde había salido todo aquello? ¡Y ni siquiera era una «valla» en sentido estricto! Entre los mástiles había un cable tendido del que pendían largas y estrechas tiras de metal laminado muy fino. Eran ellas las que, al viento, emitían aquel sonido lastimero, con un tintineo y un roce de coronas de hojalata de cementerio, entre gemido y lamento… como una multitud de voces de ultratumba. ¡Una persiana gigantesca de estilo «militar»! ¿Decorados abandonados (pero construidos con una pretensión enfermiza de gigantismo) para la película Stalker, de Tarkovski? Muchas tiras estaban retorcidas, dobladas, perforadas… ¿por la caída de meteoritos? ¿embestidas por cuerpos de aves poderosas? ¿o unos alces gigantescos habían golpeado y desgarrado con sus astas aquellos miserables «fideos» de hojalata? Las ramas de álamos temblones, arces y abedules habían crecido entre los rollos de hierro y se enredaban con ellos, intercalando su follaje en aquel «peine» desdentado.

Me atravesó una intuición repentina… ¡pero si aquello era un telón!

Era el Telón de Acero.

¡Sí, aquel mismo que, desde el comienzo de la Guerra Fría, había aislado nuestro país del resto del mundo! No viene al caso discutir ahora si aquello era bueno o malo: tal es la realidad histórica, y en su momento fue una condición necesaria para la supervivencia del Estado socialista. Pero aquí… ¡Si yo siempre había creído que era una expresión metafórica, puramente figurada! La senda en la que me encontraba desaparecía en aquel «agujero negro», en aquel paso… ¿un tránsito entre mundos? ¡¿Qué demonios?!

Si aquello era el Telón de Acero, resultaba lógico suponer que debía «cercar» todo el perímetro de las fronteras de nuestro país. ¿Por qué estaba allí? Prolongué mentalmente la línea, tratando de imaginar por dónde, en qué punto cruzaría la vía del tren. Por todas partes había lugares habitados y transformados por el hombre; no podía haber masas forestales tan remotas como para ocultarlo sin que nadie supiera de su existencia. Pero ¿y si aquello era un prototipo y después habían construido el verdadero «cercado» alrededor de la URSS? La Gran Muralla china, por ejemplo, existe de verdad; o el Muro de Berlín, barrido por el viento de la historia. ¿Y este? Torcido, oxidado, hecho de la hojalata que se usa para las latas de conserva. Nada de extraño, pues, en que al final el aislamiento del bloque socialista se tambaleara (desde fuera y desde dentro, hay que reconocerlo) y se derrumbara de la noche a la mañana.

Que fuera el maldito Telón de Acero, de acuerdo, pero en este caso podía estar rodeando un campo de pruebas ultrasecreto donde se hubieran realizado experimentos con… ¿el tiempo?, ¿con personas? ¿Los terrenos de algún instituto secreto, de algún «apartado de correos»? (Claramente, detrás de aquella «valla» asomaban las orejas del NKVD-KGB-FSB). Y ahora… ¿todo se había desmoronado, a nadie le importaba, se había cortado la financiación, se había producido una fuga? («Una fuga de hombrecillos», rimé sin querer). Se volvía comprensible la aparición en el tren de «gente de detrás del Telón de Acero»… ¡Pero si eran de los nuestros, auténticos ciudadanos soviéticos! ¿Algún solapamiento, un fallo técnico en la «interacción cronal de los acontecimientos»? (Esas cosas ocurren: muchas religiones tibetanas, la cultura y la mitología del Tíbet se basan en ello). «Aquellas personas» salían allí por la «fisura» y… después de viajar por algún motivo de Piátovo a Desiátovo… volvían a zambullirse en su tiempo.

Si uno se colaba por la brecha y seguía la senda… ¿adónde llegaría? ¿Volver al pasado? ¿A las voces extinguidas, a las risas y canciones de los amigos que ya habían dejado de resonar? (Y muchos de ellos habían quedado helados por el viento que también derribó aquel Telón). ¿A las miradas de las amigas cuyo tierno fulgor se había apagado, al susurro disuelto en la noche? Entre los recuerdos y los remolinos del Tiempo (que hasta me habían entumecido las manos y los pies), empecé a sentirme muy, muy in-inquieto.

La senda podía estar minada. La «valla», electrificada. Pero ¿dónde estaba? ¡¿No me habría perdido del todo?! Con un esfuerzo de voluntad me obligué a dar media vuelta y regresé despacio… y eché a correr con todas mis fuerzas. Llegué jadeando al andén, apareció el tren y salté al vagón, ¡como si alguien me persiguiera!

Al día siguiente volvió a llamarme el jefe: los problemas estaban resueltos, según el horario me tocaba viajar. Subieron en Piátovo. Un muchacho alto con un anorak de lona descolorido por el sol y la lluvia, chamuscado junto a las hogueras, su amigo con una chaqueta azul de chándal, y tres chicas risueñas en el asiento de enfrente se acomodaron junto a mí, al otro lado del pasillo. Ay, queridos míos… pensaba yo, con la cabeza muy baja. ¡Si supierais lo que aún os queda por vivir! ¿Quién de vosotros seguirá siendo médico, maestro, ingeniero? ¿Quién de vosotros, quizá ese larguirucho del anorak, se meterá a extorsionador? ¿Y su amigo, aquel junto a la ventanilla, caerá abatido por la bala de un bandido? ¿Quién de vosotras, chicas, decidirá que el oficio más antiguo del mundo es una ocupación muy digna dentro de la sociedad y que da buenos dividendos? ¿Quién amasará millones y quién, como yo, se alegrará de encontrar cualquier trabajo? Tendréis muchos vaqueros y ropa de colores vivos, y después llegarán los teléfonos móviles. Y algo más aparecerá en vuestras miradas… Un símbolo siniestro que se retuerce. Bueno, si no en las vuestras, en las de vuestros hijos. Les parecerá una locura inconcebible encender fuegos en orillas lejanas y fundar nuevas ciudades. Pero… Dios quiera, desde luego, que para vosotros, muchachos, todo sea distinto.

¡Aquellos pensamientos me parecieron sencillamente «quejas de viejo gruñón»!

Porque, a pesar de todo, íbamos a toda velocidad en un alegre y sonoro tren de cercanías, atravesado por los vientos otoñales y los rayos del sol en las postrimerías de septiembre. En las manos del muchacho alto y rubio (su rostro bronceado estaba enmarcado por una barbita igual de clara y suave) apareció una guitarra. Rozó las cuerdas, la afinó con rapidez y precisión y empezó a cantar en voz baja; los demás se sumaron con voces armoniosas. Era una canción muy conocida y querida por mí, de la maravillosa película La tierra de Sánnikov, donde la interpretaba el magnífico y, por desgracia, prematuramente desaparecido Oleg Dal. «Todo es ilusorio en este mundo turbulento…»

Presté atención, pero había algo extraño… cantaban cambiando la letra de siempre. Y por la forma en que una de las chicas me lanzó de pronto una mirada rápida y cálida, y luego también el muchacho de la guitarra me miró de un modo especial, con picardía, comprendí de repente… Sabían que yo conocía su secreto. Y cantaban para mí:

Todo es ilusorio en este mundo turbulento,

Solo existe el BOSQUE, aférrate a él.

Solo existe el BOSQUE entre el pasado y el futuro.

Es él, precisamente, lo que se llama vida.

Fuente: «Baikal», 2009, n.º 2, pp. 78–82. Texto preparado a partir de un escaneo de la publicación en la revista.