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Les diré que, cada vez que regreso de una gran caminata por el Sayán Oriental o el Jamar-Dabán, o de una corta por los alrededores de nuestra ciudad, suelo traer en la mochila unas ramitas de cedro o enebro, de rododendro dorado o de fragante sagaan dali. Estos sencillos ramitos permanecen largo tiempo sobre mi escritorio. Confieso que a menudo podía verse un ramo igual en la mesita de la mujer amada. Y cada uno encierra para mí un inmenso tesoro de impresiones románticas.

Ahí están el viento fresco de las montañas, el brillo de los hilos plateados de las cascadas, los hielos azules que recubren los ríos helados, las mágicas sombras azules sobre la nieve al crepúsculo de un corto día invernal y la exuberante variedad de hierbas de los prados alpinos. Al mirar el ramo siento como si cada ramita estuviera impregnada de las fuerzas de la naturaleza y llevara una extraordinaria carga de energía, de salud y de inmensa alegría de vivir. Hace tiempo que se observa que, al entrar en un pinar, uno quiere ensanchar el pecho y respirar hondo; y en un abedular la oleada de emociones es aún mayor… Me parece que siento eso mismo cuando contemplo largamente mi ramo.