Lo bueno del primero de enero es que el mundo no tiene especial prisa por llegar a ninguna parte.
El árbol sigue en pie como un pequeño Estado doméstico: las luces parpadean, los adornos cuelgan con dignidad y bajo las ramas sobreviven los últimos rastros del milagro nocturno. La casa aún funciona con combustible de Año Nuevo: silencio, mandarinas y felicidad infantil.
Hoy Sanya se sienta a la mesa con la cara de quien, en otros tiempos, recibía el mando de flotas galácticas. Porque el regalo ha sido un acierto: una nave enorme de Star Wars, seria, casi indecentemente grande. De esas cosas que un niño ama con todo su ser y que un adulto mira, sinceramente, con algo de envidia.

Hay una alegría especial en estas mañanas: los niños aún creen en los milagros de verdad, no por educación; el árbol todavía no es un mueble más y el regalo no se ha convertido en una caja abierta y olvidada.
Hoy la casa está llena de esa fuerza tranquila: ha empezado el año nuevo y parece que ha empezado bien.





@nevsky_alexander
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