Ciudad de Sliudianka — estación meteorológica «Jamar-Dabán» — paso Puertas del Diablo — río Spuskóvaya — río Utulik — río.
Shibitui — lago Pátovoye — meseta de Pátovoye — paso Puertas del Diablo — ciudad de Sliudianka. Longitud del recorrido: 170 kilómetros; duración: 14 días, de los cuales 12 fueron de marcha.
La vieja guardia de excursionistas conoce hasta dolerle el corazón esa «punzante llamada del camino» que surge sin darse cuenta al empezar la primavera. Por fin llega el día: mochilas preparadas, billetes de tren en las manos. ¡En marcha! El expreso nos llevaba hacia una noche estival llena de estrellas.
Desde ese mismo momento empezaba a hacerse realidad cuanto poco antes parecía un hermoso sueño. De madrugada salimos al andén de la estación de Sliudianka. Aquí comenzaba nuestro camino a las montañas. Somos ocho, con otras tantas mochilas enormes que contienen todo lo necesario para dejar atrás la civilización habitual durante dos semanas enteras.
Por calles dormidas llegamos a las afueras. Después seguimos junto al río Sliudianka. No me detendré a describir el comienzo: es una ruta tradicional por la que pasan cientos de excursionistas tanto en verano como en invierno… Al terminar el segundo día llegamos al pie del paso Puertas del Diablo.
Al mediodía siguiente estábamos en el paso. Nos esperaba una agradable sorpresa: en el hito de piedras encontramos dos notas de paso. Una la habían dejado los recién graduados de la escuela n.º 60 de Ulán-Udé.
«Vamos hacia el pico Cherski —escribían los chicos—. El tiempo no está mal, el ánimo es excelente. Deseamos a todos los excursionistas felicidad, salud y mucha, muchísima suerte…». Firmaban Yana Zandánova, Slava Badmáyev y otros. Según la tradición, dejamos nuestra propia nota en el hito.
Después nos fotografiamos y permanecimos en silencio junto al obelisco dedicado a Vladímir Rázhev, muerto aquí en una avalancha en el invierno de 1988. Dejamos el paso por una senda que serpenteaba junto a las fuentes del Spuskóvaya. La niebla espesa llenaba todo el valle hasta los bordes. En la ribera alta de la confluencia del Spuskóvaya con el Utulik había antiguamente una base de cazadores, conocida por los excursionistas como «Refugio del Utulik».
En distintos años había recorrido esta ruta en esquís dos o tres veces. En cada ocasión, la cabaña espaciosa y cálida nos había abierto hospitalariamente sus puertas. Ahora pasábamos ante las ruinas de la base de cazadores. Daba pena y tristeza.
La senda gira bruscamente hacia el Utulik. Tras el Spuskóvaya, su valle parece ancho y luminoso. Bajamos al agua, elegimos un lugar cómodo al final de una lengua de guijarros y cruzamos a la otra orilla formando una línea de dos o tres personas que se apoyaban entre sí. Con aguas altas es prácticamente imposible vadear el Utulik: la corriente derriba incluso a un caballo.
Tras cruzar, montamos el campamento en un bosquecillo de abedules. Aquella tarde nos quedamos mucho tiempo junto al fuego, con una taza de té, comentando lo vivido esos días. Muy cerca, el río sonaba en los rápidos y era agradable escuchar aquella melodía interminable. La mañana amaneció soleada.
Preparamos las mochilas sin prisa y salimos a la senda. Ese día la ruta remontaba el Shibutui, un gran afluente derecho del Utulik. Junto al camino abundaban los arándanos de pantano. Soltamos las mochilas y disfrutamos de aquella baya milagrosa.
Muy pronto desapareció la sed y sentimos renovarse las fuerzas. Cada vez encontrábamos más setas: rúsulas y boletos anillados. Las recogíamos sobre la marcha. Ahora el menú de la cena incluía sopa de setas.
Hoy recuerdo aquellos días con placer. En su parte alta, el Shibutui recorre más de tres kilómetros por un cañón. Las paredes que aprisionan el río alcanzan los 200 metros. Hay una hermosa cascada grande; se puede bajar hasta ella después de salir del cañón.
Unos kilómetros más y empieza la zona de praderas subalpinas, con pequeñas islas de bosque. Al caminante lo asombra la variedad de hierbas. Por encima de todo sobresalían las umbelas del heracleo, o, dicho sencillamente, la «flauta del oso». Algo parecido solo lo había visto en Kamchatka y el sur de Sajalín.
Por fin terminó la subida difícil y se abrió ante nosotros un magnífico panorama de la meseta montañosa. Es llana, apenas cubierta de hierba dura y arbustos enanos. Delante azulea el lago Pátovoye. Junto a una bifurcación de sendas hay un hito de piedras.
Dentro encontramos una nota de excursionistas del club «Horizonte» de Angarsk: «16.07.96, cuarto día de viaje, vamos al río Snézhnaya… Jefe de expedición: Gúrchenko V. I.». Seguimos por la meseta.
El lago queda a la izquierda. Nos apresuramos a alcanzar el bosque para elegir dónde pasar la noche. Se dibuja la mancha oscura de un pinar de cedros siberianos. Eso significa fuego y calor por delante.
Otra noche, la sexta. A la izquierda, muy abajo, suena un riachuelo. Aquí nace precisamente el Snézhnaya, el mayor río del Jamar-Dabán. Al día siguiente bajamos al agua.
Primero caminamos por piedras, luego por una senda pantanosa que a menudo se pierde en el musgo. Por la mañana estaba nublado; a mediodía llovió. Ese día alcanzamos el punto final de la ruta, en el río Jarnajoitui.
Pasamos aquí una jornada de descanso. Después partimos para cruzar por segunda vez la cordillera del Jamar-Dabán. En el décimo día de viaje descendemos de las montañas siguiendo un río rápido y ruidoso, con pasos someros y rápidos. Vadeamos cuatro veces el Shibutui.
Al final del día llegamos a la cabaña invernal de Gavrílov, llamada así por el cazador que la construyó. Está en la orilla izquierda y es bastante espaciosa. Al lado hay una poza adecuada para pescar.
Junto a la cabaña hay una bania. La calentamos e intentamos pescar. El baño salió bien; la pesca, lo confieso, no tanto. Decidimos probar suerte otra vez al día siguiente.
Nos quedamos a descansar un día. La mañana está tranquila y soleada. Tres, Volodia, Boria y Oleg, salen a pescar. Y por la tarde, cena de fiesta.
El plato más espléndido, como habrán adivinado, fue la sopa de pescado preparada por Boria Agalákov con una receta que solo él conoce. A cada uno le tocaron dos buenos tímalos. Después bebimos té de hierbas y raíces recogidas allí mismo, junto a la cabaña. La hoguera ardía con fuerza y sus llamas temblorosas iluminaban nuestros rostros felices y algo pensativos.
Tres días después pisábamos el andén de Sliudianka. Volvíamos a casa tras una ruta de dos semanas, impregnados de impresiones vivas de aquella maravillosa tierra montañosa llamada Jamar-Dabán.

@nevsky_alexander
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